Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 10
25%

Capítulo 10

Mis verdades no hablan, sangran.

Khalani confeccionaba una lista en la que iba apuntando todo aquello que no controlaba: lo que comía, cómo vestía, a qué hora se levantaba y dónde dormía.

El pelo que crecía en sitios inesperados, como en la barbilla. Ese en concreto era una mierda.

Sin embargo, poco a poco, la lista se iba volviendo más descarnada, como la incapacidad de controlar el hecho de haber nacido.

O que cada mañana, al despertar, estaba veinticuatro horas más cerca de la muerte.

Eran verdades inexorables que no hacían más que intensificarse con el transcurso de los días.

La noche anterior, no dejó de aparecer en sus sueños la escalofriante imagen de Barron agarrándola bruscamente por detrás y rajándole la garganta. La navaja le atravesaba la piel y la sangre salpicaba los muros de piedra. Una y otra vez.

Takeshi también aparecía en la pesadilla. Desde la distancia, observaba en silencio la escena, aquella matanza en la que ella perdía la vida. Khalani lo miraba en busca de ayuda, pero él permanecía callado, con una melancólica resignación grabada en el rostro.

Su mente le mostraba la verdad: confiar en Takeshi le traería la muerte. Por alguna razón era el capitán. Ahora más que nunca, tenía que conservar la lucidez o sus peores miedos se harían realidad. Miedos.

Ahí estaba el número 66 .

—Prisionera 317, hoy te toca la biblioteca —anunció George.

Khalani abrió los ojos ante la agradable sorpresa. Había pasado una semana desde la última vez que la habían asignado allí. Tras lo sucedido, le preocupaba que Winnie no la reclamara de nuevo.

—Una cosa más —dijo George, examinando la pantalla táctil—. Dentro de una semana, un pequeño grupo formará parte de una brigada de limpieza en Apolo. Estos son los prisioneros que tienen orden de unirse.

Nombró tanto el número de Khalani como el de Serene.

—Robaremos algo decente para comer —murmuró entre dientes Serene, volviéndose hacia Khalani—. Al menos, compensa que hoy me hayan asignado otra vez a la gestión de residuos.

—¿Saldremos de Braderhelm? —preguntó Khalani con tono esperanzado.

—Solo durante medio día, para limpiar la ciudad. Y bajo supervisión armada, claro. Así les hacen creer a los ciudadanos que el Consejo no busca torturarnos, sino rehabilitarnos. Y les recuerdan a todos dónde acabarán si se pasan de la raya. ¿Crees que podrás hacerlo? —preguntó Serene.

Se concentró en el detalle específico de abandonar Braderhelm. Solo llevaba unas pocas semanas en prisión, pero le parecían una vida entera. Caminar por las calles de Apolo no la liberaría, pero haría lo que fuera por salir de esos muros inertes y vacíos, aunque solo fuera durante unas horas.

—Diviértete limpiando el polvo mientras yo recojo la porquería.

Serene se despidió de ella en cuanto llegaron a la escalera de caracol, cumpliendo la promesa que había hecho de acompañarla a su turno vespertino cada día.

—Alguien tiene que hacerlo —bromeó en respuesta Khalani.

Serene le hizo una peineta y se marchó.

Khalani llamó a la puerta de la biblioteca, retorciendo con impaciencia la tela del uniforme. Al ver que nadie respondía, golpeó más fuerte, pero Winnie siguió sin dar señales de vida. Tras echar un vistazo a su alrededor, llevó la mano al pomo y lo hizo girar. Para su sorpresa, se abrió.

Lo primero que advirtió fue la música; le llegó una melodía extraña que le era completamente desconocida. Frunciendo el ceño, recorrió el pasadizo entre las dos estanterías y vio a Winnie sentada ante el escritorio con su vestido morado.

La anciana estaba inclinada con aire concentrado y pulsaba las teclas de un artefacto bastante extraño. El aparato, de dimensiones similares a una pequeña televisión y cubierto de un metal verde, parecía viejo y oxidado, y tenía insertada una hoja de papel.

Junto a él había una caja marrón de tamaño considerable con un disco negro y opaco que daba vueltas en la parte superior. Un altavoz dorado estaba conectado al disco, y Khalani reparó en que la música provenía de ese artilugio.

No era esa grabación de las directrices que les obligaban a recitar de niños a los ciudadanos de Apolo, ni la música aburrida y monótona que sonaba en los eventos ineludibles del pueblo, en los que soportaban los tediosos discursos de los políticos.

Era una mujer que cantaba apasionadamente.

El sonido reverberaba por las paredes con una energía vibrante y sobrecogedora.

La melodía, que había empezado de forma sosegada, había ido ganando en intensidad hasta convertirse en una poderosa muestra de fervor y de una emoción a flor de piel.

Khalani permaneció inmóvil, hechizada por la voz de aquella mujer. Se sentía como si estuviera aturdida, en trance. Jamás había oído algo tan hermoso y cautivador, algo que llegaba al corazón.

Miró a Winnie, que estaba tarareando la melodía de espaldas a Khalani mientras seguía presionando teclas en la máquina verde.

Cuando la canción terminó, Khalani soltó un suspiro. No quería que la música se detuviera. Deseaba que continuara para siempre, que envolviera eternamente el espacio que la rodeaba.

—¿Qué era? —preguntó Khalani con tono melancólico.

Sorprendida, Winnie miró por encima del hombro.

—¡Ah, Khalani! ¡Qué alegría verte por aquí! —exclamó, esbozando una sonrisa—. Lo siento, lo siento, Winnie sabe que está fuerte. —Se inclinó y ajustó una perilla en la máquina de música—. ¿Qué decías, querida?

—¿Qué es ese aparato? Nunca había oído nada parecido.

Khalani pronunció aquellas palabras atropelladamente y con una emoción evidente. Había vivido en Apolo el tiempo suficiente como para saber que era de contrabando.

Winnie soltó una carcajada y se dio la vuelta.

—Te gusta, ¿eh?

Khalani alzó las comisuras de los labios.

—Me encanta, Winnie. Siendo sincera, ni siquiera me atrevo a describir lo que siento. Pero ¿cómo…?

—Winnie consiguió la máquina de Charles, que trabaja en los Archivos y tiene una tienda secreta de artefactos del viejo mundo.

En los ojos de Winnie apareció una mirada soñadora y enseguida negó con la cabeza, como si quisiera rechazar el recuerdo.

—Winnie logró colarla después de que la condenaran. Y también esta joya.

La anciana acarició la máquina verde en la que había estado tecleando con adoración.

Khalani se acercó al misterioso aparato.

—¿Usaban esto antes del Gran Colapso?

—Sí. Tras años intentando arreglarlo, Charles consiguió que funcionara.

Antes del Gran Colapso lo llamaban tocadiscos.

Cuando la vida florecía en la superficie, la gente grababa canciones en estos discos circulares y después las reproducían.

Realmente extraordinario. Lo que suena ahora mismo es el álbum de la película Grease .

Cuando me encerraron aquí hace quince años, Charles aún no había podido arreglar el viejo televisor, así que nunca he visto la película. Pero es uno de los favoritos de Winnie.

Winnie se balanceaba alegremente de un lado a otro con una energía contagiosa.

—¿Llevas aquí quince años, Winnie? —preguntó Khalani, con los ojos muy abiertos.

Winnie alzó la mirada y empezó a contar con los dedos.

—Hum, veamos…, uno, dos, tres… ¡Sí! Quince años. Dios mío, ¿ya ha pasado tanto tiempo?

Siguió mirando el techo, como si en las grietas hubiera un intrincado patrón que solo ella pudiera apreciar.

¿Sería Khalani capaz de sobrevivir quince años en Braderhelm? De hecho, prefería no durar tanto.

—Winnie, ¿por qué te condenaron?

La anciana agitó la mano con desdén y volvió a pulsar las teclas con letras de la máquina.

—Oh, a Winnie la encerraron por tener demasiada imaginación.

Verás, mi tataratataratataratataratatarabuelo…

—Frunció los labios, contando con los dedos cada «tatara»—.

Bueno, no sé si lo he dicho bien… El caso es que, antes del Gran Colapso, era un famoso científico.

Se llamaba Timothy Talbot. Sí, eso es. Era brillante.

Trabajaba en algo enorme, inimaginable. Algo muy…

Winnie dejó la frase sin terminar y se quedó mirando el retrato que le había llamado la atención a Khalani la primera vez que había estado allí: el del hombre que se dirigía hacia aquella extraña e imponente estructura.

Arqueó las cejas. Había algo extraño en la forma en que Winnie decía todo aquello. Casi como si la inquietara, en claro contraste con su alegría habitual.

—¿En qué trabajaba? —le preguntó.

Sobresaltada, Winnie salió de su ensimismamiento.

—Oh, olvídalo. Olvídalo, querida. Ni siquiera sé por qué Winnie lo ha mencionado. Son cuentos de hace eones. Winnie solía llevarse a escondidas algunos libros de los Archivos. Historias increíbles. Winnie cree que te habrían gustado —dijo esbozando una sonrisa.

Mientras Winnie hablaba, Khalani se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos, completamente absorta.

—¿Qué decían?

—Montones de cosas que jamás habrías pensado que necesitabas oír.

Sus palabras le trajeron a la mente el libro de poesía que la había cautivado aquella noche fatídica.

La complejidad y la forma de cada historia, tan potentes como la sangre que le bombeaba por el cuerpo, habían prendido una chispa en ella, y Khalani había avivado las llamas para disfrutar del incendio.

Leer era como una bocanada de aire después de contener la respiración toda una vida. O como el amor. Khalani nunca se había enamorado, pero imaginaba que debía de ser algo parecido. Una emoción que le daba alas al alma.

—Alguien en los Archivos vio a Winnie llevándose los libros y la delató. Así fue como Winnie acabó aquí. Aunque el daño ya estaba hecho. Esa es la belleza del conocimiento: si se recuerda, nunca puede desaparecer del todo.

Winnie prestó atención de nuevo a la máquina, y Khalani frunció el ceño mientras revivía el recuerdo: el crepitar de las llamas, el libro desintegrándose ante ella mientras la desesperación la embargaba hasta paralizarla.