Capítulo 12
Un animal habita en tu interior, afilando tus garras contra el mundo.
— N o puede ser verdad.
—¿Qué parte? —preguntó Winnie.
—Todo —exclamó Khalani.
Winnie dejó de teclear y se dio la vuelta sobre la silla en la que estaba sentada.
—¿Por qué, porque va más allá de lo que jamás habrías imaginado? —En sus ojos brilló un destello divertido—. Querida, esto es solo el principio. No hay nada más hermoso, duro e inclemente que la Tierra.
Khalani frunció el ceño y continuó hojeando el libro que le había dado la anciana mientras ella seguía tecleando. Se titulaba Maravillas naturales del mundo , otro de los objetos que Winnie había sacado a escondidas de los Archivos.
—Esto. Mira. —Khalani giró el libro hacia Winnie, agarrando con fuerza las enormes páginas brillantes—. ¿Qué son esas luces en el cielo? Parece magia.
Winnie se inclinó y se ajustó el monóculo. Alzando la mirada hacia Khalani, esbozó una sonrisa.
—Son auroras boreales. No es magia, sino ciencia. Pero la ciencia es tan disparatada que a veces hasta parece lógico llamarla magia.
Khalani miró boquiabierta los colores. Acarició las páginas con las yemas de los dedos, delineando los matices de verdes y azules como si tratara de sacar esas deslumbrantes luces de los límites del papel, como si quisiera pintar esa magia tan lejana para que se materializara.
—Jamás pensé que pudiera existir algo tan hermoso —susurró Khalani sin apartar los ojos de la imagen.
Sin embargo, poco a poco, se impusieron la amargura y el desprecio, y añadió—: ¿Sabes, Winnie?
Cuanto más aprendo sobre la Tierra, menos quiero saber.
Entonces lo teníamos todo, y ahora… ya no queda nada.
Su sonrisa se desvaneció al comprender que los humanos nunca volverían a contemplar esa perfección.
—No estés triste —dijo Winnie, reparando en la mirada melancólica de Khalani—. Aún vives en la Tierra, ¿no? ¿Verdad que no nos han llevado al espacio?
—Bueno, no. Pero…
—Entonces no renuncies a tu planeta si él no ha renunciado a ti.
Con un gesto de la barbilla, Winnie la animó a seguir leyendo y se dio la vuelta para continuar con sus notas.
Cada día, la anciana le enseñaba más y más sobre la Tierra, unos conocimientos que jamás había soñado adquirir.
Había transcurrido un mes desde su desplazamiento a la ciudad con la brigada de limpieza.
Durante ese tiempo, se había mantenido pegada a Serene, Derek y Adan, evitando a toda cosa volver a toparse con Barron.
Parecía incluso demasiado fácil, seguramente gracias a la intervención y la amenaza sostenida de Takeshi.
Khalani y Takeshi no habían hablado desde ese día. La única interacción que mantenían era la mirada ocasional que él le dirigía cuando la dejaba salir de la celda por la mañana y cuando regresaba por la noche. Eso era todo. Ni pullas ni saludos. Para él, no era más que una paria social.
Mejor así.
Pero seguía alerta; nada de relajarse en Braderhelm. Se pasaba el turno matinal anhelando conversar con Winnie con la música de fondo. Ya se sabía todas las canciones de Grease .
Khalani fue pasando las páginas del libro hasta que apareció una imagen del océano Pacífico. La masa de agua era como un monstruo azul profundo que, pese a ser de papel, amenazaba con tragársela.
—La gente que se bañaba ahí no estaba en su sano juicio. ¿Un océano enorme y lleno de criaturas dispuestas a devorarte? No, gracias —dijo, estremeciéndose.
Winnie soltó una risita.
—Que algo sea más grande que tú no significa que sea aterrador. La naturaleza es muy poderosa, y hay que respetarla. Si Winnie pudiera viajar en el tiempo, sería el primer lugar que visitaría. Y luego iría al cine.
—¿A ver Greas e ?
Khalani esbozó una radiante sonrisa, algo poco frecuente antes de conocer a Winnie. Había sonreído más en prisión que en el exterior.
La vida tenía un retorcido sentido del humor.
—Querida niña, daban muchas películas, no solo Grease . Miles y miles sobre amor, guerra, pérdida, avaricia, felicidad… Winnie iría a verlas todas.
Khalani negó con la cabeza, incrédula.
—¿Por qué dejaron de hacer todo eso en Apolo? ¿Por qué nos prohíben ver u oír manifestaciones artísticas del Gran Colapso? ¿Por qué guardan todos esos artefactos en los Archivos?
Khalani recordó la mirada furiosa del juez supremo. Seguía sin comprender por qué la poesía era contrabando. No había leído nada peligroso. Se devanaba los sesos con la pregunta, pero tenía miedo de verbalizarla y descubrir la verdad.
La verdad podría resultar aún más difícil de aceptar.
La anciana soltó un largo suspiro y se volvió hacia ella.
—Le dijiste a Winnie que Douglas te dio ese libro de poesía, ¿verdad?
Asintió.
—¿Por qué no lo devolviste enseguida si sabías que pertenecía a los Archivos? Es lo que dice la ley, ¿no?
Incómoda, Khalani se pasó una mano por el pelo.
—No lo sé. Quizá debería haberlo hecho. Pero, cuando leí el libro, no pude dejarlo. Sabía que las páginas desaparecerían y no quería que eso sucediera.
—¿Por qué? ¿Qué te hizo sentir? —insistió Winnie.
Khalani agachó la cabeza.
—Habrá gente que piense que solo son palabras escritas en una hoja de papel, pero, para mí, fueron mucho más. Toda la esperanza y la angustia de mi vida estaban plasmadas en cada página, como si los pensamientos del autor fueran una extensión de los míos. Sé que suena estúpido.
Winnie negó con la cabeza con rotundidad.
—No, no, querida. ¡Sigue hablando! Si tienes un pensamiento, hazle un favor a tu mente y exprésalo, para que así no se quede ahí dentro eternamente.
Khalani reflexionó durante unos instantes, buscando las palabras adecuadas.
—No sé… Fue extraño. Por primera vez en mi vida, me sentí… viva. Y no solo al leer. Las palabras se quedaron conmigo. Como si el libro me inspirara a crear. Incluso aquí, en prisión.
Winnie aplaudió con entusiasmo.
—¡Exacto! Lo último que los consejeros de Apolo quieren es que sus ciudadanos encuentren la inspiración y sean creativos.
Su objetivo es que se conformen. Que sean obedientes.
El arte tiene la capacidad de animar y estimular a las personas a buscar, a ir más allá. Y eso es algo que no pueden permitir.
Khalani frunció el ceño.
—¿Y por qué sería malo buscar, ir más allá?
Si juntamos nuestras mentes, podríamos descubrir la manera de hacer Génesis más grande, de construir un lugar en el que no solo los ricos, sino todos tuvieran cabida.
En cuanto haya una cúpula más grande y empecemos a regresar poco a poco a la superficie, se resolverán muchos problemas.
Winnie torció el gesto, y en sus ojos apareció un profundo dolor.
—¿Y si él no desea que nuestros problemas se resuelvan? Sigues asumiendo que le importa nuestra supervivencia.
Por su expresión, había comprendido de quién hablaba.
—¿El gobernador? Sé mejor que nadie que es un ser malvado que solo mira por sus propios intereses.
Sin embargo, esos intereses incluyen la seguridad de Apolo.
Para sobrevivir, necesitan como mínimo a nuestros científicos, ingenieros y agricultores, ¿verdad?
—preguntó, esperando ansiosa que Winnie coincidiera con ella—. ¿Verdad? —repitió Khalani.
Cabizbaja, Winnie posó la mirada en sus manos y las retorció mientras curvaba con tristeza las comisuras de los labios.
La estancia se sumió en un profundo silencio.
Winnie iba a decir algo, pero justo en ese momento el sonido de la alarma que señalaba el final del turno de la tarde atravesó el aire.
—Será mejor que te vayas, Khalani —le sugirió con expresión sombría.
—¿Qué ibas a decir, Winnie?
—Nada. Nada de importancia. —La despachó con un ademán, pero un destello de dolor le asomó a los ojos—. Winnie no quiere que llegues tarde. Ve, querida.
Pese a que no deseaba dar por terminada la conversación, Khalani se dirigió a regañadientes hacia la puerta.
Se volvió para despedirse de Winnie, pero algo la detuvo.
Las lágrimas resbalaban por las mejillas de la anciana, que, con los hombros caídos, contemplaba el cuadro del hombre con la bata blanca.
Durante unos instantes, se planteó ir a consolar a Winnie y averiguar qué le sucedía. Sin embargo, se lo pensó dos veces. Cuando ella se sentía de ese modo, prefería que la dejaran sola.
Así que se marchó, concediéndole a Winnie el espacio que necesitaba. Bajó por la inestable escalera con el ceño fruncido, preguntándose quién debía de ser aquel hombre con bata blanca del retrato.
Cuando llegó al foso, oyó un fuerte clamor de gritos y vítores procedentes del área de combate, mucho más animada de lo habitual. De hecho, todos parecían apiñarse en la zona central.
Las miradas de Khalani y Serene se cruzaron, y ambas salieron disparadas hacia la multitud. Encontraron a Derek y Adan en el exterior del círculo, estirando el cuello para tratar de ver algo.
—¿Qué está ocurriendo, Adan? —preguntó Serene.
Adan se volvió hacia ellas con expresión entusiasmada.
—Es el incursor. Un guardia lo ha retado.
Solo había un incursor que cumpliera condena en Braderhelm, y ya era tristemente famoso. Lo habían condenado a la cárcel justo después de volver a Apolo.
La coincidencia no le había pasado desapercibida. Debía de ser el mismo incursor sobre el que habían estado murmurando los consejeros que acompañaban al gobernador Huxley.
Serene había logrado averiguar su nombre, Brock, pero nada más.
Nadie sabía qué crimen había cometido.
Durante las últimas semanas, había oído varias teorías: un intento de fuga a Hermes, el asesinato de otro incursor, la tentativa de robo de todos los trajes antirradiación y un posible atentado en Apolo eran algunas de sus favoritas.
Unos pocos valientes se habían acercado a él y lo habían interrogado sobre su condena y su experiencia en la superficie. Brock nunca les respondió, y, después de haberle roto la nariz a un prisionero porque lo miraba fijamente, la mayoría había decidido mantener las distancias.
—Oh, no me lo pierdo.