Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Takeshi la abrió en cuanto la golpeó con los nudillos. La miró de arriba abajo y parpadeó un par de veces con un ligero centelleo en los ojos. Trazando una línea sombría con los labios, frunció el ceño.

¿Tan mal aspecto tenía?

—¿Pasa algo? —preguntó Khalani, incómoda.

El capitán contrajo sin querer la mandíbula y cerró la puerta sin responder a su pregunta.

—Terminemos con esto —dijo, rozándola al pasar.

Por supuesto que no iba a responderle. Seguro que los hombres como él eran sombríos y taciturnos de nacimiento.

Perpleja, Khalani lo siguió hasta el centro. Unas barras negras rodeaban el cuadrilátero de arena. Khalani alzó la pierna por encima de la barra recubierta de goma y la sorteó con menos gracia que Takeshi, que ya la esperaba en el centro. Sintió escalofríos.

Era todo de lo más inquietante. Alzó la vista hacia la impactante imagen del ejército celestial librando una guerra sobre sus cabezas.

Cuánta belleza y cuánta violencia; era el himno de la humanidad.

—¿Y si alguien entra? —le preguntó.

Takeshi negó con la cabeza.

—Los guardias no vienen por aquí a esta hora. O están en el foso o haciendo la ronda. No hay cámaras, así que estamos solos.

A Khalani se le aceleró el pulso y se secó las manos sudorosas en la tela del pantalón. Otra vez.

—En primer lugar, estableceremos unas reglas básicas —anunció él, haciendo crujir los nudillos—.

Bien, para aprender, debes entender que, en esta arena, yo estoy al mando.

—Khalani sintió que su voz ronca le rebotaba por todo el cuerpo y se puso tensa al oír aquellas palabras—.

Lo que significa que, si yo digo que hagas algo, tú obedeces.

Sin discutir. Sin quejarte. Sin rendirte.

Tienes que confiar en mí, en que conozco tus límites y en que, si te ordeno algo, es por tu propio bien. ¿Entendido?

Ella soltó un profundo suspiro ante los riesgos que estaba asumiendo.

—Sí —aceptó.

—En segundo lugar —continuó Takeshi—, no debes contarle nada a nadie de estas lecciones. Y «nadie» incluye a tus tres amigos. ¿Está claro?

Eso ya se lo imaginaba.

Takeshi esperó a que ella asintiera antes de proseguir.

—Y por último… —añadió al tiempo que daba un paso hacia ella—. Si tengo la más mínima sospecha de que pretendes usar cualquier arma o habilidad fuera de esta arena contra mí, ¿qué ocurrirá?

—Me matarás —respondió con ansiedad y los nervios a flor de piel.

Takeshi asintió con la cabeza, tensando la mandíbula.

—Es el único aviso que te daré —concluyó, inmóvil y con determinación.

Khalani no tenía intención de descubrir si era un farol. No lo conocía mucho, pero ya había comprendido una cosa: si Takeshi Steele profería una amenaza, la cumplía.

—Entendido.

Khalani estiró la columna y se mostró tan dispuesta como pudo.

—Bien. Ahora, atácame.

Takeshi se colocó justo en el centro del cuadrilátero y la miró con los brazos colgando a los lados y las piernas abiertas en una postura firme.

—¿Atacarte?

¿Lo había oído bien?

Él enarcó una ceja.

—Sí. Tienes la oportunidad de atacar al capitán de Braderhelm, Kanes. ¿O no eres más que puro cuento?

A Khalani le centellearon los ojos, quizá alimentados por la venganza. O por el deseo de cobrarse cada pizca de dolor que había recibido en Braderhelm.

Flexionó el cuello y se preparó.

«Allá vamos».

Con los puños alzados a la altura del pecho, avanzó despacio hacia Takeshi. Él permaneció inmóvil, sin contraer ni un solo músculo. Solo movía los ojos, siguiendo sus gestos completamente concentrado.

Aunque era Khalani quien atacaba, por alguna razón, sentía que ella era la presa. Takeshi irradiaba una energía silenciosa que la obligaba a bombear adrenalina. Ya estaban a un brazo de distancia.

¿De verdad iba a hacerlo?

Lo miró a los ojos, aún insegura. Takeshi se limitó a asentir con la cabeza. Fue toda la confirmación que Khalani necesitaba.

Se precipitó hacia él y le lanzó un puñetazo al rostro.

Con una rapidez tal que Khalani apenas captó el movimiento, Takeshi se inclinó hacia un lado y le agarró la muñeca. En el instante siguiente, llevó el pie hacia la parte trasera del tobillo de Khalani para hacer palanca y usar su peso en su contra.

Antes de que comprendiera qué estaba ocurriendo, Khalani cayó de espaldas jadeando.

Sin apenas despeinarse, Takeshi se cernió sobre ella con los brazos en jarras.

—¿Sabes por qué me ha resultado tan fácil?

Khalani se sonrojó.

—Porque eres más fuerte que yo.

—No. Ya aprenderás que no tiene nada que ver con la fuerza. En pie —ordenó, retrocediendo un paso.

Khalani apretó los dientes y se obligó a levantarse. No entendía cómo él, con lo corpulento que era, se movía con tanta agilidad, mientras que ella se tambaleaba como si estuviera borracha. Cerró los ojos para concentrarse de nuevo.

De repente, le barrió los pies y Khalani cayó de bruces contra el suelo. Sintió un dolor agudo en la nariz, pero se incorporó enseguida.

—¡¿A qué demonios ha venido eso?! —protestó, llevándose la mano a la nariz al tiempo que hacía una mueca.

Takeshi la miró sin atisbo de culpa.

—No pierdas de vista a tu oponente, Kanes. Otra vez.

Trató de controlar la respiración, pero una oleada de ira la recorrió y apretó los puños a los costados del cuerpo. Takeshi se cuadró, listo para hacerle frente.

En esta ocasión, Khalani se movió más rápido para sorprenderlo. Se inclinó hacia abajo, tratando de golpearle el estómago mientras mantenía la vista clavada en sus piernas.

Takeshi le apartó la mano, la agarró del cabello y la giró, dejándola de espaldas contra su pecho.

Khalani sofocó un grito de dolor cuando le retorció el brazo de forma brutal.

Tenía la cabeza apoyada contra su pecho mientras él la sujetaba del pelo con la mano izquierda en un gesto de un dolor casi insoportable.

Trató de zafarse, pero Takeshi le agarró la otra muñeca y la inmovilizó.

Desesperada, Khalani trató de pisarlo o de propinarle una patada en la entrepierna.

—Mueve el pie un centímetro más y te dislocaré el hombro —le susurró con aspereza al oído.

Temblando, Khalani se quedó inmóvil, completamente consciente de todos los movimientos del poderoso cuerpo de Takeshi.

Sentía su aliento en el oído; notaba cómo le subía y bajaba el pecho a un ritmo tranquilo, en claro contraste con su respiración entrecortada; los dedos que le agarraban el codo, inmovilizándola; el pelo, tirante en su mano.

—Has hecho trampa —resopló enfadada.

—En una pelea no existen reglas.

Khalani sintió ganas de gritar y apartó de un soplido un mechón rebelde que le caía sobre el rostro. Empezaba a pensar que Takeshi había aceptado las sesiones de entrenamiento solo para humillarla, como venganza por todas las veces que ella le había causado problemas.

—Suéltame —escupió.

—¿No sabes pedirlo con educación?

—Lo siento, me he dejado los modales en la celda.

Takeshi le levantó un poco más el codo, y el dolor hizo que se doblara sobre sí misma.

—¡Está bien, está bien! Lo siento. Por favor, suéltame.

Takeshi la liberó, y Khalani torció el gesto mientras se frotaba el brazo con delicadeza.

—Podrías haberme hecho mucho daño —dijo, fulminándolo con la mirada.

—Es cierto —respondió él sin disculparse—. Pero no ha sido así. Y con esa manera de dejar tu guardia abierta, podría haberte golpeado en la cara, que es lo que harán sin duda tus oponentes. He elegido una opción menos dolorosa.

—¿Y se supone que tú me estás entrenando? —exclamó, con las fosas nasales dilatadas—. Solo te dedicas a golpearme.

De repente, se enfrentó a ella.

—Kanes, me has dicho que querías aprender. ¿Recuerdas que he dicho que aquí mandaba yo?

Se quedó esperando una respuesta.

—Sí —refunfuñó ella.

—Bien, pues aquí va tu primera lección: no te dejes gobernar por las emociones.

Khalani alzó la cabeza con brusquedad.

—Yo no hago eso.

Takeshi la miró fijamente con sus ojos oscuros.

—Vuelve a replicarme y saldrás de aquí a rastras.

Khalani quería gritarle que se equivocaba, pero eso solo demostraría que tenía razón.

—Lo siento. Te escucho —dijo, mordiéndose la lengua.

—Cuando te enfadas, respondes con movimientos erráticos. Podría haberte bloqueado con ambas manos atadas a la espalda —afirmó con cierto aire aburrido.

Ella resopló con amargura y se atusó el pelo despeinado.

—Entonces, ¿qué hago?

—Identifica tus puntos débiles.

Despacio, Takeshi comenzó a caminar en círculo a su alrededor, como si fuera un depredador de verdad.

Sin perderlo de vista, Khalani fue girando sobre sí misma.

—En la arena, no hay lugar para el orgullo.

Su voz resonó por toda la estancia; su timbre grave la atravesó hasta calarle los huesos.

—Me proponía algo con esta derrota tan contundente: demostrarte que estás muy lejos de ganar una pelea. La mitad de la batalla está aquí. —Takeshi se señaló con un dedo la cabeza. Luego dio un paso adelante y le colocó un dedo en el pecho—. No aquí.

La miró fijamente mientras le daba unos golpecitos con el dedo sobre el corazón. Khalani contuvo la respiración con el pulso acelerado.

Takeshi se detuvo al advertirlo.

—Tienes que controlar la mente para compensar tus debilidades.

Te enfrentarás a oponentes mucho más grandes que tú, así que debes confiar en la velocidad más que en la fuerza.

Aunque… —Le apoyó una mano en la clavícula, y Khalani se estremeció cuando la recorrió con los dedos hasta posar la palma callosa en su brazo.

Le apretó el bíceps, o más bien la ausencia de este, y le dedicó una mirada de desaprobación—. Esto hay que trabajarlo.

Khalani frunció el ceño. Pues claro que tenía músculos, solo que no eran perceptibles a simple vista.

Y Takeshi seguía con la mano en su brazo. Sus miradas se encontraron; él la soltó con brusquedad y dio media vuelta, dispuesto a abandonar el cuadrilátero.

—Ahora que sabes que no estás lista para pelear, podemos avanzar.

Salvó las barras de un salto.

En ese momento, Khalani recordó que tenía que respirar.

—¿Avanzar con qué? —preguntó, arqueando las cejas.

—Si hay alguna debilidad que puedas controlar, trabaja sin descanso hasta convertirla en una fortaleza.

Takeshi tomó unas pesas del estante que estaba al otro lado de la sala. Khalani se colocó un par de mechones sueltos detrás de las orejas. Aquello era excesivo, más de lo que pensaba. Al ver que no se movía, Takeshi se volvió hacia ella.

—Las pesas no van a levantarse solas, Kanes.

Durante la siguiente hora, levantó mancuernas sin cesar y trabajó en varias máquinas, sudando más de lo que nunca había sudado en los túneles.

Takeshi fue implacable. Cuando aumentaba el número de repeticiones y el peso, Khalani protestaba, aguijoneada por el dolor y las ganas de capitular. Pero Takeshi la vigilaba de cerca.

No era de los que gritaban. No. Era peor. Le leía la mente.

—Me simplificarías el trabajo si te rindieras —susurró.

Khalani lo fulminó con la mirada, pero ese capullo sabía lo que se hacía, porque, cada vez que la insultaba, ella se esforzaba más.

Le quedaba poco para terminar la serie de cincuenta flexiones. Los brazos le temblaban cuando bajaba. Sudaba a mares, y los finos mechones se le pegaban a la frente.

Takeshi se agachó para observarla. El esfuerzo para levantarse se multiplicó por diez.

Desesperada, clavó la mirada en el suelo, deseando que el suplicio terminara de una vez. En medio de la flexión, le cedieron los brazos. Aunque trató de levantarse con un gruñido, sus extremidades parecían estar hechas de fideos y no le respondían. No podía continuar.

—No has terminado —la reprendió Takeshi en voz baja.

—Ya lo sé, pero he decidido que voy a quedarme aquí un rato —dijo mirando el suelo.

Ni siquiera tenía energía para levantar la cabeza. Resultaba casi cómico.

—Levántate, Kanes. Aún te faltan dos.

Tras una pausa, Takeshi se puso en pie.

—Qué lástima. Casi me habías convencido de que estaba equivocado contigo.

Sorprendida por sus palabras, Khalani encontró la energía suficiente para girar la cabeza hacia él.

—¿A qué te refieres con eso?

—Ya imaginaba que no ibas a soportar ni un entrenamiento. Puedo identificar a las personas que se dan por vencidas a kilómetros de distancia. Y tú eres una de ellas.

Odiaba. A. Takeshi. Steele.

Con un gruñido, reunió las pocas fuerzas que le quedaban e hizo dos flexiones más. Una… «Vamos, Khalani…». Dos. Satisfecha, suspiró e incluso logró ponerse en pie.

Tambaleándose, se acercó a Takeshi, que la miraba con expresión inescrutable.

—Espero que sepas lo que es la decepción porque voy a demostrarte que estás equivocado en todo —dijo, jadeando.

—Bien. —En sus ojos brilló un fuego abrasador—. Ni siquiera te he hecho suplicar.

Sus palabras le provocaron una sensación de lo más extraña. La energía dominante de Takeshi la rodeó, atenazándole el pecho.

—Pues ya puedes empezar a rezar, porque eso no va a suceder —dijo, alzando el mentón con aire desafiante e ignorando el sentido común, que le decía que no lo hiciera enfadar y que huyera ahora que podía.

Pero… al diablo con él.

—¿Tú rezas, Kanes?

Khalani dio un respingo, sorprendida por la pregunta.

—No.

Una leve pero peligrosa sonrisa apareció en sus labios.

—Pues sigue sacándome de quicio y te verás obligada a hacerlo. Si se me mete algo entre ceja y ceja… —Inclinó la cabeza, de modo que solo los separaban unos pocos centímetros—, solo Dios puede impedir que no lo consiga.

Khalani soltó un suspiro al ver que daba media vuelta y se encaminaba hacia la puerta.

Cada vez le resultaba más difícil respirar cerca de Takeshi; era como si el mismísimo aire le perteneciera.

Alzó los ojos hacia el techo, pero ninguno de los ángeles le devolvió la mirada.

Más bien parecían decirle: «Que tengas suerte».