Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

¿Alguien gana finalmente la carrera de la vida o nos dan a todos un premio de consolación?

C on un gesto brusco, Khalani se secó una gota de sudor que le resbalaba por el rostro. Le temblaban las manos y, al mirarlas, advirtió que estaban teñidas de rojo. Las ampollas se habían reventado, y la suciedad negra se mezclaba con las gotas de sangre.

La fea mezcla se deslizaba por las palmas, y se quedó contemplando los colores, viéndose reflejada en aquella inmundicia. El dolor y la ira eran sus caleidoscopios.

Pensó en restregarse las manos en la ropa para hacer desaparecer esos horripilantes colores, pero vaciló ante la idea de mancharse el uniforme. Lo que era un pensamiento extraño. ¿A quién le importaba su aspecto ahora?

—¿Estás bien? —preguntó Derek, dejando la carretilla vacía en el suelo.

Al mostrarle las manos, soltó un silbido.

—Toma.

Se rasgó un trozo de tela de la manga y le envolvió las palmas con él.

Khalani apretó los dientes y cerró los ojos mientras Derek le vendaba las manos desgarradas. Aunque la presión sobre las heridas era insoportable, había aguantado cosas peores, así que no se quejó.

—¿Mejor?

—Sí.

—¡Vosotros dos, seguid trabajando! —les gritó Marcela.

Sentía que le ardían los tríceps, casi como si chillaran de agonía.

Era como si sus brazos suplicaran que los cortaran para sacarlos de la retorcida pesadilla en la que estaban sumidos.

Si pudiera desmembrarse y seguir respirando, lo haría.

La mente se le llenó de extraños pensamientos de automutilación, pero siguió cargando y depositando las pesadas rocas en la carretilla.

Khalani relegó el dolor a lo más profundo del cerebro, una habilidad que dominaba desde mucho antes de que la condenaran y la encerraran. Habían pasado dos semanas desde su primer día en Braderhelm.

No había vuelto a hablar con Takeshi Steele desde su último encuentro. Como a la peste, evitarlo resultaba difícil, dado que era él quien la encerraba en la celda cada noche, pero se había convertido en una experta.

El trabajo en los túneles nunca cesaba ni se volvía más fácil.

Los gritos y los castigos iban de la mano, a veces sin causa aparente.

Khalani aprendió a ignorar el hambre que le atenazaba el estómago y bebía agua siempre que podía.

Ya debía de haber perdido casi cinco kilos como mínimo. Se le marcaban las costillas.

Lo peor eran las migrañas. Era como si alguien le golpeara el cráneo con un martillo neumático, dirigiendo una sinfonía interminable.

Derek, Serene y Adan la ayudaban a mantenerse cuerda. No se sentía tan sola cuando estaba con ellos. Al fin y al cabo, mal de muchos sí era consuelo de tontos.

Sin embargo, ni siquiera ellos podían aliviar la insondable tristeza que albergaba en su interior.

Llevar a cabo los movimientos de su nueva y desolada realidad se había convertido en su dosis diaria de tormento.

Despertar, dolor, comer, dolor, dormir, repetir.

Una y otra vez. Como en un ciclo interminable. Como en un tiovivo.

Una vez construyeron un tiovivo en Apolo. Fue la primera vez que vio un caballo. Era un caballo falso, por supuesto, pero no le importó. Se subía después de la escuela, cientos de veces. Eran sesenta segundos de felicidad. Ojalá ese placentero minuto hubiese durado para siempre.

El Consejo de Apolo votó destruir el tiovivo después de un mes de funcionamiento, alegando que distraía a la gente del trabajo que debía hacerse para la ciudad. Una excusa conveniente. No podían permitirse que la gente fuera demasiado feliz ni que tuviera tiempo libre para hablar con el vecino.

Al fin y al cabo, el aislamiento era la mejor manera de hacer que la gente dependiera de ellos.

—No te distraigas —ordenó Derek, percatándose de que iba más despacio, ensimismada como estaba en sus pensamientos.

—¿Alguna vez la echas de menos? —preguntó ella, recolocando las rocas en la carretilla para hacer más espacio.

—¿El qué?

—Tu vida antes de todo esto.

—Echo de menos dormir en mi cama y hacer mis necesidades en mi retrete —soltó Derek.

A pesar del dolor que sentía, esbozó una sonrisa. Precisamente por eso le gustaba Derek. Siempre tan despreocupado, por muy severas o sombrías que fueran las circunstancias. Como si nada tuviera importancia.

Continuaron trabajando en silencio. Khalani pensó que no diría nada más al respecto, pero Derek echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no había ningún guardia cerca.

—No tengo nada que echar de menos —susurró—. Ni familia ni amigos. Toda mi vida era mi trabajo en los Laboratorios de Investigación y Recursos de Apolo.

Khalani lo miró de reojo, sorprendida. Los Laboratorios de Investigación y Recursos supervisaban el suministro de alimentos y ensayaban nuevos métodos de cultivo subterráneo.

Por su importancia crítica para la supervivencia de Apolo, solo se permitía el acceso al laboratorio a científicos del más alto nivel.

—Pero eres muy joven —exclamó ella.

—La edad no tiene importancia. Quieren nuevos talentos, y yo saqué las mejores calificaciones en todas las pruebas. El día que me aceptaron fue uno de los más felices de mi vida. Pero no duró mucho —dijo con tristeza.

La curiosidad la embargó.

—¿Por qué te condenaron, Derek?

Derek empezó a moverse más despacio y clavó los ojos en el suelo.

Khalani no supo decir si era por vergüenza o arrepentimiento, pero reparó en que adoptaba una expresión atormentada y cambiaba de postura, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros y hubiese comprendido que no podía cargar con él.

Se aferró a los mangos de la carretilla con tanta fuerza que se le marcaron las venas.

—Encontré algo que no querían que encontrara.

Pronunció aquellas palabras con un susurro gutural y con el ceño fruncido.

Khalani ladeó la cabeza.

—¿A qué te refieres?

Derek abrió la boca como si estuviera a punto de decir algo. Ella esperó, pero él no pronunció palabra. Soltó un suspiro y negó con la cabeza.

—Da igual. Ya todo da igual. —Levantó los mangos de la carretilla—. Tú. Yo. Todo lo que nos rodea. No es más que una manera de alcanzar un objetivo.

Y se alejó con la carga.

Khalani se quedó boquiabierta. Apolo reverenciaba a sus científicos.

No habrían encarcelado a Derek por cualquier nimiedad.

Empezó a devanarse los sesos con las múltiples posibilidades, lo que era casi como tratar de encontrar una aguja en un pajar.

Podría preguntarle de nuevo, pero algo en su expresión le decía que no lo hiciera.

Era algo que había reconocido en su mirada.

Algo que también se reflejaba en la suya y en los ojos sombríos del resto de los prisioneros.

Era la ausencia de esperanza, pero matizada con algo único.

Era ausencia de esperanza, pero no porque no hubiera escapatoria, sino porque la escapatoria era mucho peor.

—Hoy vas a trabajar con Winifred —dijo con un hilo de voz George, el anciano prisionero que le encargaba las tareas vespertinas, al advertir las vendas empapadas de sangre. Khalani apenas las notaba—. Reúnete con ella en la biblioteca y ayúdala con las Directrices.

¿Había una biblioteca en Braderhelm?

Los prisioneros empezaban a incorporarse a los turnos de la tarde. De repente, alguien con una envergadura considerable chocó contra ella y la derribó. Khalani ahogó un grito de dolor cuando apoyó todo el peso del cuerpo en las palmas ensangrentadas.

Al alzar la mirada, se topó con una chica corpulenta y musculosa, con piercings faciales y la cabeza medio rapada, en pie ante ella. Khalani la reconoció vagamente: era la que la había amenazado la primera vez que había pisado el foso de Braderhelm.

—Mira por dónde vas —soltó, saltando por encima de ella.

Khalani tomó aliento, con lo que las fosas nasales se le dilataron, y se puso en pie de un brinco, lista para plantarle cara. La chica, sin embargo, ya había doblado la esquina.

—¿Estás bien?

Serene apareció a su lado y le sacudió el polvo del uniforme.

—Estoy bien —siseó—. ¿Quién era esa?

—Dana. Está aquí por el asesinato de una mujer y su esposo.

Y se ha juntado con gente bastante peligrosa.

No sé qué has hecho para llamar su atención, pero yo me alejaría de ella.

Lo último que quieres es acabar en el foso con ella como rival —le dijo Serene, reparando en la mirada agresiva de Khalani.

La rabia rugió en su interior casi con la misma intensidad que el odio que sentía por Takeshi.

Casi. Dana era el doble de grande que ella.

Y Khalani era lo bastante inteligente para saber que, si se enfrentaban, acabaría perdiendo.

Lo único que podía hacer, lo más sensato, era pasar desapercibida.

Pero, por lo visto, no se le daba muy bien.

Aunque nunca la habían asignado a la biblioteca, cada día le resultaba más fácil moverse por Braderhelm. No era exactamente algo de lo que alegrarse, pero celebraba la mínima victoria.

Khalani recorrió el laberinto de túneles hasta la escalera de caracol negra que George había mencionado.

Al verla, se mordió el labio, consternada.

Los escalones estaban oxidados y parecía que iban a desmoronarse en cuanto pusiera un pie en ellos.

Debían de haberla construido cuando erigieron Braderhelm.

Retrocedió unos pasos y miró hacia arriba. La biblioteca estaba en el último piso. Inquieta, tamborileó con los dedos sobre la barandilla negra. Ya llegaba con unos minutos de retraso. Aún con la mirada clavada en el techo, soltó un suspiro.

Qué demonios.

Si su destino era morir en Braderhelm, tampoco estaba tan mal que una escalera acabara con ella. Tal vez regresaría como fantasma para atormentar a los moradores de la funesta prisión.

Puso un pie en el primer escalón, tanteándolo. El tablón emitió un fuerte crujido, pero parecía estable. Khalani suspiró aliviada y continuó ascendiendo y girando en espiral. El sonido del metal oxidado resonaba por todas partes.