Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

He sido testigo de las guerras más brutales y sangrientas en el campo de batalla de mi mente.

K halani removió la comida. Aquella mezcla marrón salpicó el plato, igual que sus pensamientos confusos se esparcían por su mente: de forma desordenada y caótica.

El gobernador observándola con sus ojos de mirada astuta como si fuera un rompecabezas que se revelaba ante él.

El sonido de un disparo a lo lejos, alzándose en la hermosa pradera, señalando las brutales consecuencias de los que se atrevían a apartarse del camino marcado.

El cuerpo de Wyatt, como si fuera una muñeca de trapo, con las piernas dobladas y la mirada vacía y perdida.

Los recuerdos se sucedían y no podía hacer nada para calmarlos.

A menudo, los horrores que albergaba el alma eran los que más lugar ocupaban.

—¿Estás bien, Khalani? Tienes mala cara.

La voz de Adan atravesó sus oscuros pensamientos.

Ante ella, Adan y Derek la observaban con expresión preocupada.

—Sí, estoy bien —respondió en voz baja Khalani, sin probar la comida.

Sintió que la bilis le subía por la garganta y, con el primer bocado, pensó que iba a vomitar. Volvió a oír la voz decrépita de Alexander Huxley, como si estuviera allí, susurrándole por encima del hombro, respirando en su oído.

«No pudimos curar la epidemia de ignorancia… para recordarme mis obligaciones».

—Oye… —Derek le posó una mano callosa sobre el hombro, sacándola de su ensimismamiento—. ¿Quieres hablar del tema? ¿De lo que pasó allí arriba? —dijo apuntando con un dedo al techo.

Khalani abrió la boca para hablar, pero no encontró las palabras.

¿Cómo describir un lugar que encarnaba sus fantasías más asombrosas y los horrores más profundos que pudiera imaginar?

Génesis era el infierno disfrazado de cielo bajo una cúpula de aparente seguridad.

Una sarta de mentiras.

Nadie estaba a salvo del gobernador. Ni siquiera el Consejo.

—Lo encontramos —dijo, bajando la cabeza.

—¿A quién?

—A Wyatt. El gobernador ordenó matar a su propio consejero, y nosotras lo encontramos en la basura. Nadie protestó —susurró.

—Joder… —murmuró Adan.

—Nos escondimos mientras los guardias bromeaban sobre asesinar a inocentes. Hasta presumieron de haber torturado y matado a un científico que no dejaba de repetir que había un fallo en los cultivos. Fue delirante. Asesinarían al primero que se les pusiera delante. Son monstruos.

El recuerdo le hizo apretar los puños y deseó descargar su ira en el guardia que tenía más cerca. El próximo entrenamiento con Takeshi no sería agradable.

—¿Qué has dicho?

Se volvió hacia Derek, que la miraba con ojos desorbitados y completamente inmóvil.

—He dicho que mataron al consejero y lo arrojaron a la basura.

—No, eso no. —Derek le agarró el brazo—. Lo del científico. Has dicho que torturaron a un científico que mencionó un fallo en los cultivos. ¿Dijeron su nombre?

—No lo sé. No, espera… Recuerdo que los guardias mencionaron a un tal Vincent. ¿Por qué lo preguntas?

Derek palideció y frunció el ceño, como si tratara de resolver la ecuación más difícil del mundo y hubiese descubierto que no tenía solución.

—No puede ser… —dijo en voz baja.

—¿El qué? —preguntó, alarmada por su expresión de horror—. ¿Qué ocurre?

—Hola, gente. Menuda cola —dijo Serene, depositando el plato en el suelo y vigilando cada rincón a su alrededor.

—Derek. —Khalani no le quitaba ojo de encima—. ¿Qué ocurre?

—Yo lo maté… —murmuró Derek con lágrimas en los ojos y manos temblorosas.

—¿A quién mataste? —interrumpió Serene.

Derek se llevó las manos a la cabeza y se las restregó por el cráneo rapado, como si tratara de extirpar partes de su mente.

—¿Recuerdas cuando te conté por qué me condenaron?

—Trabajabas en los Laboratorios de Investigación y Recursos. Me dijiste que descubriste algo que no querían que saliera a la luz.

Khalani se concentró, tratando de recordar.

Derek torció el gesto y se desmoronó ante ellos.

—Nunca he querido contároslo…

—¿Contarnos qué? —preguntó Adan con aire preocupado.

—Todo empezó hace varios meses, cuando aún trabajaba en los laboratorios.

Varios granjeros informaron de algo extraño: el cinco por ciento de sus cosechas morían después de fertilizarlas.

Debería haber sido capaz de localizar la causa enseguida.

Comprobé los datos de las bombas de aire, analicé el suelo, las lámparas verdes…

, pero nada. Todo era normal. Lo desestimé, pensando que los cultivos se estabilizarían en la siguiente siembra.

Pero entonces, al mes siguiente, fue el ocho por ciento.

Al siguiente, el diez por ciento. La situación empeoraba y no sabíamos por qué.

Informé de inmediato a mis superiores, que revisaron las gráficas.

Me dijeron que no me preocupara y lo achacaron a un cultivo incorrecto del banco de semillas, negándose a creer que se trataba de un problema sistémico.

Consideraron «imposibles» mis deducciones —dijo Derek con rabia—.

Pero yo no podía olvidarlo así como así.

Algo no iba bien. Durante los meses siguientes, recogí muestras del agua y del suelo.

Lo que descubrí fue… aterrador. En las bombas de riego había otra sustancia.

Nunca había visto nada parecido en mis investigaciones.

Solo se podía describir como un virus que consumía las plantas desde dentro.

Cada mes, el virus se propagaba por el sistema de riego.

De seguir a ese ritmo, todas nuestras cosechas morirían en unos pocos años.

Khalani negó lentamente con la cabeza. Era imposible.

Era impensable que hubiese un fallo en los cultivos. En los trescientos años que llevaban viviendo en el subsuelo, Apolo nunca había sufrido una crisis alimentaria causada por la escasez de comida.

Serene rompió el silencio.

—¿Informaste a tus superiores de lo que habías descubierto? ¿De la existencia de ese virus?

—Pues claro —afirmó Derek, abatido—. Pensé que arreglarían las bombas enseguida y lo eliminarían, fuera lo que fuese.

Pero no lo hicieron. Me trataron de loco y se asustaron por si la información se filtraba y cundía el pánico.

Después de esa reunión, tuve el presentimiento de que pronto me despedirían, así que le pasé todos los datos a un colega con la esperanza de que continuara mi trabajo. Se llamaba Vincent.

Derek cerró los ojos y dejó caer los hombros, apenado, como si quisiera desaparecer, igual que le pasaba a Khalani.

—¿Qué estás diciendo, Derek?

Derek miró a Khalani con tristeza.

—Eso que les oísteis decir a los guardias…

no es una coincidencia. Han debido de asesinar a Vincent por tratar de revelar la verdad sobre el fallo en los cultivos y las posibles consecuencias inminentes.

Sabéis lo que eso supondría tanto como yo.

Apolo nunca arregló el problema. Es solo cuestión de tiempo antes de que empecemos a morirnos de hambre.

Y los prisioneros serán los primeros, sin duda.

Sus palabras sumieron al grupo en un aplastante silencio, como si hubieran succionado el aire a su alrededor.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —dijo Serene con un hilillo de voz.

—Un año en el mejor de los casos.

—Eso no puede ser cierto, Derek. Seguro que te equivocas —objetó Adan con rostro ceniciento.

Derek negó con la cabeza, incapaz de decir nada más.

Khalani se clavó la uña del dedo índice en el pulgar como si fuera un cuchillo afilado, concentrándose en el dolor, porque las paredes parecían cernirse sobre ella y amenazaban con asfixiarla y pulverizar toda su existencia.

Un año.

Un año antes de que todo el mundo muriera.

Quería…, no, necesitaba negarlo. Sin embargo, un recuerdo acudió a su mente, y ahogó un grito. «A la luz de los acontecimientos recientes, ya hemos previsto ocuparnos de esa cuestión. En realidad, es solo la manera de alcanzar un objetivo».

Comprendió la horrible verdad y, ante la certeza, casi quedó paralizada.

—Lo sabe. El gobernador lo sabe —susurró.

—No puede ser —replicó Adan, negando con rotundidad con la cabeza—. Yo tampoco trago a ese tipo, pero dudo que dejara que eso ocurriera.

El rostro de Serene estaba más pálido de lo normal.

—El gobernador mencionó anoche que la gente era prescindible. Lo mantienen en secreto para evitar que cunda el pánico. Aunque, si lo que dices es cierto, Derek, el Consejo debe de tener un plan B, o ellos también morirán.

—¿Es que no lo veis? —preguntó Derek con tono cáustico—. Tienen suficientes provisiones para los habitantes de Génesis. Pero los que vivimos en el subsuelo… no tendremos tanta suerte. Los guardias sellarán la entrada de Génesis y subirán los alimentos que queden. No hay manera de detenerlos.

El pecho de Khalani se hundió como si fuera a desmoronarse. Desvió la mirada hacia algunos prisioneros malnutridos que comían hambrientos, ajenos por completo a lo que los esperaba a ellos y a sus familias. ¿Lo sabían los guardias?

Se puso rígida, y un sudor frío le recorrió la espalda. ¿Lo sabía Takeshi?

Con las venas del cuello marcadas, Adan golpeó el suelo de piedra con los puños.

—¡Tiene que haber algo que podamos hacer! Tenemos que avisar a la gente.

—Baja la voz —ordenó Derek.

—¿Y si pedimos ayuda? —preguntó Serene con un destello calculador en la mirada.

—¿Y quién va a ayudarnos? —Los ojos de Derek brillaron con rabia—. Es imposible escapar de Braderhelm, y ni siquiera consideran a los prisioneros como humanos. El Consejo preferiría vernos muertos.

Serene lo miró con una expresión entusiasta y decidida en los ojos.

—No estoy hablando de Génesis.

Todos volvieron la cabeza hacia ella, sin dar crédito a sus palabras.

—¿A qué te refieres?

Serene echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie, ni guardias ni prisioneros, les prestaba atención, y sacó una bolsita negra del bolsillo de su mono.

—¿Qué es eso? —dijo Adan frunciendo el ceño.

Lo depositó en el suelo.

—Ábrelo.