Capítulo 19 #2
Khalani miró de reojo algunas de las tiendas que dejaban atrás.
Los escaparates estaban repletos de vestidos, esmóquines, joyas, muebles, elaborados pasteles e incluso bicicletas doradas.
Los transeúntes evitaban la comitiva, como si percibieran el subsuelo en sus ropas.
Khalani intercambió una mirada con dos ancianas que llevaban unos paraguas dorados.
Hicieron una mueca de disgusto y, de inmediato, se dieron la vuelta y se encaminaron en dirección contraria.
Indignada, Khalani consideró la posibilidad de arrebatarles el paraguas de las manos y estampárselo en la cabeza.
¿Por qué eran tan idiotas y se cubrían del sol?
—Es increíble, ¿verdad? —susurró junto a ella la prisionera morena—. Aquí viven como reyes, mientras que, en el subsuelo, luchamos por las migajas.
Khalani sintió un nudo en el estómago; sus palabras le habían traído a Takeshi a la mente.
—Alguien me dijo que Génesis era muy bonito por fuera, pero que, visto de cerca, era tan corrupto como Apolo y estaba igual de vacío. Entonces no di crédito a sus palabras, pero ahora empiezo a creer que es cierto.
—No sé quién te dijo eso, pero es sin duda inteligente. ¿Cómo te llamas?
—Khalani. Y ella es Serene —susurró, señalando con la barbilla a Serene, que les estaba dedicando una peineta a dos ancianos que la miraban con descaro.
La muchacha sonrió.
—Yo soy Fiora. Y él es Jack. —Señaló con el dedo al chico bajito, que alzó la mano para saludarlas—. A Jack le cortaron la lengua poco después de que lo condenaran a Braderhelm. No puede hablar —explicó Fiora.
Khalani se estremeció y se pasó la lengua por el paladar para asegurarse de que la suya seguía en el sitio.
Las calles comenzaron a despejarse y unas altas farolas de metal se encendieron a lo largo del camino.
Asombrada, Khalani alzó la mirada hacia la puesta de sol, que teñía el cielo de múltiples colores, desde el azul más brillante a un tono rosado con matices morados.
Mientras caminaba con la vista clavada en la cúpula, estuvo a punto de tropezar por culpa de los tacones.
Si hubiera estado sola, se habría tumbado bocarriba en medio de la calle adoquinada para contemplar los colores del cielo nocturno y respirar.
Se frotó los brazos y siguió a los guardias por un largo y sinuoso sendero de grava que los alejaba de los imponentes edificios.
Al divisar una enorme mansión blanca sostenida por unas columnas gigantescas, se quedó boquiabierta.
La casa era demasiado grande para una sola persona. Incluso para veinte.
—Ahí está la residencia del gobernador —susurró Fiora, respondiendo a la pregunta no formulada—. Es una réplica de la casa de un antiguo líder antes del Gran Colapso. La llamaban «la Casa Blanca». No se les ocurrió nada más ingenioso.
—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó Khalani.
—Antes de que me encarcelaran, era maestra. Los niños siempre me lo preguntaban, así que busqué mucha información. Es la tercera vez que vengo a Génesis como sirvienta —dijo Fiora, encogiéndose de hombros.
Khalani quiso hacerle muchas más preguntas, pero torció los labios en una mueca sombría cuando llegaron a la entrada.
Un gran número de guardias de seguridad con fusiles de asalto se alineaban a lo largo del camino, listos para disparar.
Estaban tan inmóviles que sus cuerpos parecían estatuas, excepto por los ojos, que seguían a los prisioneros con inquietante intensidad, lo que hizo que Khalani deseara envolverse bajo un grueso manto.
Subieron los escalones de la mansión hasta llegar a una extravagante puerta dorada. Uno de los guardias dio tres golpes secos y esperó.
—Obedeced o estáis muertos.
Esa fue la última advertencia justo antes de que un mayordomo abriera la puerta.
Se trataba de un hombre bajo que parecía rondar la edad de la eutanasia obligatoria. Tenía la cabeza rapada y resplandeciente, y vestía un traje impecable.
—Buenas tardes. El gobernador Huxley os está esperando. Adelante.
El mayordomo abrió la puerta del todo y les franqueó la entrada.
Lo primero que advirtió Khalani fue una enorme lámpara de araña que colgaba en el vestíbulo.
Los cristales reflejaban la luz e intensificaban el lujo que ya desprendía la estancia.
El suelo era de mármol blanco, con una G dorada en el centro.
Al fondo se alzaba una majestuosa escalera imperial, con dos guardias apostados que los miraban con aire intimidante.
—Bienvenidos a la casa del gobernador —dijo el mayordomo, volviéndose hacia ellos con las manos extendidas—. Guardias, por favor, vayan arriba a avisar al jefe de seguridad, el capitán Strauss. Y vosotros cuatro, venid conmigo a la cocina.
El mayordomo giró sobre sus talones y atravesó el vestíbulo; los prisioneros se apresuraron a seguirlo.
En una de las paredes, Khalani distinguió el retrato de una mujer con un vestido negro y una inquietante sonrisa en el rostro.
Sintió el extraño impulso de detenerse a contemplarlo, pero la comitiva desapareció por el pasillo y se vio obligada a seguirla.
El mayordomo empujó una puerta de vaivén que casi golpeó a Khalani en el rostro. Entraron en una amplia cocina repleta de aparatos que no había visto nunca y de sirvientes que corrían frenéticamente de un lado a otro.
Se le hizo la boca agua al oler el delicioso aroma de la cocina.
—¡Venga, venga, rápido! —gritó el mayordomo al personal de cocina.
Obedeciendo, los cocineros empezaron a sacar platos y más platos de varios hornos y a correr hacia una docena de refrigeradores metálicos. Era un caos controlado.
El mayordomo se volvió hacia ellos y los examinó detenidamente a los cuatro.
—Vosotros, prisioneros, estáis aquí para el servicio de esta noche.
Recordad estas reglas porque vuestra vida depende de ello.
No habléis con ninguno de los invitados a menos que se os haga una pregunta directa.
Debéis ser invisibles: lleváis las bebidas o la comida y luego os esfumáis.
Si tenéis alguna pregunta, me la hacéis a mí, ¿entendido?
Todos asintieron en silencio, y él juntó las manos.
—Bien. Vosotros tres, id con Bridget y ayudadla con los platos que aún faltan por preparar —ordenó, señalando primero a Serene, Fiora y Jack, y después a una mujer corpulenta con delantal blanco que estaba sacando un enorme pastel del horno.
El mayordomo se volvió hacia Khalani.
—Tú, lleva esa bandeja de copas al salón. Es la habitación que hay a la izquierda del retrato. El gobernador y los invitados permanecerán allí hasta que la cena esté lista. Ofréceles champán. Cuando termines, regresa directamente a la cocina. Nada de hablar.
Con un ademán elegante, el mayordomo giró sobre sus talones y comenzó a dar más órdenes al resto del personal.
Khalani se armó de valor y tomó una bandeja de plata con varias copas de champán llenas hasta el borde. Con manos temblorosas y mucho cuidado para no derramarlas, consiguió cruzar la puerta de vaivén de espaldas y recorrer con firmeza el trayecto hasta el salón.
En él, un grupo de hombres y mujeres, impecablemente ataviados con trajes y vestidos de gala, conversaban y reían.
En el centro de la estancia había un gran sofá blanco adornado con una multitud de cojines dorados.
Al fondo, el salón se abría por completo a una veranda que daba a un jardín impresionante.
Distinguió de inmediato al gobernador Huxley.
Su inmaculado traje blanco ya era una declaración de principios. Les sacaba una cabeza a todos los demás y se comportaba como si fuera el dueño de la sala y de todos los que estaban en ella.
Con una sonrisa arrebatadora, charlaba con dos mujeres en un rincón; las dos llevaban vestidos en tonos pastel que se les ceñían a la cintura a más no poder.
¿Respirar también era solo cosa de pobres?
Detrás de las esqueléticas mujeres, que reían de manera estridente, se había formado una evidente e indiscreta cola para conversar con Alexander Huxley.
Khalani entró en el salón ocultando el rostro tras la bandeja. Fue ofreciendo las copas a los huéspedes, evitando el rincón donde estaba el gobernador. Nadie se fijó en ella, ni siquiera la miraron; los invitados tomaban las copas y seguían hablando.
Pasar desapercibida le estaba resultando hasta demasiado fácil.
Mucho mejor, pensó, porque quería irse de allí en cuanto fuera posible.
La fiesta lujosa, el palacio y los invitados opulentos la contrariaban.
No sabía exactamente por qué, pero se le había puesto la piel de gallina, como si su cuerpo fuera consciente de que estaba en una guarida de monstruos hambrientos.
Reconoció a uno de los consejeros que había visto en la calle, cuando había formado parte de la brigada de limpieza. Wyatt, así se llamaba. El mismo que había discutido con el gobernador Huxley sobre el incursor.
Él también pareció reconocerla; al tomar la última copa de champán de su bandeja, la miró con ojos glaciales.
—Muévete —siseó.
Khalani agachó la cabeza, dispuesta a obedecer. Con la bandeja bajo el brazo, salió de la sala.
En cuanto llegó al vestíbulo, tomó una bocanada de aire; era como si acabara de cruzar un campo de minas. Se detuvo ante el fascinante cuadro de la mujer vestida de negro. Parecía desnudarla con su dulce mirada, como si conociera sus secretos más profundos.
Se inclinó hacia el cuadro y examinó el extraño fondo detrás de la figura de cabellos oscuros.
—¿Te gusta? —dijo la voz de Alexander Huxley sobre su hombro izquierdo.
Khalani tensó todos los músculos del cuerpo y sintió un escalofrío repentino. Ni siquiera lo había oído acercarse.
—Gobernador Huxley… —consiguió decir mientras esos ojos de un azul cristalino se clavaban en los suyos—. No pretendía… Estaba volviendo a la cocina.
Con el pelo color ceniza engominado y peinado hacia atrás, ese rostro perfecto de piel tan clara que parecía alabastro se acercó a ella. El gobernador esbozó una sonrisa que destacó las fuertes líneas de su mandíbula.