Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

No arregles las grietas y fragmentos rotos de mi escultura. Su belleza imperfecta captura mis fracasos.

L as siguientes semanas se sucedieron en una rutina atroz que hizo que Khalani se preguntara si no había perdido el juicio. Más de una vez. Takeshi se había negado a entrenarla en técnicas de combate hasta que sus músculos superaran su tamaño microscópico.

Esas habían sido sus palabras exactas.

Así que la presionaba. La hacía trabajar hasta el punto de que caminar le resultaba doloroso y respirar ya no era un acto inconsciente y sencillo, sino un intento desesperado de buscar alivio.

Le dolían los músculos en lugares donde ni siquiera sabía que existían.

Y Takeshi no se daba por satisfecho hasta que se desplomaba en el suelo como si fuera un trapo harapiento y mojado.

Solo entonces mostraba clemencia y le decía que habían terminado.

Pese a que no lo mostraba, Khalani sabía que en el fondo disfrutaba atormentándola. El muy capullo. Y ella debía de haber perdido el juicio, porque siempre regresaba.

Justo hoy era uno de esos días en los que notaba que alguien podría arrancarle los brazos si se los estirara lo suficiente. Soltó un gemido de dolor al no poder alzar una roca de tamaño medio para ponerla en la carretilla y se masajeó el tríceps.

«Venga, bracitos blandengues. No me abandonéis ahora».

—Nada grita más «soltera y sola» como tener que darte masajes a ti misma —dijo Derek mientras le quitaba la roca de las manos.

Khalani puso los ojos en blanco y se secó el sudor de la frente.

—Estamos en prisión, Derek. Tú haces lo mismo.

—Es verdad, pero en privado —respondió, encogiéndose de hombros y esbozando una tímida sonrisa.

Khalani torció el gesto.

—Puaj, qué asco.

Agarró unas rocas más ligeras y siguió trabajando. Si se detenía, los guardias lo notarían, y no quería sentir más dolor.

Takeshi era el empleado estrella en ese aspecto.

Derek ladeó la cabeza.

—¿El capitán Steele aún te tiene en el turno de los túneles?

Para excusar su ausencia, Khalani les había dicho a Serene, Derek y Adan que Takeshi la había pillado intentando robar analgésicos de la enfermería y que la había castigado a hacer un turno extra en los túneles y a recibir azotes cada día durante el descanso en el foso.

No se le había ocurrido nada más creíble.

Justo cuando estaba asintiendo con la cabeza, oyó una voz temblorosa a sus espaldas.

—¿Prisionera 317?

Al darse la vuelta, se encontró con un guardia un poco más alto que ella al que no había visto nunca. Era bastante joven, con cara de niño, cabeza rapada y ojos tan claros que casi parecían amarillos.

—¿Sí? —dijo, frunciendo el ceño.

El joven se irguió aún más.

—Acompáñame.

Se tensó. ¿Habían descubierto que Takeshi la estaba entrenando? ¿Iban a mandarla a la superficie? Jamás en el pasado la habían sacado del turno matutino.

Sabía qué esperar de lo habitual. En lo habitual, se sucedían las mismas batallas y obstáculos. Se podía sobrevivir a lo habitual. Pero en lo desconocido… En lo desconocido habitaba el terror.

Asintió con un nudo en la garganta, a sabiendas de que no tenía alternativa. El guardia la condujo al exterior del túnel, y Khalani echó un vistazo por encima del hombro. Derek la observaba con los ojos abiertos de par en par.

—¿Adónde me llevas? —preguntó.

El joven guardia no respondió, y el ambiente se volvió pesado con tanto silencio. Lo siguió por los pasillos fríos y mal iluminados, sin tiempo para reflexionar.

Con el alma en vilo, subieron varios niveles en el ascensor y llegaron ante una oscura puerta metálica. El guardia llamó con tres fuertes golpes.

—¡Adelante! —gritó desde el otro lado un hombre con voz ronca.

El joven se apartó, cediéndole el paso.

—El alcaide quiere verte.

A Khalani casi se le salieron los ojos de las órbitas. Nunca había conocido al alcaide, el líder de la prisión de Braderhelm.

Con un escalofrío, miró de soslayo al joven guardia, pero este se negó a devolverle la mirada. Sujetaba el arma contra el pecho y permaneció rígido junto a la puerta.

—Vamos —ordenó.

«Respira. Solo respira».

Cerrando los ojos, abrió la puerta.

Tras un fuerte chirrido que anunció su presencia, entró en una sala antigua, cuatro veces más grande que su fría celda. Unas llamas chisporroteaban en la chimenea, junto a la que había un hombre corpulento y vestido con un traje gastado.

El alcaide tenía un bigote negro en forma de manillar y llevaba el cabello engominado y peinado hacia atrás. Al verla, alzó los ojos de la pantalla táctil que sostenía.

—Ah, 317. Pasa.

Khalani dio un paso vacilante. Se sobresaltó cuando el guardia cerró la puerta de golpe tras ella y la dejó sola con el alcaide.

Observó todo lo que la rodeaba con atención, buscando cualquier cosa que pudiera usar como arma.

Pero no encontró nada. Ni siquiera un bolígrafo.

La estancia, tenuemente iluminada, contenía solo un escritorio de mármol negro, una alfombra dorada extendida en el centro, un gabinete de caoba oscura y dos sillones desgastados junto a la gran chimenea.

—Solo estamos tú y yo, 317. Por favor, toma asiento —le ofreció el alcaide, señalando el sillón rojo idéntico que estaba frente al suyo.

Khalani se acercó, retorciéndose las manos. El alcaide dejó el dispositivo a un lado y, con los codos apoyados en los reposabrazos y las yemas de los dedos unidas frente al rostro, la estudió con atención mientras ella se sentaba.

Khalani no dejaba de juguetear con la tela del uniforme, con una única idea en la cabeza: huir de allí. Esperó a que hablara, convencida de que serían malas noticias. Así era como se preparaba mentalmente: esperando siempre el peor desenlace.

—¿Qué te está pareciendo Braderhelm? —preguntó él al fin.

La pregunta le extrañó. El pulso se le aceleró ante tanta tranquilidad y cortesía, e intuyó que la estaba atrayendo hacia una trampa que había tendido con esmero.

—Hum… Muy bien, señor.

Sin bajar las manos, el hombre soltó una carcajada.

—Preferiría que no mintieses —sugirió.

El sudor le perló la frente, y se revolvió en el asiento, incómoda.

No le gustaban aquellos ojos brillantes y perspicaces, que buscaban respuestas a preguntas que no había formulado y parecían encerrarla en una jaula sin que se diera cuenta.

Montañas de secretos que ella desconocía se ocultaban tras esa mirada.

—Podría ser algo más colorida.

El corazón le latía desbocado, como si caminara sobre una alfombra de pinchos.

El alcaide ladeó la cabeza y se llevó la mano al rostro, ocultándolo parcialmente.

—¿Crees que Apolo tiene más color?

—Es lo único que conozco —admitió Khalani retorciéndose los dedos.

—Tu familia no era lo bastante rica como para recibir un pase de un día a Génesis.

Khalani negó con la cabeza y apretó los dientes al oír que mencionaba a su familia. ¿Qué se proponía con eso?

—Es curioso. —El alcaide se recostó, fijando su atención en ella—.

El gobernador Huxley contactó conmigo hace poco.

Mañana por la noche dará una cena en su mansión de Génesis a la que asistirán los miembros del Consejo y sus familias.

Siempre utiliza a prisioneros como sirvientes.

Creo que lo hace para fastidiar a sus consejeros.

Lo dijo con neutralidad e indiferencia, como si le diera igual que el gobernador y sus lacayos se tomaran un té con pastas en Génesis mientras el resto del mundo sufría.

El alcaide esperó una respuesta, estudiando su reacción.

—Pues… Es magnífico —dijo Khalani, forzando una sonrisa.

—Me alegro de que lo consideres así, porque el gobernador ha pedido que lo sirvas durante la cena —declaró, ladeando la cabeza.

En la estancia solo se oía el crepitar del fuego. Khalani permaneció inmóvil, como si su mente no hubiera registrado lo que el alcaide acababa de decir.

Al cabo de un rato, negó con la cabeza.

—Lo siento, pero debe de tratarse de un error. Quizá se ha equivocado de prisionera.

Tras las manos, el alcaide sonrió despacio.

—Si estuviera en tu lugar, yo pensaría lo mismo. Pero te aseguro que no es un error. Mañana viajarás a Génesis acompañada de unos pocos prisioneros más, aunque tú eres la única a la que el gobernador ha seleccionado personalmente. Y yo me pregunto: ¿por qué será?

El alcaide se enderezó en el sillón, entornando los ojos. Khalani entreabrió la boca y, de pronto, sintió una arcada al recordar el rostro de Alexander Huxley.

Se clavó una uña en el brazo, lo suficiente como para que sangrara. Pese a que el dolor físico pronto le devolvió la claridad mental, ella siguió apretando. Dirigió la mirada hacia el fuego, pero las llamas rojas no albergaban respuestas.

—No lo sé.

Era imposible que el gobernador recordara su nombre después de su breve encuentro.

No podía ser cierto. Tenía que ser mentira.

Un silencio que se le hizo eterno se cernió sobre ellos. Cuando el alcaide pareció convencerse de que decía la verdad, lanzó un suspiro, se puso en pie y se encaminó hacia el gabinete de caoba.

Más sosegada, Khalani apartó la mano y vio la marca roja en el antebrazo. Se quedó en silencio, preparándose para el momento en que la situación diera un giro inesperado. Se negaba a creer que iba a pisar Génesis.

Dio un respingo al oír las botas negras del alcaide, que se acercaban de nuevo.

Sostenía dos copas llenas de un oscuro líquido.

Le tendió una, instándola a beber, y después se sentó otra vez. Khalani, recelosa, observó la copa y olfateó el contenido.

El alcaide resopló.

—Te prometo que no lo he envenenado. Bebe conmigo.

Levantó la copa en un brindis y se la llevó a los labios sin dejar de mirarla.

Khalani cerró los ojos y tomó un pequeño sorbo. El líquido amargo sabía a alcohol etílico mezclado con lejía. Tosió y escupió, haciendo una mueca a causa del desagradable ardor.

El alcaide soltó una carcajada. Imbécil.

—¿Sabes? Es uno de los mejores coñacs de Apolo. Nuestros antepasados la consideraban una bebida muy sofisticada.

—Hay cosas que deberían haber desaparecido con el Gran Colapso.

—Quizá —dijo, esbozando una sonrisa y dejando la copa en el reposabrazos—. Sin embargo, no solo te he traído para informarte de los planes de la cena de mañana, 317.

La voz sedosa del alcaide le provocó un escalofrío y tuvo la impresión de que las paredes se le echaban encima y la acorralaban.

—Cuidado con lo que dices si el gobernador te pregunta sobre tu estancia en Braderhelm —advirtió—.

Varios años atrás, ascendieron a consejero al alcaide anterior, y mis ambiciones políticas van en esa dirección.

Dedícale una o dos palabras amables, y tu estancia aquí será más placentera.

De lo contrario, puedo convertir tu vida en un calvario —amenazó con tono brutal y mirada sádica.

Con cada una de sus palabras, Khalani se iba encogiendo y le costaba más respirar.

El alcaide no le estaba pidiendo un favor.

Le estaba hablando con confianza y sinceridad, lo que solo significaba una cosa: decía la verdad.

Khalani asintió, incapaz de pronunciar palabra. Sentía picores y un hormigueo en la piel, y solo deseaba fundirse con la tapicería roja de la butaca.

—Una sabia decisión, 317. Sé que no me decepcionarás. Mañana partes hacia Génesis.

Señaló la puerta en señal de despedida.

Durante unos instantes, Khalani no se movió. Le temblaba todo el cuerpo y sentía un nudo en el estómago.

Había soñado con Génesis desde que era niña. Anhelaba ver el sol, pero nunca había creído realmente que llegaría a visitarla.

Lentamente, fue asimilando las palabras del alcaide y comprendió lo que significaban: al día siguiente pisaría por primera vez la superficie de la Tierra.

Khalani dominó el temblor de las manos, cogió la copa y se la acabó de un solo trago.

Ni siquiera eso logró sacarla de su asombro.