Capítulo 25 #2
—No voy a retirar lo que dije porque es la verdad, Kanes.
Tenía que hacerlo. Pero si piensas que, cuando te vi esa mañana, no me entraron ganas de mandarlo todo al diablo, te equivocas.
Pero, cuando pienso en la idea de no volver a vivir otro momento en el que yo solo soy tu entrenador y tú no eres mi prisionera, me entran ganas de matar a alguien.
Sus palabras la golpearon como si fueran puñetazos y retrocedió un par de pasos. Sorprendida, entreabrió la boca para tomar aliento. El mero sonido de su voz le provocaba las sensaciones más extrañas en el pecho. Lo que estaba diciendo no tenía ni pies ni cabeza.
Porque el corazón de Khalani sufría del mismo modo.
Quizá «corazón» no era la palabra adecuada.
Aquella mañana, cuando Takeshi se había marchado y la había dejado sola en su habitación, le había dolido en el nudo que se le había formado en la garganta, en los labios agrietados, en las articulaciones de los hombros.
Todas las partes insignificantes de Khalani cobraban vida junto a él, como si su cuerpo prefiriera arder antes que ser invisible.
—Takeshi, yo…
No se atrevió a terminar la frase.
Una sílaba más destruiría lo que le quedaba de fuerza y le haría perder el control por completo. En aquel estado, no podía girar simplemente sobre sus talones y alejarse. No, la mirada de Takeshi la había dejado clavada al suelo.
Él era el ancla cuando su firmeza amenazaba con esfumarse y convertirla en una mortaja de polvo. Se mordió el labio inferior y alzó la mirada, preparándose para que la abriera en canal. Su cuerpo no aceptaría menos.
«Traidor».
—Un último entrenamiento —accedió.
Takeshi no pronunció palabra. Parecía concentrado y contenido, pero en sus ojos apareció el brillo de un fuego que ardía lentamente. Asintió y el trato quedó cerrado.
Khalani lanzó un profundo suspiro y se encaminaron hacia la sala de entrenamiento con pasos decididos y pesados. Más lentos que de costumbre.
Como si el tiempo fuera el enemigo de ambos, más que la prisión.
Takeshi abrió la puerta de la sala y fue como volver a casa.
En el hogar, se aceptaba lo peor de uno mismo. El llanto con mocos que te caen de la nariz, la rabia que te hace golpear lo primero que encuentras y el suelo en el que te desplomas cuando la vida es la mierda más grande del planeta.
Aspiró profundamente el olor a sudor y a pino como si fuera perfume. Khalani avanzó, sorteó las barras de goma y empezó a estirar los brazos al tiempo que se dirigía al centro del ring.
El lugar no había cambiado, pero había algo diferente: como una corriente eléctrica que le hacía tensar los músculos y le atenazaba el pecho. Cuando se volvió y vio a Takeshi, que saltaba las barras con facilidad, con el cuerpo relajado y la mirada clavada en ella, supo la respuesta.
No era necesario estar físicamente con alguien para conocerlo a fondo. Cuando alguien llegaba a penetrar en tu mente, besaba tus recuerdos y lamía tus sueños, conectabas más allá del plano físico. Y ese era el problema. Conectar de ese modo con Takeshi solo la conduciría hacia la destrucción.
Khalani se puso enseguida ropa limpia y fue a su encuentro.
—Entonces… —Alzó las manos a los lados—. ¿Qué hacemos?
—Vamos a jugar a algo.
Khalani resopló.
—¿Ahora el entrenamiento es un juego para ti?
—La vida no es más que un juego con ganadores y perdedores —respondió Takeshi con toda su musculosa sabiduría.
—Bien —accedió ella—. ¿Cuál es el juego?
—Es muy sencillo. —Hizo crujir los dedos y bajó la mirada, observándose las uñas con aire relajado—. Cada golpe en el cuerpo es un punto. El primero en llegar a cinco puntos gana.
Khalani esbozó una media sonrisa. Le gustaba ese juego. Le gustaba mucho. Takeshi era fuerte, ágil y podía acabar con ella en un abrir y cerrar de ojos si lo deseaba, pero algo en su interior, alguna parte desquiciada de ella, disfrutaba pensando en machacarlo.
Aunque no se lo pondría fácil. Tenía que ser astuta si quería ganar.
—De acuerdo. Pero antes me gustaría pedirte algo —dijo, acercándose a él—. Desde el turno de esta mañana, tengo una contractura en un punto de la espalda al que no llego.
Takeshi entornó los ojos.
—Y quieres que… ¿te dé un masaje?
—He pensado que igual preferirías un combate justo, pero, si no, no pasa nada. Lo soportaré.
Khalani se encogió de hombros y se dio la vuelta.
Un suspiro de exasperación sonó a su espalda.
—Muévete y ven aquí, Kanes.
Khalani reprimió la sonrisa que ya le asomaba en los labios y se acercó. Con un brillo ardiente en los ojos y un gesto brusco de la cabeza, Takeshi le ordenó que se diera la vuelta.
Khalani obedeció y le dio la espalda. Takeshi le rozó el hombro con los dedos y empezó a masajearle la piel con suavidad y calidez. Sintió escalofríos en la clavícula y se obligó a reprimir un gemido de placer.
—¿Dónde está la contrac…?
Khalani le dio un codazo en el estómago que le hizo soltar un fuerte gruñido. Acto seguido, saltó hacia delante, lista para el contraataque.
Takeshi tomó aire con dificultad y se enderezó despacio, con un brillo amenazador en la mirada.
—Has hecho trampa.
—Las reglas no existen en una pelea. Punto para mí —señaló, esbozando una leve sonrisa.
Takeshi adoptó un aire perverso.
—Voy a hacer que te arrepientas de lo que acabas de hacer.
—¿Quieres un bastón para moverte más rápido? Al menos, no me sentiría tan mal por ganarle a un viejo —se mofó, poniéndose en guardia y apretando los puños.
Se estremeció al ver que los ojos de Takeshi se convertían en pequeñas rendijas, pero la parte más perversa de Khalani rio y le dijo que le diera su merecido por todas esas veces que había hecho que le importara sin darle nada a cambio.
Como si fuera un animal enjaulado, Takeshi chasqueó la lengua y se abalanzó hacia ella de repente.
Presa del pánico, casi consiguió bloquear el golpe, pero Takeshi era muy rápido. Con la palma abierta, le atizó a ambos costados del torso. Maldición.
Apretando los dientes, lo bombardeó con una lluvia de puñetazos en el torso.
Takeshi los bloqueó todos sin esfuerzo, sin tan siquiera despeinarse.
Con una mirada astuta ensombreciéndole el rostro, contraatacó con otro golpe al torso, le agarró la muñeca y la hizo girar hasta que la espalda de Khalani y su pecho quedaron pegados.
Takeshi le rodeó rápidamente el cuello con el brazo, lo suficiente para que pudiera respirar, al tiempo que le inmovilizaba la muñeca izquierda con la otra mano a uno de los costados del cuerpo.
—Así que un viejo, ¿eh? Creo que más bien te referías a «experimentado», Kanes. Conozco algunos trucos que harían que una chica como tú se sonrojara con tan solo pensarlo. ¿Aún quieres pelear sucio contra mí?
El susurro cálido y áspero en su oído le erizó el vello y la llevó a territorios prohibidos. Ambos respiraban rítmicamente, y Khalani luchó contra el impulso de darse la vuelta para ver lo mucho que lo había alterado.
—Tú has querido jugar. Así que juguemos —replicó, y le pisó el tobillo.
Takeshi gruñó y, rápido como una víbora, le barrió las piernas, derribándola de espaldas. Sin embargo, Khalani le rodeó el cuello con los brazos antes de caer y lo arrastró con ella. Rodaron por el duro suelo, y sintió dos golpes más en el torso antes de quedar encima de él.
Khalani lo sujetó de las muñecas con ambas manos, convencida de que solo lo hacía porque él se lo permitía. Lo miró con aire triunfal, pero advirtió que él esbozaba una mueca maliciosa.
—Mierda —exclamó Khalani.
Takeshi había llegado a cinco.
—He ganado. Casi se me olvida lo mucho que te gusta ponérmelo difícil.
Intercambiaron una mirada, y Khalani no se bajó enseguida, sino que permaneció a horcajadas sobre él.
Le apretó aún más las muñecas, clavándole las uñas y hundiéndoselas en la piel, casi haciéndolo sangrar en un intento cruel de provocarle el mismo daño que él le había hecho aquella humillante mañana en su dormitorio.
Pero Takeshi no se movió. No protestó. Tenía grabada en el rostro una determinación férrea, como si fuera más que capaz de soportar cualquier castigo que pudiera infligirle, como si pudiera asumir todo su sufrimiento y cargar con su cruz.
No debería mirarla así.
Como si estuviera dispuesto a enfrentarse a todo por ella, a derrotar a cualquiera que se cruzara en su camino. Porque no era verdad. Para él, aquello no era más que un juego.
Y Khalani se encontraba ahora en la situación más peligrosa desde que había llegado a aquella prisión.
Porque no era su orgullo, su fuerza o su cuerpo lo que estaba en juego.
La molesta y frágil bestia que anidaba en su pecho estaba conjurando tormentas ante la vulnerabilidad que veía en los ojos de Takeshi, la misma que se reflejaba en los suyos.
Bajó la mirada hacia sus labios.
¿Qué sentiría si esos labios rozaran su piel? Probablemente perdería el control.
—Kanes —susurró Takeshi con voz ronca.
Al alzar la mirada, Khalani vio que tenía el ceño profundamente fruncido. Con los puños apretados contra el suelo, Takeshi negó con la cabeza, pidiéndole que dejara de mirarlo, aunque los ojos le decían lo contrario: le suplicaban más, le rogaban que siguiera.
El corazón se le aceleró y, sin pensarlo, se inclinó hacia él.
«Aún puedes parar esto».
La parte lógica de su cerebro, que había estado apagada, se encendió de repente. Khalani se apartó enseguida de Takeshi y se pasó las manos por el pelo enredado y revuelto.
¿En qué estaba pensando? ¿Qué demonios estaba haciendo? Khalani había permitido que Takeshi la distrajera y la apartara del verdadero objetivo: sus planes de ponerse en contacto con Hermes.
«Esto tiene que acabar».
—Lo siento —murmuró, ruborizándose—. Creo que deberíamos marcharnos.
Takeshi se puso en pie.
—¿Qué ocurre, Kanes?
—Nada. —Hizo un ademán para quitarle importancia—. No ocurre nada.
—Mentira —respondió alzando la voz—. Te conozco, Kanes, y llevas un mes más nerviosa de lo habitual. ¿Qué es?
Esperó una respuesta, fulminándola con una mirada penetrante.