Capítulo 17
Asómate a mi abismo y tal vez así aprenda a sobrevivir.
K halani abandonó el despacho del alcaide en silencio. Recorrió los túneles perdida en sus pensamientos, como si flotara, como si fuera un fantasma atrapado en una espiral de negación infinita.
Reprodujo mentalmente la conversación con el alcaide una y otra vez, tratando de comprender la razón de su visita a Génesis.
La petición no tenía ni pies ni cabeza. Era increíble.
Se suponía que las fantasías extraordinarias no abandonaban los límites de la imaginación. Sin embargo, por mucho que reinterpretara la tensa charla, siempre llegaba a la misma conclusión.
Vería el sol por primera vez en su vida.
Khalani no pensaba en otra cosa mientras el agua helada le caía sobre la cabeza en la ducha, ni tampoco más tarde en la biblioteca, donde permaneció sentada y tiesa como un palo.
Se mordía las uñas, leyendo una y otra vez la misma frase del libro. Winnie se pasó el turno mirándola de reojo con aire preocupado y preguntándole un millón de veces si estaba bien.
—Estoy bien —le contestaba cada vez Khalani.
Pero no era cierto. La imagen del gobernador ensombrecía la ilusión de pisar la esquiva ciudad abovedada. ¿Qué motivación ocultaba Alexander Huxley? ¿Por qué la había seleccionado?
Quizá se había enterado de las mentiras que le había contado al juez supremo durante el juicio y pensaba ejecutarla públicamente, para que sirviera de ejemplo a otros. El gobernador había hecho cosas mucho peores.
Los rostros de sus padres, a los que recordaba con una sonrisa, se oscurecieron y se deformaron hasta convertirse en sábanas blancas.
La sangre reseca en sus labios le recordó la perfidia del gobernador.
Su miedo cambió de bando y la determinación se asentó en su mente como si fuera una losa de cemento.
Si el gobernador trataba de matarla, haría todo lo que estuviera en sus manos para llevarse a ese cabrón al infierno con ella.
Después de terminar el turno en la biblioteca, regresó al bloque y se encontró con Takeshi, que la esperaba delante de la celda.
Con aire cabreado.
—Llegas tarde —soltó con voz furiosa sin tan siquiera mirarla.
—Lo siento, he perdido el reloj.
Provocar a Takeshi antes del entrenamiento no era lo más inteligente, pero en lo último en lo que pensaba Khalani en ese momento era en practicar el autocontrol.
—Debería colgarte en el foso el resto de la semana para que te lincharan. Así recordarías que no debes hacerme perder el tiempo —la amenazó, mirándola de reojo.
—Pues igual te tomo la palabra —murmuró Khalani.
La expresión en el rostro cincelado de Takeshi se tornó aún más hostil que de costumbre y se le marcaron unas profundas líneas en la frente.
Negó con la cabeza y se humedeció los labios con la punta de la lengua.
Lentamente. Como si estuviera armándose de paciencia con cada uno de aquellos gestos pausados.
—No me tientes —siseó, rozándole el hombro y dejándola atrás.
Khalani no se movió, aunque no fue por miedo. En su interior ardía un torbellino de emociones; no habría podido explicar lo que sentía ni aunque le hubieran puesto una pistola en la frente.
En el ascensor no pronunciaron palabra.
Takeshi estaba tenso, con la mandíbula apretada. Khalani giró el cuello a uno y otro lado hasta hacerlo crujir; después flexionó los dedos y las muñecas. El aire entre ellos era tan denso que podía cortarse, pero para eso se necesitaría algo mucho más afilado que un cuchillo.
Khalani prefería no preguntarle qué le preocupaba. Takeshi nunca hablaba de sus emociones, y mucho menos de su vida personal. Cuanto menos supieran el uno del otro, mejor.
Al llegar a la sala, se apresuró a ponerse la ropa de entrenamiento. Takeshi se giró de espaldas con caballerosidad, con los brazos en jarras.
Khalani cerró la taquilla y se dirigió al banco de pesas, sin olvidar los guantes para protegerse las palmas de las manos.
Takeshi se los había lanzado sin decir nada cuando, unas sesiones atrás, había reparado en que le supuraban las ampollas.
Un gesto de amabilidad por su parte que la dejó perpleja.
—¿Estás lista? —preguntó con impaciencia Takeshi, aún dándole la espalda.
—Sí. —Despegó el velcro de los guantes—. Solo un segundo.
—Hoy no necesitarás los guantes.
Confundida, Khalani alzó la mirada y vio que Takeshi se dirigía hacia la arena de combate. Se desabrochó la cremallera de la chaqueta negra y la lanzó a un lado. Debajo llevaba una camiseta sin mangas también de color negro.
Khalani contempló los músculos compactos y las venas que se le marcaban en los brazos. Su cuerpo estaba hecho para llamar la atención.
Formidable.
Firme.
Y ella lo estaba observando.
Carraspeó y apartó la mirada.
—Oh, ¿mejor empiezo con flexiones? —exclamó.
—No. Ven aquí, Kanes —ordenó Takeshi, indicándole con un ademán que entrara en el cuadrilátero.
Khalani enarcó las cejas, pero se metió entre las barras y se unió a él.
Takeshi giró el cuello y estiró lentamente los brazos por detrás de la espalda.
Al hacerlo, se le levantó un poco la camiseta, y Khalani no pudo sino advertir la línea en forma de uve que se perdía bajo los pantalones.
Una protuberante cicatriz le recorría el hombro derecho hasta la clavícula y resaltaba los surcos que se le formaban en los músculos, forjados a base de años de disciplina.
Siguió observándolo, pero desvió rápidamente la mirada cuando se encontró con la suya.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
—Voy a enseñarte movimientos básicos de combate y defensa.
Takeshi se cuadró y Khalani lo miró entornando los ojos, sin creerlo.
—¿En serio? Pero si dijiste que era demasiado débil para eso. De hecho, si no recuerdo mal, tus palabras fueron: «Ni siquiera las cucarachas te temen».
Había matado un par de esos insectos la noche en que se lo había dicho. Sin embargo, sus hermanas siempre regresaban, como si se burlaran de ella.
Takeshi le dio la espalda y apoyó la mano en una de las barras negras. Levantó el pie para estirar el cuádriceps. Khalani se dio cuenta de que se aferraba a la barra con tanta fuerza que los nudillos se le estaban poniendo blancos.
—Hoy me han informado de que el gobernador Huxley ha pedido que estés entre los miembros del servicio en la cena de mañana.
De inmediato, el aire se volvió más espeso. Khalani se acercó a la barra y se sujetó el pelo en una coleta, tratando de pensar en otra cosa.
—No es que tenga muchas alternativas. Pero al menos veré Génesis.
Takeshi se volvió de golpe.
—Tienes que ir con cuidado, Kanes.
—¿Con qué?
—Génesis es un espejismo. Es más hermosa de lo que puedas imaginar en tus mejores sueños, pero, cuando te acercas, te das cuenta de que está tan corrompida como Apolo. Mantén la cabeza gacha, no hables y no confíes en nadie, y menos en el gobernador.
Las líneas de la frente se le marcaron aún más. Khalani tuvo miedo de que alguien apareciera de golpe y lo detuviera por aquellos comentarios. La pena por calumniar al gobernador era la muerte.
Así de opresivas y controladoras eran las leyes de Apolo.
—No lo entiendo. Eres el capitán de Braderhelm. ¿No estás del lado del gobernador? —lo presionó.
—Estoy del lado de Apolo. Sirvo con lealtad a esa ciudad y a su gente.
No soy quién para opinar en público sobre el gobernador o las decisiones del Consejo.
Pero tanto tú como yo sabemos que cualquier movimiento que hagas contra el gobernador, ya sea real o percibido, supondrá tu muerte.
No cometas ninguna estupidez allá arriba.
Sus palabras le provocaron un nudo en el estómago. Se le agudizaron los sentidos hasta que casi notó que las moléculas de aire le rozaban la piel. Takeshi entornó los ojos, como si supiera de sus motivos e intuyera su hostilidad hacia el gobernador. La comprendía demasiado bien.
—No sé de qué estás hablando —dijo, dándole la espalda.
Takeshi se apresuró a salvar la distancia que los separaba. La sujetó por los brazos y la obligó a mirarlo. Se inclinó hacia ella, y Khalani no tuvo más remedio que enfrentarse a esos ojos feroces.
—No me mientas. Sé lo que les pasó a tus padres. Sé lo que te hicieron a ti después de que murieran —siseó.
Las palabras rebotaron contra las paredes, y a Khalani se le congeló el aliento, como si una ráfaga de viento glacial hubiera cruzado la sala. Se sintió como un insecto patas arriba esperando a que lo aplastaran. Vulnerable. Indefensa. ¿Cómo lo había descubierto?
—¿Es realmente necesario, señor? —le preguntó el forense al guardia que arrastraba a una pequeña Khalani de ocho años hacia la lúgubre sala.
Del techo colgaban unos deslumbrantes tubos fluorescentes. La sala estaba helada. No era solo la temperatura, sino también el ambiente. Como si hubieran absorbido toda forma de vida. Khalani miraba fijamente los dos cuerpos tendidos sobre la mesa metálica.
Estaban dentro de unas bolsas de plástico gris, pero les habían dejado el rostro expuesto.
—Le sugiero que no interfiera, doctor, a menos que quiera unirse a ellos —respondió el corpulento guardia, agarrándola del cuello con una mano áspera.
El forense la miró con expresión culpable, pero retrocedió y dejó que el guardia la acercara a los cuerpos.
Khalani se puso a temblar. Le resbalaban lágrimas por las mejillas. A través de ellas, vio sus caras. Empezaron a castañetearle los dientes y se puso a llorar y respirar agitadamente. Se llevó las manos a la cabeza, a punto de desplomarse en el suelo.
—Abre los ojos —ordenó el guardia.
Negó con la cabeza y lloró aún más. La nariz le moqueaba.
—Míralos.
—No… no… pue… pue… puedo —balbuceó.
Unos ásperos dedos le levantaron la barbilla.
—¡Míralos! —exigió el guardia.
Abrió los ojos y le flaquearon las piernas. Apenas comprendía lo que veía. Eran su madre y su padre.
En sus rostros no había calor ni vida. Estaban pálidos. Tan pálidos que su piel parecía translúcida. Los ojos de su padre estaban cerrados, pero su madre tenía la mirada perdida y los labios ligeramente entreabiertos.
No. No. No.
Pese a lo mucho que gritó, sus padres no se levantaron de aquella mesa para consolarla y decirle entre abrazos que solo era una pesadilla. Yacían rígidos y silenciosos. Muertos.
Sus alaridos llenaron la sala, y oyó que el forense se marchaba, como si no pudiera soportar la escena.
—Memoriza cada detalle. —El guardia le rodeó la nuca con la mano—. Tus padres eran traidores, y estas son las consecuencias de traicionar a Apolo. Se lo merecían. Si sigues sus pasos, te ocurrirá lo mismo. ¿Lo entiendes? —gritó el guardia, sacudiéndola.
Khalani no dejaba de temblar mientras negaba con la cabeza. Fuera de sí, se abalanzó hacia ellos para abrazarlos y acostarse junto a sus cuerpos. Para morir, al igual que habían hecho ellos.
Pero el guardia la agarró y la alejó.
—¡Nooo! —gritó, pataleando en el aire y extendiendo los brazos hacia los cuerpos sin vida de sus padres.
Ignorando sus súplicas y lágrimas, el guardia se la llevó de allí.
—¡¡¡Mamiii!!! —aulló.
Khalani parpadeó rápidamente, enterrando el recuerdo, tratando de evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos. Lo miró y negó con la cabeza.
—No me… No lo hagas. Ya no me afecta, Takeshi.
La mentira salió de sus labios; una más que olvidar.
Intentó apartarse, pero él no se lo permitió.
—Deja de hacer eso, Kanes —le espetó—. Deja de mentir.
Khalani alzó la mirada hacia los cielos, suplicando que uno de los ángeles pintados en el techo bajara volando y se la llevara. Justo en ese preciso instante, todo le pareció tan absurdo que empezó a reír, con aire derrotado.
—¿Y de qué servirá? Tú mismo lo dijiste: no hay lugar para los débiles en Braderhelm.
—Se enfrentó a él y lo fulminó con una mirada cruel—.
¿Por qué debería confiar en ti? Tú me odias.
¿Es un truco para que baje la guardia y así derribarme?
¿Qué quieres demostrar con eso, que soy tan débil como crees que soy?
Dijo esto último a voz en grito, y sus palabras resonaron contra los frescos.
Cuando tenía a Takeshi cerca, sus defensas se debilitaban, así que se aferraba a lo que tuviera contra él. Era demasiado inteligente y casi se diría que le leía el pensamiento. Ante él, se sentía abierta en canal, expuesta al mundo.
Se le aceleró el pulso al ver que se inclinaba hacia ella hasta que solo los separaron un par de centímetros.
—Quiero muchas cosas, Kanes. Pero lo último que quiero es que pienses que eres débil. Si te exijo tanto es porque sé que puedes darlo.
—¿Y qué es lo que quieres? —se atrevió a preguntar.
Él la miró con vacilación. Khalani contuvo el aliento, esperando que la destrozara con su respuesta. Tenía tantas ganas de oírla que casi deseaba que no hablara. Estaba exponiéndose demasiado. Abriéndole el alma a un mundo más grande de dolor.
Pero no podía retroceder en el tiempo. Solo había presente.
Sin pensar, se inclinó hacia él, cediendo a su magnetismo. Él se quedó inmóvil y suspiró al ver la vulnerabilidad que expresaba la mirada de Khalani. Un instante más tarde se apartó y ella no supo qué había visto.
El momento se esfumó. Como si nunca hubiera existido.
—Quiero que continuemos con el entrenamiento. Ahora mismo eres demasiado débil para derrotar a nadie —dijo con una voz dura y fría como el acero.
Takeshi se dirigió al extremo opuesto de la arena.
Khalani se quedó allí, atónita y en silencio. No entendía nada. ¿Por qué, de repente, se sentía tan decepcionada?
Él era el capitán de Braderhelm.
Su carcelero.
Y, por su ritmo cardiaco, se diría que acababa de correr una maratón. Estaba harta de sentimientos confusos. Quería sentirse normal.
Takeshi tragó saliva y carraspeó. Incluso él parecía incómodo y no se atrevía a mirarla a los ojos.
Bien.
No debería haber dicho esas cosas. No debería ser amable con ella.
A Khalani le bastaba con que se odiaran.
—¿Estás lista para pelear? —Se volvió hacia ella con los puños apretados a los costados.
Oh, sí. Nunca había estado más lista para apalear a un hombre.
La ira la envolvió como una capa de fuego. Incapaz de confiar en su voz, levantó los puños y asintió.
Cuidado con la mujer despechada; era más peligrosa que una bomba nuclear.