Capítulo 8
Los demonios ya no descansan en los caóticos sueños. Oigo sus pasos monstruosos acechando en las profundidades.
L os aposentos de los guardias estaban ubicados en el nivel más bajo de Braderhelm. Las paredes de granito negro y las antorchas encendidas no ofrecían calor alguno, y los escalofríos le recorrían el cuerpo.
Khalani empujaba el carrito de libros por el oscuro pasillo, aferrándose al asa metálica con palmas sudorosas. El silencio inquietante, interrumpido por el chirrido de las ruedas sobre el suelo de piedra, no hacía sino acelerar su respiración entrecortada.
Era brutalmente consciente del peligro al que se exponía. Con la piel de gallina, observaba inquieta y de reojo cada esquina, grieta y puerta de acero por la que pasaba.
Un grito distante resonó por el pasillo desde una de las habitaciones cerradas.
Khalani abrió los ojos de par en par y miró hacia atrás de golpe.
No había ningún prisionero a la vista, pero aquellos bramidos desgarradores atravesaban el aire enrarecido con la fuerza de un réquiem.
Se le heló la sangre, palideció y se estremeció.
Los gritos se detuvieron de repente, y solo pudo oír el frenético latido de su corazón en el aire inmóvil.
Necesitaba salir de allí. Ya.
Se apresuró a depositar los libros ante las puertas.
No se veían barrotes ni celdas por ningún lado.
Al parecer, los guardias tenían un dormitorio propio.
Aunque tampoco pensaba pedirle a ninguno que se lo enseñara.
Con la adrenalina bombeando en las venas y sin apenas ya notar el dolor en las manos, se movió a una velocidad récord.
Cada puerta tenía un número grabado, y Khalani fue anotándolos rápidamente en la hoja que Winnie le había dado. Justo cuando se inclinaba frente a una de las puertas de acero, esta se abrió de golpe.
Unas botas negras aparecieron en su campo de visión.
Se quedó petrificada, y, al alzar lentamente la mirada, se topó con un ancho torso cubierto por un chaleco negro, unos hombros robustos y un rostro que la miraba con una sonrisa siniestra.
La cabeza rapada del hombre brillaba tanto que la piel parecía encerada.
Su mirada espeluznante hizo que a Khalani se le detuviera el corazón en seco.
—¿Has venido a ayudarme, prisionera?
El guardia sonrió aún más mientras observaba con sus fríos ojos azules la figura encorvada que tenía delante.
Khalani se incorporó de golpe, helada de miedo. Con manos visiblemente temblorosas, le tendió el libro al guardia.
—Su revisión anual de las Directrices de Apolo, señor —dijo, inclinando la cabeza y cubriéndose el rostro con el pelo.
El guardia dio un paso adelante, y su energía glacial y sanguinaria la puso en alerta. Khalani retrocedió con disimulo, preparándose para huir. Él sonrió con malicia y avanzó aún más. En su mirada penetrante no había bondad ni indiferencia, sino algo mucho peor: un cruel interés.
—Los prisioneros no deberían deambular solos por estos pasillos.
Khalani se mordió la parte interior del labio e intentó mantener la calma, aunque el corazón le latía desbocado.
—Me han ordenado entregar las Directrices en cada habitación —respondió.
Él se apoyó contra la pared y negó con la cabeza.
—Pues me parece que vas bastante despacio. Eso requerirá un castigo. Tienes suerte; estoy de buen humor. Si entras, olvidaré que esto ha pasado.
Khalani respiraba entrecortadamente. Recordó las palabras de Winnie, que resonaron en sus oídos como una campana de alarma.
—Lo siento. Debo terminar el trabajo —se apresuró a susurrar, con un nudo en la garganta.
Dio media vuelta, dispuesta a irse, pero sintió que una mano férrea la agarraba del hombro.
El guardia aumentó la presión, provocándole una mueca de dolor. Los ojos se le llenaron de lágrimas: la sujetaba con tanta fuerza que pronto se le marcarían los dedos en los huesos. Contuvo el aliento, con todos los músculos del cuerpo tensos, y sintió una oleada de terror.
—Por favor, deje que me marche —suplicó.
El guardia ignoró sus ruegos y sacó una navaja plateada con la otra mano. Los ojos verdes de Khalani casi se le salieron de las órbitas.
Como si fuera lo más normal, el guardia le acarició el brazo con el filo. Por instinto, Khalani lo apartó, y él le presionó la navaja contra la piel, trazando una fina línea roja. La adrenalina se le disparó al notar el reguero de sangre que le resbalaba por el brazo.
Iba a matarla. Iba a morir en esa mazmorra decrépita. Miró frenéticamente a su alrededor en busca de ayuda. En el pasillo no había nadie más. ¿Qué ocurriría si gritaba? ¿Vendría alguien a socorrerla? Sin embargo, ya sabía la respuesta a esas preguntas nacidas de la desesperación.
En Braderhelm, la violación era una práctica habitual.
Pese a su resistencia, el guardia la atrajo hacia él y le rodeó el cuello con la otra mano. La navaja le acarició la piel al tragar saliva. Khalani se estremeció y trató de zafarse cuando el guardia la tocó, pero él la agarró de la mandíbula y la obligó a mirarlo.
—No tienes muy mal aspecto. Debes de ser nueva. Si no me das problemas, me portaré bien contigo. Te lo prometo —le susurró al oído.
El aire a su alrededor se volvió irrespirable. Cuando el guardia la atrajo aún más hacia él, el miedo la paralizó. Los músculos no le respondían. ¿Por qué no se movía?
El hombre le pasó la lengua húmeda y viscosa por el lóbulo. Khalani cerró los ojos y apretó los puños hasta clavarse las uñas, tratando de no pensar, de no sentir. Notaba su respiración pesada en el cuello y un bulto duro en sus pantalones, contra su estómago.
—Venga, arrodíllate —ordenó.
Khalani abrió los ojos de golpe. Sin pensarlo dos veces, se inclinó hacia él y le clavó un rodillazo en la entrepierna. El guardia lanzó un gemido y la soltó. Doblándose sobre sí mismo, se llevó las manos al abdomen.
—Jodida putita —maldijo.
Sin perder un segundo, Khalani aprovechó la oportunidad para escapar. Olvidándose del carrito, salió disparada escaleras arriba. Las piernas le iban más y más rápido, como si a sus espaldas se hubiera desatado un incendio abrasador.
Los prisioneros aún no habían terminado el turno de la tarde, así que nadie la vio correr para salvar la vida. No se detuvo hasta que llegó al bloque de celdas. Sudorosa, apoyó las manos en las rodillas y empezó a toser.
Se pasó las manos por el pelo y se dio cuenta de que estaba temblando. Miró a un lado del pasillo y al otro, buscando frenéticamente cualquier señal del guardia. Pero no había nadie.
Su corazón se negaba a disminuir el feroz ritmo de los latidos. Mientras revivía mentalmente lo que acababa de ocurrir, Khalani comprendió la gravedad de sus acciones.
—¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? —se preguntaba una y otra vez.
Acababa de agredir a un guardia.
Enterró el rostro entre las manos y dejó resbalar la espalda por la pared, hasta quedar sentada en el suelo.
Los peores escenarios se sucedían en su imaginación.
El atroz castigo que, sin duda, recibiría.
No importaba que él la hubiera agredido primero.
No era más que una insignificante prisionera.
Los guardias podían infligir todo tipo de sufrimiento sin consecuencia alguna.
Estaba muerta.
El aviso de que el turno de la tarde había finalizado sonó, sobresaltando a Khalani. Se llevó una mano al corazón y trató de inhalar y exhalar, pero le resultó imposible. Estaba sufriendo un ataque de pánico.
La sangre que aún le corría por el brazo la distrajo durante unos instantes. La limpió con suavidad en el uniforme y vio que tenía un corte considerable: una cruel línea le recorría todo el antebrazo. ¿Cuántas cicatrices más obtendría en Braderhelm?
¿Cuánto tiempo más tenía que vivir?
Sin embargo, de una cosa era muy consciente: fuera de la celda no había lugar donde esconderse. Lo único que podía hacer era ir al foso y, si el guardia aparecía, confiar en que la multitud lo disuadiera de matarla en el acto.
Se restregó los dedos y se encaminó hacia allí, examinando cada recodo del túnel. El miedo de que el guardia emergiera de las sombras en cualquier momento y le rodeara el cuello con las manos le agarrotaba los músculos.
Antes de llegar al foso, ya oyó el eco distante de los vítores procedentes del ring de combate.
Veía borroso. Las voces de los prisioneros se mezclaban en un tumultuoso ruido blanco. Los pensamientos entrechocaban en su cerebro a toda velocidad. Le resultaba difícil concentrarse. No podía pensar, sentir. Ante el foso, fue presa de un pánico que creció y creció hasta volverse enorme.
¿Dónde estaba el guardia?
—Khalani.
¿Pensaba atacarla cuando menos lo esperara?
—Khalani.
¿Encontraría un final rápido o sería una muerte lenta y dolorosa? Si su destino ya estaba escrito, quizá la única manera de recuperar el control era provocándosela ella misma…
—¡Khalani!
Dio un respingo cuando la voz de Serene la sacó de su desasosiego.
—¿Qué te pasa? —preguntó Serene, frunciendo el ceño—. ¿No me has oído?
—Lo siento —dijo Khalani, pasándose la mano por el pelo y tratando de respirar, aunque solo fuera superficialmente—. Estaba distraída.
—¿Qué te ha pasado en el brazo?
Khalani escondió enseguida el brazo, tratando de ocultar el feo corte. No estaba preparada para hablar de lo sucedido. Había crecido sin hermanos y la única manera que conocía de sobrevivir era enfrentándose a los problemas ella sola.
—Ha sido durante el turno de hoy —respondió, quitándole importancia con un ademán.
Serene entornó los ojos con suspicacia.
—¿En la biblioteca? Parece una herida reciente. ¿Te lo ha hecho un guardia?
Maldita sea. No se le escapaba una.
—No es nada —insistió.
Apartó la mirada, deseando de nuevo desaparecer. Ser invisible para siempre.
—Khalani… —dijo Serene en voz baja.
Ella la miró y reparó en que había adoptado una expresión preocupada. Experimentó una extraña sensación en el pecho, casi como si hubiera algo que le impidiera tragar.