Capítulo 9
Enséñame tus miedos para que pueda convertirme en un monstruo.
K halani se quedó inmóvil, con los pies clavados en el suelo. Palideció. Conocía esa voz. El repulsivo tono de barítono pertenecía al guardia que la había agredido en los niveles más bajos. Se quedó sin aire en los pulmones y se le revolvieron las entrañas.
Junto a ella, Takeshi se tensó y le soltó el brazo de golpe. Un miedo paralizante impregnó el ambiente. A regañadientes, se dio la vuelta y se encontró con una sonrisa sádica. El guardia rapado estaba de pie a pocos pasos de ella, mirándola fijamente como un peligroso depredador.
Sintió un escalofrío y se le erizó el vello de los brazos. Tuvo que reunir valor para no salir huyendo. Esos ojos fríos prometían castigo, y estaba claro que el guardia pensaba disfrutarlo. Hasta su forma de mirarla hacía que Khalani se sintiese violada.
¿Debía correr? ¿Debía enfrentarse a él o aceptar su destino sin más?
Un destello peligroso brilló en los ojos del guardia, revelando la sombría realidad de su situación.
La respuesta no tenía importancia.
Estaba atrapada entre dos carceleros de Braderhelm. No podía enfrentarse a Takeshi Steele y al otro guardia al mismo tiempo.
No había escapatoria.
Apretó los puños a los costados del cuerpo. Si era el final, pelearía hasta el último aliento.
—¿Qué quieres, Barron?
La voz grave de Takeshi rompió el silencio.
Barron lo miró y esbozó una fría sonrisa.
—Capitán Steele. Me alegro de verlo, como siempre. En realidad, creo que puede ayudarme. Esta es la nueva prisionera de su bloque de celdas, ¿verdad? —Señaló a Khalani, sin apartar la mirada de Takeshi.
—Así es.
—¿Le importaría que hablara a solas con ella?
La sonrisa de Barron se ensanchó.
Las punzadas de miedo se intensificaron, eclipsando todo lo demás. Era el final. Takeshi la entregaría y acabaría sufriendo un destino peor que la muerte. Disimuladamente, ubicó la salida. Si salía corriendo, quizá tendría cierta ventaja.
—No sé qué quieres decirle a mi prisionera, pero puedes hacerlo aquí mismo.
Las palabras no admitían discusión.
Sorprendida y con los músculos rígidos, Khalani volvió la cabeza hacia Takeshi. ¿Intentarían matarla en público con el fin de transmitir un mensaje inequívoco? Takeshi no le devolvió la mirada. Con los brazos cruzados sobre el pecho, seguía observando al guardia con expresión impasible.
Con calma, Barron apoyó una mano en la porra que llevaba en la cintura. Sin embargo, cuando habló, no lo hizo con tono sereno.
—Debes saber que tu prisionera me ha agredido en los niveles inferiores. Me acompañará, sola, para recibir su castigo. Esto nos concierne a ella y a mí, capitán Steele. A nadie más.
Khalani respiró con dificultad al ver que Barron dirigía su atención hacia ella y le ordenaba que se acercara con un ademán. Sin embargo, no se movió. Solo se marcharía con ese hombre pataleando y gritando.
—Soy tu capitán y, por tanto, es asunto mío —declaró Takeshi en voz baja y tono cortante, sin tan siquiera moverse.
Era perturbador: la calma demasiado silenciosa antes de la inminente carnicería.
La sonrisa cruel de Barron se desvaneció y entornó los ojos.
—Como no le he dado lo que me suplicaba, me ha atacado como un animal. Es una presa asquerosa que necesita disciplina.
La señaló con un dedo acusador y un odio miserable reflejado en el rostro.
Khalani palideció.
—¡Mentiroso! —escupió, dando un paso al frente.
Takeshi la sujetó y la hizo retroceder.
Barron chasqueó la lengua.
—¿Qué te he dicho? Un animal. Es una pequeña zorra como las demás y tiene que aprender un par de cosas sobre el respeto. Esta chica podría haberme causado daños permanentes.
Debería haberle causado más daño, sí. Debería haberlo matado cuando había tenido la oportunidad. Era evidente que Khalani no había sido su primera víctima. No podía ver el rostro de Takeshi, pero se fijó en que apretaba los puños a los costados del cuerpo.
—Lo que encuentro más indignante, Barron —declaró Takeshi, estoico y sereno—, es que bajaras la guardia hasta el punto de que una prisionera pudiera contigo.
Creo que el alcaide estará más interesado en saber que hay un guardia demasiado débil para mantener a raya a una simple chiquilla.
Eso significaría que no eres apto para el trabajo.
Barron se ruborizó y abrió la boca para decir algo, pero Takeshi lo interrumpió.
—Ahora te diré lo que vamos a hacer: volverás a tus obligaciones y te mantendrás alejado de la prisionera 317.
No podemos permitirnos que te supere otra vez, ¿verdad?
Como está a mi cargo, seré yo quien le administre el castigo por sus acciones.
Si haces lo que te digo, el alcaide nunca lo sabrá —ordenó Takeshi, con una mirada tan intensa como imperturbable.
Khalani apenas se dio cuenta de que lo observaba boquiabierta. No daba crédito a sus oídos: Takeshi Steele la estaba defendiendo.
—Esta maldita perra me ha atacado —dijo Barron, al tiempo que daba un paso hacia ella, amenazante y con un destello de rencor en los ojos—. Y debería estar muerta. Esta prisionera se viene conmigo.
—Voy a ser muy claro. —Takeshi avanzó y se encaró con él, con todos los músculos tensos—.
Como tu capitán, tengo la última palabra.
No estaría de más que lo recordaras, Barron.
Te olvidarás del asunto. Si me desobedeces, yo mismo bajaré al foso de combate para darte tu castigo. Y, créeme, es lo último que deseas.
Incluso Khalani se estremeció ante la amenaza latente en sus palabras.
Barron fue encogiéndose con cada frase, desinflándose como si fuera un globo. Takeshi permaneció firme e inmóvil.
Khalani dejó de ser consciente de la presencia de otros prisioneros y guardias. El aire estaba tan quieto que podía sentir los latidos del corazón y el pulso en las venas del cuello. El nudo que se le había formado en la garganta se negaba a desaparecer mientras aguardaba su destino.
—Mis disculpas, capitán —soltó Barron sin atisbo de la arrogancia de la que había hecho gala hasta entonces.
El rostro se le tiñó de rojo de nuevo, pero, tras lanzarle a Khalani otra amenazadora mirada llena de odio, giró sobre sus talones bruscamente.
Durante unos instantes, mientras Barron se alejaba, Khalani y Takeshi no se movieron. En cuanto lo perdió de vista, Khalani soltó un profundo suspiro.
La adrenalina aún le corría por las venas a toda velocidad, y el corazón le latía tan desbocado en el pecho que estaba segura de que él podía oírlo. Miró a Takeshi, que, junto a ella, aflojaba los puños y estiraba los dedos. Lo último que habría esperado era que interviniera.
¿Por qué lo había hecho?
Cuando la miró, Khalani fue incapaz de interpretar su expresión, claramente sombría y distante.
—¿Y ahora viene cuando eres tú el que me mata?
Esperó. Takeshi apretó los labios hasta convertirlos en una firme línea mientras la miraba de reojo.
—Aún no.
Y pasó junto a ella sin añadir más.
Khalani frunció el ceño. No sabía qué pensar de Takeshi. Aunque era su peor enemigo, no había permitido que Barron la matara.
¿Podía tratarse de una estratagema para manipularla, desconcertarla y atacarla cuando menos se lo esperara?
—¿Vienes?
Sorprendida, Khalani miró con nerviosismo por encima del hombro mientras Takeshi permanecía inmóvil, observándola con expresión inescrutable.
—¿Adónde?
—A tu celda. Por esta vez, te lo permito. —Se cruzó de brazos—. Ya has causado suficientes problemas por un día.
Ella frunció el ceño y abrió la boca, dispuesta a discutir lo que acababa de decir, pero cambió de opinión. Anhelaba estar sola tras los barrotes, aunque todavía sentía miedo.
—¿Y si ese guardia viene a buscarme?
—No lo hará.
Su tono era tan seguro y siniestro que lo creyó.
Khalani se frotó las palmas de las manos y se las retorció con ansiedad. Había escapado de un depredador mortal, pero ahora estaba en las garras de otro.
No podía subestimar a Takeshi. En muchos sentidos, la asustaba más que Barron. Nadie le hacía sombra en una pelea, y él lo sabía. Sin embargo, había más. Esos ojos de ónix, atentos y calculadores, parecían traspasar todos los muros que levantaba a su alrededor y las mentiras que tejía.
—O te decides y vienes conmigo o te quedas aquí —dijo al ver que no se movía.
Khalani tragó saliva. Su cuerpo tomó la decisión por ella y dio un paso al frente.
Takeshi miró al suelo, sin añadir palabra, y emprendió la marcha. Ella se apresuró a alcanzarlo, acelerando el paso para seguir el ritmo de sus largas zancadas. Todos se encontraban en el foso, así que los únicos pasos que resonaban en el oscuro túnel que conducía al bloque 7 eran los suyos.
El silencio entre ellos se amplificó.
Khalani mantenía la mirada fija al frente, pero Takeshi acaparaba toda su atención.
Era dolorosamente consciente de su imponente presencia.
Aunque podía aplastarla como a un insecto —un final sin ceremonias para una vida sin ceremonias—, algo en él, una energía constante e implacable, hizo que dejara de clavarse las uñas en las palmas.
Ya no necesitaba mirar a su espalda, temerosa de que alguien la atacara.
Porque nadie en Braderhelm era más peligroso que el hombre que caminaba junto a ella.
—Ha sido él quien te ha cortado el brazo —concluyó Takeshi, mirando al frente.
—Sí. —No había motivo para ocultar algo que resultaba evidente. Lo miró de reojo—. Sabes que mentía, ¿verdad? Me han ordenado entregar las Directrices. No lo he atacado sin más.
—No me habría sorprendido viniendo de ti, Kanes. Pero siempre sé cuándo uno de los míos miente. He tenido problemas con él en el pasado y conozco sus inclinaciones. Creo que lo has hecho en defensa propia.
El tono macabro con que pronunció esas palabras la inquietó, y se mordió el labio.
—Entonces, ¿no recibiré ningún castigo?
—Yo no he dicho eso.
Khalani lo fulminó con la mirada.
—¿Cómo?
—Has causado más problemas de los previstos, así que aún tengo que decidirlo. —Alzó los ojos, pensativo—. Quizá algo de trabajo duro para ganar músculo…, o puede que te mande a las alcantarillas, en vista del talento que tienes para meterte en marrones.
—¿Te estás haciendo el gracioso? —le espetó ella.
Takeshi le cortó el paso, sobresaltándola.
—Cuidado, Kanes. Hoy tu imprudencia me ha obligado a intervenir. O te controlas o mueres lentamente mientras yo observo. ¿Entendido?
El corazón le dio un vuelco.
—¿Y qué querías que hiciera cuando me ha agarrado del cuello y me ha amenazado con una navaja? ¿Entrar en su habitación y dejar que me violara? ¿Me castigarás por no haber muerto? —gritó ella.
—Debería castigarte por buscar el peligro como si fuera un viejo amigo y no pudieses vivir sin él. —Un fuego indomable le ardía en los ojos—. No regreses a los aposentos de los guardias y no causes más problemas. ¿Crees que serás capaz?
—Sí —refunfuñó ella.
No hacía falta que se lo dijera dos veces.
—Bien. Ahora podría tranquilizarte diciéndote que no te castigaré por vengarte de ese patético guardia de pacotilla… —dijo Takeshi, e, inclinándose hacia ella, le susurró al oído—: Pero prefieres enfrentarte a la muerte, ¿verdad?
Pasó ante ella, dejándola allí, furiosa y con la boca abierta. Si Khalani hubiese tenido rayos láser en los ojos, Takeshi habría acabado salpicando todas las paredes.
Recorrieron en silencio el resto del trayecto hasta la celda.
Una vez allí, Takeshi sacó la pantalla táctil para abrirla.
Se había puesto de nuevo esa máscara inclemente mientras desplazaba los dedos por el dispositivo.
Era tan difícil de interpretar, de entender…
Aunque la había salvado de morir asesinada, no era su aliado. En absoluto.
Era un enigma. Un enigma muy peligroso.
Con un zumbido, los barrotes empezaron a deslizarse. Takeshi hizo un gesto con la cabeza.
—Adentro, Kanes.
Ella obedeció y se volvió hacia él.
—¿Por qué me has ayudado?
Él frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Con el guardia. ¿Por qué no me has obligado a acompañarlo? Ese es tu trabajo, ¿no?
Adoptó una expresión glacial.
—Como capitán, mi trabajo es tener a todo el mundo controlado. Los guardias también tienen límites. Y ese guardia los ha sobrepasado con la agresión y potencial intento de asesinato de una prisionera de mi bloque.
—Supongo que tiene todo el sentido. Solo me has ayudado porque ha cuestionado tu autoridad —dijo ella, retorciéndose las manos.
Tras unos momentos de silencio, Khalani levantó la vista, y la mirada de Takeshi la atravesó, como si fuera el filo de un cuchillo.
—Puede que sea el capitán de Braderhelm, Kanes, pero no soy un monstruo.
Tras eso, pulsó un botón en la pantalla y los barrotes comenzaron a deslizarse de nuevo con un zumbido sordo.
Mientras el metal se movía despacio y se cerraba de golpe, ambos se sostuvieron la mirada.
La firme barrera representaba las dos mitades de su mundo, completamente opuestas.
Ella era la prisionera en una casa de barrotes, y él tenía la llave.
Takeshi soltó un suspiro de exasperación y se alejó, desapareciendo de su vista. Khalani se preguntó si él también se sentía como un prisionero. A veces, puedes tener todo el poder y, aun así, estar atrapado.
No quería usar el reverso de la fotografía de sus padres para escribir sobre ello. De repente, lo recordó.
Introdujo la mano en el bolsillo y sacó el lápiz y las hojas de papel que Winnie le había dado para apuntar los números de las celdas de los guardias. Con cuidado, dobló las que estaban anotadas y las guardó de nuevo. Winnie las necesitaría.
Se arrodilló y colocó una hoja en blanco en el suelo ante ella.
Agarró el lápiz y las palabras surgieron como si fueran un torrente, derramándose como una cascada hasta que conformaron un mar entero de su mente.
No soy un objeto ni una definición única.
De mi alma existen variaciones infinitas
que reflejan nuestro mundo
como corazones anotados en la memoria.
Ya nadie me verá igual.
El amor llega igual de impetuoso que el odio.
El juicio de los desconocidos es caprichoso y volátil.
Y, sin saberlo, compartimos destino.
Los limpios espejos no mostrarán tus deseos
porque las envolturas externas no reflejan el alma.
Los sueños siempre se quiebran al ascender al cielo,
y la codicia nunca se calma.
Entre susurros, este reflejo clama libertad
en la penumbra insistente.
«No es a mí», he comprendido al instante.
A quien observaba era a ti.