Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Me preocupo por ti. Sé que te gusta tener tu espacio y que no nos conocemos mucho, pero puedes hablar conmigo. No tienes por qué enfrentarte a todo sola —afirmó Serene.

Khalani se quedó inmóvil. Nadie se había interesado por ella ni se le había acercado, al menos desde la muerte de Douglas. Y, en cualquier caso, ella los habría alejado porque el dolor de perder a un ser querido era insoportable. El afecto era sinónimo de debilidad.

—Lo siento, Serene. Pero es mejor así. Las personas que se acercan a mí siempre acaban malheridas. Es lo que pasa conmigo. Hago daño a la gente. Y esta vez es mejor que el daño solo me lo haga a mí misma —dijo Khalani, negando con la cabeza y conteniendo las lágrimas.

No podía soportarlo. Quería gritar y que nadie la escuchara, nunca más.

Serene se aproximó un poco más, y Khalani casi retrocedió ante la ternura y amabilidad que se reflejaban en su rostro.

—A las personas crueles les da igual el dolor que infligen.

Tú no eres así —afirmó—. Lo comprendí enseguida el día en que hablaste de tu familia.

Nos parecemos mucho más de lo que crees, y si mi hermano no estuviera aquí conmigo, me moriría, o mucho peor.

Por eso estoy hablando contigo. Ya te dije que cuidaría de ti.

—Serene hizo una pausa para tomar aliento, y añadió—: Sé por qué sigues apartándote, y lo entiendo.

Pero no vamos a abandonarte. También nos han condenado a cadena perpetua, ¿recuerdas?

En el fondo, sabes que no quieres estar sola. Así que háblame.

Como si fueran un cuchillo, las palabras de Serene hicieron mella en Khalani: quería huir, pero otra parte de ella, una parte más fuerte, anhelaba que alguien la abrazara y le dijera que todo iría bien. Aunque fuera mentira.

Presa de la incertidumbre, revolvió los pies mientras Serene esperaba pacientemente a que tomara una decisión.

—¿Estás segura de que quieres oír esta mierda? —preguntó Khalani, alzando los ojos con cautela y quitándose poco a poco la coraza que le servía de defensa.

—Sí, quiero —respondió sin dudar.

Esos ojos de un azul cristalino la miraban compasivos y parecían comprender las vicisitudes de la soledad.

Como si se dispusiera a saltar de un precipicio, Khalani soltó un largo suspiro. Aunque tenía dudas, decidió contarle lo sucedido en los aposentos del guardia. Cuando terminó, Serene estaba boquiabierta, sorprendida e indignada.

—Deberías haber matado a ese imbécil cuando has tenido la oportunidad.

—¡Chist! Baja la voz.

—¿Y lo has visto por aquí? —preguntó Serene, echando un vistazo a su alrededor con los ojos llenos de rabia.

Khalani volvió a recorrer lentamente el foso con la mirada y negó con la cabeza.

—No. Pero acabará encontrándome. No tengo escapatoria.

Serene le posó una mano sobre el hombro.

—No te lo tomes como una sentencia de muerte.

No es el guardia de nuestro bloque y creo que no intentará nada en público, como en el foso.

Hace un tiempo que han endurecido las medidas contra los guardias que matan a prisioneros porque no somos suficientes.

Solo hay que ir con cuidado de que no te encuentre sola —afirmó.

—Ya, claro, ¿y cómo lo hacemos? —preguntó Khalani con un escepticismo evidente.

—Estoy segura de que, si le cuentas a Winifred lo que ocurrió, no volverá a enviarte a los aposentos de los guardias.

Mientras tanto, cuando vayas a tus tareas, no te despegues de nosotros.

Solo el capitán puede acceder a todas las celdas, y, aunque Steele tenga una roca metida en el trasero, me parece que no permitiría que asesinaran a una de sus prisioneras en su bloque.

Magnífico. Su vida, en manos de Takeshi Steele. Estaba condenada y muerta a partes iguales.

Era evidente que estaba muy alterada y muerta de miedo, y Serene le dio un apretón para animarla.

—Lo superarás. Todos lo superaremos.

—¿Siempre has sido tan positiva? —preguntó Khalani.

—No. Pero ¿de qué sirve preocuparse por algo que aún no ha pasado? Es como sufrirlo por partida doble.

Khalani no encontró ningún argumento para oponerse a su lógica.

Asintió, agradecida por la charla tranquilizadora.

No hubo sonrisas ni abrazos. Solo un sentimiento de comprensión que llenó el espacio entre ambas.

La aceptación de que, ya fuera una muerte rápida o una vida larga y dolorosa, no la vivirían en soledad.

La idea, por muy insignificante y ridícula que fuera, bastó para ponerla en movimiento. Serene la guio hacia el foso de combate con la excusa de que la distraería.

Y, por primera vez, Khalani estuvo de acuerdo.

Alrededor del cráter se apiñaba más gente de lo habitual, que observaba atentamente la pelea. Al ver quién estaba en el foso, abrió los ojos de par en par. No eran prisioneros, sino dos guardias de Braderhelm.

—¿Los guardias tienen permitido pelearse entre ellos? —preguntó Khalani a Serene.

No reconoció a ninguno de ellos, pero, por lo que pudo ver, no reprimían los puñetazos. La multitud estalló en gritos cuando los dos hombres forcejearon, ambos tratando de golpear a su contrincante. Mientras uno intentaba hacer una llave de brazo, el otro le rodeaba el cuello con las piernas.

—Los guardias no pueden descargar toda su agresividad con nosotros porque se necesita mano de obra. Esta es una forma de canalizarla —explicó Serene.

Un puño impactó contra una nariz, con un crujido audible, y la sangre salpicó en todas direcciones.

Los prisioneros no dejaban de gritar hacia los guardias, azuzándolos.

El ruido la envolvió y se le nubló la vista de nuevo.

Khalani se imaginó sangrando, muriendo a manos de una violencia sin sentido con el filo de una navaja cortándole el cuello.

Ese sería su destino si el guardia daba con ella. ¿Llegarían a encontrar su cuerpo?

En medio de la multitud que se agolpaba y empujaba para conseguir el mejor lugar para ser testigo de la brutalidad, empezó a respirar más rápido.

La claustrofobia y el miedo se unieron en una combinación mortal.

Empezaron a sudarle las palmas de las manos y se sintió como si la manosearan, como si algo se arrastrara bajo su piel.

Le sobrevino una arcada y, al notar el sabor de la bilis en la garganta, comprendió que estaba a punto de sufrir otro ataque de pánico.

Se volvió hacia Serene.

—No me encuentro bien.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, no, tranquila. —Khalani hizo un ademán para quitarle importancia—. Solo necesito un poco de aire. No saldré del foso. Lo prometo.

Serene la observó con el ceño fruncido.

—De acuerdo —accedió finalmente.

Sin perder un segundo, Khalani se abrió paso entre la multitud, alejándose del cráter. Todos tenían los ojos fijos en el combate.

—¡Venga, guardia Walker, derríbalo!

—Mason es un flojo. No duraría ni un segundo en la superficie.

Una cacofonía de voces la rodeó mientras avanzaba entre los prisioneros. Vislumbró una brecha entre los cuerpos y fue hacia allí. De repente, una pierna apareció ante sus pies. Sin tiempo de reaccionar, tropezó y cayó al suelo, golpeándose el codo. El dolor le recorrió todo el brazo.

—Acostúmbrate a quedarte ahí, en el suelo —dijo la voz arrogante de Dana desde arriba.

Otra vez no.

Khalani se levantó enseguida para enfrentarse a ella, haciendo caso omiso de la punzada de dolor que sintió al apoyarse en la palma de la mano. Con los brazos en jarras, Dana esbozó una desagradable sonrisa.

—¿Qué mosca te ha picado? —gruñó Khalani, lista para explotar.

Dana resopló.

—Tú. Tú eres la mosca que me ha picado. ¿Crees que sacarás algún provecho por acostarte con los guardias? Ya te digo yo que no.

—Pero ¿de qué demonios estás hablando?

Dana dio un paso adelante con una mueca cruel en los labios.

—Te vi el primer día que viniste al foso, tratando de hacerte amiguita del capitán Steele. Te equivocas, y mucho, si piensas que tu situación mejorará acercándote a él.

Khalani no diría que el intercambio que había mantenido con el frío capitán había sido de «amiguitos». La mera idea de considerar a un guardia de manera positiva, y más a Takeshi, le provocaba náuseas.

—Entonces seguro que viste la descarga que me dio con la táser.

Acercarme al capitán Steele es en lo último en lo que pienso, te lo aseguro.

No entiendo por qué iba a gustarte un guardia, pero no te preocupes por mí, que no me tendrás como rival.

Y, ahora, apártate —ordenó alzando las manos, en un último intento de hacerla entrar en razón y evitar la pelea.

—¿En serio crees que me gusta? —Dana hizo una mueca—. Eres aún más estúpida de lo que pareces. No tienes idea de lo que pasa entre estas paredes, de las intrigas y juegos que se llevan a cabo. Vuelve a cruzarte en mi camino y te mataré.

A Khalani le hirvió la sangre. Solo podían amenazarla de muerte cierto número de veces en un mismo día antes de que acabara por estallar. Y ese límite estaba muy cerca.

—Si hubiese nacido con más de dos dedos corazón, te diría lo que pienso de tus intrigas y juegos —espetó Khalani, poniendo fin a toda apariencia de cortesía.

Dana fue a decir algo, pero se lo pensó mejor. Se inclinó hacia Khalani y la miró fijamente.

—Yo de ti dormiría con los ojos abiertos, 317.

Al pasar junto a ella, le golpeó el hombro. Khalani no apartó la mirada de Dana hasta que se perdió entre la multitud.

Por mucho que se esforzara en pasar desapercibida, no dejaba de ganarse enemigos. Las cosas no estaban yendo nada bien. Frustrada, se pasó las manos por el pelo.

Espacio. Un espacio infinito. Eso era lo que necesitaba.

Se alejó de la multitud en busca de un lugar donde poder estar sola durante un momento. No saldría del foso, pero necesitaba respirar, recuperar un poco la cordura.

Khalani se volvió para asegurarse de que aún divisaba a los prisioneros alrededor del foso de combate. Sola, pero no del todo. Tendría que conformarse.

Seguía mirando por encima del hombro cuando chocó de repente contra un cuerpo sólido.

—Lo siento —murmuró, volviendo la cabeza.

—¿Adónde crees que vas?

La voz familiar era tan grave que parecía tener un timbre propio. Khalani sintió que el corazón le daba un vuelco. Al alzar la mirada, se encontró con Takeshi Steele. Con los gruesos brazos cruzados sobre el pecho, era como un muro infranqueable.

—Yo… —balbuceó—. Solo necesitaba un poco de aire fresco.

—¿Aire fresco? ¿En el subsuelo? —preguntó él.

Khalani frunció los labios con irritación.

—Pues sí. Los prisioneros tienen permiso para hacerlo, ¿no?

—Los prisioneros deben permanecer en el foso hasta que termine el descanso —respondió Takeshi, ladeando la cabeza y alzando el mentón, receloso—.

No creo que se estén cumpliendo esas órdenes cuando se va camino de la salida.

Estoy seguro de que encontrarás suficiente diversión y entretenimiento en el ring de combate.

Con la barbilla, le indicó que regresara por donde había venido. Todo en Takeshi la enfurecía. Su voz. Su rostro. Incluso ese insoportable pelo la irritaba. Interactuar con él era un auténtico suplicio.

—Las peleas me han dado náuseas. ¿Se me permite vomitar en privado o eso también requiere público?

—Adelante.

Captando al instante que era un farol, Takeshi señaló el suelo. Mierda. No había dado resultado.

—¿Es que no puedo tener un poco de espacio? ¿Es demasiado pedir? —casi suplicó.

El capitán frunció el ceño, pero siguió cortándole el paso sin apartarse.

—¿Sueles hacer preguntas para las que ya tienes respuesta?

—No sabría decirte. ¿Te cuesta mucho aumentar la miseria en este lugar o te viene de nacimiento?

Khalani estaba tan agitada que el pecho le subía y le bajaba al respirar. Esperaba, hasta casi habría agradecido, una descarga de la táser, pero Takeshi se limitó a enarcar una ceja.

—¿Has terminado?

—Por favor. —Hizo un último intento desesperado—. No causaré problemas.

Él soltó una risa sarcástica que le provocó el deseo de desmembrarlo allí mismo.

—Llevas escrito «problemas» por toda la cara, Kanes.

—Bueno, quizá te equivoques.

—Yo nunca me equivoco.

Odiaba a los hombres. Especialmente a los musculosos. No eran de fiar.

Exasperada y renunciando a cualquier esperanza de que Takeshi albergara un ápice de compasión en aquel diminuto corazón del tamaño de un guisante, alzó los brazos.

—De acuerdo.

Takeshi se quedó inmóvil.

—¿Qué te ha pasado en el brazo?

—No es nada —murmuró ella, girando rápidamente sobre sus talones.

Él reaccionó al instante.

Dio un paso y la agarró de la muñeca. Khalani sintió que se le aceleraba el pulso ante el movimiento repentino y trató de zafarse, pero fue en vano. Takeshi la sujetaba con fuerza. Un brillo salvaje le centelleaba en los ojos negros. El capitán le examinó la larga herida en la zona del antebrazo.

—¿Te lo has hecho tú? ¿De dónde has sacado el cuchillo? —espetó Takeshi, observándola con una mirada acusadora.

Sorprendida y boquiabierta, Khalani trató de apartarse, pero él se lo impidió.

—De ningún sitio. No he intentado suicidarme —resopló indignada—. Ha sido uno de tus guardias.

—¿Quién? —dijo con voz aún más grave, enfriando el ambiente, que ya era glacial.

—Eso no importa —soltó ella—. Suéltame.

Khalani no deseaba que lo supiera, no deseaba darle el gusto de que pensara que era demasiado débil para Braderhelm.

Con una vena palpitándole en el cuello y la mandíbula visiblemente tensa, Takeshi se inclinó hacia ella, como si fuera a estrangularla. Su expresión asesina se endureció, pero otra voz fría y sanguinaria rasgó el aire.

—Vaya, qué sorpresa más agradable, ¿verdad?