Capítulo 20 #2
Khalani alzó la tapa del contenedor y se asomó. Lo que vio casi la hizo caer de espaldas y el contenedor se cerró con un golpe sordo.
—¿Qué es…? Oh, Dios mío —murmuró Serene con el rostro horrorizado una vez que también se hubo asomado.
Era el cadáver del consejero Wyatt. Lo habían tirado allí, con la basura.
La sangre se le acumulaba en las comisuras de la boca y las piernas habían adoptado un ángulo extraño.
No podía sacarse de la cabeza la imagen de sus ojos.
Seguían abiertos, con la sorpresa y el horror grabados en ellos, capturando eternamente sus últimos y horribles momentos de vida.
—¿Por qué lo han hecho?
—Porque son animales —dijo Serene entre dientes.
El sonido de unos pasos y de unas risotadas paralizó a Khalani. Serene se apresuró a agarrar las bolsas de basura y, cogiéndola del brazo, la arrastró hacia unos arbustos. Se agazaparon justo en el momento en que dos hombres doblaban la esquina y se detenían ante ellas.
—¿Lo ves? Aquí no hay nadie, Bruce. Estás alucinando otra vez.
Khalani contuvo la respiración y miró a través de los arbustos. Apenas a medio metro de ellas había unos guardias, fuertes como rocas y armados con fusiles de asalto.
—Pues juraría que he oído a alguien. Quizá han visto el cadáver —dijo el guardia con la cabeza rapada mientras echaba un vistazo a su alrededor.
El otro se encogió de hombros, pero se aferró al arma.
—Podríamos torturar a un par de sirvientes. Quizá uno de ellos haya visto algo.
—No… —suspiró el guardia, impaciente. Khalani y Serene intercambiaron una mirada asustada—. Eso sería demasiado esfuerzo. Seguramente las voces venían de la fiesta. Además, no tengo ganas de oír más gritos esta noche.
—Wyatt debería haber muerto como un hombre. Pero ha sido todo demasiado rápido y ha sangrado como un cerdo. Al menos, con ese científico de la semana pasada me pude divertir. ¿Cómo se llamaba? ¿Victor?
—Vincent, idiota. Y te recuerdo que no lograste hacerle confesar. Seguía balbuceando no sé qué de un fallo en los cultivos, incluso después de que le cortaras los dedos. Quizá estés perdiendo la práctica, Dom —dijo el guardia, soltando una risita.
—Cierra el pico. —Dom frunció el ceño—. Si hubiese llegado a ponerle las manos encima a ese incursor que encerraron, me habría suplicado que acabara con su vida.
—Sí, seguro…
Bruce miró a ambos lados y bajó la voz.
—¿Has visto el equipo que recuperaron?
Khalani y Serene aguzaron el oído.
—… no funcionaba. El gobernador insistió en que lo lleváramos a su estudio. La verdad, no entiendo por qué. Es chatarra arcaica.
—Lo que tú digas. Venga, regresemos.
El sonido de la gravilla bajo las suelas de las botas confirmó que se alejaban.
Serene y Khalani esperaron un minuto entero antes de salir del escondite. La adrenalina les bombeaba en las venas, más espesa incluso que la sangre.
—¿Has oído lo que…?
—Chist —la interrumpió Serene—. Podrían regresar. Tenemos que irnos.
Khalani se estremeció. Si los guardias las veían, acabarían igual que el consejero Wyatt: muertas y en el contenedor.
Entraron a toda prisa en la casa y volvieron a la cocina.
—¿Dónde estabais? Los invitados ya casi han terminado el postre.
El mayordomo las miró con las mejillas rojas de furia.
Khalani iba a contestar, pero Serene se le adelantó.
—Nos hemos perdido. Ahora vamos a ayudar en la mesa. Pero antes necesito ir al baño, señor.
—Utiliza el de los sirvientes, al final del pasillo.
—Alguien lleva allí un buen rato, y me parece que ya no aguanto más. No quiero causar un problema en la casa del gobernador, señor.
Serene puso cara de ir a vomitar.
—Puaj, está bien. Habla con el guardia que hay en el vestíbulo. Dile que te envío yo y que te conduzca al baño de la planta superior. No vayas a ningún otro sitio —ordenó el mayordomo.
A continuación, le dijo a Khalani que se apresurara a ir al jardín y que rellenara las copas. Aunque sentía que el gobernador la observaba, evitó mirarlo, rezando para que no le dirigiera la palabra en lo que quedaba de noche.
Volvió a ocupar su lugar entre los otros sirvientes, lejos del gobernador. Aliviada, se relajó al ver que Serene regresaba al jardín y se colocaba junto a ella.
El lenguaje corporal de Serene era tranquilo, decoroso, pero en su rostro se reflejaba algo diferente, un entusiasmo y una determinación que la desorientaron.
—¿Estás bien? —susurró Khalani.
—Más tarde. Ahora no —respondió Serene, mirando al frente.
El sonido de unas copas que entrechocaban la obligó a mirar hacia la mesa justo cuando el gobernador se ponía en pie.
—Un brindis final por la velada.
Los invitados alzaron sus respectivas copas; incluso la esposa de Wyatt, con todo el maquillaje corrido.
—Me gustaría agradeceros vuestra compañía en esta maravillosa noche. Lamento el incidente.
Hizo una pausa, paseando la mirada por cada uno de sus consejeros.
«Incidente».
¿Así lo llamaban los asesinos en serie actuales?
—Sin embargo, vuestro continuo apoyo al crecimiento de Génesis y, de hecho, al de todo Apolo me honra.
Si nuestros ancestros nos observan desde lo alto, sé que estarán orgullosos de lo que hemos logrado para el planeta.
Mi único deseo es avanzar y continuar nuestro importante trabajo y estoy entusiasmado por celebrar la creación de Génesis en el baile del Décimo Aniversario. ¡Lealtad a Apolo!
—¡Lealtad a Apolo! —respondieron los invitados.
Todos vaciaron las copas.
Khalani los fulminó con la mirada mientras el odio la embargaba. Había aprendido algo esa noche: no importaba de cuánta moralidad y rectitud hicieran gala las personas, porque la mayoría mirarían hacia otro lado cuando se enfrentaran al mal, siempre que no fueran ellos quienes lo sufrieran.
Comprendió entonces que la prisión la había cambiado para siempre. Porque, en ese momento, Khalani deseó haber envenenado el vino.