Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

La miró fijamente con esos ojos magnéticos, y Khalani se perdió en un océano de oscuridad. Sintió el peso de su ira, el calor casi palpable que emanaba de su cuerpo. Sin embargo, se produjo un sutil cambio en su mirada.

—Sigo pensando que lo que hiciste fue una estupidez, pero, si sirve de algo, has demostrado que tienes agallas.

El cumplido la sorprendió, y se enderezó.

—¿De verdad?

—Sí. —Lanzó un suspiro—. No has dado la impresión de ser débil. Solo de hacer las cosas sin pensar y de tener muy malas pulgas.

Khalani puso los ojos en blanco.

—Pues tú solo me molestas cuando respiras, en serio.

Takeshi alzó ligeramente las comisuras de los labios, y ella ahogó una exclamación.

—Vaya, no sabía que el capitán de Braderhelm fuera capaz de sonreír.

—Ver tu rostro en este estado ha mejorado mucho mi sentido del humor.

La expresión sombría de Takeshi regresó, pero, durante unos instantes, había desaparecido la hostilidad entre ellos, como si hubiesen hecho las paces pese a sentir todavía un mutuo desdén. Tras unos segundos de agradable calma en los que ninguno de los dos habló, Takeshi frunció el ceño.

—Debo irme —anunció sin más.

Se levantó con expresión seria. De nuevo, había adoptado una actitud distante, como si se encontrara a mil kilómetros de distancia en lugar de a unos pocos pasos.

Desconcertada, Khalani observó cómo se ajustaba las armas a la cintura.

Era como si el capitán Steele y Takeshi fueran dos personas diferentes: una, el carcelero dispuesto a infligir dolor, y la otra, un misterio silencioso.

Sin embargo, ambos habían sido adiestrados para ser asesinos, para dominar a cualquier oponente.

Se le ocurrió una idea.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo con un destello en los ojos.

Takeshi reaccionó de inmediato con suspicacia.

—¿El qué?

—Todos me vieron perder el combate. Algunas personas, como Dana sin ir más lejos, pensarán que ahora soy un blanco fácil, ¿verdad?

Él se quedó inmóvil.

—Es posible.

—Quiero estar preparada para enfrentarme a lo que se me ponga delante, para no tener que volver aquí otra vez.

La habían apaleado, arrojado por el aire y golpeado hasta someterla tan a menudo que el tormento se había convertido en la única constante de su vida.

Se aferraba al dolor, lo acunaba, hasta el punto de que se había convertido en parte de su identidad.

Le habían hecho tanto daño que incluso desconfiaba de quienes no la herían.

Sin embargo, Khalani notó que algo cambiaba en su interior.

La ira, arraigada en lo más profundo de su ser, había despertado y ahora la impulsaba a recuperar el control y contraatacar.

Tensando la mandíbula, Takeshi la miró con ojos glaciales; seguramente, porque sabía qué tramaba.

En ningún momento se había planteado pedirle ayuda (jamás habría imaginado verse en esa situación), pero Khalani tomó aliento y dio el paso.

—¿Podrías entrenarme? Al menos, para que pudiera defenderme.

—No —respondió Takeshi, alejándose.

Ella intentó incorporarse, pero soltó un gemido cuando su cuerpo se negó.

—Por favor, espera…

Él se detuvo, apretando los puños a los costados del cuerpo.

—Sería buena alumna. ¿Puedes al menos darme una oportunidad?

Takeshi suspiró, exasperado, y se volvió hacia ella.

—Mira, voy a olvidar esta pregunta tan inapropiada y la achacaré a tu conmoción. Creo que te confundes con nuestra dinámica. Yo no estoy aquí para salvarte. Si intentaras cualquier estupidez, me vería obligado a matarte.

—No haría ninguna estupidez.

Takeshi no parecía convencido y miró hacia la puerta como si buscara una vía de escape.

—Si alguien preguntase —dijo ella—, solo estarías asegurándote de que tu prisionera no se sale de la raya y que no desperdicia más recursos de la prisión ni tu valioso tiempo volviendo a la enfermería.

Se sintió muy orgullosa de haber sacado esa lógica de la nada.

Takeshi abrió la boca para rebatir sus argumentos, pero Khalani no estaba dispuesta a dejar pasar la ocasión y lo interrumpió para dar la estocada final.

—Y necesitaré defenderme si el guardia Barron viene en busca de venganza.

—Ya recibió una advertencia —le recordó Takeshi con rotundidad—. Te aseguro que eso no va a ocurrir.

—Pero ¿y si no hace caso? Me matará.

—¿Por qué piensas que está entre mis obligaciones preocuparme por eso?

Khalani guardó silencio. Sus palabras le llegaron a lo más hondo, como si fueran fuego, como un veneno. Qué estúpida. Lo único que necesitaba era dominar el arte de cerrar el pico.

—De acuerdo. Lo comprendo. Perdón por la pregunta.

Khalani trató de disimular el dolor que sentía y se acomodó de nuevo en la cama. Se resignó a su sombrío destino y esperó a que él se marchara.

Pero no lo hizo.

Takeshi no retrocedió. Ni siquiera parpadeó. La miró fijamente y la examinó con sus ojos oscuros como si estuviera bajo un microscopio, sin revelar lo que se le pasaba por la cabeza.

Si su mente era un libro abierto, la de Takeshi era una caja fuerte en el fondo del océano, rodeada de tiburones.

—Bien —gruñó Takeshi, enderezándose—. Prepara tu funeral, Kanes. Empezaremos en cuanto el doctor te dé el alta.

Frunció el ceño, claramente disgustado con la situación.

Sorprendida, Khalani se incorporó un poco, con los ojos abiertos de par en par. Sin embargo, no pensaba desaprovechar la oportunidad.

—De acuerdo. Estaré lista.

—Bien. ¿Qué ocurrirá si haces cualquier estupidez durante el entrenamiento?

Bajo su rígida expresión, se advertía una peligrosa amenaza que se cocía a fuego lento.

—Me matarás. Entendido —dijo Khalani, tratando de disimular el entusiasmo.

—Por tu bien, más te vale.

—¿Capitán Steele? —exclamó antes de que se marchara.

—¿Qué?

—Gracias.

—No me las des. —La miró por encima del hombro con unos ojos aún más negros e intensos—. Ya lo harás cuando haya terminado contigo. Solo entonces lo dirás en serio.