Capítulo 23
Si lo que tenemos es incierto, reinará un caos inaudito.
K halani inspiró bruscamente. Con la cabeza hundida en una mullida almohada, soltó un gruñido al estirar las piernas y los pies, que crujieron de forma agradable.
Por primera vez, se levantó sin notar esos nudos de dolor en la columna y el cuello.
Agarró las frías sábanas con los dedos y se acurrucó, abriendo despacio los ojos.
En lo primero que reparó fue en la ausencia de Takeshi.
Se incorporó, advirtiendo una bonita mancha de saliva en la almohada.
Genial.
Qué maravilloso regalo de despedida. Los hombres harían cola ante su celda, esperando su compañía irresistible. Se apresuró a girar la almohada para ocultar la prueba del delito y echó un vistazo a la estancia vacía.
¿Dónde estaba Takeshi? No lo había oído marcharse.
Casi como si le hubiese leído la mente, la puerta se abrió y el capitán apareció, ataviado con su uniforme. Dio unos pasos y se detuvo sorprendido, clavando sus ojos enigmáticos en ella.
—Estás despierta.
—Acabo de levantarme.
Khalani se aclaró la garganta y se pasó una mano por el pelo revuelto.
—Bien. Eso está… bien. —Acto seguido, frunció el ceño—. Tengo que escoltarte a la celda para el recuento.
—Oh, claro. Por una milésima de segundo, casi se me olvida que estoy en prisión —bromeó.
Apartó las sábanas, salió torpemente de la cama y le dedicó una sonrisa.
Takeshi no se la devolvió. Se había vuelto a poner esa máscara impasible y la miró con el ceño aún más fruncido. Khalani estiró los brazos por detrás de la espalda e ignoró el ambiente tenso que reinaba en la estancia.
—Tenemos que hablar, Kanes.
La joven arqueó las cejas al ver la expresión solemne de Takeshi.
—¿Sobre?
—Sobre lo de anoche.
Khalani se puso rígida, y cualquier rastro de cansancio desapareció.
—¿Te has buscado problemas por lo que ocurrió con el guardia Barron o algo así? Sea lo que sea, estoy segura de que lo solucionaremos —aseguró, pensando ya en cómo ayudarlo.
Era lo mínimo que podía hacer para agradecerle que le hubiese salvado la vida. Además, desde la noche anterior… algo había cambiado entre ellos. Ya no era su enemigo.
Pero ¿por qué la miraba como si fuera una aparición en carne y hueso de todos sus ángeles y demonios?
—No. —Se peinó el pelo con una mano callosa—. No es eso.
—¿Y a qué te refieres entonces?
Permaneció muy quieta, con el corazón en vilo y el pulso desbocado.
Takeshi se revolvió con incomodidad. Abrió la boca para decir algo, pero cambió de opinión. Pese a que en su mirada se libraba una batalla, adoptó una expresión decidida.
—Ya sabes la respuesta, Kanes. Te traje aquí por un motivo. Pero lo de compartir cama… Lo de contarte cosas que no tengo por qué compartir con alguien como tú… La manera en que me miras, como ahora mismo. Todo eso tiene que terminar.
Khalani retrocedió.
—¿Qué quieres decir con «alguien como yo»? —repitió, perpleja.
—Mírate, Kanes.
El cuchillo invisible que llevaba Takeshi en las manos amenazó con partirla en dos. Y lo único que Khalani supo hacer fue quedarse allí, inmóvil en su sucio mono.
—Eres una prisionera, y yo no. —Tensó la mandíbula—. Te sentenciaron aquí por un motivo, y yo soy el responsable de que cumplas la condena. No hay nada entre nosotros. No hay «nosotros», y pensar lo contrario es un disparate.
A Khalani se le contrajeron los músculos, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Las oscuras paredes de la estancia se cernieron sobre ella.
Escapar.
Necesitaba escapar.
Si permanecía un segundo más allí, ante él, explotaría. Todo lo que sentía se haría añicos y sus patéticos zarcillos se esparcirían por el suelo.
Se dirigió hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —preguntó.
—Me largo. ¿No es lo que querías? Y, para que lo sepas, Takeshi… —Khalani se volvió de golpe, con el corazón convertido en un sólido bloque de hielo—. El único disparate es que creas que yo pienso que hay algo entre nosotros. Sería una crueldad divina.
Un destello de dolor asomó a los ojos de Takeshi, pero los entornó y recuperó rápidamente la compostura.
—Pues me alegro.
Rabiosa, con la tensión agarrotándole los dedos y el rostro, Khalani se apresuró a salir de la habitación. El peso del desprecio y la vergüenza amenazaban con hundirla, como si le hubieran atado un bloque de cemento al corazón.
—¿Es por aquí? —preguntó, negándose a mirarlo a los ojos.
Ya había recorrido un tramo de pasillo.
—No. —Takeshi cerró con un portazo—. Es por el otro lado.
Con toda la dignidad que pudo reunir, Khalani giró sobre sus talones y se dispuso a seguirlo.
Los crueles desaires que habían intercambiado casi tomaron forma física y, de camino a su celda en completo silencio, los repelieron como si fueran imanes.
Takeshi había cortado de cuajo cualquier sensación de armonía o conexión que hubiese nacido entre ellos.
Las palabras se habían esfumado al llegar la mañana. Era mejor así. No estaba enfadada.
Estaba bien.
De repente, sintió que se ruborizaba y que se le humedecían los ojos. Se los restregó discretamente, apretando los dientes, para ahogar cualquier atisbo de emoción.
¿Cómo había dejado que pasara? ¿Cuándo había pasado?
¿Por qué estaba tan dolida?
Quizá no era más que un aviso, una señal de que necesitaba ver las cosas como realmente eran. Estaba empezando a encariñarse con la única persona que cerraba las puertas de su casa. Qué idiota.
La había tomado por tonta, y con razón.
Llegaron al bloque 7 en tiempo récord. Con un clic en la pantalla táctil, los barrotes metálicos se separaron y Khalani pasó ante él sin tan siquiera mirarlo. Clavando los ojos en las paredes marcadas de la celda, experimentó tal desolación que lo que le quedaba de corazón se hizo añicos.
La puerta se cerró a sus espaldas, y Takeshi se marchó sin añadir palabra ni mostrar un ápice de arrepentimiento. Quería gritarle al aire frío. Le temblaban los labios, pero Khalani se negó a llorar. No iba a permitir que él aún tuviera más poder sobre ella.
Takeshi entendía el juego, y ya era hora de que Khalani comprendiera las reglas. Sin embargo, aunque las piezas cambiasen de lugar, el tablero siempre era el mismo.
Braderhelm no era lugar para alimentar falsas esperanzas ni ilusiones. Era su hogar. Su realidad.
Despiadado, frío y cruel. Como él. Y como ella.
Khalani se apresuró a subir los peldaños hasta la biblioteca. Cada vez que Takeshi le venía a la cabeza, se clavaba las uñas en las palmas de las manos para reprimir esos pensamientos indeseados. Y, al ritmo que iba, acabaría con cicatrices de por vida.
El recuerdo de su voz grave humillándola era como un alambre de púas que le arañaba la piel.
«Mírate, Kanes».
Khalani hizo una mueca y entró en la biblioteca sin tan siquiera llamar.
El agradable olor a libros la ayudó a calmar los pensamientos erráticos y le recordó la importante tarea que tenía entre manos.
Necesitaba contarle a Winnie lo del fallo en los cultivos y su plan para ponerse en contacto con Hermes.
Confiaba en Winnie. A muerte. Por desgracia, también había empezado a confiar en Takeshi.
Sintió una nueva punzada de dolor y rehuyó el pensamiento.
«Olvídalo. Olvídalo, idiota».
Recorrió el pasillo de estanterías al ritmo de una melodía familiar de suaves notas. Cuando dobló la esquina, vio a la bibliotecaria sentada en una silla, moviendo la cabeza y cantando mientras leía un libro.
—Hola, Winnie —la saludó Khalani, entrando en la estancia.
La anciana se volvió enseguida y una sonrisa radiante le iluminó el rostro.
—¡Oh, Khalani, mi querida niña!
Winnie apagó la música y fue a su encuentro con la tela morada del vestido ondeando sobre el suelo.
—Winnie te ha echado de menos. Pero… ¿por qué estás tan pálida? ¿Estás enferma, querida? ¿Y qué son esos moratones?
Acarició suavemente con un dedo las marcas en el cuello de Khalani mientras entornaba los ojos.
—No es nada, Winnie. Estoy bien. Pero tengo que hablar contigo —anunció Khalani.
No estaba bien. En absoluto. Sin embargo, no pensaba lamerse las heridas en público.
Khalani le pidió que se sentara y la anciana obedeció, frunciendo el ceño. Antes de que pudiera arrepentirse, le contó todo lo que habían descubierto sobre el fallo en los cultivos, el críptico discurso del gobernador en Génesis y su plan de ponerse en contacto con Hermes.
Mientras lo hacía, Winnie guardó silencio con una expresión extraña. En sus ojos no se reflejaba la sorpresa, sino más bien la angustia y un reconocimiento que amenazaba con doblegar su frágil cuerpo. Khalani hizo una pausa al ver que se le llenaban los ojos de lágrimas y se le nublaba la vista.
—No llores, Winnie. Tenemos un plan. Estoy segura de que enviarán ayuda desde Hermes si logramos contactar con ellos.
Khalani no estaba muy segura de eso, pero debían intentarlo. Era su única opción.
—Al final, está ocurriendo. —Entre sollozos, la anciana se cubrió el rostro con las manos—. Pensé que aún había tiempo, pero ya está ocurriendo.
Las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—¿A qué te refieres, Winnie? ¿Tú sabías algo de esto? —preguntó Khalani, extrañada.
—A Winnie le dijeron que esto ocurriría —dijo con un hilillo de voz y la mirada clavada en el suelo.
—¿Quién? ¿Quién te lo dijo, Winnie?
La anciana sorbió por la nariz y negó con la cabeza con aire preocupado. Khalani insistió. Necesitaba respuestas.
—Sea lo que sea, ya sabes que puedes contármelo, Winnie. No tienes que seguir cargando tú sola con ese peso. Yo te ayudaré a llevar la carga y, juntas, encontraremos una solución. Confía en mí.
Winnie alzó la cabeza. Unos surcos húmedos se le dibujaban en el rostro y sus ojos encerraban un secreto.
—Khalani, ¿le prometes a Winnie que puede confiar en ti? —titubeó mordiéndose el labio.
La fuerza del momento inundó la estancia. Khalani extendió el brazo y le tomó la mano.