Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

En ti vive la rebeldía. Con tu primer aliento, lanzaste un grito de protesta.

A Génesis se accedía mediante un enorme y brillante ascensor con paredes de cristal en las que había una G dorada, que señalaba su único destino.

Serene le apretó la mano cuando ya estaban cerca del área prohibida.

Cuando su amiga se enteró de que habían reclutado a Khalani para la cena, se apropió con cautela del dispositivo electrónico de un guardia despistado y cambió el número de otra prisionera por el suyo.

Khalani había protestado, pero Serene la había mirado con severidad, dejando claro que no era una cuestión negociable.

Khalani agradeció su intervención cuando, más tarde, les dieron una pastilla de jabón adicional y les ordenaron que se frotaran bien en la ducha.

Se había puesto de nuevo el uniforme y, al cabo de un rato, el doctor Francis fue a su celda con expresión apesadumbrada. Llevaba unas extrañas prendas de ropa y una barra de metal blanca en la mano.

—Lo siento —dijo, apretando los labios hasta trazar una fina línea—.

Quieren que los sirvientes presenten el mejor aspecto posible para ver al gobernador.

Evidentemente, no podemos daros cuchillas, así que tengo que utilizar esto.

—Mostró el objeto blanco y delgado, agarrándolo con fuerza—.

Emite un láser que eliminará el vello de forma permanente. Puede que duela.

Khalani cerró los ojos y tragó saliva. Pues claro que el gobernador y su Consejo no iban a tolerar nada sucio o mancillado en su preciosa ciudad.

—Haga lo que tenga que hacer —dijo entre dientes mientras se clavaba las uñas en las palmas de las manos.

Las descargas eléctricas que le recorrieron la piel le dolieron casi tanto como cuando le habían puesto la pulsera. El doctor tardó el menor tiempo posible. Cuando terminó, tenía la piel de las piernas y los brazos completamente tersa y lisa. Se le revolvieron las entrañas.

El doctor retrocedió unos pasos, nervioso y con el corazón encogido. No se atrevía a mirar a Khalani.

—Tienes que ponerte esta ropa —informó contrito.

Y así fue como Khalani, ataviada con un ajustado vestido negro y zapatos de tacón a juego que la hacían temer por la seguridad de sus tobillos con cada paso que daba, se había encontrado con Serene en la entrada de Braderhelm.

¿Iban a una cena o a un burdel?

Dos prisioneros más, un hombre y una mujer, se habían unido a ellas.

La chica tenía una piel pálida, una cara bonita en forma de corazón y una melena morena que aún conservaba cierto brillo.

Según advirtió Khalani, el chico con el pelo cobrizo era el prisionero al que habían empujado en la cola de la comida en su primer día en Braderhelm.

Al menos, a él el guardia le había dado unos pantalones. En cuanto a ellas, de haber ido medio desnudas no se habría apreciado mucha diferencia.

El vehículo se había detenido en seco con un zumbido frente al ascensor. A Khalani se le hizo un nudo en la garganta al ver la cantidad de guardias en posición de firmes. Los hombres, de rostro pétreo, vestían uniformes dorados, y su líder se acercó al grupo.

—¿Estos son los prisioneros? —preguntó.

—Sí, señor —respondió el guardia de Braderhelm.

El guardia de Génesis había inclinado la cabeza.

—Regístrenlos.

Uno de los guardias invadió abruptamente su espacio personal y empezó a cachearla. Khalani mantuvo la mirada al frente y no movió un músculo mientras unas manos ásperas la manoseaban, incluso en la zona del torso y la entrepierna. Serene trató de protestar, pero la hicieron callar de inmediato.

—Están limpios —afirmó el guardia, retomando su posición.

—Seguidme.

El guardia de Génesis dio media vuelta y se dirigió hacia el ascensor.

Colocó la mano sobre un panel, una luz parpadeó en verde y las puertas se abrieron.

Khalani y Serene intercambiaron una mirada de asombro antes de entrar en el aparato.

El guardia de Génesis hizo un saludo militar mientras las puertas se cerraban.

—Lealtad a Apolo —respondieron los dos guardias a voz en grito y con otro saludo militar.

Khalani y el resto de los prisioneros guardaron silencio.

Con una sacudida, el ascensor comenzó su ascenso.

Khalani iba cambiando el peso de un pie al otro y se frotaba las palmas contra las piernas mientras el ascensor no dejaba de ascender.

Más y más.

Echaron un vistazo por encima del hombro a través del cristal. Se veía todo Apolo a sus pies. Las blancas e inmaculadas Cámaras del Consejo iban haciéndose cada vez más pequeñas, y los viandantes parecían diminutas motas negras.

La ansiedad se había adueñado de ella cuando, de pronto, vio que solo los rodeaban polvo y rocas.

La Tierra.

Ya casi habían alcanzado la superficie.

El ascensor se detuvo de golpe, haciendo que Khalani casi perdiera el equilibrio. Tras ellos, la puerta se abrió con un zumbido eléctrico. Los prisioneros se volvieron todos a la vez, y Khalani vio algo que solo había imaginado en sueños.

La luz del sol.

El resplandor era aplastante. Cegador.

Se cubrió el rostro con las manos, pero unos rayos dorados se filtraron entre sus dedos. A su lado, Serene y los otros prisioneros hicieron lo mismo. Se le ensancharon las fosas nasales. Hasta el aire era diferente. Más limpio. No había ni rastro de aquel hedor que impregnaba el subsuelo.

No sabía que el aire pudiera ser tan… puro.

Cuando salió del ascensor, las piernas le temblaron y cayó de rodillas sobre la hierba. ¿Era así como se llamaba? Sí, estaban rodeados de hierba verde. Solo la había visto en fotografías.

Estaba cortada de manera uniforme en briznas de apenas tres centímetros, y era del verde más intenso que jamás había visto.

Le vinieron ganas de quitarse los zapatos para pisarla con los pies desnudos.

Dio un respingo cuando las puertas del ascensor se cerraron para regresar a Apolo y una cubierta metálica selló el agujero.

Los ojos finalmente se le acostumbraron al resplandor del sol y, armándose de valor, apartó las manos y levantó la vista.

En lugar de estar rodeada por páramos desolados, vio que se encontraba en un campo abierto.

Unas coloridas mariposas revoloteaban a su alrededor en un prado lleno de flores de todos los colores, formas y tamaños.

Se quedó boquiabierta al ver que sobre sus cabezas no había ninguna cúpula, sino las copas de unos enormes árboles.

Aquellos ejemplares eran mucho más frondosos y altos de lo que jamás habría imaginado. Parpadeó un par de veces sin dar crédito a lo que veía cuando una criatura marrón se balanceó entre las ramas. ¿Eso era un mono?

—¿Cómo puede ser esto real? —susurró.

—No lo es —dijo la prisionera morena, deslizándose a su lado.

Khalani se volvió de golpe hacia ella.

—¿Qué quieres decir? ¿Dónde está la cúpula?

—La tienes justo delante. —La chica señaló hacia la jungla—.

Es como las ventanas virtuales de Apolo.

La cúpula es traslúcida y puede mostrar lo que sea que contente a los ciudadanos de Génesis.

También regula la temperatura. Las únicas partes de la cúpula que no son una ilusión son el sol y los desprendimientos de rocas.

Khalani alzó aún más la mirada. El sol brillaba alto en el cielo y los bañaba a todos con su resplandor. Los árboles virtuales se mecían con el viento, como si este soplara de verdad entre las ramas.

—Parece muy real —dijo asombrada.

Un salto de agua impresionante emergía con estruendo de la cúpula y caía en un largo y sinuoso río.

El agua era del azul más claro que hubiese visto, y una hermosa nube de bruma flotaba en el aire.

Ante ellos se alzaba un magnífico puente de piedra blanca, construido para salvar el río, que rodeaba una ciudad resplandeciente.

Génesis.

La ciudad estaba lejos y, desde esa distancia, solo se vislumbraban unos edificios altos y blancos. Sin embargo, ya se intuía su belleza. Un torrente de emociones amenazó con desbordar a Khalani, y las lágrimas le empañaron los ojos.

Ojalá sus padres hubieran estado vivos para verlo.

—¡Dejad de holgazanear! —gritó uno de los guardias.

Estos se dirigieron hacia el puente de piedra y los cuatro prisioneros los siguieron enseguida. Bajo el sol, atravesaron la frondosa pradera hasta llegar a orillas del río. La cascada rugía junto a ellos y una miríada de colores apareció en la bruma.

Ya había oído hablar de ello.

Un arcoíris.

Durante unos instantes se quedó hipnotizada, pero Serene le dio un tirón.

—Vamos, Khalani, tenemos que seguir.

Pero ella apenas podía apartar la mirada. Era como si la hubieran transportado a un colorido cuento de hadas después de haber habitado en un mundo en blanco y negro.

Un sinuoso camino adoquinado apareció ante ellos tras cruzar el puente.

Los edificios de Génesis eran de color marfil, algunos tan altos como la cúpula, y se sostenían sobre unas columnas muy adornadas.

Al acercarse, Khalani distinguió estatuas de animales en la parte superior de las columnas.

Por las clases de historia, recordaba los nombres de algunas de aquellas criaturas: leones, elefantes, caballos.

Toda la ciudad era una impresionante obra de artesanía, diseñada para fascinar.

Le dolía el cuello de alzar la mirada hacia tantas maravillas.

Mientras los escoltaban por la ciudad, vieron a los habitantes de Génesis deambular de un lado a otro. Las mujeres iban ataviadas con vestidos metálicos, plateados y blancos, y los hombres, con esmóquines plateados, dorados o negros, como si fueran a un baile.

Todo en ellos era diferente. Incluso su manera de andar.

En Apolo, todos se apresuraban cabizbajos al trabajo.

Apenas se saludaban o sonreían. Al igual que el sol, la felicidad brillaba por su ausencia.

Pero allí, en Génesis, todo el mundo sonreía radiante en las calles, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.