Capítulo 15
Que cada paso que des sea un abierto desafío.
K halani permaneció en pie ante su celda, en silencio, jugueteando con las mangas del sucio uniforme. Llevaba toda la semana esperando ese día. Por fin Takeshi iba a entrenarla.
Había usado una ficha para la ducha esa misma mañana y, presa de los nervios, había restregado con furia la suciedad y la mugre hasta que la piel había adoptado un tono encarnado. Una vez vestida, se dirigió al bloque, lanzando miradas de reojo al pasillo, expectante.
Desde la charla con Winnie, abría los ojos cada mañana con energías renovadas. Con una nueva razón de ser. Apolo la había dejado arder y la había escupido con una llamarada. Magullada y molida, pero viva.
Y eso había sido un error tremendo, porque las sustancias más fuertes se forjaban en fuego.
Estaba preparada para enfrentarse a quien fuera y lo que fuera, enemigo, barrera o demonio, que se interpusiera en su camino.
Vivir supondría su último acto de rebeldía.
Y el primer obstáculo en su camino era el intimidante capitán.
Pese a conocer a Takeshi solo desde hacía un par de meses, sentía que entre ellos había algo, y la parte mala de ese algo superaba la buena. Él era insufrible y ella era una piedra en su zapato. Estaba segura de que incluso había afilado su colección personal de cuchillos para ese día.
Aun así, no se echó atrás. No lo haría por nada del mundo. Esperó.
Y esperó.
¿Por qué tardaba tanto? Miró hacia ambos lados del pasillo, pero no se veía ni rastro del capitán. ¿Lo había olvidado? Nada más pensarlo, una sonrisa le curvó las comisuras de los labios. Era Takeshi. No olvidaba nada.
—¡Kanes!
Un escalofrío le recorrió la espalda al oír esa voz grave. Se volvió despacio y tomó aliento.
Takeshi venía hacia ella, y el mismísimo aire parecía combarse a su alrededor.
No, «venía» no era la palabra correcta. Takeshi caminaba con decisión, como si el latigazo de la muerte y la tenacidad humana se hubieran conjugado en sus pisadas.
Cada paso que daba estaba impreso de serena confianza, como si pudiera enfrentarse a todo un ejército y salir victorioso.
Sus ojos oscuros se posaron en los de Khalani, y esta sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
—Por un segundo, he pensado que habías cambiado de opinión.
Una descarga eléctrica la recorrió a medida que el corpulento capitán se acercaba por el pasillo.
Se detuvo ante la celda, y se le suavizó la expresión hasta convertirse en una máscara impenetrable. Reflexivo y estoico, parecía tallado en mármol. La única prueba de que sentía algo era el brillo de sus ojos, que entornó y clavó en los de Khalani, como si la desafiara a salir corriendo.
—Ya deberías saber que yo no me echo atrás, Kanes —afirmó por encima de su cabeza con una voz tan profunda que Khalani no pudo sino encogerse.
Sin embargo, se negó a sentirse intimidada.
Irguió la cabeza y le devolvió la misma mirada desafiante.
«Tú mueves, capitán».
—Acabemos con esto —soltó, dándose la vuelta de repente y alejándose con grandes zancadas por el pasillo.
Khalani se apresuró a seguirlo, mirando a un lado y a otro en busca de testigos, pero no había ni un alma.
Todo el mundo estaba en el foso. Takeshi entró en el ascensor y se situó en la esquina más al fondo con los brazos cruzados.
Khalani se apoyó en la pared frente a él y ambos guardaron silencio mientras el aparato bajaba.
Trató de distraerse jugueteando con el dobladillo del sucio uniforme, pero le resultaba imposible ignorar su presencia.
—Así que… —Carraspeó—. He visto que estos últimos días has estado un poco ausente.
Como si no hubiera dicho nada, Takeshi permaneció con la mirada clavada al frente.
—No has pronunciado palabra desde la enfermería.
Silencio.
—Vale, vale. Cuidado, no vayas a morderte la lengua —murmuró Khalani poniendo los ojos en blanco.
Mierda. El ascensor era demasiado pequeño. De hecho, Braderhelm no era lo bastante grande para los dos.
—¿Y a qué se debe tu repentino interés en mi paradero? —preguntó Takeshi.
Ella apretó los dientes.
—No me interesa. Me ha sorprendido no verte estos días en los que he estado encerrada en la celda. Eso es todo.
—¿De verdad? Pues casi se diría que me has echado de menos.
—Antes echaría de menos limpiar los retretes —se apresuró a replicar ella—. Me preocupaba que no cumplieras tu palabra. Nada más.
—¿Tantas ganas tienes de que te haga daño? —preguntó, mirándola con el rabillo del ojo.
Sintió una extraña sensación en el estómago.
—¿Cómo? No. Eso no es lo que…
—Vamos, Kanes.
La puerta del ascensor se abrió en el nivel inferior de Braderhelm. Khalani advirtió un cambio fugaz y apenas imperceptible en su expresión, pero Takeshi se apresuró a salir antes de que ella pudiera interpretarla.
Lanzando un profundo suspiro, miró hacia el oscuro pasillo. La tenue luz de varias antorchas ni siquiera aliviaba los escalofríos que la recorrían. Se le erizó el vello de los brazos y, de repente, sintió ganas de hacer pis.
—¿Adónde vamos?
—Pronto lo sabrás —respondió él con aire críptico.
Al final del pasillo se alzaba una oscura puerta metálica. Takeshi la abrió, y a Khalani se le dilataron las pupilas al ver cómo se le marcaban los bíceps. Al cruzar el umbral, vio que estaban en una iglesia.
En el precioso techo abovedado había unos frescos de ángeles que blandían espadas de fuego en medio de unas nubes blancas. Una gran cruz de madera colgaba en la pared del altar.
No se veían bancos ni fieles.
En claro contraste con las pinturas celestiales, una arena de combate dominaba el centro de la sala, evocando el brutal foso. En el rincón más alejado se acumulaban pesas y máquinas de entrenamiento.
Khalani enarcó las cejas mientras volvía a alzar la mirada hacia el techo, cautivada por los hermosos frescos. Takeshi permaneció en silencio, estudiando su reacción mientras ella absorbía el entorno con la boca entreabierta.
—¿Dónde estamos? —preguntó sin aliento.
—Esta sala se remonta a los orígenes de Braderhelm —respondió Takeshi—. Originalmente, estaba pensada como lugar de culto para cualquiera que quisiera implorarle a Dios por la Tierra.
Sus palabras rebotaron contra las paredes.
—Cuando terminaron de construir la prisión —continuó—, Frederick Braderhelm se convirtió en alcaide y dijo que las plegarias eran para los débiles. Decidió que este espacio sería más útil como sala de entrenamiento para los guardias.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué dejó la cruz?
Takeshi llevó la mirada hacia la parte delantera, frunciendo los labios.
—Frederick Braderhelm era un manipulador sin compasión. Quería que, al verla, los guardias supieran que las puertas del cielo siempre estarían cerradas para ellos por los actos que cometieran en la prisión —dijo, bajando la voz.
Ella lo miró y sintió una punzada en el pecho.
—¿De verdad crees eso?
Takeshi tomó aliento y se volvió, casi obligándola a retroceder un paso ante la hostilidad que se reflejaba en sus ojos.
—No sientas lástima por mí, Kanes. He tomado todas mis decisiones de forma consciente. Si existe un Dios, el día de mi juicio estaré preparado.
La intensa confianza y determinación de sus palabras cortó el aire. En pie en medio de la iglesia, con su atuendo oscuro, Takeshi parecía un ángel caído, listo para enfrentarse a cualquier obstáculo, incluso al mismo diablo.
Y, caray, cómo le favorecía.
Antes de que Khalani pudiera decir algo, el capitán se dirigió hacia unas taquillas grises que había en uno de los lados de la sala. Khalani siguió contemplando el lugar y casi no reparó en el montón de ropa que le lanzaba. La atrapó al vuelo, mirándolo con aire dubitativo.
—No puedes entrenar con el uniforme de prisionera. Estas prendas deportivas pertenecían a una de nuestras guardias. Hace poco consiguió su libertad, así que ahora son tuyas. Creo que las zapatillas que llevas ahora te quedan grandes. Prueba estas.
Sacó unas zapatillas negras de la taquilla y las arrojó al suelo.
—Gracias —dijo Khalani, inspeccionando la ropa.
Camiseta negra sin mangas y pantalones cortos negros. Eran pequeños y parecían de su talla. Y olían bien.
Sin querer, esbozó una sonrisa.
Por fin algo de ropa limpia. No era mucho, pero se abrazó a aquellas prendas como si le hubieran ofrecido el mayor regalo del mundo.
Al verla, Takeshi la miró extrañado.
—¿Qué? —espetó Khalani.
—Nada. Nunca te había visto sonreír así.
Kilómetros de distancia parecían separarlos. Sin embargo, él era capaz de recorrerlos con esa mirada de obsidiana, como si, de un solo vistazo, pudiera metérsele bajo la piel. Aunque su naturaleza era violenta, Khalani percibía un leve indicio de amabilidad en él.
No. Era evidente que estaba delirando; afirmar que Takeshi era amable podía equipararse a decir que la muerte era dulce. Lo creía más capaz de dormir acurrucado bajo una manta hecha de cuchillos y de regalarle una táser a un bebé como juguete.
Frunció el ceño al ver que Takeshi recobraba de nuevo la actitud severa y hostil y se encaminaba hacia la puerta.
—Esperaré fuera mientras te vistes. Avisa cuando estés —dijo sin mirar atrás.
El portazo rebotó contra cada ángel que surcaba el techo.
Khalani se encogió de hombros ante otra de sus ya habituales muestras de mal humor y empezó a ponerse la ropa de entrenamiento.
Había perdido mucho peso y la dueña anterior estaba mejor dotada que ella, pero la camiseta negra de tirantes no le quedaba mal.
Y, aunque los pantalones cortos se le ajustaban a los muslos y al trasero, podía moverse con comodidad.
Las zapatillas le apretaban un poco, pero le iban mucho mejor que las anteriores.
Giró sobre sí misma y se llevó las manos al pecho, sintiéndose normal. Pese a que era un sentimiento fugaz, para ella resultaba importante. Echó la cabeza hacia atrás y disfrutó unos segundos más de aquella sensación.
Ante ella solo se dibujaba un camino: el del futuro. Khalani asintió con determinación y caminó hacia la puerta.