Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Me he escondido en mí misma durante demasiado tiempo.

E l dolor no era algo ante lo que había que doblegarse.

El dolor era producto de la perseverancia.

Solo después de que las gotas de sudor cayeran a sus pies, ya no le quedaran lágrimas y la sangre se secara formando costras, la mente se calmaba por la noche, apreciando que lo habías dado todo, hasta el último aliento.

Los fuertes no veían el dolor como un obstáculo, sino como un cohete que los propulsaba más allá de los confines de su mente. Sin dolor, las victorias no tendrían significado.

En caso contrario, todo el mundo ganaría.

Oyó un áspero quejido a su izquierda. Torciendo el gesto, Derek soltó la pala y Khalani se percató de que el sucio mango estaba manchado de sangre.

—¿Estás bien? —le preguntó al tiempo que se detenía y apoyaba la pesada carretilla en el suelo.

—Sí. Se me acaba de reventar una ampolla —susurró Derek, mirándose las manos, que estaban sangrando y en carne viva, en un estado peor de lo habitual.

—Espera.

Khalani sacó del bolsillo un paño limpio que había logrado coger después de la ducha que se había dado esa mañana y le envolvió enseguida las manos, cubriendo las llagas abiertas.

—Gracias. —Derek hizo una mueca de dolor, pero no se quejó—. Si no recuerdo mal, hice lo mismo contigo cuando llegaste.

Khalani esbozó una sonrisa condescendiente y tiró de los extremos del paño para hacer un nudo.

—Parece que fue hace mucho tiempo.

Había perdido la cuenta de los días que llevaba en Braderhelm.

—Demasiado —susurró Derek.

Al ver su expresión fatigada, Khalani frunció el ceño. Era ese tipo de cansancio que no solo afecta al plano físico, sino que también debilita la voluntad, hasta el punto de que la mente olvida por qué sigue adelante.

—Saldremos de esta —lo animó Khalani, dándole un suave apretón en la muñeca.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Derek, escrutándola.

—Lo sé porque morir no es una opción —dijo con determinación.

—¡Eh, vosotros dos!

Sobresaltados, se volvieron para ver que un guardia rapado se dirigía a grandes zancadas hacia ellos.

—¿Por qué no estáis trabajando?

—Sí…, sí estamos trabajando, señor —titubeó Derek. El guardia se acercó con expresión amenazadora—. Solo habíamos parado unos segun…

El guardia le propinó un golpe brutal en el rostro con la porra y Derek cayó al suelo.

—¿Me has visto cara de querer oír tus excusas?

Cogiendo impulso, le dio una fuerte patada en el estómago.

—¡Ya basta! —gritó Khalani al ver que Derek se doblaba de dolor y se ponía en posición fetal.

El guardia giró repentinamente la cabeza y dio un paso hacia ella con gesto intimidante.

—¿Qué acabas de decir?

Khalani se obligó a calmar su respiración entrecortada mientras Derek luchaba por ponerse de rodillas.

—Si sigues haciéndole daño, no podrá trabajar. Y al alcaide no le gustará eso.

El guardia entornó los ojos.

—¿Y qué va a saber una patética prisionera como tú sobre el alcaide?

Desafiante, se enderezó. Aun así, ni siquiera le llegaba al pecho.

—Me he visto con el alcaide varias veces —mintió con descaro—. Y manifestó su descontento por los túneles sin terminar. Lastimar a otro prisionero hará que los trabajos avancen más despacio, y estoy convencida de que no querrás explicarle el retraso.

El guardia la examinó, aferrándose a la porra.

En cualquier momento, podía golpearla como si fuera un saco de boxeo, pero Khalani le sostuvo la mirada, tratando de transmitir confianza pese a que le temblaban las manos.

Los crueles ojos del guardia la miraron de arriba abajo y soltó un gruñido.

—No eres el primer trasero que le llama la atención al alcaide. Pero yo puedo hacerte daño de formas que él no notará.

Antes de que Khalani pudiera reaccionar, le clavó la táser en las costillas. Tenía el voltaje al máximo, por lo que se desplomó al recibir la violenta descarga y empezó a convulsionar sin control.

El guardia se inclinó sobre ella y esbozó una sádica sonrisa.

—Vuelve a replicarme y no dudes de que utilizaré esa boca para otras tareas. A ti no te mataré. Pero a él, sí.

Señaló a Derek sin desviar la mirada.

Khalani apretó los dientes y se imaginó a sí misma arrancándole la porra de acero y machacándole el rostro. Pateándolo, arañándolo, mordiéndolo una y otra vez como si fuera un animal extinto.

Y, después, le clavaría la táser en todos los agujeros del cuerpo. Al máximo voltaje.

Sin embargo, contuvo sus instintos feroces y dejó que el silencio hablara por ella. El guardia le sostuvo la mirada con aire intimidante y, unos segundos después, se alejó maldiciendo entre dientes.

Al cabo de unos instantes, los músculos de Khalani dejaron de temblar y poco a poco fue recuperando el control de las extremidades.

—¿Estás bien? —preguntó Derek desde el suelo, casi sin aliento.

—He estado peor. —Se acercó a él renqueando—. ¿Y tú, estás bien?

—No. —Derek torció el gesto y añadió—: Aunque, de no ser por ti, probablemente estaría muerto.

Cuando lo ayudó a ponerse en pie, Khalani advirtió una herida reciente que le recorría la mejilla desde la comisura del ojo hasta el labio. Lo observó con preocupación mientras él recogía con cuidado la pala del suelo y seguía colocando rocas en la carretilla entre gemidos sofocados.

—No hagas tantos esfuerzos.

Derek la miró sin dejar de cavar.

—No tenemos elección, Khalani. Al menos, no aquí dentro. Solo nos dejarán descansar cuando estemos muertos.

Ella frunció el ceño al ver que se sujetaba las costillas y apartaba la mirada para ocultar las lágrimas de dolor.

Quizá no bastara con contactar a Hermes. Tenían que escapar de Braderhelm.

Sumida en sus pensamientos, tratando de averiguar cómo convertir lo imposible en posible, Khalani acababa de dejar atrás su celda de camino al foso cuando oyó un susurro indomable a su espalda.

—Kanes.

El profundo eco de aquella voz masculina la dejó sin aliento y se le aceleró el pulso de golpe. Khalani se volvió lentamente, y el ritmo cardiaco se le disparó aún más al clavar la mirada en aquellos ojos sombríos que le resultaban tan familiares.

Takeshi estaba a unos pocos pasos, con esos brazos musculosos cruzados sobre el torso. La miró de arriba abajo, deteniéndose en los cardenales que tenía junto al ojo y en los cortes de los labios. Casi sentía físicamente su mirada, como si la acariciara con la yema de los dedos.

En un gesto involuntario, Khalani se colocó el pelo detrás de las orejas, cayendo en la cuenta de repente de su aspecto desaliñado. Llevaba un moño del que salían mechones encrespados en todas direcciones. Unas gotas de sudor le perlaban el cuello y el uniforme estaba manchado de polvo y hollín.

«Mírate, Kanes».

Las palabras que había pronunciado aquella mañana fatídica la desgarraron de nuevo. Para ella, resultaba más fácil concentrarse en la peor versión de Takeshi que en la forma en que la había mirado en el foso o en las tiernas palabras que habían compartido en la seguridad de su dormitorio.

Sin embargo, bueno o malo no eran adjetivos que pudieran aplicársele. Takeshi era, al mismo tiempo, el agradable calor del fuego y la quemadura sádica de las llamas.

Los hombres como él deberían llevar una señal de peligro en la frente.

—¿Qué quieres? —dijo, cruzándose también de brazos.

Takeshi dio unos pasos hacia ella. Lentos.

Como un depredador. El uniforme negro, en el que se ocultaban las armas, excepto el afilado cuchillo que llevaba en el cinturón, le ceñía la ancha espalda.

Una expresión tranquila y serena se reflejaba en su hermoso rostro, pero, cuando Khalani vio esos ojos abrasadores, la peligrosa atracción que la embargó activó todos sus músculos, que se prepararon para huir. O para acercarse a él un paso más.

—He estado pensando —dijo él.

—Pues ve con cuidado, podrías hacerte daño.

—¿Desde cuándo a ti y a mí nos importa el dolor? —preguntó con aire desafiante.

—Puedo darte un puñetazo en la cara para saber hasta dónde llega esa teoría.

—Adelante. Pero yo elijo el castigo si fallas.

Khalani resopló, convencida de que la única misión de Takeshi en la vida era fastidiarla. Hacerle daño. Derribar como un huracán todos sus muros y después contemplar tranquilamente cómo los reconstruía.

—¿Mi existencia te molesta o algo así?

—Depende. —Se inclinó hacia ella, ocultando lo que había a su alrededor con su imponente figura—. Barron está muerto. Has ganado el combate en el foso con contundencia. Se podría decir que has terminado el entrenamiento.

—Se podría decir.

—A menos que quieras una ronda más contra tu principal enemigo.

Takeshi ladeó la cabeza con gesto desafiante, observando atentamente su reacción.

En el interior de Khalani, el corazón dirigía una orquesta de tambores que competían por ver quién daba el golpe más fuerte. La mirada profunda de Takeshi buscó la de Khalani, que dobló los dedos como si hubiesen recibido una descarga eléctrica.

Cerca de Takeshi, se convertía en un torbellino de energía, en una bomba de relojería que solo él podía hacer estallar.

Sus palabras le llegaron a lo más profundo del alma y unas mariposas le revolotearon en el estómago, como si fuera una muchacha ingenua y estúpida.

Sintió la tentación de hacerse daño, y también de hacérselo a Takeshi como venganza.

—Pensé que no querías saber nada más de mí. Lo dejaste muy claro en tu habitación.

Takeshi tensó la mandíbula.

—Sé lo que dije y no voy a disculparme por ello.

—Es bueno saberlo.

Khalani se dio la vuelta, devolviéndole la misma cortesía que él le había dedicado esa mañana.

—Espera.

Apretó los puños, decidida a marcharse, pero el instinto se impuso a la lógica y vaciló un instante.

Se volvió despacio para encararse a él y advirtió que en la mirada de Takeshi se reflejaba una emoción en estado puro.