Capítulo 25 #3
Khalani negó con la cabeza y le dio la espalda.
—Nada. Olvídalo, Takeshi.
—¡Kanes! —El profundo rugido rebotó en los ángeles del techo, y Khalani se dio la vuelta, sobresaltada. Enojado, Takeshi se tensó—. ¿Por qué eres tan condenadamente terca? Confía en mí.
La tensión, la frustración y la rabia empezaron a bullir en ella, listas para rebosar y destruir todo lo que se le pusiera delante.
—Estás bromeando, ¿verdad? ¿El rey del hielo está acusándome de ser terca? ¿Y por qué no empiezas tú a confiar en mí? Dime lo que piensas, Takeshi. ¡Todo!
—No estamos hablando de mí —objetó, apretando los labios hasta convertirlos en una fina línea.
—Oh, sí. Sí estamos hablando de ti. Estamos hablando de que quieres que sea sincera contigo, pero tú no vas a otorgarme el mismo trato.
—¿De qué estás hablando?
Khalani dio unos pasos hacia él.
—Sabes perfectamente bien de qué estoy hablando. ¿Por qué fuiste tan amable y dulce la noche que pasé en tu habitación y, al día siguiente, volviste a ser un capullo frío e indiferente? ¡Explícamelo!
La mirada inflexible de Takeshi se endureció.
—Olvídalo, Kanes. —Con grandes zancadas, se dirigió hacia la salida—. Creo que tu entrenamiento ha concluido.
Khalani soltó una carcajada amarga que resonó por toda la iglesia.
—Vaya, mira quién está asustado ahora.
Takeshi se quedó inmóvil, como si alguien le hubiera disparado, y recorrió la estancia con la mirada hasta que la clavó en ella.
—¿Qué has dicho? —preguntó en voz baja.
Khalani sintió que una tormenta se conjuraba en su interior y se negó a recular.
—Ya me has oído. He dicho que estás asustado.
—Cuidado, Kanes. Estás jugando con fuego —gruñó.
Khalani ya había ido demasiado lejos como para detenerse, y alzó el mentón.
—Adelante. —Se puso en guardia y, pese a lo corpulento que era, se le encaró—.
No te tengo miedo. Demonios, si hasta te comprendo mejor de lo que me comprendo a mí misma.
No tienes nada en común con Barron ni con ninguno de los otros guardias de esta prisión.
Eres ese chico que dejó los estudios para proteger a su madre.
Y has matado a uno de tus compañeros para protegerme.
Aunque también eres un completo misterio, un rompecabezas demasiado complicado, tanto que no sé si me apetece resolverlo.
Afirmas una cosa con los labios, pero tus ojos dicen lo contrario.
Pasas del calor al frío porque te asusta que pueda ser algo más que una delincuente sucia y repugnante que merece morir en prisión.
Tenía el pulso acelerado, como si estuviera atravesando a toda prisa un campo de batalla en pleno combate.
Takeshi se puso rígido y el aire quedó suspendido entre ellos; hasta parecía que el polvo y los frescos del techo estuvieran prestando atención a sus palabras.
—Cuando llegué aquí, estaba vacía. Si hubieses gritado en mi boca, las oquedades te habrían devuelto el eco.
Y ahora, ¿quieres que me sincere contigo?
¿En serio? Pues no puedo, porque de alguna manera, pese a toda esta mierda, he empezado a sentir algo por ti.
No sé cómo ha ocurrido, porque me sacas de quicio y me haces enfurecer como si ese fuera tu único cometido en la vida.
Pero ese sentimiento arde dentro de mí, y ya ni recuerdo qué es no sufrir.
—Hizo una pausa y añadió—: De hecho, sufro tanto que en cualquier momento explotaré y quedaré como la mayor idiota del mundo.
Así que ahora ya lo sabes, Takeshi. Me gustas.
Pero este secreto que guardaba en lo más profundo de mi corazón no significa nada porque tú no sientes lo mismo por mí.
Estamos en mundos distintos. Y ahí es donde siempre estaremos —concluyó, respirando entrecortadamente.
Takeshi tenía los ojos abiertos de par en par y también parecía sin aliento.
En ese instante, Khalani tuvo algo así como una experiencia extracorporal y reprodujo todas las tonterías que acababa de pronunciar.
—¡Madre mía…! —exclamó, horrorizada—. Olvida lo que acabo de decir, Takeshi. No me hagas caso.
—Kanes.
—No, en serio. He sido… una estúpida y… no hablaba en serio —balbuceó para justificarse.
Khalani miró al techo, deseando que uno de los ángeles pintados bajara y la fulminara en el acto.
—Kanes.
Takeshi se acercó hasta que su amplio torso estuvo a pocos centímetros del rostro de Khalani.
—Por favor. Finjamos que esto no ha ocurrido. Tengo que volver a mi…
—¡Khalani!
Se quedó paralizada. Era la primera vez que Takeshi la llamaba por su nombre de pila. Al oír esos sonidos enroscándosele en la lengua y saliendo de sus labios, un fuego líquido la recorrió.
—¿Sí?
—Cállate —ordenó con voz ronca—. Nunca hemos estado en mundos distintos. Si fuera así, no te sentiría tan dentro de mí. Cuando te miro, tengo la sensación de que el corazón se me romperá en mil pedazos, y, pese a que trato de reprimirlo, las emociones regresan rugiendo con más fuerza que nunca.
Khalani se estremeció ante la vehemencia con la que había pronunciado esas palabras.
—Cuando veo las cicatrices en tu cuerpo, tengo que contenerme para no buscar a los que las han provocado y cortarles la garganta.
Te he visto enfrentarte a todo y, pese a todas las pruebas y tragedias a las que has tenido que hacer frente, nunca dejas de asombrarme.
Basta con estar ante ti ahora mismo para que desee tomarte de todas las formas imaginables, y eso no tiene nada inocente.
Khalani olvidó lo que era respirar.
El calor la invadió y tuvo la sensación de que el corazón le iba a estallar en el pecho.
Toda la estancia estaba llena de la energía de Takeshi; lo dominaba todo. Y todos los muros que había construido en vano contra él se derrumbaron. Takeshi era su agujero negro, el que la absorbía por completo. Finalmente, dejó de resistirse y se entregó por completo.
—Ya sabes que nunca he sido inocente —dijo Khalani, alzando la cabeza con el pulso desbocado—. Por eso me conociste en prisión.
En los ojos de Takeshi ardió un destello pecaminoso y, acto seguido, la cogió por la nuca y la besó.