Capítulo 21 #2
Adan cogió la bolsita y sacó de ella un revoltijo de cables y metal del tamaño de un dispositivo portátil. El objeto negro estaba aplastado, como si alguien lo hubiese desmontado de malos modos.
—¿Es un… walkie ? —preguntó Adan, inspeccionando el aparato con atención y ocultándolo con el cuerpo.
—No es un walkie-talkie cualquiera. Perteneció a un incursor. ¿Y veis esa pequeña H azul? Es la insignia de la otra ciudad del subsuelo, Hermes —susurró Serene, radiante.
—¿De dónde demonios lo has sacado? —preguntó Adan, boquiabierto.
—Lo robé anoche de la mansión del gobernador. Los guardias mencionaron que habían recuperado el equipo de un incursor, así que me colé en el despacho y me lo metí en el sujetador dos tallas más grande que nos obligaron a ponernos. Nadie se dio cuenta.
Khalani puso los ojos como platos.
—Si conseguimos arreglarlo, quizá podamos contactar con Hermes —sugirió Serene—. Y pedir ayudar. Tenemos que intentarlo.
—Pero ¿no lo habrá hecho ya el Consejo? ¿No les habrá pedido ayuda? —preguntó Adan, sin apartar la vista del objeto y con el ceño aún fruncido.
—Con los pocos trajes antirradiación que hay en Apolo, una evacuación total es impensable. Hermes no puede enviar suficientes provisiones para todos, y Apolo nunca informará a otra ciudad de un genocidio masivo —soltó Derek.
El silencio, al igual que la cruda realidad, se cernió sobre ellos.
—Eras uno de los mejores ingenieros. ¿Puedes arreglarlo? —Serene miró a su hermano con los ojos llenos de esperanza.
Adan sostuvo el walkie-talkie entre las manos y lo examinó con cuidado.
—No lo sé. Necesito algunas herramientas, como un destornillador, cinta aislante y pilas.
Algunos guardias tienen walkies con una tecnología menos avanzada que la de este, pero las pilas deberían ser compatibles.
Si consigo esas cosas, puedo arreglarlo en unas semanas. Pero no garantizo que funcione.
—Dame un par de días. Te conseguiré lo que necesitas —aseguró Serene con firmeza.
La señal de que el tiempo para comer había terminado interrumpió la tensión del momento y les hizo dar un respingo. Adan enseguida se guardó el dispositivo en el bolsillo antes de que cualquier persona que pasara junto a ellos pudiera verlo.
—De momento, lo mantendremos en secreto. No podemos confiar en nadie más —sugirió Adan.
Todos asintieron, excepto Derek.
Los prisioneros se encaminaron hacia las tareas vespertinas. Khalani trató de alcanzar a Derek, pero este aligeró el paso, como si no quisiera hablar más del tema. En sus ojos se reflejaba la verdad.
Había perdido la fe. Para él, nada ni nadie los salvaría.
Khalani no dejó de frotarse las manos y de hacer crujir el cuello mientras recorría los túneles sola. Los músculos le respondían. El corazón le latía en el pecho. Pero se sentía desconectada. Como si fuera a bordo de un tren que no conducía nadie.
Cuando Khalani había llegado a Braderhelm, se había resignado a una muerte lenta, fría y solitaria entre esos muros de piedra. Había aceptado el cruel destino que le había tocado y solo suplicaba que el final no tardara en llegar.
Pero ahora… Ahora todo había cambiado. Tenía… amigos.
Personas que le importaban. Personas que se preocupaban por ella.
Le habían devuelto algo que creía perdido para siempre, una esperanza que no desaparecería pese a que sus peores miedos amenazaran con destrozarla: le habían demostrado que ella era más que toda la maldad que había sufrido o los errores que había cometido.
En ese sentido, la vida era como la poesía. Estaba hecha para ser compartida.
Esa misma tarde, mientras se dirigía a la celda a esperar a Takeshi, una parte salvaje en su interior deseó enfrentarse a él.
Descubrir si sabía la verdad sobre los cultivos dañados.
Como capitán que era, su obligación sería matarlos a todos por robo e insubordinación.
Pero ¿y si podía ser de ayuda?
Nerviosa, revolvió los pies mientras esperaba a que llegara. Cada segundo parecía una hora durante la cual su mente libraba una batalla.
Oyó las rápidas pisadas de unas toscas botas que se acercaban por el pasillo. Ya era hora.
Dio un paso al frente, dispuesta a mofarse de él por llegar tarde, pero entonces vio al hombre que había doblado la esquina. No era Takeshi.
Era el guardia Barron.
Khalani se quedó petrificada, rígida como un palo, mientras un sudor frío le recorría la espalda. El guardia esbozaba su habitual sonrisa malvada y su corpulento cuerpo ocupaba casi todo el pasillo.
—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí?
Sintió que se le erizaba la piel y, con movimientos lentos, dio un paso atrás sin apartar del guardia los ojos, abiertos como platos. El corazón le latía desbocado en el pecho.
Barron ladeó la cabeza.
—¿Ibas a alguna parte?
Se acercó, mirándola con un destello de malicia.
Sin dudar ni un instante, Khalani dio media vuelta y empezó a correr en dirección opuesta, impulsándose con los brazos.
El ruido de las pisadas de botas tras ella avivaba sus peores miedos.
Temblando, inspeccionaba a toda prisa los oscuros túneles en busca de alguien, quien fuera, pero no había nadie.
Nadie iba a ayudarla. Todo el mundo estaba en el foso y no había ni rastro de Takeshi.
Le ardían los pulmones de tanto correr. Las fuertes pisadas a su espalda aumentaron de intensidad y las paredes devolvieron el eco de un sonido profundo y gutural que la seguía como si fuera una maldición persistente. El pánico se apoderó de ella.
Rezando todas las oraciones que conocía para alcanzar a tiempo el foso, dobló rápidamente la esquina del siguiente pasillo. Un sinfín de barras metálicas pasaron fugazmente ante sus ojos. Ya veía la escalera. Iba a conseguirlo.
De repente, un fuerte brazo la agarró del hombro y la estampó contra la pared. Las ásperas rocas le rasparon la mejilla, y Khalani gritó de dolor. Trató de darle un puñetazo, pero Barron la rodeó con los brazos por la espalda y la inmovilizó con toda su corpulencia.
Khalani arqueó el cuerpo hacia atrás, tratando desesperadamente de zafarse, pero él no se movió. Barron le lanzó su aliento caliente al oído.
—Eso, resístete. Me gusta cuando se resisten.
Gritó y pidió ayuda con todas sus fuerzas, pero Barron le tapó la boca con la mano y la hizo callar. Presionó aún más su rostro contra la pared, y Khalani se asombró de la fuerza que tenía. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y empapaban la mugrienta mano del guardia.
—Llevo bastante tiempo soñando con este momento —murmuró con tono intimidante.
Barron le mordió suavemente el cuello y Khalani trató de apartarse y quitárselo de encima. Él le golpeó la cabeza contra el muro, haciéndole ver las estrellas.
—En cuanto haya terminado contigo, nadie encontrará tu cadáver. Ni siquiera el capitán. Será como si nunca hubieras existido.
Le quitó la mano de la boca y empezó a desabrocharle el mono. Khalani seguía tratando de zafarse, pero Barron se mantuvo firme y consiguió quitarle una hebilla.
—¡Para, por favor! ¡Para! —rogó Khalani.
Sin embargo, el guardia ignoró sus súplicas y le tiró bruscamente del mono.
Khalani luchaba con todas sus fuerzas y lloraba desconsoladamente; la energía y la fuerza de voluntad empezaban a abandonarla.
El golpe que había recibido en la cabeza seguía doliéndole; apretó los ojos y los cerró, indefensa ante aquel guardia que no pensaba soltarla.
No podía soportarlo. No soportaría que la violara.
Sintió como si abandonara su cuerpo y viera la escena desde arriba: el guardia que la acorralaba contra la pared, ella que se bloqueaba emocional y mentalmente, él que trataba de desvestirla.
¿Estaba ocurriendo de verdad?
Todas esas sesiones de entrenamiento, todos sus esfuerzos por ser más fuerte, por aprender a defenderse. ¿No habían servido de nada?
—Dime cómo te sientes ahora mismo —ordenó Takeshi.
—Indefensa.
—Sí. Sientes que no tienes control, que eres débil. Pero esa no eres tú. Tienes que recuperar el control, demostrar que no vas a permitir que te maltraten y que te dejen tirada. Eres fuerte, Kanes.
Khalani abrió los ojos de golpe justo en el momento en que Barron le manoseaba el pecho desnudo.
No.
Khalani apoyó un pie en el muro de piedra y se impulsó con todas sus fuerzas contra el pecho de Barron.
Este aflojó un poco la presión, y ella juntó las manos.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, le clavó el codo en las entrañas, gritando de furia al hacerlo.
Barron ahogó un grito y, tratando de recuperar el aliento, la soltó mientras retrocedía tambaleándose.
De inmediato, Khalani corrió hacia las escaleras, pero Barron la cogió del brazo y la acorraló contra la pared. Acto seguido, le rodeó la garganta con ambas manos.
Y empezó a apretar.
—Voy a pasármelo muy bien matándote —gruñó.
Barron empezó a aplastarle la tráquea. Se le nubló la visión y se quedó sin aire.
El pánico la embargó al ver que no podía respirar.
Haciendo un último esfuerzo, llevó ambas manos hacia el rostro del guardia y le metió los pulgares en los ojos, clavándole las uñas y retorciéndolas en sus negras pupilas.
Barron profirió un horrible grito, la soltó y se llevó las manos a las cuencas llenas de sangre.
Khalani se desplomó en el suelo, tosiendo y jadeando.
Tratando de recuperar el aliento a toda costa.
—¡Mis ojos! ¡Maldita zorra de mierda! —gritó.
Por las mejillas de Barron resbalaban lágrimas rojas, pero, pese al daño que Khalani le había hecho, aún podía ver. Con los ojos entornados, la distinguió en el suelo. Sacó la pistola y apuntó hacia ella con manos temblorosas.
Khalani se preparó para el impacto, pero, justo en ese momento, Takeshi derribó a Barron, que salió volando.
Con un rugido de rabia pura y genuina, Takeshi le quitó la pistola y le dio la vuelta al guardia, como si fuera una muñeca de trapo. Barron le lanzó un puñetazo, pero Takeshi lo bloqueó con facilidad y le asestó un golpe en la garganta que lo dejó sin aliento.
Luego empezó a darle puñetazos en la cabeza, uno detrás de otro. La ira se apoderó de su expresión mientras aporreaba el rostro ya irreconocible de Barron con los nudillos. Había salpicaduras de sangre por todos lados, pero Takeshi no se detuvo.
Nunca lo había visto así, tan dominado por la rabia.
Cuando quedó claro que Barron ya no se movía, Takeshi se detuvo, pero continuó encorvado sobre él como si fuera un animal hambriento. Respiraba con dificultad y seguía con los puños apretados, dispuesto a continuar con el demoledor ataque.
Khalani lo había observado todo en silencio, con la mirada borrosa. Cuando soltó un gemido de dolor, Takeshi se volvió de pronto y se acuclilló a su lado.
—Kanes, ¿me oyes? Kanes, ¿estás bien?
Takeshi adoptó una expresión aún más furiosa cuando le subió el mono para cubrirle el pecho. Le acarició suavemente la mejilla con una mano enorme y la miró con la angustia reflejada en sus ojos tristes, como si hubiera sido él la víctima del ataque.
Khalani le dio las gracias con un gesto y trató de incorporarse, pero una oleada de vértigo casi le hizo perder el conocimiento. Inclinándose hacia la izquierda, vomitó la comida. Takeshi se colocó detrás de ella, le aguantó la cabeza, apartándole el pelo de la cara, y le frotó la espalda.
—Ya ha pasado. Ahora estás conmigo —la consoló.
Cuando comenzó a tener arcadas secas, Takeshi la aupó como si no pesara más que una pluma.
Casi sin fuerzas, Khalani negó débilmente con la cabeza; no quería ser una carga. Entre murmullos, trató de convencerlo de que podía caminar.
Takeshi ni se lo planteó.
—Haz el favor de estarte quieta, Kanes. No pienso bajarte por nada del mundo —declaró con voz gutural.
Las palabras se le colaron en los oídos como si fueran un metrónomo, calmándola y provocándole cierta somnolencia. Eso era lo único que deseaba: dormir.
Sintió que los brazos de Takeshi, tiernos y protectores, justo lo opuesto de los de Barron, la sujetaban.
Empezó a cerrar lentamente los párpados. Lo último que vio fueron los ojos negros de Takeshi mirándola con preocupación, dulzura y una pasión furiosa e intensa que rivalizaba con todas las historias escritas y las canciones cantadas.