Capítulo 14
El coraje está en desnudarse ante el universo.
K halani se quedó mirando el techo de la celda, donde las grietas formaban unos patrones rígidos y desfigurados.
Al entornar los ojos, dichas grietas parecía cambiar y serpentear como si fueran ondas en un agua de colores, con matices verdes, azules e incluso rojos.
Las imágenes que se reproducían en su mente se reflejaban en el techo, y esbozó una leve sonrisa.
«Ah. Ahí está».
La aurora boreal, con sus vivas y sinuosas cascadas, brillaba en la superficie rocosa, inundándola de serenidad. Era igual que la del libro que le había dado Winnie, pero, esta vez, la había creado ella.
Ante el sonido de unas pisadas, la visión se esfumó. Con el corazón en un puño, Khalani se incorporó con la esperanza de ver a un guardia en concreto al otro lado de los barrotes, pero se llevó una decepción al ver un familiar pelo azul.
—Hola, forastera.
Serene le tendió un pequeño plato de comida con una sonrisa.
—No sabía que ibas a venir —dijo Khalani con voz áspera, poniéndose en pie con esfuerzo.
Había transcurrido un día entero desde que había abandonado la enfermería.
Takeshi la había dejado en la celda sin pronunciar palabra y, desde entonces, no había vuelto para ver cómo se encontraba.
No sabía si eso era bueno o malo, pero, dado lo poco que lo conocía, se inclinaba por la segunda opción.
Serene abrió los ojos de par en par al contemplar el rostro magullado de Khalani.
—Vaya. Menos mal que no puedes verte.
Khalani soltó un bufido y se acercó a la puerta.
—¿Tan mal estoy?
—Como si hubieran hecho un experimento y hubiera salido mal.
Khalani señaló con el mentón el plato de comida.
—¿Qué es?
—Oh. —Serene se lo tendió a través de los barrotes—. Que aproveche.
Khalani observó el contenido del plato con recelo. Estaba casi segura de que había visto moverse un gusano en aquel mejunje.
—Mmm, qué delicia…
—No te he traído solo eso. Me las he arreglado para robar un poco de pan.
Serene sacó un pequeño mendrugo.
A Khalani se le hizo la boca agua al instante.
—¡No puede ser! —Le arrebató el pan y empezó a masticarlo con avidez, casi sin respirar—. Gracias —murmuró, con la boca llena.
Le daba igual que fuera un trozo de pan duro y frío. En ese momento, era lo mejor que había comido en la vida.
Serene señaló con la cabeza su rostro maltrecho.
—¿Qué tal lo llevas?
—Duele, pero me recuperaré.
—No cabe duda. Oye, ¿y estás bien después de lo que Dana le hizo a tu foto? —le preguntó Serene con cierta vacilación—. Nunca te había visto tan enfadada.
Khalani se quedó inmóvil y contuvo el aliento. Revivió mentalmente la atroz visión de sus padres cortados por la mitad y desgarrados. Una y otra vez. Le vinieron ganas de soltar un puñetazo. A los barrotes de la celda. A la pared. A cualquier cosa que tuviera forma física.
—¿Cómo logró colarse en mi celda?
—He hablado con Derek. Creemos que fue cuando le tocó limpiar los retretes. —Serene torció el gesto—. Le dieron un pase temporal para entrar en todas las celdas del bloque.
Se le revolvieron las entrañas.
Dana había estado buscando los papeles que le había entregado Charles, pero Khalani ya se los había llevado a Winnie. Desvió la mirada hacia el colchón, pensando en la poesía que había escondido allí abajo.
¿Acaso nada de lo que le pertenecía estaba seguro?
Serene le leyó la mente.
—No volverá a ocurrir.
—¿Y qué te hace estar tan segura de eso?
—Oí a Takeshi hablar con Dana después de que Adan y Derek te trajeran a la celda. Lo que le dijo no fue muy bonito —aseguró Serene.
Khalani enarcó las cejas.
—¿A qué te refieres?
—Le dijo que, si volvía a montar otro numerito o volvía a robar en la celda de un prisionero, haría que el alcaide la asignara a la superficie. Deberías haber visto su cara, Khalani. Estaba más pálida que la pared —concluyó Serene esbozando una amplia sonrisa.
Khalani se retorció los dedos con nerviosismo, absorta en sus pensamientos. Era lógico. Takeshi tenía que dejar claro que en Braderhelm no se permitía robar. Era la única explicación razonable.
—Aunque sigo sin entender por qué la tomó conmigo. Me dijo que dejara de inmiscuirme entre ella y el capitán Steele, aunque no sé a qué vino eso.
Serene enarcó las cejas.
—Vaya, ahora todo cobra sentido.
—¿El qué?
—Dana ha tratado de acercarse al capitán Steele para que la ayude a fugarse —susurró Serene entre los barrotes—. Algunos prisioneros lo han intentado, y han recibido un castigo brutal. Habrá llegado a la conclusión de que tú planeas lo mismo.
—¿En serio piensa que va a conseguirlo? —preguntó Khalani con aire incrédulo.
Serene resopló.
—Por supuesto que no. Pero los prisioneros harían cualquier cosa, de verdad, cualquier cosa, por escapar.
Escapar. Ningún prisionero se había fugado nunca de la prisión de Braderhelm. El significado de esa palabra revoloteó por los confines de su mente como un pájaro extinto tiempo atrás.
La señal del turno de la tarde sonó y Serene miró hacia el pasillo, decepcionada.
—Tengo que irme. Intenta no morir antes de que volvamos a vernos.
—Gracias, Serene. ¿Sería mala persona si dijera que estoy triste y alegre al mismo tiempo de que estés en Braderhelm?
Su propia honestidad la sorprendió.
La mirada de Serene se iluminó.
—Pues, si tú lo eres, yo también.
A Khalani, el contacto físico no le gustaba especialmente. Como si le provocara alergia, no soportaba dar abrazos, pero, en ese momento, deseó que los barrotes desaparecieran.
En otro mundo, abrazaría a Serene por todas las veces que se había quedado junto a ella cuando Khalani solo estaba rodeada de sus propias sombras. En otro mundo, serían libres.
Pero la libertad solo existía en sus sueños. Y en la muerte.
Khalani prácticamente subió corriendo la escalera de caracol que conducía a la librería en cuanto recibió el alta médica y volvió a los turnos. Llamó a la puerta con los nudillos y una música suave la recibió en cuanto entró. Del tocadiscos salía una voz masculina, de tono melancólico.
Pese a su reticencia, sonrió sin querer. Lo había echado de menos, mucho más de lo que imaginaba. Cerró los ojos y aspiró el aroma de los libros, la calidez y el ambiente acogedor de la biblioteca.
Winnie estaba sentada en el escritorio desvencijado, dándole la espalda a Khalani. Estaba encorvada sobre un decrépito diario de tapas negras cuyas esquinas estaban agrietadas y combadas hacia el interior.
¿Cuántos años debía de tener ese objeto?
Khalani miró de reojo la nueva selección de libros que había sobre el escritorio de Winnie. Leyó con dificultad: El gran Gatsby , Lo que el viento se llevó , Orgullo y prejuicio .
Frunció el ceño. Qué títulos tan extraños… No le decían nada.
—Hola, Winnie —saludó.
Winnie dio un respingo y, sin querer, tiró el diario. El objeto negro se abrió en el suelo y Khalani se arrodilló.
—Ya lo recojo yo —dijo.
—¡No! —exclamó Winnie, apresurándose a arrebatarle el diario. Se lo llevó al pecho con el rostro pálido y, acto seguido, se volvió hacia el tocadiscos y bajó el volumen—. Santo cielo, Khalani. Le has dado un susto de muerte a la pobre Winnie.
Khalani alzó las manos en señal de disculpa.
—No pretendía asustarte. Me han asignado de nuevo aquí. ¿Te dijo George por qué no pude venir estos últimos días?
La anciana tomó aliento y fue recuperando la compostura. Guardó el viejo diario en un cajón.
—Sí, querida. George se lo dijo a Winnie. Una cosa horrible. ¿Estás bien? ¿Quieres que Winnie te prepare una taza de té? —le propuso, con mirada preocupada.
—No, gracias. Estoy bien, lo prometo.
Aliviada, la anciana relajó los hombros.
—Menos mal. Winnie estaba muy preocupada y se alegra mucho de que hayas vuelto. El libro va muy bien. Winnie pensaba utilizarte como conejillo de Indias y leerte unas páginas para ver si está bien escrito.
Esbozó una sonrisa afectuosa.
Khalani desvió la mirada hacia el cajón donde había guardado a toda prisa el diario. Estaba sorprendida por su impetuosa reacción. Nunca la había visto moverse a esa velocidad.
—Oye, espero que no te importe que te lo pregunte, pero ¿en qué estabas trabajando cuando he llegado? —la interrogó Khalani, tratando de quitarle importancia, mientras Winnie sacaba la máquina de escribir.
La anciana se detuvo un instante, y Khalani advirtió que se ponía un poco tensa.
—Oh, no tiene ninguna importancia, querida. Es solo una recopilación de mis viejos pensamientos. Seguro que te aburrirían.
Con un ademán, prestó de nuevo atención a la máquina de escribir.
Estaba mintiendo.
Khalani lo sabía. Se lo decía el ligero temblor que percibió en su mano y su voz más grave. ¿Por qué iba a mentir sobre un diario?
«Quizá sea solo eso, un diario», pensó Khalani, tratando de buscar una explicación.
Volvió a prestar atención a los libros sobre el escritorio. Acarició con la yema de los dedos la cubierta de una de las voluminosas novelas.
— Lo que el viento se llevó —repitió.
Winnie se giró hacia ella esbozando una sonrisa y sin señal de la incomodidad de unos minutos atrás.
—Uno de los favoritos de Winnie. Deberías leerlo.
—¿Es un manual de instrucciones para manejar el viento en la superficie?
Doblándose de risa, la anciana estuvo a punto de ahogarse ante la mirada perpleja de Khalani.
—Ah, querida, lo siento mucho. Me hace mucha gracia que pensemos que todos los libros son manuales o lecciones de historia. —Se secó una lágrima, aún riendo—. La historia trata de amor y de lucha, y tiene lugar en una época muy anterior al Gran Colapso. Fue un clásico de su tiempo.
Enarcando las cejas, le tendió entusiasmada el voluminoso ejemplar a Khalani.
—Pero ¿de qué sirve si no enseña nada?