Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Con cada uno de sus pasos, Khalani tenía que reprimir el deseo de huir. Pero se quedó inmóvil, con los ojos clavados en los del gobernador, y se contuvo.

—Ya te dije que volveríamos a vernos.

Alexander Huxley se encontraba tan solo a un paso.

Inquieta por aquella sonrisa, Khalani se aferró a la bandeja vacía, preparándose para usarla como arma si era necesario.

Sería la única oportunidad que tendría de hacerle daño.

La idea de golpearlo hasta hacerlo sangrar era muy tentadora.

Miró a la izquierda y reparó en el guardia armado de la entrada principal; estaba demasiado lejos para oírlos, pero demasiado cerca para disparar ante la más mínima agresión y dar en el blanco.

Sin poder evitarlo, la advertencia de Takeshi le vino a la memoria: «Las personas listas saben cuándo es el momento apropiado».

Apretó los dientes; era como si Takeshi, la pesadilla de su existencia, estuviera allí, recordándole que no debía cometer estupideces.

Le entraron ganas de soltar una palabrota, porque, joder, tenía razón.

Si Khalani atacaba al gobernador allí mismo, estaría muerta en menos de lo que canta un gallo.

Y tampoco iba a matarlo con una bandeja.

—Y es todo un honor —respondió Khalani, esbozando una sonrisa e intentando mantener la calma mientras planeaba mentalmente y con la máxima crueldad su muerte—. Pero tengo que volver.

—Aún no. —Alexander sonrió con malicia y ladeó la cabeza, como si estuviera divirtiéndose de lo lindo con la situación—.

Debo confesar que nuestra última conversación me dejó intrigado.

Las charlas cansinas de los miembros del Consejo y de los insistentes invitados siempre son las mismas y me aburren.

Solo están plagadas de halagos interminables y de discusiones monótonas.

Me asfixian. Pero en tus ojos aprecié algo diferente —continuó—.

En ellos hay instinto de supervivencia, una astucia que se adivina tras las emociones que se reflejan en ellos.

Me hago viejo, y lo único que ansía mi cuerpo es encontrar algo que me estimule —dijo el gobernador con voz apagada y expresión melancólica, como si se sintiera solo.

Un psicópata solitario.

El hecho de que Khalani no pudiera apartar la mirada de su rostro angelical le revolvía las entrañas.

—¿Es esa la razón de que me requiriera como sirvienta? ¿Para estimularlo?

Antes que eso, preferiría que la cortaran a trocitos y la sirvieran con el cerdo.

Él parpadeó, sorprendido, y pareció volver al presente.

—Te aseguro que mis intenciones son completamente honestas. No tienes nada que temer. Sin embargo, no has respondido a mi pregunta sobre el cuadro.

Señaló hacia el retrato de la mujer.

Khalani no podía concentrarse con el gobernador justo a su lado, hombro con hombro.

—Es un cuadro muy bonito, gober…

—No —exclamó, negando con la cabeza—. Déjate de formalidades. Sé franca conmigo. Solo acepto honestidad.

Pues, siendo honesta, lo que le apetecía a Khalani era verlo muerto. Pero no estaban jugando a ese juego.

Se volvió completamente hacia el retrato sin perder de vista al gobernador, al que vigilaba con el rabillo del ojo.

—A primera vista, parece un viejo retrato de una mujer que no es especialmente atractiva. Pero, al fijarnos en su rostro, es como si contara toda una historia con los ojos. Está en un lugar extraño, pero no parece asustada, como si supiera algo que nosotros ignoramos.

—Hum…, muy bien —asintió—. ¿Y tú?, ¿también te sientes en un lugar extraño?

—Sí —susurró Khalani. A continuación, la verdad se le escapó de los labios—. Génesis es más extraño y más aterrador que Apolo.

El gobernador enarcó las cejas.

—¿Y eso por qué?

Titubeó y contempló el cuadro de nuevo. La mujer le devolvía la mirada, desafiándola a que hablara.

—Han olvidado de dónde vinieron y se contentan con sentarse a comer bombones mientras sus vecinos luchan bajo sus pies. La ignorancia es su espada y su escudo. —Arrugó la frente a causa de la emoción—. No me parezco en nada a la mujer de este cuadro. No veo nada aquí que me resulte divertido.

Khalani temió haber hablado más de la cuenta y que el gobernador avisara en cualquier momento a los guardias y les ordenara arrestarla por traición, pero Alexander la miró de arriba abajo, como si la estuviera examinando.

—¿Qué te parecería si te dijera que este era el cuadro más famoso del mundo? Lo llamaban la Mona Lisa —dijo, pronunciando el nombre con una voz suave como la seda.

Ella paladeó el nombre. « Mona Lisa ».

—Pensaba que Apolo guardaba las obras de arte famosas en los Archivos para que nadie las viera —comentó Khalani, extrañada.

—¿Y sabes por qué es así?

—¿Porque el arte inspira a la gente? —preguntó con vacilación, recordando las lecciones de Winnie.

El gobernador esbozó una amplia sonrisa y negó con la cabeza.

—No me equivocaba. Serías mejor consejera que esos necios.

En muchos aspectos, la obsesión de la cultura humana por el arte y las fantasías estúpidas causó el Gran Colapso.

No prestaron atención a los problemas de verdad.

La gente prefería quedarse sentada en casa viendo una pantalla antes que preocuparse por el cambio climático, la disminución de recursos y la extinción en masa de varias formas de vida, tanto animales como vegetales.

Las señales de alarma eran claras, pero sabían que no estarían vivos cuando llegara esa misma destrucción que sembraban.

Confiaban en que otros solucionaran los problemas, pero eso jamás ocurrió. Y aquí estamos…

Alexander extendió los brazos, mostrando las palmas de las manos. Volvió a posar la mirada en el retrato, como si quisiera fulminar con ella a la mujer de sonrisa traviesa.

—Por desgracia, no pudimos curar la epidemia de ignorancia, como bien has deducido. Tengo este cuadro aquí como homenaje a esa generación perdida y para recordarme mis obligaciones.

Mientras hablaba, Khalani lo miró de reojo; parecía ensimismado, como en otro mundo. Por su manera de hablar, se diría que estaba de acuerdo con ella, pero, en realidad, pensaban lo contrario. Quizá su ira se dirigía hacia un grupo en particular, pero despreciaba a todos por igual.

Sintió que la embargaba una sensación extraña e incisiva. Justo cuando iba a preguntarle cuáles eran esas obligaciones, la puerta de la cocina se abrió.

—¿Por qué has tardado tanto en servir esas…? ¡Gobernador Huxley! Dis… Disculpe, señor. La prisionera sabía que debía regresar a las cocinas. Asumo toda la responsabilidad —balbuceó el mayordomo, inclinándose tanto al hacer una reverencia que casi llegó a rozar el suelo.

El gobernador soltó una risita.

—No pasa nada, Arthur. Solo estaba charlando un poco con ella. Bien, siga con su cometido, señorita Kanes —dijo, susurrando la última parte en su oído.

Khalani se apresuró a alejarse, y se le erizó la piel al notar que Alexander Huxley la observaba marcharse con una sonrisa taimada en los labios.