Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Llevaba los pantalones a la altura de las caderas y, aunque la camiseta negra era ancha, Takeshi la llenaba de igual modo.

Unos mechones suaves y negros le caían sobre la frente, cosa que le daba un aire más juvenil, pero sus ojos del color del carbón eran capaces de atravesar y atrapar a cualquiera.

No era justo que alguien fuera tan atractivo y ni siquiera se diera cuenta de ello.

Con gesto vacilante, Takeshi tensó la mandíbula y miró a Khalani, que permanecía sentada en la cama. En el ambiente se percibía cierta tensión e incomodidad, y ambos eran conscientes de cada centímetro cuadrado que los separaba.

Con un gesto rápido, alargó la mano, tomó la almohada blanca más pequeña y la arrojó al suelo.

—Quédate con las mantas. Suele hacer frío por la noche.

Mordiéndose el labio, Khalani permaneció inmóvil, casi como si cometiera un delito por meterse entre ellas.

Pero, al cabo de unos minutos, se deslizó en el interior de la cama y se cubrió con ellas.

Las suaves sábanas le acariciaron la piel y se le escapó un suspiro contenido.

Después de meses durmiendo sobre una dura losa de piedra, acurrucarse en esa cama era como tumbarse sobre una mullida nube.

Takeshi entornó los ojos, asintió con la cabeza y se acostó en el suelo, donde ella ya no podía verlo.

Se quedaron en silencio. Estaba agotada, pero no dejaba de devanarse los sesos, y su mente estaba igual de activa que si estuviera corriendo una maratón.

En lugar de dormir en su cama, Takeshi se había acostado en el frío y duro suelo.

Y todo por ella. Era como si se hubieran intercambiado por una noche, pero Khalani era incapaz de disfrutarlo.

A medida que transcurrían los segundos, la culpa y otra emoción, mucho más ardorosa, la invadieron y le impidieron conciliar el sueño.

Tras casi un minuto, no pudo soportarlo más. Khalani se inclinó y se asomó por el borde de la cama. Allí estaba Takeshi, tumbado bocarriba, con las palmas cruzadas sobre el pecho. Sus miradas se encontraron.

—No tienes que dormir en el suelo. Puedes dormir en tu cama —dijo.

Takeshi negó con la cabeza.

—Estoy bien, Kanes.

—No, de verdad.

Ella lo miró con aire severo, pero él no cedió.

Pues vale.

Khalani tomó la almohada y se levantó. Pasó por encima de Takeshi y la colocó junto a la suya.

Takeshi se incorporó de golpe, atónito.

—¿Qué estás haciendo?

—Me has salvado la vida. No voy a dormir en la cama y tú en el suelo. Si tú duermes aquí, yo también.

Takeshi cerró los ojos y, tras un suspiro de exasperación, se incorporó y tomó su almohada. Khalani se sorprendió al ver que cogía también la suya. Las colocó de nuevo sobre la cama y, al ver que ella iba a protestar, la interrumpió.

—Ni te plantees dormir en el suelo. Lo único que conseguirás es que me enfade.

Apartó las mantas y, con un gesto, le indicó que subiera.

Khalani regresó a la comodidad de la cama con el corazón desbocado. Takeshi alisó las mantas y se recostó encima de ellas, dejando un espacio prudencial entre ambos.

Incluso en la cama, se sentía pequeña en comparación con su corpulencia. Ambos permanecieron con la mirada fija en el techo, atrapados en un silencio que parecía tener forma y flotar entre ellos.

Khalani era muy consciente de lo cerca que estaban. Cómo se hundían las mantas con el peso del cuerpo de Takeshi, cómo respiraba de forma apacible, la calidez de sus brazos, a solo unos centímetros de distancia. No cabía duda: esa noche no iba a pegar ojo.

Desvió la mirada hacia la ventana virtual en la pared. Una luna llena brillaba con tanta nitidez que hasta se podían dibujar cada uno de sus oscuros cráteres.

—¿Crees que la luna se ve así en la superficie? —susurró para aflojar la tensión.

Takeshi giró la cabeza y miró hacia la ventana. Guardó silencio unos minutos.

—Creo que en la superficie todo parece más hermoso —admitió finalmente.

Khalani curvó hacia arriba las comisuras de los labios.

—Pienso lo mismo. Por mucho que odie Génesis y todo lo que significa, es el lugar más bonito que he visto nunca.

Sintió que Takeshi llevaba un brazo hacia la nuca y apoyaba en él la cabeza, sumido en sus pensamientos.

—Génesis era mi hogar —declaró en voz baja.

Khalani se volvió hacia él, sorprendida.

—¿Vivías en Génesis? ¿Y cómo acabaste convirtiéndote en guardia de Braderhelm?

Takeshi negó con la cabeza y esbozó una media sonrisa que no se reflejó en sus ojos.

—No es una historia feliz, Kanes.

Khalani se tumbó de lado para mirarlo.

—¿Y cuál lo es? Todos estamos jodidos. Pero algunos sabemos fingir mejor y ocultarlo.

Takeshi frunció el ceño, sopesando sus sinceras palabras.

—Nunca conocí a mi padre —admitió al fin—.

Nos abandonó cuando yo nací. Mi madre me crio sola; apenas ganaba lo suficiente para mantenerse a ella.

Sin embargo, siempre se aseguró de que nunca me faltara nada y de que fuera feliz, completamente ajeno a lo pobres que éramos. Su amor lo compensaba todo.

»Quería lo mejor para mí, que estudiara e hiciera carrera, así que empezó a salir con un rico empresario de Apolo.

Se llamaba Hector. Me cayó bien… al principio.

Se casaron justo cuando acabaron la cúpula y, como él tenía suficiente dinero, nos trasladamos a Génesis.

Fue entonces cuando empezaron los problemas.

Tumbada sobre la cama y absorta en las palabras de Takeshi, que flotaban en el aire como un hechizo, Khalani permaneció inmóvil. Presentía que, si se movía, el poder que ejercía la historia sobre ella, sobre él, desaparecería.

—Los primeros años después de llegar a Génesis mi madre parecía feliz, pero, poco a poco, su sonrisa fue desvaneciéndose.

De vez en cuando, veía que tenía moratones en los brazos.

En las mejillas. A menudo le preguntaba, pero ella siempre me decía que había tropezado o que era muy torpe y se había dado un golpe.

Mi felicidad le importaba más que la suya y nunca me confesó la verdad.

Un día, cuando tenía quince años, salí un poco antes de la escuela.

Al entrar en casa, oí que discutían. Hablaban de mí, y él me llamó «capullo desobediente», «una decepción constante» y «un hijo lamentable».

No sabían que estaba en la puerta. Mi madre lo abofeteó y él le pegó un puñetazo.

»Se me heló la sangre. Mi madre estaba allí, desplomada sobre el duro suelo, y a Hector parecía darle igual.

Se fue. Yo me arrodillé junto a ella y nos abrazamos, ambos llorando.

No podía hablar. Estaba horrorizado, asustado.

Pero, sobre todo, estaba enfadado. Enfadado porque no sabía lo que ocurría.

Porque Hector le había hecho daño a mi madre.

Y furioso conmigo mismo por no haber hecho nada para evitarlo.

—Los músculos de los brazos se le tensaron—.

Dejé el instituto al día siguiente y me alisté en la Academia con el objetivo de convertirme en guardia.

Mi madre no estaba de acuerdo, pero no la escuché.

Deseaba ser capaz de protegerla si él intentaba hacerle daño otra vez.

Pasaron los años y los moratones desaparecieron o, al menos, yo no vi ninguno.

»Me gradué el primero de la clase y me eligieron como uno de los guardias personales del gobernador.

En cuanto me dieron las notas, fui a casa para darles la buena noticia.

Cuando entré por la puerta, vi a Hector empujando a mi madre contra la pared.

La estaba estrangulando. Ni siquiera reflexioné.

Ataqué, sin más. Me valí de todas las técnicas que había aprendido durante el entrenamiento para quitárselo de encima.

Lo golpeé una y otra vez. Y a cada puñetazo que le daba, la imagen de él haciéndole daño a mi madre, que no mataría ni a una mosca, se repetía una y otra vez en mi cabeza y me ponía aún más furioso.

Sin embargo, no sirvió de nada. Había llegado demasiado tarde.

Para cuando acabé con él, mi madre ya estaba muerta.

—Un destello le cruzó los ojos antes de continuar—.

A nadie le importó que la hubiera matado.

A ojos de todos, era su mujer, una de sus posesiones, y podía hacer con ella lo que quisiera.

A mí me condenaron por el asesinato de Hector.

Como era el mejor guardia que habían visto en la Academia, el juez supremo me perdonó la vida y decidió que sería más útil en la prisión de Braderhelm.

Khalani permanecía inmóvil, atónita. Al igual que a ella, le habían arrebatado la vida de la forma más cruel, ruin y horrorosa posible. No había llegado a Braderhelm por voluntad propia. Lo habían condenado.

Un prisionero que carecía de ese título.

Takeshi tenía la mirada perdida, una expresión seria y los músculos rígidos. Se vio en él, y su hostilidad cobró sentido. Apartaba a todo el que trataba de acercarse a él para no sufrir si resultaba herido. Como había ocurrido con su madre.

—Lo siento, Takeshi. No te lo merecías —susurró.

Takeshi volvió la cabeza hacia ella, como si sintiera la intensidad de su mirada. La observó como si fueran almas gemelas, perdidas en un mundo cruel y lleno de dolor.

—Tú tampoco te merecías perder a tus padres.

A Khalani se le humedecieron los ojos y apretó los labios, tratando de contener las lágrimas.

—¿Crees que…? —Hizo una pausa. El nudo que tenía en la garganta no la dejaba hablar—. ¿Crees que algún día volveremos a verlos? ¿En el cielo, quizá?

Era la primera vez que se permitía pronunciar aquellas palabras. Takeshi frunció el ceño con aire reflexivo.

—Durante mucho tiempo no creí en Dios. Es decir, ¿cómo podía Dios hacerme eso? ¿Cómo podía habérselo hecho a ella? Pero mi madre era creyente. Así que, si existe un cielo y alguien ha podido entrar en él, esa es ella. Y cuando te miro…

Takeshi irguió la cabeza y su mirada arrebatadora la obligó a contener el aliento, como si custodiara el oxígeno que respiraba.

—Sé que no debería decir esto, pero eres tan hermosa que duele. Y no es solo en el plano físico, sino también por tu forma de ser. Por eso sé que, si tus padres se te parecen, seguro que también están en el cielo.

Sin que Khalani pudiera evitarlo, le rodaron lágrimas por las mejillas, pero no le importó.

—No es justo —susurró.

—¿El qué? —preguntó, mirándola.

—Que me conozcas más de lo que yo me conozco a mí misma.

Sabía ver las cicatrices más profundas. Las heridas que nunca mostraba a nadie. El inmenso dolor, la furia y el arrepentimiento que albergaba en lo más recóndito de su ser por no haber podido evitar que le arrebataran a las personas que más quería en el mundo.

Sin embargo, a Takeshi eso no lo había debilitado. Al contrario, le había dado fuerzas para luchar contra el mundo.

—Pero te lo agradezco —confesó Khalani—. No solo que me hayas confiado tu historia, sino también que me hayas ayudado.

Takeshi tensó la mandíbula.

—Tenía miedo. He visto tu cuerpo en el suelo y en lo primero en lo que he pensado ha sido en mi madre. He sentido que también te había fallado.

—Lo sé…, pero no me has fallado. Estoy bien —insistió Khalani, percatándose de que Takeshi miraba de reojo y con preocupación las marcas rojas que tenía en el cuello—.

Hasta he puesto en práctica una de tus enseñanzas: ese truco asqueroso de los dedos en los ojos —añadió—.

Ha sido repugnante. Solo tú podrías haberme convencido de hacer algo así.

—Ya lo he visto. No pareces una tipa tan dura si lo llamas «el truco asqueroso de los dedos en los ojos», ¿sabes?

—Puede que así sea, pero acabas de admitir que soy una tipa un poco dura.

Takeshi puso los ojos en blanco, visiblemente más relajado.

—¿Estás tratando de que olvide que estoy enfadado, Kanes?

—Sí. ¿Funciona?

Takeshi se tumbó bocarriba. Su expresión aún era seria, pero una ligera sonrisa se insinuaba en la comisura de sus labios.

—Tal vez.

Ella también se recostó de espaldas, sonriendo para sí misma. Los embargó una dulce sensación de paz. Una tregua. Solo por esa noche.

Como él le había contado su historia, Khalani se sintió obligada a compartir un pequeño detalle de sí misma que nadie más conocía.

—¿Sabes?, de pequeña quería ser jardinera.

Contempló el techo e imaginó un jardín de flores que crecían entre las grietas grises.

—¿En serio? —dijo él con esa voz grave y baja, también mirando el techo.

Al igual que ella, ¿Takeshi también era capaz de percibir el arte?

—Sí. Todos los demás niños de mi clase querían convertirse en científicos, incursores o consejeros. Algo grandioso. Yo no. Yo me dibujaba regando flores en Génesis.

Él rio entre dientes.

—Con lo cabezota que eres, pensaba que querías ser la primera mujer gobernadora.

—No me gusta ser el centro de atención. Más bien tiendo a desvanecerme en el fondo, en las sombras. Supongo que Braderhelm es el lugar perfecto para mí, aunque no haya flores —bromeó, sacando los brazos por encima de las mantas y acurrucándose un poco más.

Takeshi guardó silencio durante un buen rato. Justo cuando a Khalani se le empezaban a cerrar los ojos con el peso del cansancio, susurró:

—Encontraré flores para ti.

Takeshi tenía los brazos a los costados del cuerpo, sobre las mantas. Lentamente, como si de su cuerpo emanara electricidad estática, acarició el meñique de Khalani con su dedo meñique. Y lo dejó allí.

Khalani contuvo el aliento ante aquel breve roce. Eso fue todo. No llegaron a cogerse de las manos.

Era una conexión mínima, pero esas células de piel unidas a las suyas eran como electrodos que conducían la energía.

Hasta que Takeshi le había acariciado el meñique, no sabía para qué servía.

Khalani tragó saliva, tratando de calmar su corazón desbocado. Solo movían el torso, que subía y bajaba cada vez que tomaban aliento. Finalmente, Khalani cerró los ojos y dejó que el sonido de la respiración de Takeshi calmara los vaivenes de su mente.

Pronto empezó a descender por un túnel lleno de sopor y, sumergiéndose en las profundidades, se quedó dormida con el dedo de Takeshi todavía rozando el suyo.