Capítulo 7 #2
Tras varias vueltas, llegó a lo más alto y se topó con una puerta negra en una de cuyas esquinas se veía un pequeño símbolo blanco. Se acercó para examinarlo. Era una forma extraña con cinco puntas.
Qué raro.
¿Debía llamar?
En Apolo había unas pocas bibliotecas abiertas al público, pero ella rara vez iba debido a que la selección de obras era muy limitada.
Todos los libros del Gran Colapso estaban restringidos.
Los únicos libros permitidos por el Consejo eran textos escolares, manuales para varias ocupaciones o las Directrices de Apolo.
No confiaba en que esta biblioteca fuera diferente.
Golpeó la puerta desvencijada varias veces y el polvo le cayó sobre los nudillos. Pasó un minuto entero, pero no apareció nadie.
—¿Hola? George me ha asignado aquí —gritó Khalani.
Silencio. Transcurrieron treinta segundos más, y Khalani golpeó la puerta con más fuerza.
—¡Holaaa!
De repente, se encontró golpeando el aire. La puerta se acababa de abrir.
Ante ella había una anciana. Llevaba un gran monóculo plateado y tenía el cabello corto, oscuro, tan encrespado y espeso que parecía haber metido los dedos en un enchufe.
Le llamó la atención el diminuto colgante de plata que lucía en el cuello, y el brazalete metálico, idéntico al suyo, que llevaba en la muñeca.
No vestía ropa de prisionera. Al contrario, iba ataviada con un vestido de color morado, largo hasta el suelo y con un sol dorado en la parte delantera que se extendía hasta unas mangas muy anchas.
La mujer agarró rápidamente a Khalani del brazo con una agilidad inesperada y la arrastró hacia el interior.
—¡Nada de ruido, nada de ruido o la desconcentrarás! —gritó la anciana, cerrando de un portazo y adentrándose en la biblioteca.
Pasmada, Khalani frunció el ceño y miró a su alrededor en silencio.
Dos enormes estanterías repletas de libros que llegaban hasta el bajo techo se cernían sobre ella.
El aroma a cuero viejo invadía el ambiente.
Unas sombras alargadas rodeaban la pequeña estancia y la única luz provenía de un candelabro al final de las estanterías.
La anciana de pelo encrespado se dirigió con paso rápido hasta una mesa redonda, sin apartar la mirada de un extraño objeto metálico. Khalani la siguió, acariciando las estanterías con la yema de los dedos.
Directrices de Apolo, volumen uno. Directrices de Apolo, volumen dos.
Cada lomo tenía el mismo título, parecidos a los que encontraría en cualquier biblioteca del subsuelo. Centró de nuevo su atención en la anciana, que murmuraba para sus adentros mientras trasteaba con aquel extraño dispositivo.
—Ejem…, disculpe, ¿es usted Winifred? —preguntó Khalani.
—¡Chist! —La mujer la animó a acercarse con un ademán—. Ven a ver, ven a ver.
Una vez pasadas las dos largas estanterías, la estancia se ensanchaba. A la izquierda de la mesa, contra la pared, había un escritorio de madera sobre el que se apilaban papeles y libros.
Khalani echó un vistazo. No parecían ser las Directrices de Apolo.
Ni ningún libro autorizado, a decir verdad.
Dio un paso adelante para examinarlos más de cerca, pero otro objeto le llamó la atención.
Era un cuadro de tamaño mediano con un marco dorado, perfectamente centrado en el muro de piedra: en él se veía a un hombre con una larga bata blanca en un desierto, caminando hacia un edificio metálico que se alzaba en espiral hacia el cielo.
Unas hebras rojas y azules subían a ambos lados de la construcción y se entrelazaban como si fueran cadenas de ADN .
Khalani siguió observando la extraña imagen hasta que la mujer le tocó el hombro, sobresaltándola.
—Ven aquí y siéntate. Tienes que verlo —le dijo entusiasmada.
Khalani se olvidó de la extraña pintura cuando la anciana la empujó a una silla negra, que crujió al sentarse.
En el centro de la mesa redonda había una pequeña caja de madera.
La anciana de cabellos encrespados le dio la vuelta y trasteó con unas herramientas metálicas en la parte inferior.
Trabajaba meticulosamente, con la cabeza tan cerca de la caja que el monóculo casi rozaba la madera.
—Bien —dijo la mujer depositando las herramientas—. Ahora debería funcionar.
Colocó la caja de madera bocarriba y giró una pequeña llave en la parte trasera, con lo que se activó un tenue tictac. Recelosa, Khalani se recostó en la silla, pero se enderezó enseguida al ver que la caja se abría y de ella emergía una diminuta figura de porcelana, una bailarina con un tutú rosa.
La dulce melodía invadió la estancia. Emocionada y pletórica, la mujer empezó a aplaudir y el pelo se le movió, como si rebotara.
—¡Funciona!
La figurita de porcelana giró despacio, con la pierna doblada y los brazos formando un círculo sobre la cabeza, mientras la dulce melodía seguía sonando.
Khalani abrió los ojos de par en par y se inclinó hacia delante, completamente hipnotizada por aquella niña inanimada que no dejaba de dar vueltas.
La inquietante melodía resonó por la pequeña habitación, como si el mismísimo aire se alegrara de que la hubieran liberado de su contenedor y quisiera seguir oyéndola.
Alzó la mirada hacia la misteriosa anciana, que, con las manos entrelazadas, sonreía radiante.
—¿Qué es? ¿De dónde ha salido? —preguntó.
La anciana seguía saltando de emoción, esbozando una amplia sonrisa.
—¡Es una caja de música! Alguien en Génesis la tiró por el conducto de basura. Pensó que era basura. Pero Winnie intuyó que era especial —dijo, golpeándose el pecho con orgullo.
Perpleja, Khalani contempló la bailarina, que seguía girando sin cesar. A pesar de lo pequeña y oscura que era la biblioteca, reinaba en ella una delicada calidez que le hacía olvidar el desasosiego que imperaba en el exterior.
De algún modo, envidió a aquella diminuta bailarina y la base firme de su existencia. Inmutable. Segura. Lo único que tenía que hacer era seguir girando, incluso cuando las puertas oscuras de su vida se desmoronaban.
A la caja de música se le fue acabando la cuerda poco a poco, y la figurita se quedó inmóvil. La anciana dejó escapar un suspiro soñador, y Khalani la miró perpleja.
—¿De dónde ha sacado eso? —preguntó Khalani.
La anciana dejó de sonreír y palideció, como si acabara de advertir su presencia.
—Un momento, ¿quién eres tú? ¿Qué haces aquí?
—George me ha asignado a la biblioteca para el turno de la tarde. Me llamo Khalani —se apresuró a aclarar.
La mujer se relajó visiblemente y soltó un profundo suspiro.
—Tú debes de ser Winifred, ¿verdad? —preguntó Khalani.
—No, no… Winifred es el nombre de una anciana. Llámame Winnie. Winnie Talbot —indicó.
Winnie tomó la caja de música con delicadeza y caminó hacia el otro escritorio. La guardó cuidadosamente en uno de los cajones, acariciando la mesa con ternura.
—Ya hacía tiempo que no enviaban a otro prisionero para ayudar a Winnie —añadió.
Khalani frunció el ceño.
—¿Eres una prisionera?
Winnie soltó una risita.
—Por el amor de Dios, querida niña, ¿a santo de qué iba Winnie a elegir este lugar? En estas paredes no hay color, ni vida en el aire. Y a Winnie le encantan los colores —dijo, mirándola como si fuera una estúpida que no se fijara en los detalles de algo tan evidente.
—Pero ¿y tu ropa?
Khalani señaló con un gesto el vestido morado y vaporoso.
—Ah, ¿te gusta? —Winnie giró sobre sí misma—. Winnie se lo ha confeccionado ella misma —dijo con un destello de orgullo en los ojos.
—Es… bonito.
Winnie entornó los ojos ante la espantosa vestimenta de Khalani y se llevó la mano al monóculo para examinarla mejor.
Hacía un par de días que se había duchado por última vez, y el sudor del duro trabajo físico se manifestaba con un desagradable tufo.
El maloliente uniforme gris era la antítesis de la esencia de Winnie. Era poco corriente, pero vivaracha. Extraña y, al mismo tiempo, fascinante. Encantadora, sin pelos en la lengua, y completamente enigmática.
—Hum…, esto no sirve. Ni hablar. —Winnie chasqueó los dedos—. Winnie te hará uno, no te preocupes. Pero ten paciencia. Tardará un poco.
Khalani frunció el ceño mientras miraba a su alrededor, como si esperara encontrar las respuestas escritas en las cubiertas de los libros.
—No lo comprendo… ¿Cómo has conseguido que esa caja de música entre en Braderhelm? ¿Cómo llevas esa ropa? ¿No tienes miedo de que los guardias lo descubran?
—Oye, oye. Frena antes de que empieces a pensar tan rápido que tu mente acabe retrocediendo. No es bueno para el cuerpo.
«¿Cómo?».
Winnie invitó a Khalani a sentarse y lanzo un dramático suspiro mientras se acomodaba frente a ella.
—Sentenciaron a Winnie a este lugar hace mucho, tanto que hasta resulta difícil recordar algo de antes.
Pero Winnie se niega a olvidar. Winnie se encarga de las Directrices de Apolo y se asegura de que, cada pocos meses, lleguen a guardias y prisioneros para que no olviden quién manda. Tú conoces las Directrices, ¿verdad?
Por supuesto que sí. Todos los ciudadanos las conocían.
Las Directrices de Apolo eran el conjunto de normas que regían la ciudad, transmitidas de generación en generación desde que los humanos se habían visto obligados a refugiarse bajo tierra después del Gran Colapso.
Eran de inapelable cumplimiento.
Contenían la historia de Apolo, la de las otras ciudades del subsuelo y los acontecimientos que habían llevado al Gran Colapso. Describían una sociedad dominada por la codicia y el poder y determinaban por qué debían obedecer al Consejo: para evitar la extinción de la humanidad.
Khalani asintió.
—Sí. El primer Consejo de Apolo redactó las Directrices para salvarnos de la rebelión y de la radiación de la superficie.
—¿Eso es lo que enseñan? —Winnie se dobló sobre sí misma, muerta de risa—. Qué estúpidos. Piensan que pueden reescribir la historia para que encaje con lo que más les conviene.
—¿A qué te refieres? —preguntó Khalani.