Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Era una tarea indispensable, pero también la más peligrosa. Apolo apenas disponía de material para construir esos trajes capaces de resistir los altos niveles de radiación.

Muchos incursores se quedaban en el traicionero camino, que los llevaba un trecho por la superficie de la Tierra. Y cada seis meses, al regresar de Hermes, vivían como reyes en Génesis.

Había escuchado historias de Hermes en boca de un incursor al que la escuela había invitado para su graduación.

—¡Hermes tiene de todo! Tiendas y bares… ¡Hasta un casino! —dijo después de demasiadas copas en la recepción.

Khalani no tenía idea de qué era un «casino».

—Os lo aseguro: allí se lo montan bien. La gente está feliz y contenta mientras se pudre en el subsuelo. Como una cocción lenta.

El incursor soltó una risotada y le dio un gran trago a su copa.

Khalani no apartó los ojos de la escoba cuando oyó de nuevo la voz de Alexander Huxley.

—Querido Wyatt, puede que te apetezca unirte a los prisioneros. Así podrás decirme si la rehabilitación funciona —dijo con un tono claramente amenazador.

El consejero no respondió.

—Además… —añadió Huxley, de nuevo con el tono angelical, mientras se detenía justo frente a Khalani—, algunos incluso pueden sernos de utilidad. No todos son criaturas malvadas como esas con las que asustáis a vuestros hijos, ¿verdad, muchacha?

Se estaba dirigiendo a ella. Aunque sintió que le recorría la piel con su repugnante mirada, tuvo miedo de alzar los ojos y encontrarse con los del asesino de sus padres.

—¡Responde a tu gobernador, prisionera!

Khalani oyó el golpe de una porra y, con el corazón desbocado, levantó la cabeza enseguida.

El gobernador extendió una mano hacia el guardia.

—Eso no será necesario. Quizá si le dices al consejero Wyatt que no eres peligrosa, se tranquiliza, ¿no crees?

Esos fríos ojos azules se clavaron en los suyos, y Khalani fue incapaz de apartar la mirada. Eran glaciales, distantes, como si en ellos no hubiera vida. Con toda probabilidad, debido a las muchas que ya había arrebatado.

—Sí…, sí, señor. Soy una leal ciudadana de Apolo.

Bajó la cabeza, sin dejar de apretar los dientes.

Una parte de ella quería tomar el palo de la escoba que sostenía y estrellárselo en la cabeza. Solo tendría una oportunidad de golpearlo antes de que los guardias intervinieran y la mataran. Casi valía la pena.

Sería gratificante vengarse, aunque solo fuera un poquito, pero Khalani era lo bastante inteligente como para saber que no sería suficiente. No le valdría matarlo con un simple golpe en la cabeza, no. Tenía que sufrir lo mismo que habían sufrido sus padres para hacer justicia.

Alexander le sonrió, mirándola con amabilidad, y su belleza perfecta la impactó de nuevo.

—Una respuesta adecuada. No pareces nuestra prisionera promedio. ¿Cuál es tu nombre? Tu verdadero nombre.

—Me llamo Khalani Kanes…, señor —respondió, tratando de que no le temblara la voz.

—¿Y qué has hecho para merecer que te encarcelen?

Ladeó la cabeza, sonriendo aún con calidez.

Khalani vaciló, sintiendo que le tendían una trampa. ¿Qué ocurriría si le respondía al gobernador y este decidía que su castigo no era lo bastante severo y la condenaba a la superficie? O quizá aquello no era más que un juego, y él ya sabía por qué la habían condenado.

Quizá el gobernador la estaba poniendo a prueba para que revelara la verdad. Tendría que arriesgarse.

—Gobernador Huxley, cualquier crimen contra Apolo debería merecer una sentencia en Braderhelm. Solo un estúpido pensaría que una persona tan inteligente como usted no está al tanto de lo que ocurre en su ciudad.

Khalani hizo una pausa, sopesando sus siguientes palabras.

Él enarcó una ceja.

—Continúa.

Ella le sonrió cortésmente. Había llegado el momento de adornarlo.

—Revolverme en mi pasado sería inútil y supondría una pérdida de su valioso tiempo.

Estoy agradecida por la oportunidad de trabajar en las calles de Apolo y cumplir su voluntad como gobernador.

Solo trato de forjar una ciudad mejor, un Apolo que prospere en solidaridad, fuerza y espíritu.

Incluso si nuestros esfuerzos no son apreciados arriba.

Soltó estas últimas palabras bajando la cabeza en señal de sumisión.

Aferró la escoba con las manos. Quería gritar, tan fuerte como para que la oyeran hasta los ciudadanos de Génesis. Se odiaba a sí misma. Odiaba tener que hacerle creer a ese monstruo que solo vivía para servirlo.

¿Podía oír esos pensamientos inquietos clamando que nunca contaría con su lealtad? ¿Sabía que lo único que deseaba era provocarle una muerte lenta y dolorosa?

—Vaya, vaya. —El gobernador Huxley sonrió aún más—. No cabe duda de que eres más honesta que la mayoría de las prisioneras. Habrías sido mejor consejera que algunos de los que me sirven actualmente, ¿no es así, Wyatt? —preguntó, sin dejar de mirarla.

—Sí, gran gobernador Huxley —respondió Wyatt al instante.

Khalani no podía librarse del nudo que le atenazaba el estómago.

El control que el gobernador ejercía sobre todos, incluso sobre los consejeros a los que insultaba, era asombroso y aterrador.

—Bueno, es hora de continuar. Hay mucho que discutir sobre cómo mejorar estas calles.

De repente, Alexander le tomó la mano, la que no sostenía la escoba, se la acercó a los labios y le plantó un beso en el dorso.

Sorprendida, Khalani se quedó boquiabierta.

—Un placer, Khalani Kanes. Siempre resulta valioso conocer mejor a mis ciudadanos, incluso a los desafortunados como tú. Estoy seguro de que nuestros caminos se cruzarán de nuevo.

Con la mano aún cerca de sus labios, sonrió. Acto seguido, la soltó, dio media vuelta y empezó a alejarse, con los consejeros pisándole los talones.

A Khalani le temblaba la mandíbula. El tiempo pareció ralentizarse. Las charlas animadas de la gente en las calles se amortiguaron hasta convertirse en un suave murmullo. Estaba segura de que, si contenía la respiración, oiría el lento eco del mecanismo vital en su pecho.

Se detuvo. Contuvo la respiración.

Bum-bum, bum-bum, bum-bum…

El corazón seguía latiendo. ¿Cómo podía hacerlo pese a todas las grietas, fisuras y fracturas? Aquellos que dicen que el tiempo cura todas las heridas no han sufrido muchas. Lo que el tiempo hace es ocultar las cicatrices. El tiempo es una tirita en una pierna rota.

Se había topado con Alexander Huxley. Había oído esa voz aterciopelada y traicionera. Había sentido esos labios en su mano, los mismos labios que habían dado la orden de asesinar a personas inocentes, entre las que se incluían sus padres.

Negó con la cabeza y miró hacia el techo, conteniendo las lágrimas.

Apolo se lo había arrebatado todo. ¿Qué más quería?

Khalani no podía dejar de mirarse el dorso de la mano, la zona en la que el gobernador la había besado. Quería frotarse la piel hasta dejarla en carne viva y borrar por completo su repugnante huella.

—¡Vuelve al trabajo! —gritó uno de los guardias.

Obedeció al instante.

Khalani estaba incluso más ansiosa por ayudar a Winnie después del desconcertante encuentro con el gobernador, pero no se le había acercado nadie y los guardias ya estaban conduciendo a los prisioneros hacia los vehículos de transporte. Quizá el mensaje de la anciana no se había enviado.

Absorta en sus oscuros pensamientos, se dirigía hacia ellos con la cabeza gacha cuando un fuerte grito resonó en toda la caverna.

Sorprendida, se quedó boquiabierta al ver que se había declarado un incendio en uno de los edificios que se utilizaban para almacenar la comida. La gente se agolpaba pidiendo socorro. Los guardias que los acompañaban corrieron hacia allí y llamaron a los bomberos.

—Eso los mantendrá ocupados unos minutos.

Dio un respingo. Un hombre de mediana edad, de piel morena y pelo oscuro salpicado de mechones grises, se había deslizado junto a ella. Estaba observando las llamas con una ligera sonrisa.

—¿Has sido tú? —susurró, atónita.

—Habría venido antes, pero, con la aparición del gobernador, los guardias han estado más atentos que de costumbre. He tenido que improvisar. Me llamo Charles.

El alivio la invadió.

—Pensaba que ya no vendrías.

—Siempre ayudaré a Winnie.

Introdujo la mano en la chaqueta y le tendió unos papeles.

Khalani miró a su alrededor con cautela. Nadie los observaba ni les prestaba atención. Todos estaban pendientes del incendio. Rápidamente, agarró las hojas, las dobló y se las metió en el bolsillo.

—Gracias.

Charles asintió y la miró con aire serio.

—Buena suerte en Braderhelm. Dale recuerdos a Winnie.

Tras esas palabras, se alejó enseguida, dejando atrás el voraz caos. El alivio evidente embargó a la muchedumbre congregada al ver que llegaban los bomberos y apagaban las llamas.

Khalani metió la mano en el bolsillo para asegurarse de que los preciados papeles estuvieran bien guardados. Secándose el sudor de la frente, los guardias regresaron con los prisioneros.

—¡Vamos, subid! —gritó furioso el guardia al mando, señalando los transportes.

Los prisioneros obedecieron. Al subir a uno de los vehículos, Khalani advirtió que Dana la observaba con recelo.

En el camino de regreso a Braderhelm, trató de ignorar un presentimiento amargo. Sin embargo, cuando volvía a la celda, Dana se cruzó de brazos ante ella y le cortó el paso.

—¿Qué quieres, Dana? —dijo Khalani, soltando un suspiro de exasperación.

—Me ha parecido ver que hablabas con alguien mientras los guardias estaban ocupados con el incendio. ¿Qué te ha dado? —preguntó Dana.

El corazón le latía desbocado, pero Khalani lo disimuló lo mejor que pudo.

—Nada que te incumba.

Pasó ante ella.

—Sé que son unos papeles —insistió Dana—. ¿Te ha dado información sobre cómo fugarse o cambios de guardias?

—No —le respondió con irritación evidente, dándose la vuelta—. No hay fuga posible de Braderhelm. ¿Cómo puede ser que yo lo sepa y tú no?

—Para ti no la hay, eso seguro.

Khalani frunció el ceño y se quedó inmóvil, pero Dana ya se había marchado.