Capítulo 22
Has descubierto que estoy hecha de nada y la has moldeado.
L o primero que notó Khalani fue el trapo mojado sobre la frente. Tenía la cabeza apoyada en una dura almohada que se le acoplaba perfectamente al cuello y desprendía un olor ligeramente familiar.
Ladeó la cabeza y abrió los ojos.
Takeshi estaba sentado junto a ella, observándola con aire preocupado mientras le colocaba el trapo.
—Lo siento. No pretendía despertarte. Parecías tener fiebre —se apresuró a explicar, retirando la mano.
Khalani miró a su alrededor, confundida.
Estaban en una oscura habitación en la que solo había una diminuta cómoda negra, un escritorio espartano y la magnífica cama en la que estaba acostada. La cálida luz de una lámpara de noche iluminaba el rostro de Takeshi. Seguía con el uniforme negro puesto y llevaba el pelo revuelto.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz ronca.
—En mi habitación. El médico que había hoy de guardia en la enfermería era otro y habría hecho demasiadas preguntas. Lo mejor era traerte aquí.
Takeshi carraspeó y cambió de postura, incómodo.
Khalani gimió al incorporarse. Él se recostó, sin dejar de mirarla con ojos preocupados.
—Creo que has sufrido una conmoción y te dolerá el cuello durante los próximos días. Solo necesitas descansar —añadió, como si tratara de tranquilizarse a sí mismo.
Tras un considerable esfuerzo, Khalani consiguió enderezarse. Apoyó la cabeza contra la pared de piedra y asintió de forma apenas perceptible, ignorando el dolor del chichón que tenía en la frente y agradecida de verdad por la presencia de Takeshi. Menos mal que había aparecido…
Apretó los dientes, deseando bañarse en agua hirviendo hasta despellejarse. Lo que fuera con tal de olvidar tanto física como mentalmente las asquerosas manos de Barron acariciándola, como si su cuerpo fuera suyo y pudiera hacer con ella lo que quisiera.
Takeshi ladeó la cabeza al notar que ella volvía a estar tensa.
—¿Y Barron? —escupió Khalani entre dientes.
Takeshi reaccionó de inmediato enderezándose. Con los puños apretados, apartó la mirada, pero Khalani llegó a distinguir un destello de malestar y furia.
—Después de traerte aquí, he avisado a un par de guardias. Les he dicho que Barron me había atacado y que había tenido que defenderme. Cuando hemos ido a recuperar el cuerpo de Barron para llevarlo ante el alcaide, ya estaba muerto.
Takeshi apretó los labios con gesto severo, sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento pese a lo siniestro de la situación.
Khalani no supo qué decir. El capitán había vuelto a arriesgar la vida por ella y, a modo de compensación, ella solo le ofrecía caos y destrucción. Quizá todo fuera culpa suya.
Quizá se mereciera lo que estaba ocurriendo.
—Lo siento —susurró, bajando la mirada hacia las manos.
¿Por qué todo lo que tocaba acababa estropeándose?
—Mírame.
Khalani negó con la cabeza.
—Mírame, Kanes.
A regañadientes, Khalani alzó la mirada.
Los ojos de obsidiana de Takeshi se clavaron en los suyos.
—No te disculpes. Soy yo el que debería hacerlo. Me entretuve y no llegué a tiempo. Es todo culpa mía. Lo que… te ha pasado. Lo que te hizo ese pedazo de mierda inútil. Lo que trató de hacerte. No dudaría en matarlo de nuevo si…
Takeshi se interrumpió y apartó la mirada, furioso.
Khalani se inclinó hacia él y se atrevió a apoyarle una mano sobre el hombro. Él se negó a mirarla, carcomido por la culpa.
—Eso no es verdad, Takeshi. Me has salvado. De verdad. Y no solo al final. Cuando estaba a punto de desmoronarme, tu voz y lo que me has enseñado durante el entrenamiento me dieron fuerzas para contraatacar. Te estoy muy agradecida, más de lo que te imaginas.
Khalani lo decía de verdad. Lo había odiado durante mucho tiempo por tratarla con tanta hostilidad… ¡Qué estúpida había sido!
Al oír esas palabras, Takeshi arrugó la frente, sorprendido, y la miró. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró enseguida y optó por asentir con la cabeza.
Como si las palabras fueran innecesarias.
Y, por primera vez, Khalani entendió su silencio.
Takeshi miró de reojo, deliberadamente, la mano que Khalani aún mantenía sobre su hombro.
—Lo siento.
Ruborizada, se apresuró a retirarla.
—¿Aún piensas que voy a matarte, Kanes? —dijo con un brillo en esos ojos oscuros—. Podría haberlo hecho fácilmente cuando te tenía entre mis brazos.
Su voz magnética le acarició la piel y le provocó un escalofrío. Casi creía que aquella parte (ella entre sus brazos) había sido un sueño. Incluso mejor que eso. Y aunque debería haber sido irrelevante, algo sin importancia, no dejaba de recordar ese instante como el mejor de su vida.
—Quizá aún lo estés considerando. Espero que no te pesara mucho —añadió.
—Hum… Puede que sí tenga que llevarte al médico al fin y al cabo —reflexionó Takeshi—. Si un día llegas a pesarme, será porque se me han caído los brazos.
A Khalani se le aceleró el pulso y, por un momento, olvidó respirar.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó, desesperada por cambiar de tema antes de soltar una sarta de tonterías.
Takeshi arrojó el paño húmedo sobre el escritorio.
—Unas pocas horas. Las luces se han apagado hace apenas un rato.
Ella asintió, y un silencio incómodo se instaló entre ambos. Seguramente, había llegado el momento de que Takeshi la escoltara a la celda. Y, pese a que no tenía ninguna lógica, Khalani no quería marcharse.
Y, aunque intentara justificarse diciéndose que aún estaba conmocionada por el incidente con Barron, en lo más profundo de su ser, en esas partes de sí misma que nunca exponía, sabía que había algo más.
La presencia de Takeshi la reconfortaba.
No era solo por la calidez que desprendía.
Era por su manera de escucharla, como si lo que estaba diciendo importara.
Era por su forma de moverse, como si el aire a su alrededor le perteneciera, y por cómo la animaba a hacer lo mismo.
Era por el modo en que la miraba con esos ojos llenos de preocupación, como si no soportara verla sufrir.
Quizá había dejado de odiarlo hacía tiempo y no se había dado cuenta hasta entonces.
Takeshi tamborileó con un dedo sobre una pierna y la observó.
—Bueno, y ahora… tienes un par de opciones.
—Vale…
—Puedo llevarte de vuelta a la celda y duermes allí. Te prometo que nadie te molestará —aseveró.
—¿Y la segunda? —preguntó Khalani, conteniendo el aliento.
Se produjo un silencio.
—La segunda opción es que te quedes aquí… Solo esta noche, para descansar. Te prestaré la cama y yo dormiré en el suelo —sugirió con cierta reserva.
Khalani se retorció las manos.
Las palabras de Takeshi eran como descargas eléctricas reales que le subían por los brazos y la abrasaban. Khalani ya sabía la respuesta que quería darle. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero se las tragó, obligándolas a regresar a lo más profundo de su garganta.
En otro momento y en otro lugar, y si la angustia no significara nada, la verdad habría salido de su boca como cuando alguien se ahoga y puede finalmente tomar una bocanada de aire.
Sin embargo, no se parecían en nada, eran por completo opuestos, enemigos jurados. Pese a eso, en ese instante, parecía que todas esas cadenas que los unían y los limitaban se estaban desvaneciendo. Como si estuvieran en una burbuja, fuera de la prisión, lejos de Apolo.
Takeshi le estaba ofreciendo, por una sola noche, la libertad de decidir lo que quería, una libertad que le habían robado tiempo atrás.
Alzó la mirada, esperando descubrir la respuesta en sus ojos fríos como el acero, pero se encontró una cara de póquer perfecta. El único indicio que revelaba lo que podía estar pensando era su respiración, que se había sincronizado con la suya.
Debería regresar a la celda.
Era lo más lógico. Ya habían ido más allá de los límites permitidos.
Pero, pese a su aspereza exterior, Takeshi se había apiadado de ella cuando más lo había necesitado. A su lado, no se sentía la prisionera 317. Era otra vez un ser humano, para lo bueno y para lo doloroso.
Cuando estaba cerca de él, se sentía más viva que nunca.
Khalani se armó de valor. La lógica podía irse a freír espárragos.
—Me quedaré contigo esta noche.
—¿Estás segura? —preguntó Takeshi con una voz un par de octavas más grave.
Khalani no se fiaba de sus palabras, así que asintió con la cabeza.
—De acuerdo. —Takeshi frunció el ceño y añadió—: Como ya te he dicho, la cama es tuya. Yo dormiré en el suelo. Ahora me quitaré el uniforme, ¿vale?
Esperó a que asintiera y empezó a desatarse los cordones de las botas.
Khalani observó todos sus movimientos con atención. Descalzo, se dirigió hacia la cómoda y sacó un par de pantalones de chándal grises y una camiseta.
Por alguna razón, le sorprendió que tuviera otra ropa. Y cayó en la cuenta de que la idea era de lo más absurda. Era evidente que no había nacido vestido con un uniforme.
Takeshi se llevó las manos a la nuca y se quitó la ajustada camiseta. A Khalani casi se le salieron los ojos de las órbitas. Lo había visto sin camiseta durante los entrenamientos, pero no tan de cerca; se le marcaban todos los tendones.
Los músculos de la espalda se movieron cuando se deslizó una camiseta negra sobre la cabeza.
Cuando él se volvió, Khalani se apresuró a desviar la mirada hacia la pared contraria, como si fuera lo más fascinante que había visto en la vida.
Un sonido metálico resonó en la estancia. Se estaba desabrochando el cinturón.
«No mires».
«No mires».
«Ni se te ocurra mirar».
Juntó los dedos, tratando de concentrarse en otra cosa, lo que fuera.
En la comida repugnante que les servirían mañana durante el almuerzo. Sí. Eso seguro que ayudaba. Además, también apestaba. A diferencia de… las sábanas blancas de Takeshi. Que ahora mismo la envolvían. Que lo envolvían a él cada noche.
¡Joder!
Después de varios segundos de agonía, oyó el sonido amortiguado de unas pisadas. Khalani entornó los ojos despacio y echó un vistazo para asegurarse de que podía mirar.