Capítulo 24 #2
—¡Acaba con ella! —bramó un guardia.
—¡Venga, levántate! —gritaron unos pocos prisioneros.
Khalani se apoyó en las manos y, con un gruñido, se puso en pie. Los hurras de la multitud se intensificaron.
Dana entornó los ojos y sacó una pequeña navaja del bolsillo. La hoja destelló y se reflejó en los ojos abiertos de par en par de Khalani.
Ni siquiera se paró a pensar en cómo Dana había conseguido el arma. Tampoco es que importara. En Braderhelm, nadie intervenía en un combate en el foso. Estaba sola, incluso si eso significaba la muerte.
Sin embargo, Khalani no era la débil y desamparada muchacha que Dana había machacado unos meses atrás. Había entrenado con el mejor. Si algo había aprendido de Takeshi era la habilidad de intuir los movimientos de los contrincantes y explotar sus debilidades.
Clavó los ojos en Dana y reparó en que tenía tendencia a apoyarse en la pierna izquierda y que bajaba el codo cuando asestaba un puñetazo. Se lamió la sangre que le resbalaba por el labio superior, y a Dana le flaqueó la confianza al ver el brillo desquiciado en los ojos de Khalani.
Esta arremetió de repente, levantando una polvareda al acercarse a ella. Dana reaccionó tal como había previsto, dirigiendo el puñal hacia su estómago. Khalani lo esquivó hacia la derecha y le lanzó un puñetazo en la garganta.
La navaja cayó al suelo y Dana retrocedió, tratando de recuperar el aliento.
Cientos de miradas de asombro se clavaron en Khalani.
Dana trató de recuperar la posición y embistió con todas sus fuerzas. Khalani se encorvó para esquivar el golpe, que pasó rozándole la cabeza. Veloz como un rayo, dio media vuelta y le asestó un brutal codazo en la nariz rota.
Dana se llevó las manos, claramente temblorosas, al rostro. Pero Khalani aún no había terminado con ella.
Agarrándola de la parte superior del mono, le golpeó en la sien. Dana cayó de rodillas.
—Retira lo que dijiste sobre mi madre —ordenó con voz ronca.
Entre temblores y tambaleándose, Dana consiguió ponerse en pie y le escupió un coágulo de sangre.
—Que te jodan.
Khalani volvió a golpearla.
Dana se desplomó a cuatro patas. La sangre le goteaba de la nariz y salpicaba el suelo, un recuerdo de lo que había pasado con Khalani la última vez que se habían visto las caras en el foso.
Un coro de hurras resonó a su alrededor cuando Dana comenzó a estremecerse. Sin embargo, no era porque llorara. Khalani sintió un escalofrío al ver que alzaba la mirada y sonreía mientras la sangre, de un rojo intenso, se filtraba entre los huecos de sus dientes.
—Creía que te faltaban agallas. Por lo visto, no eres muy diferente al resto de los que estamos aquí. Tu alma está igual de rota y destrozada.
Entre jadeos, Khalani recordó la dolorosa imagen de la fotografía de sus padres rompiéndose en mil pedazos y la vio reproducirse una y otra vez en su mente.
Los momentos quizá desaparecían, pero las cicatrices no. El dolor siempre estaba allí.
Como si fuera una asesina profesional, recogió la navaja del suelo y se acuclilló ante ella. Al presionarla contra la yugular de Dana y ver la sangre que brotaba del pequeño corte que le había hecho la hoja, se sintió embargada por un inquietante entusiasmo.
—Me quitaste lo último que me importaba. Has intentado arruinarme la vida, al igual que este lugar te ha arruinado a ti —susurró con tanta aspereza que le raspó la lengua.
—Pues venga, termina lo que empezaste —gruñó Dana.
El bullicio de la multitud que la rodeaba se desvaneció. Lo único que podía oír eran los latidos desbocados de su corazón. Khalani agarró con fuerza la navaja y se preparó para asestarle el corte final.
Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, el momento de hacer que todos sus enemigos lo pagaran con sangre.
Le temblaron las manos, y Khalani soltó un suspiro.
Dudaba. ¿Por qué dudaba?
Dana no merecía compasión.
Pero Khalani solo veía el rostro de Winnie. La visión de los libros que había leído, las conversaciones que habían mantenido y los sueños que la anciana le había confiado le vinieron a la mente y prendieron una chispa que la obligó a mirar más allá de su propia oscuridad.
La gente moriría. Podrían rasgar las páginas y quemarlas hasta que fueran ilegibles. Sin embargo, su vida tenía sentido porque lo que más importaba nunca la abandonaría…, no mientras siguiera viva. Winnie se lo había enseñado.
No tenía que quitarle nada a nadie. Nunca más. ¿Qué podía arrebatar cuando ya llevaba el mundo entero en su interior?
Esa carga pegajosa que hasta ahora la oprimía, que le nublaba la visión, se desvaneció. Durante unos instantes, hundió un poco más la hoja en el cuello de Dana, satisfecha al ver que se estremecía.
—Mírame —ordenó Khalani.
Cuando sus ojos se encontraron, Khalani advirtió un destello de miedo en los de Dana.
—Yo no soy como tú. No voy a destruir a otros para llenar mis vacíos. —A continuación, se inclinó hacia ella y susurró—: Y no necesito terminar lo que ya he ganado.
Atónita, Dana observó con incredulidad cómo Khalani soltaba la navaja y se alejaba, dejando atrás un fragmento oscuro de su alma.
Cuando Khalani alzó la cabeza, vio a Derek en primera fila, con los ojos abiertos de par en par. Serene, que la miraba con expresión desconcertada, empezó a esbozar una sonrisa arrogante. Cuando se acercó al borde, Adan y Derek la ayudaron a salir del foso.
—Quién iba a decir que serías capaz de negarte a matar a alguien y, aun así, quedar como una tipa dura —exclamó Adan, revolviéndole el cabello y provocándole una tímida sonrisa.
Khalani distinguió al incursor en una esquina: la miraba con la cabeza ladeada y una expresión curiosa en el rostro.
Ignorando las maldiciones y los vítores de los prisioneros ante el resultado de la pelea, dio media vuelta y se quedó paralizada.
Al otro lado del foso, una persona lo había estado observando todo.
Takeshi.
Con los robustos brazos cruzados sobre el pecho, la miraba fijamente, como si solo existieran ellos y no hubiera nada más a su alrededor. Khalani le sostuvo la mirada, y la intensidad hizo que se le tensaran los músculos y que el corazón empezara a latirle mucho más deprisa.
Y, entonces, los labios de Takeshi esbozaron una sonrisa apenas perceptible. Con ese sencillo gesto, transmitió todo lo que no decía con palabras.
Todos esos rigurosos y extenuantes entrenamientos. Todas las ocasiones en que la había tumbado o había criticado su estado físico, pidiéndole que se esforzara aún más. Todas esas miradas que habían intercambiado, cargadas de fuego, tenacidad y pasión.
Los sonidos que la rodeaban le acariciaban la piel y le pedían que volviera al presente. Sin embargo, Khalani solo tenía ojos para la figura imponente de Takeshi, que, un segundo después, se dio la vuelta y se convirtió en una sombra, fundiéndose con la multitud.
En otra vida, habría olvidado todas las cosas horribles que le había dicho y habría salido tras él para preguntarle si había visto el combate, convencida de que sí. Si había sabido desde el principio que Khalani era capaz de hacer lo que había hecho.
Pero no necesitaba preguntarle nada.
Takeshi comprendía a la perfección todas las respuestas que no requerían preguntas.
Un sinfín de emociones la embargaron, tan intensas que parecían llenar todo el espacio.
Más aún, llenaban todo su retorcido universo.
Porque, por una vez en la vida, también se sentía muy orgullosa de sí misma.