Capítulo 5
No trates de comprenderme. Ni siquiera yo soy capaz de recorrer mis abismos escarpados.
— ¡ M ueve el culo y ponte al final de la cola! —gritó un hombre de pelo castaño y desaliñado al que le faltaban unos pocos dientes mientras tiraba a un chiquillo flacucho al suelo.
El niño, que llevaba un ojo a la funerala y un pelo que no había visto un peine en años, se levantó tambaleándose.
No pronunció palabra ni hizo nada para defenderse. Cabizbajo, se dirigió lentamente al final de la cola de la comida.
Khalani frunció el ceño y observó por encima del hombro al pálido muchacho. Algo en su lenguaje corporal y en su expresión facial indicaba que ese trato no le era ajeno. Sus miradas se encontraron, y ella se apresuró a desviarla al sentir una involuntaria punzada de culpa.
La cantina estaba en una cueva espaciosa, hecha por la mano del hombre, con unas columnas de piedra que sostenían los altos techos.
Todos los prisioneros se alineaban para recibir la comida, avanzando con apatía.
La chica que tenía delante no dejaba de frotarse la zona lumbar, quejándose de dolor.
Khalani tampoco es que tuviera la espalda mucho mejor.
Varios guardias se apostaban por toda la cueva, pero de Takeshi Steele no había ni rastro por ningún lado. Lo que era de agradecer, puesto que temía las potenciales repercusiones de la última conversación que habían mantenido.
Lentamente, llegó al inicio de la cola y cogió una bandeja verde. Una mujer corpulenta con el pelo recogido en un moño despeinado y cicatrices que le desfiguraban todo el rostro levantó un cucharón y le echó un amasijo de comida.
—¡Siguiente! —gritó la mujer sin tan siquiera mirarla.
Khalani se detuvo y se inclinó para oler la mezcla húmeda de carne procesada: del pegote marrón emanaba un hedor a heces quemadas, y sintió una repentina arcada. Contuvo la respiración, reprimiendo la oleada de náuseas.
De pronto, una punzada aguda, como una descarga eléctrica, le recorrió la espalda y la obligó a encorvarse. Tembló sin control mientras unas motas blancas le nublaban la vista.
—¡Muévete, prisionera! ¡Estás entorpeciendo la cola! —gritó uno de esos guardias rapados, sosteniendo una táser sin atisbo de culpa en los ojos.
Tuvo un espasmo y se le contrajeron los músculos de la espalda, como si de repente se hubieran enroscado sobre sí mismos. Apretó los dientes y siguió adelante, sujetando la bandeja con dedos visiblemente temblorosos. Lo único que tenía que hacer era moverse.
Una trabajadora le entregó el suplemento de vitamina D que tomaban a diario todos los ciudadanos de Apolo. Aún temblando, engulló la pastilla naranja mientras el guardia se daba golpecitos en la palma de la mano con la táser, como si estuviera disfrutando de una dulce espera.
Se apresuró a alejarse y ocultó la mitad del rostro tras el pelo castaño, como si fuera una cortina protectora. Aquellos gruesos mechones eran el único escudo que tenía.
—¿Estás bien? —preguntó el prisionero 189, poniéndose a su lado.
—Sí —murmuró ella.
—Ven, siéntate conmigo.
—No hace falta. Prefiero estar sola —admitió, reacia a entablar amistad.
Él bajó la cabeza.
—Los prisioneros suelen burlarse de la carne fresca, en especial el primer día. Es mejor que no comas sola.
Khalani vio en sus ojos que decía la verdad y finalmente cedió; no deseaba buscarse más problemas.
No había mesas en la espaciosa cueva. Todos los prisioneros se sentaban en el suelo polvoriento.
Respiró hondo, tratando de reprimir el dolor que le recorría la columna a causa de la táser y del turno agotador. Se abrieron paso entre la gente, y él la condujo al rincón más alejado de la sala, donde aplastó una cucaracha gigante.
¿Por qué las criaturas más feas tenían que ser las más difíciles de extinguir? Ni siquiera el apocalipsis nuclear había podido con ellas.
—La mayoría de los días no sirven un almuerzo tan bueno —comentó él mientras se sentaba y miraba el plato con avidez.
Khalani lo miró con incredulidad y bajó los ojos hacia aquella carne tan sospechosa. Decidió concentrarse e imaginar que se transformaba en algo, en lo que fuera menos en eso.
—Si la observas un buen rato, hasta puedes ver cómo se mueve —comentó una chica por encima de su hombro.
Se volvió y vio a su vecina de celda: la chica con el pelo azul.
—Serene, no la asustes. Así nunca se lo va a comer.
Serene se encogió de hombros y se sentó.
—Pues mejor. Más para mí —espetó, engullendo un bocado de aquella repugnante comida.
El tono de piel de Serene era aún más pálido que el de los ciudadanos de Apolo. Tenía una figura menuda, pero era guapa, excepto por una profunda cicatriz que le recorría el rostro desde la parte superior de la nariz hasta la mandíbula izquierda.
Serene levantó la vista, enojada.
—¿Qué?
—Gracias por ayudarme antes. No sabía adónde ir —se apresuró a decir Khalani.
Serene le quitó importancia con un ademán.
—No te preocupes. El primer día es el más duro. Soy Serene, por cierto. Y ese capullo sabelotodo es Derek.
Serene señaló con el mentón al prisionero 189, que le respondió con una peineta y siguió comiendo. Khalani asintió y volvió a concentrarse sin ganas en la grotesca comida que tenía en el plato. Cuando agarró la masa viscosa con las manos (no les habían dado cubiertos), hizo una mueca.
Conteniendo la respiración, dio un bocado, pero un sabor amargo le inundó la boca y le puso la piel de gallina. Tosió y rápidamente se llevó una mano a los labios y se obligó a tragar aquella comida que sabía a vómito. La cucaracha muerta habría sido una mejor opción.
Serene rio entre dientes.
—Te acostumbrarás.
Lo dudaba. Khalani siguió tosiendo y escupiendo. Parecía una anciana moribunda. Derek le dio una palmada en la espalda para evitar que vomitara.
—Sabe fatal, pero tiene un buen aporte proteico. Algunos días ni siquiera dan comida, así que aprovecha mientras puedas.
Otro recluso se sentó con ellos y colocó la bandeja en el suelo con un movimiento rápido.
Era más mayor, de unos veintitantos años, y parecía nervioso: fruncía los labios al tiempo que se peinaba el cabello castaño cenizo con los dedos.
Tenía una complexión más robusta que la mayoría de los prisioneros y se le marcaban unas venas prominentes en los brazos cuando apretaba los puños ante el plato de comida, al cual miraba como si fuera su peor enemigo.
—¿Qué ha ocurrido esta vez? —se quejó Serene.
Una sombra siniestra cruzó los ojos del recién llegado. Metió la mano en el bolsillo, sacó un par de gafas rotas y colocó los pedazos destrozados en el suelo con una mirada hostil.
—Joder, Adan. ¿Otra vez?
Serene recogió el material hecho añicos. La montura estaba machacada, y las patillas, retorcidas, como si fueran un intrincado pretzel .
—Ha sido el guardia Harken. Es la segunda vez en lo que va de mes. Ha dicho que iba muy lento, cuando sabe perfectamente que soy el más rápido del turno —refunfuñó Adan.
—¿Puedes arreglarlas? —murmuró Derek, comiendo como si fuera lo último que fuera a hacer en este mundo.
—Pues claro que puedo. Pero es malgastar esfuerzos. Volverá a hacerlo. Es lo que pasa cuando se les da poder a los estúpidos, que hacen lo que les da la gana.
Con rabia, Adan le arrebató las gafas rotas a Serene y se las metió de nuevo en el bolsillo.
Todos guardaron silencio mientras la cruda verdad que acababa de pronunciar flotaba sobre sus cabezas. Khalani tomó otro bocado de aquel mejunje hediondo reprimiendo las náuseas. Esta vez no se atragantó ni se quedó sin aliento.
Estaba progresando.
Se movió y Adan por fin pareció advertir su presencia.
—¿Quién eres? —preguntó, mirándola con recelo.
Iba a contestar, pero Serene se le adelantó.
—Se llama Khalani Kanes. Es su primer día en prisión, así que déjala tranquila. Ya ha tenido bastante por hoy. Khalani, este es mi hermano mayor, Adan —dijo, señalándolo con un ademán despectivo.
Khalani arrugó la frente.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—He robado la lista de los nuevos —dijo Serene, encogiéndose de hombros—. Es prácticamente imposible robarle nada a Takeshi Steele, pero uno de sus nuevos asistentes bajó la guardia demasiado tiempo.
—Cuidado, Serene —advirtió Derek, frunciendo el ceño—. Un día te cogerán, y los guardias no dudarán en matarte.
—Por eso siempre ando con mil ojos —le aseguró a Derek. Acto seguido, se volvió hacia Khalani—. Y bien, ¿qué fue?
—¿Cómo? —preguntó Khalani.
En los ojos verdes de Serene apareció un destello de curiosidad y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
—¿Qué cogiste de los Archivos? Lo único que decía tu expediente era que robaste un artefacto de los Archivos, pero no especificaba cuál…
Al oír mencionar los Archivos, tanto Derek como Adan se enderezaron y se quedaron inmóviles, como si les hubieran insertado una barra de acero en la columna.
—¿Robaste algo de los Archivos?
Consternado, Adan tragó con fuerza y la fulminó con la mirada.
Khalani abrió la boca para responder, pero dudó un segundo. Aunque ella ya estaba prisionera, la familia de Douglas aún podía sufrir si descubrían que había compartido la información con ellos.
—Supongo que no soy muy buena ladrona teniendo en cuenta dónde estoy. Bastó con una inspección sorpresa para… —Khalani enmudeció, y sintió que el pulso se le aceleraba—. No cogí nada importante. Solo era un libro.
Apartó la mirada, tratando de quitarle peso a su historia con el fin de no tener que revelar más detalles.
Derek se inclinó hacia delante y concentró su atención en ella.
—¿Qué decía el libro? ¿Hablaba de Apolo o de los planes que tienen con Génesis?
—No… Era un libro de… poesía.
Su respuesta se encontró con unas miradas de perplejidad. Khalani se mordió el labio e intentó aclararlo:
—Bueno… Son historias sobre la vida, pero escritas con pasión y emoción. La poesía es… hermosa.
Todos arquearon las cejas, como si hablara en otro idioma.
—Ya os he dicho que no era muy interesante, y ahora ya ni siquiera tiene importancia. Ha desaparecido —afirmó.