Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando te enfrentes a la muerte, dale a esa condenada mi pésame.

B ip… Bip… Bip…

El susurro lejano del pitido se intensificó. Khalani tenía la sensación de que le habían taladrado la cabeza y notaba el pecho hundido, como si alguien la estuviera empujando hacia abajo en la cama.

Una cama. Estaba acostada en una cama.

Poco a poco, fue recuperando el sentido. Trató de levantar una mano, pero fue en vano. Abrió los ojos y la brillante luz blanca del techo casi la cegó. Si eso era el cielo, confiaba en que Dios dispusiera de medicación para el dolor.

Parpadeó y trató de incorporarse, pero el cansancio enseguida la obligó a recostarse.

Unos delgados cables le envolvían las manos y tenía una aguja de dimensiones considerables clavada en la vena, sujeta con cinta quirúrgica para evitar que se moviera.

Dejó escapar un gemido de incomodidad y alguien junto a ella la tranquilizó.

—Estás bien, no te preocupes.

La voz le resultaba muy familiar, pero, tal como se encontraba, no recordaba a quién pertenecía. Apenas recordaba su propio nombre. Oyó unas pisadas que se alejaban, cada vez más débiles, y entonces comprendió que estaba sola.

Lentamente, empezó a recordar. El crujido del cuello del guardia cuando Brock lo había matado, Dana rompiendo en mil pedazos la foto de sus padres y el fuerte golpe de una bota en la cabeza.

No muy lejos, oyó una puerta que se cerraba y se puso rígida al oír unas pisadas de fondo. Dos rostros aparecieron ante ella.

Se sorprendió al ver que uno era el de Takeshi Steele. Tenía profundas arrugas de preocupación marcadas en la frente y unas oscuras ojeras.

El otro hombre era un poco más mayor, con ojos amables y pelo cano. Llevaba una bata blanca, y, en claro contraste con todos los habitantes de Braderhelm, le dedicó una cálida sonrisa.

—Hola, Khalani, soy el doctor Francis. ¿Cómo te encuentras?

—¿Dónde estoy? —dijo ella con voz áspera al tiempo que fruncía el ceño.

Distinguió una hilera de camas como la suya. Al parecer, era la única paciente. Las camas eran de un blanco inmaculado y había una mezcla de placas de acero e instrumental médico por doquier.

—Estás en la enfermería. Por lo general, solo me ocupo de los guardias, pero a veces trato a prisioneros con enfermedades infecciosas. Te han traído esta mañana debido a tus heridas. Y has tenido suerte —afirmó el doctor Francis.

Khalani lo miró, confusa, y trató de incorporarse de nuevo, pero un agudo dolor la apuñaló, como si estuvieran desollándola. Refunfuñando, se desplomó de nuevo sobre la almohada.

—¿Quieres que te levante y así puedes ver mejor? —preguntó el doctor Francis.

—Sí, por favor.

Pulsó un botón y la cama se levantó con un ronroneo, incorporándola de cintura para arriba. Khalani trató de mover el cuello para echar un vistazo a su alrededor y se estremeció visiblemente.

—Yo de ti no me movería mucho. Te han dado una buena paliza.

El doctor Francis examinó un monitor con sus signos vitales y anotó algo en una pantalla táctil.

—Tienes varias laceraciones en el rostro y has sufrido una conmoción, pero no hay hemorragia cerebral. Puede que en los próximos días experimentes vómitos, mareos y jaquecas fuertes, pero, con el descanso adecuado y un poco de tiempo para que se te curen los cortes y moratones, te recuperarás.

Khalani se tomó un momento para procesar sus palabras.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?

—Un día —respondió Takeshi, adelantándose al doctor.

Khalani dejó caer la cabeza hacia atrás, y ese leve gesto ya desencadenó una migraña infernal. Le retumbaba el cerebro, como si alguien le estuviera golpeando el cráneo con un martillo.

—¿No puede darle más analgésicos? —preguntó Takeshi al doctor.

—Ya ha alcanzado el límite permitido para un prisionero de Braderhelm.

El doctor Francis vaciló ante el destello de ira en los ojos de Takeshi.

—Está bien. —El médico tragó saliva, visiblemente inquieto—. Aquí tiene.

Le entregó a Takeshi un frasco de pastillas blancas.

—Hay unas diez. Que tome una o dos después de comer. No le diga a nadie que se lo he dado —le dijo.

Takeshi lo miró con seriedad y asintió.

—Entendido, doctor. Gracias por su ayuda con Kha…, la prisionera.

¿Había estado a punto de decir su nombre? Khalani lo miró fijamente, pero Takeshi la ignoró. Ahora elegía ignorarla.

—No hay de qué, capitán. —El doctor volvió a prestarle atención—.

Por desgracia, solo puedo mantenerte aquí un par de horas más antes de que alguien empiece a preguntarse el motivo por el que una prisionera permanece tanto tiempo en la enfermería.

—Soltó un suspiro y la miró apenado—. Ya le he dicho al capitán Steele que necesitas descansar.

Eso significa que nada de turnos y que tienes que guardar cama.

El capitán u otro prisionero te llevarán la comida a la celda.

Dentro de dos días quiero que vengas a verme y te daré el alta para que puedas incorporarte de nuevo a tus tareas —concluyó el doctor Francis.

No le entusiasmaba quedarse todo el día encerrada en la celda, pero podría ser peor. Podría estar muerta.

—Gracias, doctor.

Trató de sonreír, pero cambió de opinión al ver que le dolían todos los músculos de las mejillas.

El doctor Francis asintió levemente y salió de la sala, dejándola sola con Takeshi.

Semanas de silencio habían tensionado el ambiente entre ellos, y el aire que los separaba estaba cargado de una electricidad incómoda que le traspasaba la piel. El rostro de Takeshi era una máscara impenetrable: no revelaba nada de lo que había debajo.

Khalani se hundió más en la cama, deseando que el delgado colchón se la tragara.

—Sé sincero conmigo —susurró—. ¿Qué aspecto tengo?

—¿Quieres la verdad?

—No, quiero que me mientas. Pues claro que quiero la verdad.

Takeshi se sentó en una silla negra frente a la cama y estiró sus largas piernas.

—Has estado mejor. Mucho mejor. En realidad, estás hecha un asco —añadió.

La delicadeza y la consideración no formaban parte de su deslumbrante personalidad, pero, en ese preciso momento, su sinceridad le hizo gracia. Khalani soltó una dolorosa carcajada. Por primera vez, no detestaba su molesta presencia.

Sin embargo, Takeshi no se desprendió de esa expresión severa, y el optimismo que había sentido se fue desvaneciendo poco a poco.

—¿Qué pasó después de que perdiera el conocimiento?

—Les ordené a esos dos prisioneros con los que sueles hablar que te llevaran a la celda.

Esta mañana no te has levantado para el recuento.

Cuando he ido a ver qué ocurría, he visto que habías vomitado varias veces y que estabas semiinconsciente.

—La miró con ojos acerados y a Khalani se le aceleró el pulso—.

Y he tomado la decisión de traerte aquí.

Se quedó boquiabierta. No recordaba que la hubiera llevado en brazos. Era la última persona que esperaba que se ocupara de ella.

—¿Por qué? —susurró.

Takeshi desvió la mirada, y el silencio se hizo más acuciante, como un torrente furioso que amenazaba con separarlos. Su gélida voz lo rompió.

—No sería conveniente que una nueva prisionera muriera en mi bloque. Y supondría más papeleo.

Khalani parpadeó un par de veces, sorprendida por la crueldad de sus palabras, y no dijo nada. Era una molestia, poco más. Pero ¿qué podía esperar de él? Ya había hecho más de lo necesario llevándola allí. Debería estarle agradecida.

Pero ¿por qué sus palabras le hacían tanto daño?

Carraspeó.

—Bueno, en cualquier caso, gracias. No quiero causarte más problemas, así que no es necesario que te quedes. Aunque tampoco es que necesites mi permiso.

Se sorprendió al ver que él apretaba los labios, con evidente hostilidad. Era como si la estuviera diseccionando mentalmente.

—¿En qué demonios estabas pensando?

No lo dijo levantando la voz, sino despacio y en tono calmado, lo que, de alguna manera, fue peor.

—¿Cómo?

—¿Por qué aceptaste pelear?

Con un nudo en la garganta, Khalani recordó cómo Dana le había destrozado el corazón.

—No tenía alternativa.

Takeshi se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.

—Error. Ella te provocó, y tú caíste en la trampa.

Khalani respiraba con dificultad.

—No tienes ni idea de cómo me sentí cuando destrozó la foto. No tienes ni idea de lo que significaba para mí…

Se le quebró la voz y estuvo a punto de derrumbarse una vez más.

Takeshi no dijo nada; se limitó a observarla.

—Si alguien te humillara y acabara con el único objeto que conservases de tu familia, ¿qué harías? —le preguntó.

—Lo destrozaría.

—Entonces deberías entenderlo.

Por muy ridícula que fuera la idea, deseaba que Takeshi estuviera de acuerdo con ella. Quería que alguien, fuera quien fuese, la comprendiera.

—Tú y yo no somos iguales, Kanes —respondió, clavando esos ojos implacables en los suyos—. Si me meto en una pelea, salgo vencedor. ¿En qué momento pensaste que ibas a ganar?

Khalani vaciló. No estaba pensando en ganar. Lo único que quería era hacerle a Dana el mismo daño que ella le había infligido. Aunque eso supusiera morir en el proceso.

Él intuyó la respuesta en su mirada.

—Justo como te decía. —Se recostó en la silla—. No te preocupa vivir. Si los sentimientos no te nublaran el juicio, no estarías aquí tirada.

Deseó otra vez que las mantas blancas se la tragaran. No era capaz de mirarlo a la cara; tenía razón. Takeshi la tenía calada: exponía sus mayores defectos como si le leyera la mente.

No le preocupaba vivir porque, para ella, ya no tenía importancia. Todo estaba perdido. En Braderhelm, había estado cerca, muy cerca, de dar el paso y acabar de una vez con todo. Muchas veces.

Sin embargo, algo siempre la detenía.

Una voz apenas audible, pero persistente; una voz que, cuanto más hablaba con Winnie, más fuerte se volvía. Como si los ecos de todos los que habían muerto antes que ella gritaran a pleno pulmón que no estaban de acuerdo.

Como si le dijeran que despertara.

«Despierta».

—¿Kanes? —preguntó Takeshi en voz baja, sacándola de su ensimismamiento.

—¿Sí?