Capítulo 2
Como los muertos no hablan, he pensado que cantaré en su nombre.
— M uévete.
El guardia la empujó con brutalidad.
Khalani se tambaleó hacia delante y casi tropezó con aquellas zapatillas deportivas usadas que le habían dado y que le iban grandes.
Habían quemado su ropa y la habían obligado a ponerse un mono fino y andrajoso.
La tela gris apestaba a orina y tuvo que reprimir una arcada ante el hedor repulsivo que se adhirió a su cuerpo.
Una puerta gigantesca custodiada por dos guardias el doble de grandes que ella le dio la bienvenida a la prisión de Braderhelm. Los centinelas, vestidos con camiseta de manga larga y chaleco negro, le lanzaron una cruel mirada llena de desdén.
A medida que se adentraban en las profundidades del subsuelo, un aire gélido le azotó la piel, apenas protegida por la fina tela del uniforme, y le castañetearon los dientes.
En la oscuridad, recorrieron lo que parecía más de un kilómetro hasta que el largo túnel se ensanchó y el guardia de cabeza rapada la empujó hacia una sección con varias plantas llenas de celdas.
Khalani alzó la mirada hacia el alto techo y vio unos deslumbrantes fluorescentes en los muros de piedra que revelaron la presencia de cientos de prisioneros.
En Braderhelm no se separaba por sexo. Tanto hombres como mujeres se asomaron a las celdas al oír las pisadas, y un rugido sordo se extendió por la inmensa caverna. Los prisioneros vociferaban y golpeaban los barrotes.
Sintió que un centenar de ojos se le clavaban en los brazos y deseó que la tierra se la tragara.
Junto a ella, el guardia desenfundó la pistola y la apuntó hacia el techo. Del arma tronaron tres disparos consecutivos.
—¡Silencio! —gritó.
Todos los prisioneros callaron, y el guardia gruñó y enfundó la pistola. Respirando con dificultad, Khalani se levantó del suelo, donde se había acuclillado cubriéndose la cabeza. Miró de reojo hacia la izquierda y se fijó en un joven prisionero.
Con las manos pálidas aferradas a las barras de acero, la observaba con un desprecio absoluto reflejado en sus ojos pequeños, como si estuviera imaginando que le estrujaba la garganta y le exprimía hasta la última gota de vida.
Giró de golpe la cabeza y se apresuró a seguir el ritmo del guardia, que la condujo hasta un ascensor.
El reluciente y moderno interior del aparato contrastaba con los muros de piedra de la prisión.
Subieron a toda velocidad unos pocos niveles, hasta que el ascensor se detuvo de forma abrupta.
Al salir, vio un letrero polvoriento sobre su cabeza.
«Bloque 7».
El guardia avanzó con determinación y los prisioneros empezaron a asomarse entre los barrotes.
—No va a durar mucho.
—Le doy una semana.
—Menos.
—Lo suficiente para que empiece a cantar —dijo otro, soltando una risotada.
—Nos han traído una rata de Apolo, una chivata.
Una chica se inclinó hacia los barrotes y le escupió en el rostro. La espesa saliva resbaló por la mejilla de Khalani mientras hombres y mujeres no dejaban de insultarla.
Trató de adoptar un semblante impasible; no podía permitirse ningún signo de debilidad, no en Braderhelm.
A cada paso que daba, el miedo y la oscuridad seguían su rastro.
El imperturbable guardia se detuvo ante una celda vacía y la abrió.
Al entrar, distinguió un sucio catre individual, lo que parecían unas manchas de vómito en el suelo y un inodoro en un rincón.
Eso era todo. Nada de ventanas virtuales, solo una celda decrépita y oscura y cierto hedor rancio que impregnaba el aire.
El guardia la obligó a extender los brazos con rudeza y le quitó los grilletes. La delicada piel de las muñecas tenía peor aspecto de lo que creía. O quizá se le había entumecido el cuerpo y ya no sentía nada.
—El recuento de prisioneros es a primera hora de la mañana.
Cuando oigas el aviso, sal de tu celda, quédate en pie delante de ella y espera a que el capitán lo termine.
Si te duermes, recibirás un castigo. Y si tienes alguna duda, dirígete al capitán —concluyó, justo cuando ella iba a abrir la boca para preguntar si había papel higiénico.
El guardia se sacó del bolsillo un dispositivo delgado y metálico, semejante a un brazalete de plata, en cuya parte interior emergieron unos pinchos aterradores tras un ligero pitido.
—Extiende el brazo izquierdo —ordenó.
—¿Qué es eso? —susurró.
El revés que le propinó el guardia hizo que girara bruscamente la cabeza hacia un lado. Sorprendida, lo miró boquiabierta mientras este se acercaba a ella.
—Si se te ordena algo, obedeces, prisionera. Y ahora, extiende el brazo izquierdo antes de que te lo rompa.
Khalani respiró entrecortadamente. El anillo que llevaba el guardia en uno de sus dedos le había golpeado en la comisura del ojo y un tibio hilillo de sangre le resbalaba por la mejilla.
Despacio, extendió el brazo con manos temblorosas.
El fornido guardia le sujetó el codo y acercó el brazalete a la muñeca.
Al ver cómo se acercaban aquellas púas afiladas, se le erizó la piel y la invadió el pánico. En un último intento desesperado, trató de apartar el brazo, pero el guardia lo sostuvo con firmeza.
Dolor.
Eso fue lo único que sintió cuando el guardia le colocó el brazalete en la muñeca y las púas le perforaron la piel.
No había nada en el mundo que pudiera calmar sus gritos. Sus lamentos rebotaron contra los muros y consumieron el aire a su alrededor mientras suplicaba inútilmente que terminara aquella agonía. Sin embargo, nadie respondió a su llamada de auxilio.
Estaba casi afónica cuando el guardia se apartó. Bajó la mirada hacia la muñeca, oprimida por aquel brazalete con el número 317 grabado en el metal.
—Has dejado de ser Khalani Kanes. Khalani Kanes desapareció en el momento en que pusiste un pie entre estos muros. Ahora ya no existe. Ahora eres la prisionera 317. Obedece o recibirás tu merecido.
Se había convertido en un número. Como si fuera ganado criado genéticamente.
El cruel guardia se marchó, cerrando los barrotes con un estruendo metálico que rebotó contra las paredes y que se unió al único sonido que se oía en la celda helada: el de su respiración.
Las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas en un torrente tan impetuoso que su rostro no tardó en olvidar lo que era no llorar.
¿Era eso posible?
Khalani se encorvó ante el peso de la calamidad y la desgracia, que la abrazaron como si fueran viejas conocidas. Le cubrieron el rostro de besos y trazaron el húmedo recorrido de las lágrimas sobre su piel delicada.
Se lo habían arrebatado todo. Hasta el nombre.
Se dejó caer en el suelo. Estaba frío. Duro.
La única cosa que era… de verdad, real. Lo demás no era sino un sueño.
Una pesadilla de la que no podía escapar.
Con gestos pesados, introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el único objeto personal que se le había permitido. Una fotografía de sus padres.
Había heredado el pelo moreno y largo de su madre y los ojos verdes de su padre.
En la instantánea, estaba sobre los hombros de su padre, y la cámara había captado el instante en que todos reían.
Se había tomado apenas un día antes de que Génesis se volviera habitable. Una semana antes de que ellos murieran.
Cuando se terminó la inmensa cúpula que protegía la última ciudad de la superficie de la radiación letal, fueron muchos los que celebraron la extraordinaria hazaña de la ingeniería humana.
Hasta que devolvieron los cadáveres. El Consejo de Apolo había ordenado que fueran los prisioneros de Braderhelm los encargados de construir la cúpula alrededor de Génesis, y todos habían muerto envenenados a causa de la radiación.
Sus cuerpos sin vida recorrieron las calles hasta el pabellón médico.
Aún recordaba el olor.
Ese hedor a piel carbonizada —como si la hubieran derretido en una olla— ante el que hombres hechos y derechos caían de rodillas, conmocionados.
Los manifestantes se reunieron en la plaza de Apolo para mostrar su desacuerdo con el Consejo, pero las fuerzas armadas pronto los sometieron. Sus cadáveres quedaron abandonados sobre el asfalto, entre ellos los de sus padres, brutalmente asesinados por el régimen.
Khalani solo tenía ocho años.
No comió durante una semana. Se sentaba a la puerta de su casa, esperando a que sus padres regresaran en cualquier momento y la abrazaran.
Un vecino se inquietó por ella y, cuando fue a comprobar cómo estaba, se encontró a una niñita esquelética, desplomada en el suelo, que seguía mirando fijamente hacia la puerta.
Esperando. Confiando.
Porque no comprendía que no estuvieran allí cuando se despertaba. Que no hubiera besos, que no le dijeran que ordenara su habitación, que no la consolaran cuando tenía miedo, que no la cuidaran cuando caía enferma y que no se hubieran despedido.
Sus padres nunca habían vuelto a buscarla, y nunca volverían.
A veces, los odiaba por ello.
Sin embargo, es casi imposible odiar a alguien sin quererlo.
Con el rabillo del ojo, vio una enorme cucaracha que salía de un agujero minúsculo en el muro de piedra.
La criatura agitó las antenas y avanzó por el suelo.
Khalani frunció el ceño al ver que esquivaba un trozo de tiza negra de la mitad del tamaño que su meñique.
Pasaron horas sin que se moviera. Lentamente, como si el cuerpo le pesara mil kilos, Khalani extendió el brazo y tomó la tiza. Alzó los ojos hacia los muros de la celda, cubiertos por completo de rayas negras.
No tenía que contar las marcas para saber que, fuera quien fuese la persona que la había ocupado antes que ella, no había durado mucho.
Khalani apretó la tiza en la mano. Ella también podía dejar algo para el siguiente.
Una mínima señal que le dijera al nuevo prisionero que una vez había estado viva.
Khalani contempló a sus padres una vez más antes de darle la vuelta a la fotografía y depositarla en el suelo de piedra.
Quizá la poesía no estaba hecha para ser funesta y triste.
Sin embargo, pese a que esas tragedias desgarradoras jamás deberían haber tenido lugar, eran su verdad.
Desprovista de un nombre, lo único que le quedaba era su voz.
Deslizó unos dedos temblorosos sobre el espacio en blanco mientras desnudaba su alma ante la nada y ante nadie.
Las recuerdas, ¿no?
Esas noches de susurros
que aún iluminábamos
con esperanzas de futuro.
Las sientes, ¿no?
Las consecuencias que hay
en la muerte de los deseos
y en los sueños pospuestos.
Lo oyes, ¿no?
Otra vez ese silencio
más fuerte que cualquier grito
de corazones que se apagan
igual que lo ha hecho el mío.
Lo comprendes, ¿no?
Que con tu primer aliento
ya te entregas a la suerte,
que o lloras y aceptas la derrota
o le sonríes a la muerte.