Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Eres la historia que leo con calma. Quiero saborear y memorizar cada una de tus palabras.

E n cuanto los labios de Takeshi rozaron los suyos, fue como si una descarga eléctrica le reactivara el corazón y los pulmones. Puso todo su empeño en no perder el equilibrio.

Se agarró a la camisa de Takeshi para no desmoronarse, pero lo que hizo fue atraerlo aún más hacia ella.

Cuando le devolvió el beso, Takeshi se aferró más a ella y la besó más apasionadamente.

La tensión, la frustración y la intimidad que se habían formado entre ellos se derramaron y los embistieron como una tempestuosa ola.

Ya no se encontraban en Braderhelm, ni siquiera en Apolo.

Durante un breve espacio de tiempo, fueron los únicos habitantes de la Tierra, y el miedo, el bien y el mal desaparecieron.

Solo existía una entrega completa.

Cuando él le acarició los labios con la lengua, el corazón se le aceleró al máximo. Khalani se puso de puntillas deseando —no, necesitando— más.

Takeshi deslizó una mano hacia la parte baja de la espalda de Khalani y la atrajo más hacia él. Sus cuerpos se unieron, como si pudieran fundirse en una sola persona.

Besándola aún con ansia, Takeshi la obligó a caminar de espaldas.

Al chocar con las barras, él apartó la boca.

Khalani estaba a punto de protestar, pero él empezó a lamerle el cuello, justo debajo de la oreja.

Con la piel erizada, sintió que unos escalofríos le recorrían la espalda al tiempo que notaba un ardor en las entrañas.

Takeshi la mordió, no lo suficiente como para hacerle daño, pero sí para sentir una punzada que le aceleró el pulso.

Lamía el dolor y lo expulsaba con sus caricias. Se le escapó un gemido profundo. La tensión que sentía en el cuello desapareció y dejó caer la cabeza hacia atrás mientras Takeshi continuaba lamiendo, mordiendo y chupando, acoplándose a ella.

Una sensación tan maravillosa no podía ser real.

El deseo encendió todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo y sintió que iba a quemarse entre sus brazos. O a derretirse sin más.

Pero Takeshi estaba ahí para volver a recomponerla.

Le recorrió el cuello con la lengua y dibujó las líneas de la clavícula mientras Khalani le clavaba las uñas en los bíceps y él la cogía del muslo, atrayéndola aún más hacia él.

—Capitán Steele, ¿me recibe?

Una voz masculina sonó en el bolsillo trasero de Takeshi.

Khalani frunció el ceño y enderezó la cabeza, pero la mirada ardiente de Takeshi le dijo que lo olvidara.

—No vamos a hacer caso de eso —gruñó Takeshi, cubriéndole el cuello de besos.

Con esos labios dulces y armoniosos, se concentró en el pecho y le chupó el pezón como si no llevara nada encima. Khalani soltó un gemido gutural y dejó caer la cabeza hacia atrás, clavando los ojos en los ángeles del techo.

Takeshi le sujetó la nuca mientras la devoraba. Mientras le hacía probar el cielo.

—Capitán Steele.

Con la otra mano, Takeshi la atrajo aún más, como si deseara atarse a ella y que nunca más se separaran.

—Capitán Steele, ¿me recibe?

Takeshi gruñó en la tela. Con cara de querer matar a alguien, la soltó y sacó el walkie-talkie del bolsillo trasero.

—¡¿Qué?! —gritó.

—Lo…Lo siento…, señor —balbuceó la persona en el otro extremo—. Sabemos que no le gusta que lo molestemos a esta hora, pero el alcaide ha requerido su presencia.

Khalani se puso tensa y lo miró con los ojos abiertos de par en par. Takeshi soltó una maldición.

—¿No puede esperar? —preguntó.

—No creo, capitán. El alcaide ha insistido en que lo avisáramos enseguida —tartamudeó el guardia.

Takeshi frunció el ceño y apagó el walkie .

—Mierda —exclamó, pasándose los dedos por el pelo.

Ambos respiraban entrecortadamente, sin querer separarse. Como si creyeran que, en cuanto se apartaran el uno del otro, la prisión también les robaría ese momento, lo desmembraría y lo mandaría al olvido.

—¿Tienes que irte? —preguntó Khalani con los labios hinchados.

—Ambos tenemos que irnos —afirmó enfadado, como si prefiriera cerrar la puerta y no dejar entrar a nadie.

Pero los dos sabían que eso no ocurriría. Su puesto no se lo permitía.

Khalani asintió vehemente con la cabeza. Le soltó la camisa, a la que aún seguía aferrada, y se enderezó. Experimentó una punzada de dolor, como si unos cuchillos se le hubieran clavado en el cuerpo ante el simple hecho de perder esa conexión, pero no demostró lo que sentía.

—Lo entiendo —dijo, tratando de mostrarse impasible, aunque solo ansiaba que se quedara allí con ella.

Quizá no hubiera cambiado nada entre ellos, pero su corazón le decía lo contrario. Los labios le ardían, como si trataran de aferrarse al recuerdo de sus caricias.

—Khalani. —Takeshi la miró con intensidad—. Me está costando mucho no atrancar la puerta y hacerte gritar de placer para que olvides el calvario que has sufrido en este lugar.

Tensó la mandíbula, como si reprimiera la necesidad de hacerlo.

—Pero no puedes —dijo ella, terminando la frase por él.

—Ahora no —respondió Takeshi—. Y si no quieres que esto ocurra de nuevo, lo entenderé y me mantendré alejado de ti. Pero, si lo deseas tanto como yo, para mí no hemos terminado. Siendo sincero, creo que nunca terminaré contigo.

Unas profundas arrugas se le marcaron en la frente, como si el hecho de haberlo admitido lo sorprendiera.

Sus palabras avivaron un torrente de emociones en Khalani.

Enfrentarse a ellas era como trepar sin arnés por un acantilado. El miedo de caer al vacío estaba ahí, constante e infinito, pero en la cima la aguardaba la libertad. Y la decisión le resultó más fácil porque estaba asustada.

Porque aquello que valía la pena requería el mayor esfuerzo.

—Para mí tampoco hemos terminado —confesó en un susurro.

Takeshi soltó un suspiro profundo y apoyó su frente en la de Khalani.

Durante un segundo, un fugaz instante en la existencia, el tiempo se detuvo para ellos.

Cuando sus cuerpos se rozaron, todo desapareció: los títulos de capitán y prisionera, los obstáculos, las reservas y las réplicas hostiles.

Eran, sencillamente, dos personas rindiéndose a los dictados del corazón.

Sintió el aliento cálido de Takeshi en los labios y unas mariposas de emoción pura volvieron a revolotear en su estómago. El deseo la inundó de nuevo. Sin embargo, él se apartó.

—Será mejor que nos vayamos ahora, o empezaré a recorrer tu cuerpo con las manos y la lengua y no saldremos de aquí hasta mañana —dijo Takeshi, torciendo el gesto y con la mirada llena de pasión.

Oh, no.

Eso no…

Takeshi sonrió con malicia al ver su expresión.

Una vez que se hubo puesto de nuevo el uniforme, él la tomó de la mano y la condujo hacia la puerta.

Al fijarse en sus dedos entrelazados, Khalani arqueó las cejas hasta el nacimiento del pelo.

Quiso decir algo, pero no consiguió formar ninguna frase coherente, como si se le hubiera desconectado el cerebro en el preciso instante en que los labios de Takeshi se habían posado en los suyos.

Nada más salir de la sala de entrenamiento y empezar a recorrer los pasillos desiertos y silenciosos, Takeshi le apretó la mano y la soltó a regañadientes. A medida que se acercaron a su celda, fue adoptando su habitual expresión dura y hostil.

—Ojalá no tuviera que dejarte en esta celda —escupió Takeshi con indignación y la mandíbula tensa.

Era como esos felinos salvajes que había estudiado en la escuela: ágil y calculador, esperando para atacar y devorar.

—No te preocupes —dijo Khalani—. Ya me he acostumbrado. Las cucarachas no me molestan, ni yo a ellas. Tenemos una relación muy simbiótica.

Takeshi soltó un gruñido y abrió la puerta.

—Hablamos mañana, ¿vale? —prometió, dedicándole una mirada inquieta pero teñida de esperanza, lo que no era habitual en él.

Khalani se limitó a asentir por miedo a que el corazón se le desbordara si hablaba.

Después de ese día, ninguna fuerza, ni siquiera ella misma, podría obligarla a renegar de sus sentimientos por Takeshi Steele.

Y, a juzgar por la forma en que la había sujetado entre sus brazos y el salvaje abandono con que la había besado, Takeshi tampoco sería capaz de negar esas ardientes emociones.

Takeshi cerró la puerta con el ceño fruncido y ambos intercambiaron una mirada a través de los barrotes mientras lo que quedaba de sus pensamientos apasionados llenaba el espacio que los separaba. Con expresión severa, como si se preparara para la guerra, se alejó hasta que ella lo perdió de vista.

Quizá fuera eso lo que tenía que hacer ella. Prepararse para la guerra.

Khalani había aprendido dos cosas en su corta y tumultuosa vida: toda acción tenía una consecuencia. Y la verdad siempre salía a la luz. Siempre.

Y, cuando eso ocurriera, serían libres o estarían muertos.

A la mañana siguiente, Takeshi no apareció para el recuento. Lo sustituyó otro guardia, un hombre con unos fríos ojos grises que le doblaba la edad.

A Khalani se le aceleró el pulso y unas pronunciadas arrugas de preocupación se le marcaron en la frente.

—Disculpe, señor —susurró cuando el guardia pasó junto a su celda—. ¿Dónde está el capitán Steele?

La cabeza le salió disparada hacia un lado cuando el guardia le propinó un bofetón con el dorso de la mano.

—¿Acaso he dicho que pudieses hablar? —siseó el hombre—. La próxima vez, te cortaré esa patética lengua.

Apretando los dientes y con la mejilla ardiendo, Khalani asintió con gesto sumiso al tiempo que el guardia se alejaba. Notó que Serene la observaba, pero no pudo mirarla. Por la mente le pasaban las teorías más descabelladas y no podía fijar la vista ni concentrarse en nada.

¿Se habría enterado el alcaide de su beso? ¿Habrían despedido a Takeshi? ¿O algo peor?

—¡Todos al foso! —gritaron los guardias.

Khalani alzó la cabeza, sorprendida. Por lo general, no iban al foso hasta el final del día. El resto de los prisioneros también miraban a su alrededor, desconcertados, pero todos se pusieron en marcha arrastrando los pies.

Una mano suave se posó en su hombro.