Us dark few (Los oscuros 1) Capítulo 1
2%
Us dark few (Los oscuros 1)

Us dark few (Los oscuros 1)

Por Alexis Patton

© inepub.com

Capítulo 1

Si la vida se midiera por las lecciones que he aprendido, sería inmortal.

Khalani Kanes

L a primera persona que dijo eso de que «ya no se puede ir a peor» mintió. Las cosas siempre pueden empeorar. Siempre. Siempre puedes seguir despeñándote entre grietas y hendiduras sin que ningún fondo rocoso detenga tu descenso hacia la desgracia. Khalani Kanes lo sabía mejor que nadie.

Unos pesados grilletes le irritaban las muñecas y los tobillos. Cada vez que se movía, sentía una punzada de dolor en el lugar en que el frío metal le rozaba la piel. Sin embargo, fue el imponente estrado en el centro de la sala lo que la sacó de su ensimismamiento.

La justicia prevalece.

El Himno del Apolo, tallado con esmero en el estrado de piedra, le devolvía la mirada, mofándose con su hipocresía.

La justicia no existía en el panorama dantesco de Apolo.

Al menos, no para los que más la necesitaban.

Dicha noción había sido distorsionada y convertida en arma mucho antes de que Khalani naciera.

Un guardia enorme con unas cicatrices profundas que le surcaban el rostro tiró de ella hasta el centro de la sala del tribunal.

En las paredes, unas antorchas formaban un enorme círculo y proyectaban unas trémulas sombras que le conferían al espacio un aspecto amenazante y perturbador.

No cabía duda de que era eso precisamente lo que se pretendía.

La embargó un miedo tan profundo que casi podía sentirlo junto a ella.

Olía su amarga fragancia, lo saboreaba en los labios agrietados.

Trató de inhalar algo de oxígeno, pero incluso el denso aire estaba corrompido con los gritos y el arrepentimiento de todos aquellos que habían muerto en el suelo que ahora pisaba con pies temblorosos y encadenados.

Tap. Tap. Tap. Tap.

Las pisadas de unos zapatos lustrados la obligaron a prestar atención.

Un hombre corpulento ataviado con una toga negra se acercó al estrado de piedra. Pese a la penumbra que reinaba en la caverna, la luz se le reflejaba en la cabeza rapada. Al verlo, los guardias se enderezaron.

El juez supremo acababa de hacer su aparición.

Desde el estrado, escudriñó la sala con el ceño fruncido y posó su mirada enloquecida en Khalani, que se encogió hasta convertirse en el blanco más pequeño posible. Si las miradas mataran, la suya ya la habría desmembrado y sus extremidades habrían acabado en una hoguera.

El juez supremo tomó asiento, aún cerniéndose sobre ella.

—¿Sabe qué es esto, señorita Kanes? —preguntó, sin borrar la equis permanente que se le dibujaba en la pálida piel entre las cejas y sosteniendo un libro negro de aspecto familiar.

Khalani se retorció los dedos, lo que hizo sonar los grilletes. No lograba articular palabra; era como si ya le hubiesen cortado la lengua.

—Esto es traición —continuó diciendo el juez supremo—. La forma más grave de traición contra Apolo. ¿Con quién ha compartido esta información?

Khalani alzó la mirada con incredulidad. No lo sabían…

Un estremecimiento le recorrió la espalda y sus débiles músculos se encorvaron con el peso de la decisión que había tomado. Sin embargo, no tenía otra opción. Khalani sabía lo que tenía que hacer.

—Con nadie —afirmó con un nudo en la garganta.

—¿Sabe lo que se solía hacer en Apolo con los mentirosos, señorita Kanes?

Se estremeció visiblemente y el corazón amenazó con salírsele del pecho. El juez esbozó una sonrisa satisfecha.

—Los abandonábamos en la superficie —susurró en un tono perturbador—.

Sus cuerpos se chamuscaban y se derretían a causa de la alta radiación mientras golpeaban las puertas suplicando que los dejáramos entrar.

Usted no tiene familia. Nadie que esté con vida la quiere.

Si la sacáramos de Génesis y dejáramos que se quemara y se desintegrara, no le importaría a nadie.

Así que se lo preguntaré otra vez. ¿Ha hablado con alguien sobre la existencia de este libro?

«Nadie que esté con vida la quiere».

Las palabras rebotaron contra los muros de piedra y se clavaron en Khalani como cuchillos dentados. Aunque apretó los puños, nada podía negar la cruda verdad de aquella afirmación.

Antes creía que el amor era como el sol. Invisible para los que vivían en el subsuelo. Inquebrantable. La luz en un universo lúgubre. Pero el amor no era como el sol.

El amor era como la gravedad: te arrastraba al abismo, exponiendo las partes más vulnerables, derribando fronteras invisibles y dejando solo vacío.

El amor era lo que la había empujado a abrir la puerta esa fatídica noche.

Un mes atrás, cuando Douglas irrumpió en su casa después del toque de queda como si lo persiguiera una plaga de ratas rabiosas, Khalani no le cerró la puerta en las narices como habría hecho cualquier persona en su sano juicio.

Cuando, con manos temblorosas, le mostró aquel libro negro y deteriorado que parecía siglos más viejo que ella, no lo puso de patitas en la calle.

Cuando él dijo: «Tienes que guardar esto durante unos días», su respuesta debería haber sido un rotundo no.

En cambio, ignoró una tras otra las claras señales de alarma y se convenció de que no eran más que sirenas lejanas.

Douglas era su único amigo en Apolo, y no le importaba que tuviera sesenta y nueve años ni que oliera a libros viejos y whisky aguado: la amistad no tiene por qué tener sentido para quienes no forman parte de ella.

Lo primero que había advertido fue que él la miraba con curiosidad cuando comía en el suelo polvoriento ante su edificio. Se pasó un año entero merodeando ante ella y observándola allí sentada. Y, de repente, un día le habló.

—¿La calle te parece más cómoda que una silla?

Ella alzó la mirada, sorprendida de que el anciano le hubiera dirigido la palabra. Hasta se volvió a mirar por encima de su hombro por si había otro tipo raro comiéndose los cereales deshidratados sobre los adoquines.

—No creo —respondió mirándolo de nuevo—. Pero prefiero tener el trasero cerca del suelo. Me recuerda dónde acabaré.

—Eso es macabro.

—No, es solo una perspectiva diferente. El lugar en el que comes debería ser una zona de confort, así que he decidido comer en el suelo para sentirme más cómoda con esta mierda de vida.

Deberías probarlo —respondió ella, y siguió comiendo, pensando que el anciano dejaría en paz a esa muchacha tan extraña que comía en medio de la calle.

Sin embargo, se vio obligada a enarcar las cejas cuando él se sentó a su lado y estiró las piernas con un gruñido.

—¿Y bien? —le preguntó después de un largo pero nada incómodo silencio.

El anciano rio para sus adentros.

—Bueno, mis huesos han visto cosas más agradables. Aunque quizá no te falta razón y para que se produzca el cambio tiene que haber dolor.

Tras ese día, Douglas comió con ella en la calle todas las semanas.

Le contó que trabajaba en los Archivos, el edificio misterioso en el que se conservaban artefactos del Gran Colapso, pero no le reveló más detalles.

Ni a ella ni a su familia. Esa debería haber sido la primera señal de alarma para alejarse de cualquier cosa que él le pidiera que ocultara.

Douglas insistió en que no tardaría en regresar para recoger el libro.

—Por favor, solo tienes que guardarlo durante unos pocos días —le rogó.

Fue la vehemencia con que lo dijo lo que la convenció.

Así que accedió a guardar el libro de forma temporal y esperó a que llamara de nuevo a su puerta.

Pero nunca lo hizo. Cuando un día fue a la ciudad y vio su cuerpo colgado en la plaza de Apolo con la palabra «ladrón» grabada en la frente, comprendió lo que el anciano había hecho.

Khalani debería haber devuelto el libro en ese momento. De haber sido inteligente, hasta habría podido evitar acabar asesinada, como él. Sin embargo, la sensatez y la cordura no iban con ella.

Y estaba sola: la clase de soledad que nadie quiere, la que te empuja de forma horrible a querer hundirte, cuando, en realidad, lo único que deseas es que te salven.

La palabra «poesía», garabateada en la cubierta del libro, no le decía nada.

Sin embargo, cuando encontró el valor para abrirlo, comprendió enseguida que lo que contenía no era hermoso, pintoresco ni amable.

Era crudo, ingobernable. Cada una de aquellas palabras estaba impregnada de pasión, de energía, y despertaba en ella algo que ni siquiera sabía que existía.

Siguió leyendo porque era la primera vez que el cerebro y el corazón se atrevían a coincidir, a ir de la mano.

Lo guardó como vía de escape. Para sentir un atisbo de libertad.

Lo leía para mantenerse en pie y gritar su desacuerdo.

Cuando, días después, los guardias irrumpieron en su casa y la detuvieron, acusándola de un robo que no había cometido, Khalani guardó silencio. No porque se considerase una mártir, sino porque ya no se sentía cómoda quedándose en el suelo.

—¡Conteste! —La voz del juez supremo la azotó como si fuera un látigo, devolviéndola de inmediato al presente.

—No se lo dije a nadie —respondió con firmeza y determinación.

Si revelaba la verdad —que le había mostrado el libro a la mujer de Douglas—, el juez supremo mataría a toda la familia. Y no pensaba permitirlo. Era una demostración de fortaleza final. El único ápice de bondad que le quedaba en el cuerpo.

El resto de ella estaba vacío. Que se lo llevaran todo.

El juez supremo se inclinó hacia delante y examinó su semblante ceniciento.

Pese al pánico que sentía, Khalani se obligó a sostenerle la mirada.

El juez supremo frunció el ceño y se recostó en el asiento.

—No tiene importancia —afirmó con serenidad, pese a que aquellos ojos astutos y venenosos prometían castigo—. Si alguien más está implicado, lo oleremos como a las alimañas.

Ordenó a un guardia que se acercara al estrado y le tendió el libro.

El guardia lo lanzó de cualquier modo a un bidón metálico y, a continuación, llenó el recipiente de un líquido oscuro.

Khalani empezó a respirar de forma agitada mientras el acre olor a gasolina impregnaba el aire.

El juez supremo curvó los labios hacia arriba al ver el pánico en sus ojos.

—Hazlo —ordenó.

El guardia tomó una antorcha y la lanzó al interior.

Khalani quiso gritar de dolor y desesperación.

Pero nada salió de sus labios, ni siquiera el más mínimo aliento.

Se quedó contemplando aquellas llamas rojas al tiempo que se mecía, como si estuviera en trance.

Notó que un líquido se le acumulaba en las comisuras de los ojos.

Ignoraba si era a causa del humo o de la consternación.

Resultaba difícil saber qué estaba arriba y qué abajo. Qué era real y qué no.

El fuego consumía una de las últimas cosas dignas de ser salvadas en esta Tierra, la hacía chisporrotear y la desintegraba. Y en su fuero interno, en ese fuero interno harto y aterrador, deseó saltar hacia las llamas y arder con el libro.

—Si de mí dependiera, ordenaría destruir todos esos artefactos inútiles de los Archivos —señaló el juez supremo, limpiándose las manos con un paño—.

Nada me gustaría más que ver su cuerpo colgado en las calles y que todos se enteraran de su traición, señorita Kanes.

Sin embargo, el alcaide se ha puesto en contacto con el tribunal para informar de que los prisioneros siguen muriendo.

Y es una lástima para usted, porque la muerte habría sido más rápida.

Sorprendida, asimiló lentamente aquellas palabras.

«No».

—La Corte de Apolo la sentencia a una pena de cadena perpetua, que cumplirá en la prisión de Braderhelm.

El mazo golpeó la losa de piedra y selló su destino.