Capítulo 5 #2
Derek se recostó con aire decepcionado. Sin embargo, algo en su mirada calculadora llamó la atención de Khalani: había una expresión extraña en sus ojos, aunque no sabía decir el qué.
—Un grupo de muertos escribe un libro sobre las miserias de la humanidad, ¿y te meten aquí por cogerlo? —preguntó Serene, frunciendo el ceño.
—Mira a tu alrededor, hermana. En Apolo siempre ha reinado la locura. Solo nos hemos insensibilizado —murmuró Adan con voz apagada, devolviendo un pedazo de comida a la bandeja.
«Insensibilizado». Era la palabra perfecta.
Siempre había sido consciente de las acciones despiadadas del Consejo, pero nunca había osado levantar la voz. No contaba con poder ni influencia. Y ya tenía bastante con sobrevivir.
Con el tiempo, se había vuelto más fácil no ver el sufrimiento de los demás, como si tuviera la mente entrenada para ignorar a aquellas personas que no conocía y todo aquello que no la afectara directamente.
Quizá eso fuera peor.
—¿Y vosotros? ¿Por qué acabasteis aquí abajo? —preguntó, señalando a Serene y Adan para tratar de desviar la atención.
—Antes de Braderhelm, Adan era uno de los mejores ingenieros mecánicos de la División de la Superficie de Apolo —reveló Serene.
Khalani miró a Adan enarcando las cejas. La División de la Superficie había creado la cúpula de Génesis y los pocos trajes que existían capaces de resistir la letal radiación.
—Vaya… Es impresionante —exclamó.
—Sí. Ya ves —soltó Adan, resoplando—. Me adoraban hasta que me negué a trabajar en el Laboratorio de Armas de Génesis.
Las líneas de la frente se le marcaron aún más. Era de chiflados o de idiotas rechazar la oportunidad de vivir en Génesis.
—Sé lo que estás pensando —dijo Adan al reparar en que Khalani lo miraba con incredulidad—. Pero me resultaba bastante difícil saber que daba todo mi tiempo a una estructura responsable de cientos de muertes.
—No tenías elección —le recordó Derek.
—Siempre hay elección. Siempre —afirmó con la voz teñida de arrepentimiento—.
Me negué a construir armas para ellos y ser responsable de más muertes.
Presenté la dimisión y, al día siguiente, me acusaron de insubordinación y me sentenciaron a Braderhelm.
Y mi hermana pequeña, pese a todas mis súplicas, no supo quedarse en casa.
Adan apretó los labios con firmeza, pero no podía ocultar el amor con el que miraba a Serene.
—Eres mi hermano —afirmó ella, dando por zanjado el tema.
Como si esa fuera la única explicación posible.
A continuación, se volvió hacia Khalani.
—Cuando éramos pequeños, nuestros padres no estuvieron muy presentes, así que me convertí en una excelente ladrona.
Empecé con cosas pequeñas…, como ese tinte azul para el cabello que, como después descubrí, era permanente.
—Se rio entre dientes, pero enseguida bajó la mirada—.
Con el tiempo, tuve que robar comida y dinero cada semana para que no pasáramos hambre.
Cuando arrestaron a Adan, intenté colarme en la oficina del juez supremo para robar dos pases para Génesis.
El plan era escondernos allí antes de que lo transfirieran a Braderhelm, pero nos atraparon y me metieron aquí con él.
—Era una mierda de plan —interrumpió Adan—. ¡Al menos, el mío era bueno! ¿Por qué no me hiciste caso y te quedaste en casa?
—¿Y desde cuándo te hago caso? —replicó Serene con sorna.
—Eres parte del sexo femenino, así que nunca.
Serene puso los ojos en blanco y volvió a mirar a Khalani.
—¿Tú no habrías hecho lo mismo? ¿No irías hasta los confines del subsuelo por tu familia?
Otra vez esa palabra. «Familia». Por muchos fracasos, peleas o decepciones, eran los cimientos, lo que se suponía que te mantenía con los pies en el suelo. La familia podía hacerte perder el juicio y devolverte la cordura al mismo tiempo.
Khalani admiraba a Serene porque era capaz de llegar adonde fuera por su hermano.
Sin embargo, en su caso, siempre prefería estar sola.
Se sentía más cómoda. Era más seguro. Aunque resultaba evidente que una parte innegable de sí misma anhelaba ese vínculo.
Habría movido cielo y tierra para hablar con sus padres otra vez, aunque solo fuera durante un segundo.
—Mi familia está muerta, pero, si estuvieran aquí…, haría lo que fuera por ellos.
Khalani soltó un suspiro de amargura y desvió la mirada.
Se hizo el silencio, y Serene asintió con comprensión.
Incluso Adan la miró con otros ojos, con respeto.
—Me gustas, Khalani —declaró Serene, haciendo que la tensión se disolviera—. Aquí sobrevivimos manteniéndonos unidos. También cuidaremos de ti.
Khalani sintió unas mariposas en el estómago. Había pensado que, en la prisión de Braderhelm, todo se resumiría en un sálvese quien pueda, pero Derek, Serene y Adan tenían algo en común.
A todos les habían arrebatado el derecho a vivir.
Estaban conectados por los finales entrelazados de sus sombríos destinos. No era una conexión que hubiesen deseado, pero allí estaba.
Si ellos habían conseguido sobrevivir hasta ahora, quizá ella también podría hacerlo. Era una probabilidad ínfima, pero real. Como la de un corazón que se aferra con cada latido a la vida, que no está aún listo para enfrentarse al final.