Capítulo 3
El vacío es igual de delicado que una pluma, pero soporta el peso de montañas.
U na aguda alarma resonó por toda la prisión y Khalani se incorporó de inmediato.
No había pegado ojo. En un momento en concreto, había dejado de llorar porque ya no tenía más lágrimas.
Vacía de emociones y energía, se había quedado tumbada en el suelo toda la noche, viendo cómo se reproducían escenas de su antigua vida en las grietas del techo de piedra.
Exhausta, se restregó los ojos y advirtió que los barrotes de acero se habían abierto.
—¡Recuento! —gritó una voz grave y masculina.
Oyó a los otros prisioneros, que también abandonaban las celdas. Recordando las palabras del guardia, Khalani se puso en pie de un brinco y salió con cautela. La luz que emitían los fluorescentes la deslumbró y tuvo que hacer visera con la mano.
—¡Pssst! ¡Eh, tú!
Se volvió hacia la izquierda. Una prisionera la miraba. Era bajita, con la piel blanca como el marfil, y llevaba el pelo de un intenso color azul peinado en trenzas.
—Tienes que pisar eso. —Señaló una banda amarilla en el suelo—. Es un sensor de movimiento.
Khalani se colocó rápidamente sobre la línea.
—Gracias —susurró.
Sin embargo, la extraña chica se apresuró a mirar al frente, sin hacerle caso.
Con un pie sobre la banda amarilla, Khalani se asomó por la barandilla de metal.
En cada piso había una multitud de prisioneros de pie, en posición de firmes.
En el pasillo de enfrente, un guardia vestido completamente de negro pasaba por delante de los prisioneros y los miraba de reojo.
Aunque no podía verle el rostro, comprendió por lo corpulento y musculoso que era que podía romperle el cuello en un abrir y cerrar de ojos.
Sintió que el corazón le latía desbocado.
¿Y si el guardia la asignaba a la superficie?
Sin embargo, ya no se enviaba a los prisioneros a la superficie.
No desde hacía diez años. Aunque circulaban rumores de que planeaban expandir la cúpula de Génesis.
Khalani rezó para no estar viva cuando llegara ese día.
Existían pocas maneras de morir más dolorosas que el envenenamiento por radiación.
Se balanceó hacia delante y hacia atrás, retorciendo las mangas del uniforme.
El sonido de unas fuertes pisadas que arañaban el metal la obligó a erguirse de repente.
Siguió mirando al frente cuando vio al corpulento guardia con el rabillo del ojo.
Medía más de un metro ochenta. El chaleco se le pegaba al amplio y musculoso torso, que parecía tallado en piedra.
Llevaba una pantalla táctil en la que iba anotando a medida que dejaba atrás a los prisioneros.
El guardia se detuvo frente a ella, y Khalani, haciendo de tripas corazón, lo miró.
Sus ojos eran del color de la medianoche.
Nunca había visto unos ojos tan negros; era como si se le hubiera derramado la pupila y le hubiera invadido todo el iris.
Había supuesto que todos los guardias se afeitaban la cabeza, pero a este le caían sobre la frente unos finos mechones negros como el carbón.
El imponente guardia parecía unos pocos años mayor que ella y tenía la piel bronceada y tersa, y unas largas y espesas pestañas que le enmarcaban esos ojos fascinantes.
Sin embargo, cuando los posó en ella, Khalani se puso rígida al ver que estaban cargados de agresividad.
El guardia tensó la mandíbula cuadrada mientras paseaba la mirada glacial por su atuendo. Hizo una mueca de asco cuando le llegó el hedor pútrido que emanaba de su mono y que impregnaba el aire.
—Repugnante —murmuró con repulsión mientras anotaba algo en la pantalla táctil.
Khalani torció el gesto y reparó en la delgada placa plateada que llevaba debajo del hombro izquierdo. «Capitán».
—Mira al frente, Kanes —ordenó sin levantar la vista del dispositivo.
Ella obedeció de golpe.
Ni siquiera se dio cuenta de que no se había referido a ella como «prisionera 317». Aunque tampoco es que fuera necesario. El metal que le rodeaba la muñeca era más humillante que cualquier palabra o apelativo.
—¡Todo el mundo a sus tareas! —gritó el guardia.
Los prisioneros del bloque empezaron a desfilar. Khalani miró a la derecha y a la izquierda frenéticamente.
¿Adónde demonios se suponía que tenía que ir?
—Escucha con atención —dijo el guardia con voz grave y hosca.
Khalani se puso rígida y movió los pies. Él se acercó. Demasiado. Su cuerpo la hacía sentir más pequeña; dominaba el espacio casi asfixiándola.
—El bloque 7 es ahora tu hogar. Estás aquí para pagar por lo que has hecho, y si no quieres que tu vida se convierta en un infierno, harás lo que yo te diga. ¿Entendido?
El guardia la fulminó con una mirada amenazante.
No veía armas por ningún lado.
Por alguna razón, eso resultaba aún más aterrador. Ante la energía estoica y desapegada que desprendía, Khalani solo deseaba volver a su celda.
—S… Sí —balbuceó.
Carraspeando, reprimió el miedo que sentía y trató de recobrar la compostura.
—Cada mañana te presentarás ante Marcela en los túneles del extremo norte.
Trabajarás medio día allí y luego irás a la cantina, como el resto de los prisioneros.
Esa será la única comida del día, nada de holgazanear.
Después, te presentarás ante George en el Ala Sur A. Él te asignará la tarea de la tarde.
Khalani asintió para sus adentros, repitiéndose las palabras en silencio para memorizar todo lo que decía. Sintió un leve alivio en el pecho. No la habían asignado a la cúpula.
Todavía no.
—Después del turno de la tarde hay un descanso de una hora en el foso —continuó el guardia con evidente fastidio—. Luego, regresa a la celda para el recuento nocturno. Y no llegues tarde, porque lo sabré, y te aseguro que pagarás las consecuencias.
Frunció el ceño de manera inquietante, como si comiera niños pequeños para desayunar.
—¿Entendido, Kanes?
—Sí —logró decir ella con voz firme.
—Bien. Nada de peleas entre prisioneros. Si tienes un problema con otro interno, lo resuelves en el foso. Y no me vengas con historias porque no tengo tiempo para lidiar con tus problemas personales.
Khalani estuvo a punto de preguntar qué era el foso, pero él siguió hablando:
—Obtendrás una ficha para ducharte dos veces por semana si cumples bien con tus tareas. Si fallas, tu hedor no será lo único que se esparza por esta prisión. —Arrugó la nariz—. No esperes simpatía ni piedad porque no las recibirás. Ni de mí ni de nadie más aquí abajo. ¿Queda claro?
Los rasgos afilados del guardia se torcieron en un gesto de desprecio, como si ella no fuera más que un bichito repugnante al que le encantaría ver aplastado.
Douglas le había hablado una vez de las cinco etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No le había costado entender las cuatro primeras. Era la aceptación la que siempre la rehuía. Era incapaz, igual que era incapaz de atrapar el aire con las manos.
La amenaza velada del capitán y su mirada cruel se le clavaron en la piel como si un cuchillo romo la perforara y royera el poco autocontrol que le quedaba.
—Muy claro —respondió fríamente.
Aunque ese guardia fuera la última persona viva en la tierra, antes desenterraría tumbas y pediría compasión a los esqueletos.
El capitán entornó los ojos y se inclinó hacia ella hasta quedar a tan solo unos centímetros.
—Si crees que tolero a las listillas, estás muy equivocada. Sigue las reglas o me ocuparé personalmente de que lo pagues caro —la amenazó, marcando las sílabas.
Khalani sintió que se le erizaba la piel de la nuca, pero asintió lentamente, más cómoda con sus amenazas que con mentiras de supervivencia.
El imponente capitán siguió rígido junto a ella, observándola mientras la advertencia que le acababa de lanzar flotaba en el ambiente, cargado de electricidad.
—Vamos —ordenó, dándole la espalda y empezando a recorrer el pasillo a grandes zancadas.
Khalani se esforzó en seguirle el ritmo. Él ni siquiera se molestó en mirar atrás. Sabía que no tenía otro lugar adonde ir.
La condujo hasta el ascensor, y bajaron lentamente, pasando junto a otras celdas.
Ella se situó lo más lejos posible de él, pero su presencia imponente hacía que la cabina pareciera pequeña.
A diferencia de los otros guardias, el capitán no llevaba ningún fusil colgado al hombro.
Sin duda, las armas estaban ocultas bajo el chaleco, pero destilaba una confianza silenciosa. Como si no las necesitara.
Caminaron en silencio por los lúgubres túneles. La única fuente de luz provenía de unos cables incrustados en el techo que emitían un resplandor blanco. Aunque tenía que ir el doble de rápido para seguirle el ritmo, Khalani aprovechó el tiempo mientras recorrían las cuevas para estudiar al enemigo.
Pese a su corpulencia, se movía con gracia y examinaba cada rincón y esquina con mirada calculadora.
Su piel cálida y bronceada era toda una rareza comparada con la de la mayoría de los que vivían en el subsuelo.
Sin embargo, los rasgos enigmáticos del capitán y esos párpados caídos no hacían más que acentuar su semblante adusto.
Khalani era de ascendencia hispana, pero las raíces del guardia parecían orientales y, en cualquier otro hombre, la nariz afilada, los pómulos definidos y la mandíbula marcada habrían resultado atractivos.
Aunque el capitán no era atractivo, ni siquiera apuesto. Ambos términos se quedaban cortos.
Era una fatalidad de la que no podías apartar la mirada. Era la calma y la serenidad cuando te asomas al precipicio de la muerte.
—¿Tengo monos en la cara, Kanes?
—No —respondió ella, mirando enseguida al frente.
«Visión periférica de locos», también anotado.
—El túnel del extremo norte está por allí. —El guardia señaló hacia un pasillo en ruinas—. ¿Alguna duda? Si quieres hacer alguna pregunta, ahora es el momento.
—¿Tienes nombre?
No encontraba en absoluto fascinante referirse a él como «el aterrador y estirado hombre musculoso» durante lo poco que le quedaba de vida.
—Soy el capitán de Braderhelm.
—¿Los capitanes no reciben un nombre?
—No necesitas saber nada más. No vivirás lo suficiente para pronunciarlo.
Sus palabras se quedaron flotando en el vacío que los separaba.
Khalani sintió que hervía de rabia y que esa emoción anulaba todo comportamiento lógico.
—Claro, qué tonta. Aquí abajo numeran a los humanos y dan nombre a los monstruos.
Trató de apartarse, pero unos dedos rígidos la agarraron del brazo, justo por encima del brazalete. Con el ceño fruncido, el capitán apretó con fuerza la herida sin cicatrizar. Khalani se estremeció, pero él no cedió e hizo una mueca en la que se apreciaba cierta malicia.
Y también vacilación.
Como si le hubieran cortado todas las capas de la piel, la violencia se hubiera grabado en lo más profundo de su alma y apenas pudiera contenerse.
—Repite eso.
El capitán ladeó la cabeza y le torció la muñeca. Khalani reprimió un grito ante el agudo dolor.
Temblando, miró esos ojos sombríos. La inquietante energía del guardia activó su instinto de huida y le gritó que corriera.
—¿Ahora ya no dices nada? —preguntó el capitán, entornando la mirada y paseándola por su pequeña figura—.
La única razón por la que no te rompo la muñeca es porque la necesitas para el próximo turno y porque no soportaría tus patéticos gritos.
No tengo paciencia para eso. Así que, a menos que estés lista para las consecuencias, mantén la boca cerrada o me aseguraré de que un hueso roto sea el menor de tus problemas.
El capitán la soltó. Ella se frotó la mano y torció el gesto, pero él no le dio oportunidad de hablar.
—Hay algo que debes aprender, Kanes: Braderhelm no perdona, y a nadie le importan tus problemas. Obedece o encontrarás una muerte cruel y despiadada.
—¿Y por qué no me matas ahora? —soltó ella con voz ronca.
El capitán le clavó una mirada gélida que parecía un puñal y bajó la cabeza hasta casi rozarle la nariz.
—Buen intento —ironizó—, aunque confío en que antes completes unos cuantos turnos de trabajo. Pero, si sigues así, tus deseos serán concedidos. Ahora, desaparece de mi vista.
Entre ellos, el aire glacial parecía estar cargado de electricidad. Khalani crispó los dedos, como si se dispusiera a plantarle cara, pero dio media vuelta y se apresuró a alejarse antes de sucumbir a esos instintos fatales.
Tras dar unos pasos, se atrevió a mirar atrás, pero él ya no estaba; lo único que quedaba era aquella sensación persistente de peligro. Suspirando, se obligó a relajarse y se peinó el pelo con dedos temblorosos.
Algo en ese capitán le helaba la sangre, pero también la impulsaba hacia una colisión frontal. Y las partes más oscuras de ella disfrutaban jugando con la muerte.
De hecho, la anhelaban.
Porque tenía que terminar. De una forma u otra.
Necesitaba que todo terminara.