Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Me aferro a la miseria, al miedo y a la tristeza. Sé demasiado bien qué es que no te quieran.

E l silencio era un espejismo.

Desde la distancia, el enorme vacío parecía tentador, casi la cautivaba. Una guarida segura para que la mente se perdiera en sus propios pensamientos. Sin embargo, al acercarse, la ilusión se desvanecía y el silencio se convertía en algo ensordecedor. Bullicioso y enloquecedor.

Habían pasado semanas desde la última vez que Khalani había hablado con Winnie. Como no la habían asignado otra vez a la biblioteca, no había podido decirle a la anciana cuánto la extrañaba y cuánto lo lamentaba. Y no podía quitarse a Timothy Talbot de la cabeza.

Por un lado, deseaba olvidar completamente aquel diario, no albergar esperanzas en alguien de una generación perdida, la generación que había obligado a la humanidad a vivir bajo tierra. No creer en nada sería más fácil.

Pero ¿y si Timothy Talbot tenía razón y era cierto que había trabajado en un proyecto para que la humanidad pudiera regresar a la superficie?

Quizá lo de imaginar que existía un plan maestro secreto para salvarlos a todos no era más que una ilusión, pero su mente se aferraba a esa idea como a un salvavidas.

No solo no había podido visitar a Winnie en la biblioteca, sino que la única interacción que había mantenido con Takeshi desde la noche que había pasado en su cama se limitaba a cuando él le había comunicado que dejarían los entrenamientos por un tiempo.

No había dado más explicaciones.

Aquella persona de buen corazón que le había revelado su pasado atormentado había desaparecido. Solo quedaba el capitán distante, que la miraba con irritación y enojo.

Khalani trataba de no pensar en él. Lo intentaba con todas sus fuerzas. Pero su mente seguía regresando a esa noche en que se había tumbado junto a su cálido cuerpo.

Incluso había logrado relajar los músculos y dejar de fruncir el ceño. Durante un breve instante, se había sentido a salvo.

Sin embargo, todo —y, al mismo tiempo, nada— había cambiado en un abrir y cerrar de ojos.

Takeshi había perforado la coraza que la protegía y no había tapado el agujero.

¿Por qué siempre sucedía lo mismo? Los que infligían mayor dolor nunca se preocupaban de reparar el daño.

Se limitaban a dejarte destrozada y a esperar que la siguiente persona en aparecer se ocupara de esas cicatrices deformes.

—¿Estás bien?

Serene la observó preocupada.

—Sí. —Khalani se pasó los dedos por el pelo—. Es solo que tengo muchas cosas en la cabeza.

No les había contado nada de Timothy Talbot a los demás. No cuando aún no había decidido si el diario era auténtico o fruto de la fantasía. Por ahora, cargaría con esa cruz ella sola. Solo le quedaba esperar y confiar en que conseguirían ponerse en contacto con Hermes.

—Por favor, dime que tienes noticias —le dijo a Adan mientras se dirigían al rincón más apartado del foso para alejarse de oídos curiosos.

Adan le respondió con una sonrisa inquieta.

—¿Qué queréis primero, la buena o la mala noticia?

—La buena primero —respondió Serene cortante.

—La buena noticia es que el walkie funciona.

Derek frunció el ceño.

—¿Y la mala?

Adan soltó un hondo suspiro y se pellizcó el puente de la nariz.

—No funciona aquí abajo. Apolo está a demasiada profundidad y la señal no llega. Solo se puede transmitir desde la superficie. Desde Génesis.

Al oír aquellas palabras, la decepción y el desconsuelo los invadieron a todos.

—¿Y si esperamos a que el gobernador dé otra cena en su mansión? —sugirió Serene, agarrándose a un clavo ardiendo.

—Podrían pasar meses. Estaremos muertos para entonces.

Mirando hacia el infinito, Derek negó con la cabeza en un gesto amargo, como si estuviera enfadado consigo mismo por haberse permitido tener esperanzas.

—¿Y si hubiese otra manera? —sugirió de repente Khalani.

Todos se volvieron de golpe hacia ella.

—En la cena, los miembros del Consejo mencionaron los preparativos del baile para conmemorar el décimo aniversario de Génesis. El gobernador dijo que utilizarían a prisioneros de Braderhelm como sirvientes. Ahí está nuestra oportunidad —exclamó.

—Pero… tan solo faltan un par de semanas para la celebración —señaló Derek.

—Y, con todos esos huéspedes, habrá mucha seguridad —añadió secamente Serene.

Pero Khalani ya había empezado a trazar un plan en su mente.

—Serene puede hacerse con una pantalla táctil e incluirnos en la lista de sirvientes para el baile. Entraremos el walkie a escondidas en Génesis y, una vez allí, ya encontraremos la manera de escabullirnos un momento y enviar el mensaje.

Khalani miró a Adan en busca de confirmación.

—Es una opción —titubeó Adan—. Pero tenemos que asegurarnos de que no haya nadie cerca y de que la transmisión no se interrumpa. Puede que tarden varios minutos en responder. Si alguien nos ve, estamos muertos.

—Y si no lo hacemos, estamos muertos igual —replicó Khalani—. No tenemos alternativa. ¿Os apuntáis?

Esperanzada, escudriñó los tres rostros que tenía delante.

Serene hizo una mueca.

—¿Y perderme la oportunidad de darles caña a esos capullos otra vez? Ni hablar. Yo me apunto.

Adan puso los ojos en blanco.

—Ahí va, lista para meterse en líos sin pensar en su propia seguridad. Pero yo tampoco veo alternativa, así que contad conmigo.

Khalani asintió.

—¿Derek?

Derek alzó la cabeza: su mirada era tan intensa como si albergara mil soles.

—Mi único objetivo en la vida siempre ha sido ayudar a los ciudadanos de Apolo.

Y durante todos los días que he pasado en Braderhelm, no he dejado de pensar en aquellos a quienes he defraudado por no haber solucionado el fallo en los cultivos o haber ocultado la verdad.

Ya me había dado por vencido, pero no voy a dejar pasar la oportunidad de arreglar las cosas.

Khalani extendió el brazo y le apretó suavemente los dedos.

—Gracias.

—Bien —dijo Adan—. Todos conocéis el plan. Y recordad que no podemos fallar. Solo tendremos una oportunidad.

Una oportunidad. Su única oportunidad de salvar Apolo.

Aunque la ciudad del subsuelo no le había traído más que desesperación y tristeza, al convertirse en prisionera, Khalani había comprendido que no estaba lista para rendirse ante aquellos que la habían enjaulado. Existían cosas más importantes por las que luchar.

Mierda. Empezaba a sonar como Timothy Talbot. Demasiado.

—Tenemos que movernos —susurró Serene, señalando con la cabeza a un guardia que les lanzaba miradas recelosas.

Se dirigieron enseguida hacia la arena de combate para mezclarse con los prisioneros, que gritaban ajenos a su inminente y aciago destino. O quizá siempre lo habían sabido y les resultaba más fácil ignorar lo inevitable.

Sin embargo, ella se había hartado de ocultarse entre las sombras. Se había hartado de aceptarlo todo y no controlar nada.

Alguien ahí afuera había logrado lo que muchos creían imposible. Y la ciudad subterránea de Apolo era la prueba viviente de ello.

«Imposible» era solo una palabra creada para marcar límites. Y Khalani era una experta en saltárselos.

Estiró el cuello hasta hacerlo crujir mientras, en el foso, un prisionero rapado se enfrentaba a un hombre moreno, de dientes irregulares y pelo revuelto, y terminaba cayendo inconsciente a sus pies.

Khalani tamborileó con los dedos a los costados del cuerpo, impaciente por contactar con Hermes. El tiempo era una tortura silenciosa.

—¿A qué viene esa cara de amargada? ¿Tienes miedo de que te muelan los huesos otra vez?

La característica voz burlona de Dana rasgó el aire a su alrededor.

—Lárgate, Dana.

Khalani no iba a darle el gusto de dedicarle ni tan siquiera una mirada.

—¿O qué? ¿Te pondrás a llorar?

Derek se dio la vuelta al oír el alboroto y se puso ante Khalani.

—A ver, ¿de qué placa de Petri has salido, inculto pedazo de mierda?

Dana sonrió con malicia.

—Vaya, pero si la nena tiene hasta guardaespaldas. Claro, no puede luchar por sí misma.

—No pienso pedirte otra vez que te largues —siseó entre dientes Khalani.

—Oh, qué miedo —exclamó Dana, subiendo la voz—. Quizá hoy nos hará una balada sobre su estúpida madre muerta antes de suicidarse y hacernos un favor.

Varios prisioneros se doblaron de la risa.

Khalani sintió que la sangre le bullía y le subía al rostro, como si fuera un horno a punto de estallar.

Y eso fue precisamente lo que hizo.

Pasó junto a Derek, echó el brazo hacia atrás y le dio un puñetazo a Dana en la nariz. Al hacerlo, sintió que el cartílago se rompía debajo de sus nudillos. Dana soltó un grito y retrocedió unos pasos, casi a punto de caer en el foso. La nariz se le puso roja y empezó a lagrimear.

—Maldita zo…

Khalani se abalanzó sobre ella y la empujó, y ambas acabaron en el interior del cráter. Oyó gritos ahogados a su alrededor cuando se estrellaron contra el suelo del foso. Rápidamente, rodó sobre sí misma para alejarse de Dana.

Ignorando la punzada de dolor en la espalda, Khalani cogió un puñado de arena y se puso en pie.

Dana hizo una mueca de dolor y, soltando un gruñido, la imitó.

—Estás muerta —la amenazó, siseando mientras la sangre le goteaba de las fosas nasales.

Khalani se colocó en guardia y levantó las manos para cubrirse el rostro, tal como Takeshi le había enseñado. Dana arremetió con un gancho dirigido a su cabeza. Khalani se inclinó hacia la derecha y lo evitó por poco, y enseguida le lanzó un puñetazo que se estrelló contra la oreja de Dana.

Como si ni siquiera la hubiera rozado, Dana la cogió por los hombros y le dio un rodillazo en el estómago. Khalani ahogó un grito y se inclinó hacia delante sin apenas poder respirar.

Dana se aprovechó de la situación y le clavó un puñetazo en la cara. Le zumbaron los oídos y se dobló hacia un lado al tiempo que el dolor le perforaba la cabeza, como si unos platillos sonaran sin cesar en su interior.

De pronto, sintió que le tiraban del pelo y la rodilla de Dana le impactó en el rostro. El golpe la hizo retroceder unos pasos y se desplomó. Empezó a sangrar a borbotones y se le nubló la vista.