Capítulo 18
Ni la caricia de la lluvia ni el trueno me han hecho estremecer. Pero, contigo, las tormentas más temibles me elevan y extasían.
— B ien. —Takeshi se cuadró para enfrentarse a ella—. Empecemos por movernos despa…
—¡Aaah!
Khalani arremetió contra él, lanzándole una oleada de puñetazos al torso y a la cabeza, atacando allá donde fuera posible.
Takeshi abrió los ojos de par en par ante aquella embestida inesperada, aunque bloqueó cada golpe sin tan siquiera despeinarse.
Khalani lanzó otro puñetazo, y él le cogió la muñeca al tiempo que le golpeaba el cuello con el canto de la otra mano.
Se le contrajeron los músculos de la nuca y se vio obligada a retroceder, tambaleándose mientras un intenso dolor le bajaba desde el hombro hasta el brazo.
—¿Cómo has hecho eso? —le preguntó, frotándose el cuello.
—He golpeado un punto de presión. —Se volvió hacia ella—. Y bien, ¿has terminado de atacarme como una psicópata?
—Depende —soltó ella—. ¿Te he hecho daño?
—A mí no me vas a hacer daño, Kanes.
—Entonces no he terminado.
Le dio una patada en la espinilla. Sin perder un segundo, dirigió la otra pierna contra el estómago de Takeshi.
Él la agarró por el talón y Khalani empezó a saltar torpemente para mantener el equilibrio.
Un destello de malicia apareció en los ojos del capitán y, un segundo después, le barrió la otra pierna, derribándola al suelo.
Khalani cayó bocarriba.
Takeshi se cernió sobre ella y la observó con ojos inescrutables.
—¿Siempre has sido tan terca?
En el suelo, Khalani respiraba con dificultad.
—Puede. ¿Y tú siempre has sido tan imbécil?
Takeshi esbozó una ligera sonrisa y se acuclilló junto a ella.
—Solo cuando quiero. ¿Por qué? ¿Te molesta?
—¿Y si así fuera?
—La incomodidad nos hace crecer. El hecho de que no estés disfrutando significa que te estoy entrenando bien.
Khalani apoyó los codos en el suelo y, apretando los dientes, se incorporó.
—Debes admitir que disfrutas estampándome contra el suelo.
Se inclinó hacia ella con un brillo en los ojos y una actitud intimidante.
—Disfrutaría más si no me lo pusieras tan fácil.
Khalani resopló y se levantó; estaba demasiado cerca. No iba a dejarse sorprender de nuevo. Hizo crujir el cuello y levantó los puños.
—Otra vez.
De repente, Takeshi se inclinó bruscamente hacia ella.
—Si aprietas el puño de esa manera, acabarás haciéndote más daño a ti que a mí. Nunca metas el pulgar dentro del puño o te lo romperás. Ponlo por fuera…, sí, eso es. Ahora dóblalo sobre tus dedos medio e índice.
La ayudó, colocándole el pulgar en la posición correcta.
Khalani trató de no concentrarse en la aspereza de sus dedos. No se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que él la soltó, aparentemente satisfecho.
Se sentía indignada y agitada al mismo tiempo, y el corazón le latía desbocado, pero, pese a todas las emociones confusas que la embargaban, escuchó con atención y siguió sus instrucciones al pie de la letra.
El entrenamiento, cada uno de los gestos y posturas que le enseñaba, era pura agonía de dolor, tras la que llegaba la euforia al poder respirar de nuevo.
Todo lo que Takeshi llevaba a cabo, incluso algo tan simple como enseñarle a apretar el puño, lo hacía con una concentración e intensidad máximas.
Las sesiones de entrenamiento demostraban por qué se había convertido en capitán de Braderhelm. Se tomaba muy en serio cualquier cometido, por insignificante que fuera.
—Esto es muy importante. —La voz grave de Takeshi resonó en la sala—. Debes recordar cuáles son las zonas vulnerables del cuerpo: ojos, nariz, garganta, rodillas e ingles. Hoy nos centraremos en las más fáciles.
Le indicó que extendiera la mano, y Khalani palideció al oír lo que le pedía.
—¿Quieres que meta los dedos en los ojos de alguien? Ni hablar. Creo que antes vomitaría.
—En una situación de vida o muerte, Kanes, tendrás que hacerlo si quieres sobrevivir —afirmó con total despreocupación.
Khalani se estremeció. Era asqueroso. Pero Takeshi tenía razón y se negó a continuar el entrenamiento hasta asegurarse de que había aprendido cómo destruir el órgano ocular del contrincante.
—Bien —dijo, con un destello peligroso en la mirada—. Date la vuelta.
—Me dijiste que no debía perder de vista al rival.
—Esto es una excepción. Date la vuelta —insistió, haciendo girar el dedo índice.
Khalani vaciló unos instantes; el sentido común le decía que no lo hiciera. Finalmente, a regañadientes, le dio la espalda.
Con la mirada fija en las barras, pero con todos los sentidos puestos en lo que tenía a sus espaldas, la respiración de Khalani se aceleró mientras esperaba el siguiente movimiento de Takeshi. Pasaron varios segundos y, justo cuando iba a preguntarle qué estaba haciendo, la atacó.
Ni su respiración ni sus pasos lo delataron. Takeshi era un asesino silencioso. En un abrir y cerrar de ojos, arremetió contra ella por la espalda y la rodeó con sus fuertes brazos.
Su cuerpo era sólido como una roca, y ella gruñó mientras trataba de zafarse. Empujó contra él, pero los pies le resbalaron en el suelo. Takeshi era una fuerza inamovible.
Mientras intentaba escapar de su abrazo con la poca energía que le quedaba, oía su respiración en su oído. El sudor le resbalaba por la frente. Por mucho que se esforzara, era como empujar una pared.
—Cálmate, Kanes —susurró Takeshi.
Khalani se estremeció al notar el cosquilleo en el oído provocado por la vibración de su voz, pero siguió luchando por librarse de aquel abrazo inflexible.
Todos sus esfuerzos fueron en vano. Tras varios minutos, apenas le quedaban fuerzas y prácticamente era Takeshi el que la sostenía. Sin aliento, dejó de retorcerse, y ambos permanecieron inmóviles.
Su cabeza ni siquiera llegaba al hombro de Takeshi, y él la rodeaba por completo.
El sudor le resbalaba por los antebrazos. Podía oler su aroma cautivador, almizclado. Khalani apretó los dientes.
¿Por qué tenía que fijarse en detalles como esos?
—Si alguien te agarra por la espalda como acabo de hacerlo yo, lo primero que tienes que hacer es calmarte.
Sé que es difícil, pero conservar la energía es crucial.
Luego, junta las manos y golpea con el codo el estómago de tu agresor tan fuerte como puedas.
El codo es una de las partes más potentes del cuerpo.
Te prometo que te soltará —aseguró en voz baja, aún sujetándola.
—¿Y ahora viene el momento en que te doy un codazo en el estómago?
—No, a menos que quieras que te inmovilice el resto de la semana. —Hizo una pausa y, a continuación, añadió—: Y no de un modo agradable, te lo aseguro.
El corazón le dio un vuelco y se le erizó la piel.
—No, gracias —gruñó.
—Justo lo que pensaba. —Takeshi parecía estar divirtiéndose—. Bien, ahora que ya lo hemos aclarado, practiquemos el movimiento.
Le enseñó la técnica y, cuando ella se sintió más segura, él la soltó despacio, de modo que se encontraron cara a cara.
En un gesto desafiante, Khalani levantó la barbilla, y él la fulminó con la mirada.
Estaban solos, como si no hubiera nadie más en todo Braderhelm.
Era como si una abrasadora energía le recorriera el cuerpo y se enroscara en torno a él.
—Y por último, si tu enemigo te ataca de frente y es más alto y corpulento… —dijo lentamente.
Levantó una de sus enormes manos a la altura de su garganta, a unos pocos centímetros de distancia. Acobardada, Khalani tragó saliva.
—¡Kanes! —Takeshi la obligó a mirarlo de nuevo—. Si entrenamos, entrenamos hasta el final, hasta las últimas consecuencias. Arrincona el miedo.
Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.
Khalani soltó un suspiro y asintió, dándole luz verde. Takeshi no perdió ni un segundo y le rodeó la garganta con las manos. Aún podía respirar, pero él la sujetó con firmeza, implacable, y Khalani abrió los ojos de par en par.
Al ver el pánico en ellos, Takeshi frunció el ceño, y un leve destello de consternación le ensombreció el semblante. Khalani comprendió que iba a soltarla, pero tomó otra decisión. Con las manos aún en su garganta, la condujo hacia las barras.
Sin poder hacer nada, Khalani fue retrocediendo hasta que se dio contra ellas. Takeshi se inclinó y clavó sus ojos en los suyos.
—Dime cómo te sientes ahora mismo —ordenó, escrutándola.
Khalani tomó aliento. Solo había una palabra que lo describía con exactitud.
—Indefensa.
Takeshi tensó la mandíbula.
—Sí. Sientes que no tienes control, que eres débil. Pero esa no eres tú. Tienes que recuperar el control, demostrar que no vas a permitir que te maltraten y que te dejen tirada. Eres fuerte, Kanes.
Al oír la sinceridad, profundidad y firmeza que desprendían sus palabras, el rostro de Khalani se transformó.
Durante las sesiones de entrenamiento, la había humillado, castigado y arrastrado por el suelo. Frágil, indefensa, nula. Incluso había creído que el capitán pretendía demostrarle lo débil que era. Pero, en ese instante, comprendió que la verdad era mucho más compleja.
Estaba demostrándole que era lo bastante fuerte.
Que, por mucho que se desplomara en el suelo o fracasara, no debía darse por vencida, que no tenía que dejar de creer en sí misma.
Y eso era más valioso que todas las opiniones del mundo.
—Si te encuentras en esta posición, golpéale la entrepierna a tu oponente con la rodilla. Incluso si es una chica. Le dolerá horrores y tendrás ventaja. ¿Entendido?
Takeshi pronunció esas palabras sin apartar la mirada.
—Sí —respondió Khalani, luchando contra la oleada de emociones que la embargaban.
Se sentía como si estuviera escalando la pared de un escarpado acantilado de aristas afiladas. Y en la cima estaban el poder y la fuerza para romper todas las cadenas que la ataban, las físicas y las invisibles.
Takeshi asintió, soltándole la garganta.
Apartó los dedos y retrocedió, y Khalani soltó un sonoro suspiro. Se observaron en silencio.
Quería decírselo todo y, al mismo tiempo, no decir nada.
Takeshi era distante y brusco en sus modales, pero, cada vez que la miraba, ambos se quedaban inmóviles, como suspendidos, a la espera de que el otro atacara sus defensas o tratara de arrancar el velo que cubría su alma.
Takeshi apretó los puños a los costados de su cuerpo y, justo cuando iba a hablar, sonó el ruido estridente del cambio de turno.
Se les había terminado el tiempo.
Permanecieron allí, quietos, sin saber qué hacer. Takeshi fue el primero en romper el hechizo.
—Es hora de irnos, Kanes.
Ella frunció el ceño; aún no estaba lista para regresar a la celda. Quería quedarse y seguir entrenando. O puede que solo fuera una excusa para seguir hablando con Takeshi.
Además, sus sentimientos la confundían. Estaba demasiado alterada como para comprenderlos.
No intercambiaron palabra en todo el trayecto de regreso a la celda. Cuando él se dispuso a cerrar los barrotes sin tan siquiera dirigirle una mirada, Khalani se aferró a ellos.
—¿Takeshi? —susurró.
Con un suspiro, alzó la cabeza hacia ella. La expresión que había en sus oscuros ojos la sorprendió. Estaban más contenidos, como si ocultaran algo potente.
Letal.
—¿Qué quieres, Kanes?
—Gracias —murmuró ella—. Por entrenarme y creer en mí. No querías ayudarme, pero te mantuviste fiel a tu palabra. Solo quería… Lo siento, yo…
Se aferró a los barrotes en busca de las palabras correctas.
La verdad tácita se hundió en lo más profundo de su ser, reacia a salir de sus labios. Takeshi frunció el ceño y negó con la cabeza, mirando al suelo. Tras unos instantes, levantó el mentón.
—Kanes, más te vale no morir mañana. Solo voy a permitir eso cuando puedas vencerme en una pelea.
Khalani se quedó sin aliento al percibir la intensidad que desprendían sus palabras.
—Pues me parece que no será pronto —bromeó ella—. Posiblemente nunca.
—Exacto.
El silencio que siguió fue rotundo. Como si los barrotes que los separaban hubiesen desaparecido. El aire no se movía; ni siquiera las cucarachas se movían. Como si se hubiese detenido el tiempo. Como si todo y todos hubiesen quedado suspendidos.
Los oscuros ojos de Takeshi se clavaron en sus manos, que seguían aferradas a los cilindros metálicos. Tensó la mandíbula y se alejó. Khalani dejó caer la cabeza como si llevara un saco de ladrillos colgado del cuello.
Takeshi seguía leyéndole la mente, metiéndose bajo su piel, arrancando capas, revelando a la Khalani real. Ya no era esa niña que suplicaba que la dejaran morir junto a sus padres.
Al día siguiente pisaría la superficie de la Tierra, como habían hecho sus ancestros antes del Gran Colapso. Al día siguiente estaría ante el gobernador, el hombre que había asesinado a quienes más amaba. El que le había arrebatado todo lo que era importante para ella.
Apolo se lo había enseñado.
La justicia siempre se teñía de sangre.