Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Podemos no ser nada juntos.

S iguió los cables luminosos del techo, haciendo caso omiso a la ampolla que sentía en uno de los talones.

Cuando el túnel se abrió hacia una vasta caverna polvorienta, le llegaron los sonidos del metal arañando la piedra.

A más de tres metros de altura colgaban unos focos cuya luz iluminaba unas enormes rocas.

Se detuvo de repente en el suelo de grava, tratando de localizar de dónde procedía el ruido.

Un grupo de prisioneros formaban una hilera y clavaban unos pesados picos contra el muro de piedra vista, tallando un nuevo pasadizo en el túnel.

Una capa de polvo flotaba en el aire, y se obligó a reprimir un estornudo.

—¡Deja de holgazanear! —le gritó un guardia corpulento a un anciano con uniforme de prisionero que había caído de rodillas, exhausto.

El prisionero le dijo algo inaudible al guardia, y este le golpeó la cabeza con la culata del arma. El anciano se desplomó bocabajo en la grava, inmóvil.

—¡A trabajar! —gritó el guardia a los otros prisioneros, que ni siquiera se molestaron en mirar al viejo.

Con rostro impasible, como si hubiesen visto cosas mucho peores, continuaron blandiendo los picos y clavándolos en la pared de roca.

Apareció una chica que empujaba una carretilla llena de grava. El pelo rubio claro se le pegaba a la frente por el sudor y tenía ojeras; a través de los muchos agujeros del uniforme gris, se le veían las costillas. Khalani abrió los ojos de par en par al percatarse de su fragilidad.

La muchacha no podía tener más de trece años y parecía que el mínimo soplo de brisa la tumbaría. Seguro que la carretilla pesaba más que ella. Khalani se acercó.

—Hola —susurró.

La frágil chica se volvió despacio, y Khalani se quedó inmóvil al ver su rostro. Tenía los ojos vacíos, sin expresión, como si un fantasma se hubiese metido en su cuerpo y la hubiese poseído.

—¿Qué quieres? —preguntó la chiquilla con voz monótona.

Khalani se quedó inmóvil. ¿Cómo se llamaba? No era capaz de recordar el nombre de la mujer a la que el guardia le había ordenado buscar. Su mente se negaba a recordar ante la terrible visión que tenía ante los ojos.

¿Acabaría Khalani igual que ella, como un mero contenedor que ni siquiera atestiguaba haber sido habitado por el aliento de la vida?

¿Ya tenía ese aspecto?

—¿Por qué no estás trabajando, prisionera?

Un fornido guardia se acercó a ellas con grandes zancadas y aire amenazante. Con los ojos celestes ardiendo de rabia, sacó una porra de acero y golpeó en la zona lumbar a la muchacha, que se desplomó con un grito lastimero.

—¡No! ¡Basta, por favor! —gritó Khalani, horrorizada.

—¿Qué has dicho?

El guardia la encaró, lanzándole una mirada despiadada.

—Lo… Lo siento, señor —balbuceó con manos temblorosas—. No es culpa suya. He sido yo, que le he hecho una pregunta. El capitán me ha enviado aquí y me ha dicho que me presente ante… —Hizo una pausa y, al recordar en ese preciso momento el nombre, añadió—: Marcela.

El guardia la miró de arriba abajo con recelo. Khalani tragó saliva y no movió ni un solo pelo. Apenas se dio cuenta de que se le habían escapado unas gotas de orina.

—Muévete —le ordenó el guardia a la chiquilla.

La niña se puso lentamente en pie, agarró la carretilla y retomó la marcha renqueando y con la espalda doblada por el dolor.

—Marcela está ahí abajo. —Señaló hacia el extremo opuesto de la caverna—. Y ya puedes darte prisa, prisionera, a menos que quieras que te dé una razón de verdad para llegar tarde.

El corazón le iba tan rápido que los latidos se fundían en una vibración única. Mientras se dirigía al fondo de la cueva, las fuertes pisadas del guardia resonaron a su espalda, siguiéndola como un demonio.

Marcela era una mujer corpulenta de pelo cobrizo que llevaba un moño alto y tirante.

Vigilaba escrupulosamente a los prisioneros con ojos de acero, lista para saltar ante el más mínimo error, como si fuera la encarnación humana de un buitre buscando a su presa.

Ante la idea, un recuerdo emergió de repente.

—Ojalá no hubieran muerto todos los animales en el Gran Colapso —le decía una Khalani de quince años a su profesor de historia.

—Bueno, creo que en eso te equivocas —respondió el señor Harroway— .

Los animales no se han extinguido del todo, y no me refiero a los clones y a los que han criado genéticamente para servir de alimento.

Te olvidas de nosotros. Los humanos somos animales.

Por supuesto, nos gusta pensar que somos leones, el antiguo rey de la Tierra.

Pero yo creo que somos más bien aves carroñeras que nos agrupamos y colaboramos para llegar a la cima aprovechando aquello que encontramos.

Somos buitres que no nos reconocemos como tales —concluyó, pensativo y con la mirada perdida.

—Vaya, suena un poco sombrío y deprimente —dijo Khalani.

El señor Harroway rio entre dientes.

—Así es la historia de la humanidad, más sombría que una noche sin luna. ¿Por qué crees que tuvimos que huir al subsuelo?

—¡Moveos! —chilló Marcela a varios prisioneros.

El áspero grito devolvió a Khalani al presente con un respingo.

Al igual que los guardias, Marcela iba vestida completamente de negro, pero el brazalete plateado en su muñeca la identificaba como empleada.

Al ver que Khalani se acercaba, Marcela alzó de repente la cabeza de la pantalla táctil, la escudriñó de arriba abajo y torció el gesto con aire reprobatorio.

—Ya les dije que aquí abajo necesitábamos gente musculosa. ¿Y qué es lo que me dan? A ti.

Khalani frunció el ceño y se dispuso a decir algo, pero la mujer levantó el dedo índice, haciéndola callar.

—No, no. Tú hablas si yo te pregunto. ¿Qué número eres?

—¿Número?

—El que llevas en la muñeca —soltó Marcela con impaciencia.

Khalani miró la cicatriz y rechinó los dientes.

—Prisionera 317. Me han ordenado que me presente ante ti.

Marcela comprobó la pantalla con aire irritado, deslizando los dedos con rapidez por el dispositivo electrónico.

—Al menos esperaba que me enviaran a un albañil o un granjero, no a una muchacha escuálida que trabajó como repartidora de comida. Tendré que ir a ver al alcaide —murmuró.

Khalani sintió que se le tensaban los músculos, como si se estuviera preparando para echar a correr. Si Marcela la transfería, podrían asignarla a un lugar mucho peor, como la superficie.

—Cuando trabajaba como repartidora de comida, me pasaba el día levantando cajas pesadas.

No pudo evitar que las palabras salieran de sus labios.

Marcela resopló y le dio la espalda sin añadir nada más.

—Puede que no lo parezca, pero soy muy trabajadora y puedo levantar mi propio peso. No oirás ninguna queja sobre mí —afirmó con rotundidad, alzando las manos para recalcarlo.

Marcela ladeó la cabeza y la examinó. Tras unos instantes, dio su brazo a torcer.

—De acuerdo, veremos qué tal lo haces. Ve allá y preséntate ante el prisionero 189. —Marcela señaló hacia un prisionero que colocaba unos bloques de roca maciza en una carretilla—. Cada mañana, él será tu compañero en los túneles. No lo pierdas de vista.

Justo cuando Khalani se disponía a ir hacia allí, Marcela la agarró con fuerza del hombro.

—No me des motivos para arrepentirme. Si lo haces, te enviaré a la superficie a recabar información sobre Génesis.

La amenaza quedó suspendida en el aire como si fuera una bala que se dirigía a ella a cámara lenta. Khalani asintió enseguida y se zafó de ella.

El prisionero 189 era alto, de piel oscura y muy delgado, algo habitual entre los prisioneros.

Aunque no debía de ser mucho mayor que Khalani, tenía un rostro dulce de facciones aniñadas cubierto de suciedad.

Se incorporó, llevándose una mano a la zona lumbar y secándose con la otra el sudor de la frente, al tiempo que hacía una mueca.

—Ejem… Disculpa, ¿eres el prisionero 189? —le preguntó Khalani mientras se restregaba las manos.

El prisionero 189 se volvió hacia ella y la observó con ojos cansados.

—¿Nueva?

Se encorvó para coger otra enorme roca del montón.

—Sí. Marcela me ha dicho que eres mi compañero en los túneles. Soy Khalani.

No pensaba presentarse como «317». Se negaba a concederles más poder. Era una pequeña forma de rebelión, pero para ella tenía importancia.

Reparando en la mano que le tendía Khalani, el prisionero le lanzó una mirada impasible.

—Será mejor que pongas esas manos a la obra y empieces a ayudarme con estas rocas. Coge esa carretilla de allí.

Khalani se apresuró a tomar la carretilla vacía. Maniobrar las toscas ruedas y mantenerla en línea recta le resultó complicado, y eso que no llevaba peso.

—Carga esas rocas de ahí —le ordenó su compañero.

Zigzagueando con la carretilla, se dirigió hacia donde le había indicado.

Las piedras eran mucho más pesadas de lo que parecían, y al cabo de varios minutos, ya le dolían los brazos. El prisionero reparó en que le temblaban y empezó a ayudarla con la carga.

—Gracias —susurró Khalani.

—El primer día siempre es el peor —refunfuñó en voz baja—. Pero, por mucho que te duela, tienes que seguir. Seguro que se inventan razones para hacerte daño, así que no les des ninguna.

Colocó la última roca en la carretilla y se sacudió el polvo de las manos, que estaban cubiertas de llagas abiertas, algunas sanguinolentas.

Sin embargo, él parecía no darse cuenta.

A continuación, llevaron las carretillas a la unidad de gestión de residuos metálicos, en la parte más alejada de la caverna.

La tarea era penosa y complicada. Las horas fueron transcurriendo y Khalani se frotó varias veces los brazos para aliviar los dolores y calambres que sentía, con la advertencia de Marcela siempre en mente.

Cabizbaja y en silencio, siguió trabajando pese al dolor.

Cuando su mirada se cruzó con la del prisionero 189, este asintió en un gesto de respeto.

—Esperaba que a estas alturas ya te hubieras derrumbado, pero has cumplido con tu parte —dijo con cierto tono de sorpresa.

—No tengo por costumbre darme por vencida —fue lo único que respondió.

Con cautela, su mirada calculadora se posó tras Khalani, al otro lado de la caverna, donde estaba Marcela gritándoles a los prisioneros.

—¿Qué has hecho? —le preguntó, clavando los ojos en los suyos.

—¿Cómo? —gruñó, dolorida, mientras dejaba caer un voluminoso pedrusco en el barril, que tan solo medía una cuarta parte de su tamaño.

—Me refiero a por qué has terminado aquí. No pareces una asesina, aunque me he equivocado en cosas peores.

—No soy una asesina —soltó.

—Tenía que preguntarlo —dijo encogiéndose de hombros con despreocupación—. Braderhelm está plagado de asesinos, y no se puede confiar en mucha gente. Si quieres sobrevivir aquí dentro, más te vale tener ojos en la nuca.

—Gracias por el consejo —respondió Khalani, apretando los labios—. Y supongo que tú estás entre esos pocos en los que se puede confiar, ¿verdad?

—No. Es mucha responsabilidad tener la confianza de alguien. Pero, si así estás más tranquila, no tienes nada que temer por mi parte —aseguró.

Khalani frunció el ceño.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Me sentenciaron hace 262 días.

—¿Recuerdas el día exacto?

—La mayoría de los prisioneros no lo recuerdan. —Se pasó una mano sucia por el rostro—. Pero yo prefiero recordar mi último momento de libertad antes que el futuro devastador en un abismo eterno que compartimos. Es mi manera de no perder el control.

—¿Qué control? Ya lo hemos perdido todo.

Irritada, Khalani dejó caer una pesada roca en el carrito. Con más ímpetu del necesario. La ausencia de respuesta le recordó el motivo por el que la gente la dejaba sola: su alma estaba demasiado rota.

Khalani cerró los ojos al experimentar esa angustia que tanto conocía, que la embargó hasta el punto de casi paralizarla. Había perdido todo lo que era importante para ella y ahora vagaba sin propósito en un cuerpo vacío.

¿Qué sentido tenía la vida para ella?

No podía responder a esa pregunta, y ese pensamiento la aterrorizaba.

—No digo que, con el tiempo, el dolor sea más fácil de soportar… —Su compañero la sacó de su ensimismamiento, como si pudiera sentir la devastación que había en su interior—. Pero no te das cuenta de lo duro que puedes llegar a ser hasta que necesitas todas tus fuerzas.

Khalani apretó los labios y se aferró a los mangos de la carretilla hasta que se le pusieron los nudillos blancos.

Las imágenes acudieron a su mente. Los ojos vacíos de sus padres mirándola desde una fría mesa.

Douglas cerrando la puerta de su piso, echándole un último vistazo y dedicándole unas palabras esperanzadas que no tardaron en extinguirse.

Las pocas fuerzas que le quedaban habían volado como una paloma extinta cuando los barrotes de acero de su celda se cerraron de golpe, encerrándola en la prisión.

Había seguido respirando porque tenía que respirar. Había obligado a su cuerpo a seguir porque el dolor físico servía como distracción temporal de aquel vacío que retumbaba en su interior.

—¿En qué bloque de celdas estás? —preguntó su compañero, interrumpiendo el silencio sepulcral.

—En el siete —susurró Khalani, tratando de olvidar el inútil pasado.

—No está tan mal. Hay muchos bloques que son peores. Pero vigila con Steele —murmuró.

—¿Steele?

—Sigue trabajando —dijo, mirando de reojo hacia la izquierda justo en el momento en que un guardia pasaba por allí.

Khalani se apresuró a cargar unas pesadas rocas, jadeando al hacerlo.

Cuando el guardia se hubo alejado, su compañero continuó en voz baja:

—Takeshi Steele. Es el capitán y dirige tu bloque. Es famoso por su temperamento agresivo. Incluso ha matado a algunos de sus guardias. Mi mejor consejo es que bajes la cabeza y te alejes de él.

Así que el diablo tenía nombre.

Estaba segura de que Takeshi Steele ya la había incluido en su lista mental de prisioneros que había que eliminar.

Un zumbido fuerte y estridente reverberó por las paredes de piedra y la obligó a dar un respingo. A su alrededor, todos los prisioneros dejaron los picos y las carretillas y se dirigieron hacia la salida del túnel.

—Es la señal de que el turno matutino ha terminado. —El prisionero 189 se encaminó también hacia allí y, al ver que Khalani no lo seguía, añadió por encima del hombro—: Vamos, a los criminales no se les permite rezagarse. A menos que te gusten los azotes y que te den cucarachas para comer.

En ese momento, Khalani comprendió que habitaba, de forma oficial, en el infierno.