290. EL DESENLACE FINAL
LILIAN:
Mis manos se aferran a mi arma sin vacilación. Quiero salvarlo, lo deseo con todo mi corazón. Pero, de a poco, me doy cuenta de que no tiene salvación. Tiene una obsesión conmigo que no va a superar. Es una lástima, porque yo no puedo dar marcha atrás. Mi familia me espera.
—Eso no era amor, Andy, no lo era. Yo no sabía lo que era amar hasta que conocí a Ale —respondo tajante, ahora cargada de dolor y determinación—.
Es él quien me enseñó a amar. Lo amo de la manera más grande y más hermosa que puede existir.
Por favor, deja que te siga recordando con cariño, por favor, no me hagas esto.
—¿Ves? Todavía me amas, Lili —dice con una sonrisa victoriosa—. Si no, no me estuvieras pidiendo eso. No estuvieras rogándome que te deje ir.
—No lo voy a negar. Todavía siento cariño por ti, pero créeme, no es amor —afirmo con lágrimas en los ojos—. Piensa en tu mamá, en tu vida, en tu carrera, en la cantidad de personas que puedes salvar. Eres un buen doctor, Andy. Por favor, vete… vete.
Andy parece pensarlo por un momento, se rasca la cabeza con su arma, mientras niega con la cabeza. Se gira rápido, apunta, pero antes de que logre hacer nada, disparo. Él me mira incrédulo, mientras su pecho se llena de sangre. Corro hacia él mientras cae lentamente.
—¿Por qué tuviste que hacerme esto, Andy? ¿Por qué? —grito, llorando de dolor.
—No fuiste tú, Lili, lo pude ver, no fuiste tú —dice de pronto Andy con una leve sonrisa triste—. No llores, Lili. Todo está bien ahora. Prefiero esto a vivir sin ti. Te amo, Lili, te amo…
—¡Andy, Andy…! —lo sacudo mientras veo cómo da sus últimas respiraciones.
Alessandro se acerca y observa en silencio la escena. Respiro profundamente. Suelto el cuerpo inerte de Andy. Me pongo de pie, retrocediendo mientras me limpio las lágrimas, guardo mi arma y camino al encuentro de mi esposo, que abre sus brazos para recibirme.
—Ya podemos irnos, todo acabó —digo hundiendo la cabeza en su pecho.
—Lo siento, cariño —susurra mientras me estrecha muy fuerte.
—No lo sientas, él se lo buscó —digo, respirando su olor—. Vamos, Ale, tenemos muchas cosas importantes por hacer. Solo quiero que te encargues de que el capo Cian cuide de la madre de Andy, que los padres de Eva la cuiden.
—Se hará como tú dices, cariño, vamos —acepta mientras me abraza, dirigiéndonos al auto bajo la mirada de admiración de nuestros hombres.
El camino al auto es silencioso, solo el sonido de mis tacones contra el suelo resuena en el aire.
Los hombres se agrupan alrededor, formando un escudo de respeto y seguridad.
Alessandro abre la puerta del auto y me ayuda a entrar.
Me recuesto en el asiento, agotada, mientras veo cómo él rodea el vehículo para sentarse junto a mí.
En cuanto cierra la puerta, me toma la mano.
Su contacto, firme y cálido, es un recordatorio de que lo tengo a mi lado.
—¿Estás segura de que estás bien? —sé que está preocupado, que detrás de esa máscara de rudeza continúa siendo mi Alessandro, aquel que me cuida como si fuera lo más valioso del mundo.
Lo miro a esos ojos oscuros que siempre parecen tan insondables para el resto del mundo, pero que yo puedo leer como un libro abierto.
—Te lo dije, Ale. Estoy bien —respondo, mientras dejo que mi cabeza se recueste en su hombro. Hasta el suave olor de su colonia se siente como un bálsamo para mi espíritu.
—Mataste al hombre que te amaba, Lili. No pienses que eso no te pesará. Sé lo que significa tener la sangre de alguien que lo dio todo por ti en tus manos —declara, con una sinceridad que desarma.
—No me dejó otra salida —susurro con un suspiro—. Y no quiero pensar más en lo que pasó… por favor. Vayamos al hospital a ver cómo sigue mi hermana.
Cambio el rumbo de la conversación porque no quiero seguir pensando en Andy.
Tal vez es egoísta de mi parte, pero no quiero que la culpa me aplaste en ese momento.
He pasado demasiado para permitirme el lujo de romperme cuando mi mundo espera de mí que sea hierro.
Por eso, cuando el auto comienza a andar, yo simplemente cierro los ojos y busco refugio en el calor de su cuerpo.
—Está bien, vayamos a ver a Lucila —dice mientras me estrecha muy fuerte—. Lo hiciste bien, cariño. Todo terminó ahora.
Cuando llegamos al hospital, nos encontramos a todos expectantes. Caminamos hacia Rufo, que nos explica que le ha estado poniendo plasma de Ellie a Luci, y, para su beneplácito, ella ha respondido muy bien. Respiro aliviada al escucharlo decir eso.
—¿Y, Rufo? ¿Dio resultado? —inquiere Damián, ansioso, que no se ha separado de Luci un instante.
—Sí. Es increíble cómo la sangre y el sistema inmunológico de Luci han respondido a la sangre de su gemela.
Hice lo que te dije, realizamos una hemodiálisis antes, y acabo de ver los resultados de los análisis y pruebas.
Míralo tú mismo —le entrega los resultados que también observo—.
El sistema de Lucila está atacando la enfermedad.
Creo que si le hubieran hecho esto desde bebé, ella estaría bien.
No quiero adelantarme, Damián, pero junto a la vacuna que desarrollaste, creo que vamos a poder curarla.
—¿En serio, Rufo? ¿En serio? ¡Oh, cielos, he estado tan asustado todos estos días, sobre todo después de que le salieron esos granos en su lengua! Creí que la perdía, Rufo, en serio, lo creí. ¡Gracias, Rufo, muchas gracias! Eres un genio —declara Damián, abrazado emocionado a Rufo.
—¿De veras, Rufo? —salta mamá al escuchar lo que aquel dice, corriendo al lado de Luci—. ¿Escuchaste, Luci? ¡Te vas a poner bien, hija, muy bien!
En verdad, todos llegamos a pensar que esta vez Luci no iba a sobrepasar la crisis.
Los granos le habían invadido toda su boca, la garganta, y temíamos que llegaran a su cerebro.
Hasta que a mí se me ocurrió la idea el día antes, de primero limpiar la sangre a Lucila antes de seguir poniéndole plasma de su gemela Ellie.
Y había dado resultado; junto a la vacuna, habían detenido el avance.
—No fui yo solo. Fue la de la idea de limpiarle la sangre, y tú creaste la vacuna, y tu cuñada alocada es, en gran parte, la que tiene el mayor crédito —señala Rufo, que al fin respira tranquilo y esperanzado; temió que la iba a perder—. Ellas no son simplemente gemelas, Damián.
—¿No? ¿Qué quieres decir? —pregunta intrigado.
—Ellas son monocigóticas, es decir, de un mismo óvulo y un mismo espermatozoide; son gemelas idénticas —explica Rufo con profesionalidad—. Nunca debieron separarlas. Creo que lo que dijo Ellie de que ella sentía todo lo que le pasaba a Luci es cierto.
—Lo importante es que se va a poner bien, Rufo, mi esposa se va a poner bien —repite emocionado una y otra vez Damián.
—Todo parece indicar que sí, mi amigo —responde Rufo, visiblemente agotado, pero satisfecho—. Deja quitarle la intubación, ya no la necesita. La inflamación cedió y está respirando sola.
—¿Se va a recuperar del todo? —pregunta Damián con los ojos rojos.