Capítulo 11
Tú te escondes de los demonios mientras duermes. Yo les doy la bienvenida con una sonrisa.
K halani cerró los ojos, esbozando una sonrisa casi imperceptible y dejando que el aire frío le acariciara la piel como si fuera una pluma. Unos mechones de pelo le cayeron con rebeldía sobre el rostro.
Si apretaba los ojos con fuerza, podía imaginar que el viento se la llevaba volando de Braderhelm. Destino: desconocido. Solo quería encontrar un lugar donde la vida no le resultara tan dura.
¿Había sido así en algún momento antes del Gran Colapso?
El vehículo de transporte atravesaba los oscuros túneles de Apolo a toda velocidad.
La única luz provenía de las líneas magnéticas sobre las que se deslizaban; su ligero resplandor verde suponía un alivio.
Tres transportes, en los que viajaban Khalani, Serene y varios prisioneros, incluida Dana, se dirigían al centro de la ciudad de Apolo.
Una oleada de energía le recorrió el cuerpo al ver que el túnel se abría y la ciudad de Apolo aparecía ante ella.
Debieron de necesitarse años de construcción para excavar la enorme caverna. El techo de piedra se alzaba a más de treinta metros de altura, sostenido por veinte pilares colosales. Las redes eléctricas que envolvían los pilares se encargaban de iluminar toda la ciudad.
Las casas y las tiendas, incrustadas en las paredes de piedra, daban la vuelta a toda la caverna y llegaban hasta el techo; se accedía a ellas mediante unos ascensores de levitación magnética. Las viviendas más lujosas se encontraban a partir del nivel veinticinco. Khalani vivía en el nivel dos.
«Solía vivir», se corrigió a sí misma.
Solo uno de los ascensores conducía a Génesis; siempre estaba muy protegido y vigilado, hasta el punto de que ejecutaban a cualquiera que se acercara a él sin autorización.
Los vehículos redujeron la marcha al aproximarse al centro de la ciudad. Los ciudadanos de Apolo, ataviados con túnicas largas y polvorientas, se dirigían al trabajo o intercambiaban mercancías. Pasaron frente al Centro de Distribución de Alimentos, el antiguo lugar de trabajo de Khalani.
Era un edificio diminuto, de forma cúbica, con bordes grises y afilados, más parecido a una morgue. En el exterior, varias personas con ropas raídas esperaban haciendo cola.
Nadie conversaba. Nadie sonreía. No eran muy diferentes de los prisioneros de Braderhelm.
Se detuvieron frente a las Cámaras del Consejo, sede del gobernador y del Consejo de Apolo.
Era, con diferencia, el edificio más hermoso de la ciudad.
Un centenar de peldaños blancos conducían hasta la puerta.
La imponente estructura, con aquellas agujas puntiagudas que se alzaban hacia el techo cavernoso, transmitía riqueza.
El edificio era por completo de mármol y estaba decorado con vitrales. Un brillante faro de esperanza para la ciudad. Allí, en los escalones blancos, sus padres y tantos otros habían perdido la vida.
—¡Venga, muévete! —gritó un guardia, azuzándola para que se apeara del vehículo.
A regañadientes, apartó los ojos de la escalinata y saltó a la calzada adoquinada.
Uno de los guardias le entregó una escoba con un gesto brusco que casi le hizo perder el equilibrio.
Al instante notó una mano en el hombro que la sostenía.
Miró a la izquierda y Serene asintió con la cabeza, recordándole que no estaba sola.
Khalani soltó un suspiro, tratando de calmar los nervios que la arponeaban.
No estaba segura de cómo iba a llegar hasta ella Charles, el amigo de Winnie.
La acompañaban seis guardias y estaba delante, nada más y nada menos, que de las Cámaras del Consejo.
¿Tal vez la misión estaba condenada al fracaso desde el principio?
—Formaréis dos grupos. Uno limpiará el primer nivel del Barrio Obrero, y el otro limpiará el Distrito Comercial hasta completar el círculo.
Más os vale que no vea ni una mota de polvo o no tendré problema en golpearos en plena calle.
¡Venga, a trabajar! —ordenó el guardia que estaba al mando mientras golpeaba la porra contra su mano para hacer hincapié en la amenaza.
Tres guardias acompañaron al grupo de Khalani; caminaban con las manos en las pistolas que llevaban en los cinturones.
Los edificios del Barrio Obrero eran de color marrón, oxidados y sucios, un contraste total con las Cámaras del Consejo.
La gente se dirigía hacia sus respectivos trabajos, apartándose sin disimulo de ellos y mirándolos con recelo.
Transcurrieron un par de horas. Khalani no dejaba de lanzar miradas furtivas a su alrededor mientras barría los adoquines y apilaba los desechos ante un cubo de basura destartalado. No había ni rastro de Charles y cada vez quedaba menos tiempo.
—¡Atención! —gritó un guardia.
Khalani se quedó inmóvil, pero la advertencia no iba dirigida a ella. Los guardias estaban mirando a un hombre al que Khalani, pese a que nunca se lo había cruzado en la vida real, sí había visto en sueños. En ellos, le clavaba un cuchillo en el esternón.
El gobernador de Apolo.
Alexander Huxley era un hombre imponente de unos cincuenta y tantos años, con cabello corto color ceniza con algunos mechones de un gris más oscuro.
Sin embargo, era su apariencia impecable y poco natural lo que llamaba la atención.
Su rostro era perfectamente simétrico, cincelado a la perfección, y en su mirada se veía un brillo cautivador.
Tenía también una mandíbula fuerte, la piel pálida y una hilera de dientes rectos y blancos.
El gobernador vestía una túnica blanca e impoluta con el símbolo de Apolo (un sol brillante) bordado en oro en el centro.
El atuendo, combinado con sus increíbles rasgos, le daba la apariencia de un ángel vengador que había venido para salvar a sus súbditos.
Khalani lo consideraba más bien un ángel de la muerte.
Alexander Huxley dirigía la ciudad con mano de hierro y era el líder con más poder.
A diferencia del juez supremo, el gobernador de Apolo tenía un cargo vitalicio.
Él había ordenado la creación de Génesis, aumentando la brecha entre la aristocracia y los ciudadanos de Apolo, y él había enviado a todos los prisioneros de Braderhelm a la tumba.
Y lo que era más importante: el gobernador Huxley había dado la orden de disparar contra los manifestantes de Génesis. Él había asesinado a sus padres.
Seis consejeros flanqueaban al gobernador, ataviados con túnicas de color rojo sangre. Muy apropiado.
Los consejeros de Apolo eran los escudos, y el gobernador era la mano que te clavaba el puñal por la espalda.
—¡Gobernador Huxley! —balbuceó el guardia al mando, haciendo una reverencia exagerada—. ¿A qué debemos este gran honor?
Alexander extendió las manos, como si fuera a dar un sermón.
—Buenas tardes, caballeros. Justo les estaba dando una lección a mis consejeros mientras paseábamos por la increíble ciudad de Apolo. La vida en la superficie de Génesis puede llegar a ser muy aburrida, ¿saben?
Tenía una voz oscura y tersa, casi líquida, como la tinta.
—Sí, señor. Por supuesto, señor. —Los guardias asintieron con vehemencia—. Muy aburrida.
El gobernador Huxley rio entre dientes y ladeó la cabeza.
—¿Y qué sabréis vosotros si nunca habéis estado en Génesis?
El guardia principal palideció.
—No… No, señor. Lo siento mucho, señor. Jamás me atrevería a contradecir su opinión, señor. Su gusto es impecable y no hay duda de que todas sus apreciaciones son correctas.
Se hizo un silencio que pareció durar una eternidad; el guardia tragó saliva, y la nuez de Adán le subió y le bajó. Al cabo de unos minutos, Alexander Huxley soltó una sonora carcajada. Los tres guardias y los consejeros lo imitaron.
Aquella conversación resultaba en extremo perturbadora, como ver una obra de marionetas en la vida real; evidentemente, el gobernador era el que manejaba los hilos.
—Hemos tenido suerte contigo, hijo. —El gobernador Huxley le dio una palmada en el hombro al guardia aterrorizado—. Estoy seguro de que te presentarías voluntario y estarías en primera línea ante cualquier insurgencia, listo para purgar Apolo de todos los que quieran destruirla.
El guardia se irguió aliviado y sacó pecho.
—Por descontado, señor. Puede contar conmigo.
—Bien, bien. —El gobernador despachó al guardia con un ademán desdeñoso y dio un par de pasos hacia delante—. Supongo que son prisioneros de Braderhelm, colaborando en la limpieza de la ciudad, ¿verdad?
Khalani no dejó de barrer y clavó los ojos en la escoba, aunque estuvo pendiente en todo momento del gobernador.
—Por descontado, señor. No los perdemos de vista —respondió el guardia.
El gobernador Huxley se acercó lentamente a los prisioneros, situándose a varios metros de Khalani.
—Colaborar en una brigada de limpieza supervisada resume de manera magnífica nuestros esfuerzos por rehabilitarlos. Los mantiene a raya. Verán, consejeros, no todos los prisioneros de Braderhelm están completamente perdidos para la sociedad. —Su voz aterciopelada la hizo estremecer.
Se inclinó hacia Khalani, que se aferró a la escoba como si fuera un salvavidas y mantuvo los ojos pegados al suelo.
—Para algunos, la rehabilitación es imposible, gobernador Huxley —se atrevió a replicar un consejero—. Como para los incursores.
Algunos consejeros murmuraron entre sí y la tensión se propagó por el ambiente.
Khalani frunció el ceño, aguzando el oído hacia los susurros. Los incursores eran famosos. Desempeñaban el trabajo más difícil de Apolo: desplazarse a pie hasta Hermes, la ciudad comercial del subsuelo más cercana.
Solo unos pocos eran los elegidos: los más fuertes mental y físicamente. Intercambiaban los cultivos de Apolo por medicinas y otras provisiones valiosas. El trayecto hasta Hermes duraba semanas, e iban equipados con los pesados trajes antirradiación y las mochilas para los suministros y mercancías.