Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Los gritos más fuertes se esconden entre sonrisas.

S irvieron la cena en el jardín, iluminado por unas lucecitas que caían en cascada del sauce. El suelo estaba cubierto por una alfombra de flores, cuyos pétalos eran de colores tan brillantes e intensos que Khalani pensó que tal vez no fueran reales.

Los invitados ocuparon su lugar en una amplia mesa, mientras que varios sirvientes esperaban en pie a cierta distancia, con las manos a la espalda. Khalani se acercó y los imitó, y uno de sus compañeros asintió hacia ella. Khalani soltó un suspiro de alivio.

Al menos hacía algo bien.

Las mujeres de los consejeros eran jóvenes, no mucho más mayores que Khalani: iban maquilladas de forma llamativa y ataviadas con vestidos recargados que les ceñían la cintura y les acentuaban el escote.

La mayoría de los consejeros eran de mediana edad y se pavoneaban en sus impecables esmóquines. El gobernador, el líder indiscutible cuyo carisma y seguridad en sí mismo eclipsaba al resto de los hombres de Génesis, presidía la mesa.

—Gracias por esta velada, damas y caballeros —dijo Alexander como bienvenida—. Que comience el festín.

Hasta que él hubo tocado su plato, el resto de los invitados no empezaron a comer y beber.

En la mesa había fuentes colmadas de pavo, cerdo y jamón.

A Khalani se le hizo la boca agua al oler los ricos aromas.

Verlos disfrutar de aquel banquete mientras su propio estómago rugía de hambre era una tortura.

Khalani no podía apartar la mirada del enorme pavo.

Jamás había comido carne de verdad; en realidad, muy pocos en Apolo la habían probado.

La carne artificial de rata se consideraba un manjar.

¿Sabía ese pavo clonado que su destino era morir para que lo devoraran en el banquete de esa noche o vivía feliz en la ignorancia?

Quizá eso fuera sexista.

A lo mejor era una pava.

—Tengo que confesar que estoy entusiasmada con el baile del Décimo Aniversario.

Una mujer con una pluma blanca excesivamente grande en el pelo interrumpió los pensamientos de Khalani.

Unos rizos rubios le enmarcaban un rostro juvenil, afeado por un exceso de colorete rosa y la ávida sonrisa que le dedicaba al gobernador, tras la que asomaban unos dientes manchados de pintalabios.

—Estoy convencido de que contemplaremos auténticas hermosuras, Pruscilla.

Alexander Huxley tomó lánguidamente un sorbo de vino.

Pruscilla soltó una risita, embelesada por completo con el atractivo del gobernador, pese a tener a su esposo sentado justo al lado. A Khalani le entraron ganas de vomitar en el jarrón de rosas rojas que había detrás de ella.

—Los preparativos van viento en popa. Puede que incluso estemos listos antes de lo previsto.

Alexander Huxley ladeó la cabeza.

—¿Y contamos con la mano de obra necesaria según lo planeado, Borris?

El consejero Borris vaciló, y la confianza y bravuconería que había demostrado minutos antes se esfumaron.

—Por supuesto, señor. Hemos seguido sus órdenes al pie de la letra —respondió, dedicándole una sonrisa respetuosa al gobernador.

El consejero Wyatt apuró la copa y depositó bruscamente el vaso en la mesa. Su esposa, que estaba junto a él, se estremeció. Alexander clavó sus fríos ojos en él.

—¿Ocurre algo, Wyatt?

—No, gobernador —soltó Wyatt, cortando su carne con furia.

Tras un silencio incómodo, el gobernador se recostó con calma en la silla. Khalani y otros que también presenciaban la escena tragaron saliva ante lo relajado que parecía.

—Señorita Kanes —dijo, volviéndose de repente hacia ella—. ¿Podría servirle a Wyatt un poco más de vino? Me parece que su copa está vacía —le pidió Alexander con una serenidad inquietante.

Todos se giraron hacia ella y Khalani abrió los ojos de par en par.

Nerviosa, se apresuró a ir a la mesa cubierta con un mantel blanco en la que había cinco botellas de vino abiertas.

A continuación, se acercó a la mesa donde estaban comiendo, sirvió despacio el vino en la copa de Wyatt y sintió el peso de todas las miradas sobre ella.

Khalani miró al gobernador, que se cubría los labios con la mano, ocultando su expresión. Un grito la hizo retroceder, y reparó en que había derramado un poco de vino tinto sobre el esmoquin de Wyatt.

—Oh, disculpe, señor. Lo siento muchísimo —dijo totalmente avergonzada.

Se apresuró a tomar una servilleta para secar el vino, pero con eso solo consiguió extender aún más la mancha en la camisa blanca.

Wyatt se levantó de golpe, apoyando las manos en la mesa.

—Gobernador Huxley, con todos mis respetos, no considero sensato utilizar a prisioneros de Braderhelm como sirvientes en el baile. Ni en ningún otro lugar de Génesis, de hecho. Deberían ser liquidados. Mire el desastre que ha provocado esta.

Wyatt la señaló con un ademán y la miró con un desprecio absoluto.

Todos los presentes se quedaron paralizados en los asientos, algunos incluso con los cubiertos en el aire, como si temieran que el más mínimo movimiento provocara una explosión. Khalani contuvo la respiración, esperando el castigo.

Pero nadie la miraba a ella. Todos miraban al gobernador.

Un destello de antipatía brilló en sus ojos, pero Alexander se recostó y sonrió, mostrando una dentadura blanca y perfecta. No era una sonrisa amistosa. Era un animal que jugueteaba con su presa antes de abalanzarse sobre ella.

—Señorita Kanes, mi copa también está vacía —dijo con voz sedosa.

Khalani se enderezó, con todos los músculos tensos. Caminó hacia la cabecera de la mesa concentrándose en respirar. Pese a que ya refrescaba, una gota de sudor le resbalaba por la frente.

El gobernador extendió la copa hacia delante y Khalani, con un nudo en el estómago, se ayudó de ambas manos para servir el vino. Si lo derramaba, sería más fácil tumbarse en el suelo para que la enterraran.

—Ah… —Alexander tomó un sorbo de vino—. Gracias por tu observación, Wyatt. De hecho, últimamente he estado pensando en algunas cosas que liquidar. Aunque algunos prisioneros de Braderhelm pueden resultar útiles.

Alzó la copa hacia Khalani, que deseó fundirse con la sedosa tela del vestido.

—La mayoría, por desgracia, son prescindibles.

—El gobernador se inclinó hacia delante y depositó el vaso sobre la mesa con suavidad—.

Como ya sabes, y a la luz de los acontecimientos recientes, ya hemos previsto ocuparnos de esa cuestión.

En realidad, es solo la manera de alcanzar un objetivo.

¿Sabes qué más es prescindible? —siseó, rezumando hostilidad como si fuera veneno—. Los consejeros rebeldes.

Antes siquiera de que hubiera terminado de pronunciar esas palabras, dos de los guardias personales del gobernador se apostaron detrás de Wyatt.

—Haga el favor de acompañarnos, señor —dijeron con tono inexpresivo y las manos sobre las pistolas.

Boquiabierto, Wyatt se giró hacia el gobernador con aire incrédulo.

—No… No… No puede hacer esto —balbuceó—. ¡Soy uno de los consejeros de Apolo!

Alexander dio otro sorbo a la copa de vino y los despachó con un ademán. Los guardias alzaron a Wyatt del asiento y lo sacaron de la mesa a rastras. Los gritos de horror resonaron por todo el jardín mientras se lo llevaban, chillando y pataleando.

Los invitados permanecieron sentados, inmóviles.

Alexander Huxley fue el único que se movió; pinchó con despreocupación otro bocado de carne. Un segundo después, un disparo hizo añicos el silencio.

Khalani se quedó de piedra. Miró a la esposa de Wyatt, que seguía sentada con el rostro entre las manos mientras unas lágrimas silenciosas le resbalaban por las mejillas.

Todos miraban al suelo y nadie se atrevía a hablar.

El silencio era tangible. Físico.

Como si fuera una mano que les rodeara la garganta y les impidiera respirar.

El gobernador carraspeó, y Khalani se volvió hacia el hombre que acababa de ejecutar a su consejero sin vacilar.

—Gracias por el vino, señorita Kanes. Delicioso —comentó con ironía.

Le ordenó que se retirara con un gesto de asentimiento.

Khalani fue incapaz de hacer la reverencia. El corazón le latía desbocado en el pecho y se apresuró a alejarse para ocupar su lugar junto al resto de los sirvientes.

No se dio cuenta de que se aferraba a la botella de vino hasta que la devolvió a la mesita auxiliar.

—Lamento la desafortunada interrupción, damas y caballeros, pero no permitamos que nos arruine el banquete. Coman, coman —ordenó el gobernador.

Todos alzaron los tenedores y se llevaron la comida a la boca, pero nadie pronunció palabra.

Las mujeres parecían haberse encogido en sus asientos, mientras que el resto de los consejeros tenían los ojos clavados en el mantel, cabizbajos.

Khalani no era capaz de distinguir si era por vergüenza, miedo o sumisión, o quizá fuera una combinación de las tres cosas mientras fingían que nada había ocurrido.

Si albergaba alguna esperanza de que los consejeros entraran en razón y ayudaran al pueblo de Apolo, esta se desvaneció al instante. Ni siquiera se habían atrevido a protestar cuando uno de los suyos había sido asesinado.

Unos minutos después, les ordenaron que fueran a la cocina, donde esperaban unas deliciosas bandejas de galletas, dulces y pasteles. Sentía un nudo en la garganta que no le permitía respirar y le sobrevenían arcadas con cada uno de sus movimientos.

—Vosotras dos —dijo el mayordomo, señalando con un gesto rápido a Khalani y Serene—. Sacad estas bolsas de basura. Tras esa puerta hay un gran contenedor. Tiradlas y volved enseguida.

Obedecieron de inmediato.

—¿Has visto eso? —exclamó Serene a cierta distancia, cuando ya no podían oírlas—. El gobernador está loco.

—Baja la voz —la riñó Khalani, mirando nerviosa a su alrededor.

Las bolsas pesaban y le golpeaban las piernas. Enseguida encontraron el gran contenedor de basura. Khalani arrugó la nariz ante el hedor pútrido que emanaba de él.

—¿Por qué demonios huele tan mal? —preguntó Serene, torciendo el gesto.