¡Ups! ¡No me equivoqué! 289. EL ENCUENTRO CON ANDREA
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289. EL ENCUENTRO CON ANDREA

ALESSANDRO:

El día está nublado, una suave llovizna no deja de caer.

Como si las almas en penas lloraran. Es el día en que yo, Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi, el dragón número UNO, he decidido dejar volar al dragón rojo.

¿Dudas? Quizás, más de las que admitiría, pero hoy será el día en que cada una de ellas va a quedar resuelta, para bien o para mal.

Nos levantamos bien temprano en silencio. Realizo todo lo que acostumbro a hacer. Me visto con ropa de campaña, como si me fuera a la guerra. Desde muy temprano, los dragones han aparecido en mi casa, y cada cual sale hacia un destino predeterminado de antemano.

Al llegar al viejo aeropuerto, desmonto junto a Lilian. Sin decirle nada, reviso cada una de sus armas. Sujeto con fuerza el chaleco antibalas y vuelvo a asegurarme de que ambos revólveres a ambos lados de su cintura funcionen a cabalidad. La tomo por los hombros y la atraigo con fuerza.

La estrecho tan fuerte, como si me despidiera de ella, que atrapa mi rostro con ambas manos y me besa con furia, miedo y determinación. Al separarnos, nos quedamos mirándonos fijamente un instante. Retrocedo dos pasos y asiento levemente con la cabeza.

Lilian toma aire y comienza a avanzar. Primero con pasos indecisos, luego más y más firmes, hasta llegar justo al punto en que yo le había indicado que debería pararse, ni un centímetro más ni uno menos.

Lo hace, la cruz roja en el piso se lo dice.

Espera despacio, hasta que la veo venir.

Desciende de su auto mirando para todas partes, para solo ver mi auto de carrera que la espera firme.

Están detenidos uno frente al otro a solo dos metros, se miran fijamente a los ojos como si se midieran.

—¿Viniste sola, Lili? —inquiere Andy.

—Soy la Primera Dama de la mafia italiana, Andy —afirma con firmeza—. Creo que eso te da la respuesta.

—¿No confías en mí? —pregunta apretando las mandíbulas.

—Para serte honesta, no —contesta Lilian.

—¿No? —Andy tuerce el cuello—. ¿Y qué haces aquí?

No responde de inmediato. Miro a Lilian, que sabe que la escucho y la estoy cuidando. La veo tomar aire mientras acaricia las armas.

—Quiero que acabemos con esta relación enfermiza que tenemos —contesta al fin.

—Eso nunca va a suceder, Lili, tú eras y serás siempre mía —dice obstinadamente Andrea—. Yo te encontré, Lili, te miré cuando nadie más lo hizo. ¡Eres mía, mía…!

Mis manos juguetean con mi arma, lista para disparar.

Apunto a Andrea con grandes deseos de apretar el gatillo.

Humberto me toca el hombro, sabiendo que no aguanto mucho más.

Quiero complacer a Lili, dejarla que haga sus cosas a su manera.

Esto es una gran prueba para ella y para mí.

Pero no soy alguien que resuelve las cosas así.

—No lo creo, nunca fui tuya, Andy, jamás me entregué a ti.

Había algo que me impidió hacerlo, y ahora veo qué era —bajo el arma al escucharla decir eso—.

Lo que todo el mundo veía en ti, al fin lo veo yo también.

Eres una mala persona, te di todas las oportunidades de alejarte, de ser alguien en la vida por ti, y las desperdiciaste cada una de ellas.

—No necesito oportunidades, esas me las busco yo solo —declara con arrogancia, mientras gira la cabeza como si esperara algo—. Necesito que ahora vengas conmigo, si no quieres que mate a tu esposo. En estos momentos, está siendo apuntado por un francotirador.

Frunzo el ceño mientras nos miramos, aunque ya sé que he limpiado todo. No obstante, miro a Humberto, que asiente.

—¿Estás seguro de que es a mi esposo a quien tienen señalado? ¿Por qué no miras tu pecho? —le pregunta Lilian a Andrea—. ¿En verdad eres tan iluso de creer que ibas a poder en contra de Alessandro Minetti, el Capo di tutti i capi, el dragón número uno?

—¡No me importa quién sea, Lilian! —grita Andrea descontrolado—. Yo ya no tengo nada que perder y sí mucho que ganar, así que no me asustes con tu esposo. Eres y seguirás siendo una tonta, eso ni él lo podrá cambiar. Viniste solo porque te lo pedí.

—¿Estás seguro de eso, Andy? —miro a mi esposa, está tranquila—. Sé que siempre me consideraste una estúpida. Debo haberlo sido para que tú me hicieras hacer todo lo que te diera la gana y yo lo aguanté.

Eso no me lo esperaba de mi esposa. Yo también creía que era una ingenua fácil de engañar. Pero todavía tengo que ver qué sucede.

—Deja de buscarle explicaciones, tenemos una vida para que lo entiendas. Avanza hacia mí ahora mismo, si no quieres que mate a Minetti —insiste Andrea.

—¿En serio me crees una tonta que voy a seguir haciendo todo lo que me mandes, imbécil? —pregunta sarcásticamente—. Yo solo tengo que obedecer a un hombre, y ese es Alessandro Minetti, mi esposo. Todavía estás a tiempo de arrepentirte, Andy, y salir vivo de aquí.

—¡No, Lili! Yo no tengo que arrepentirme de nada, ¡nada! —grita desesperado—. Pero una cosa sí te voy a asegurar: si trajiste a tus matones, de nada te va a servir, porque de aquí o salimos los dos vivos, o los dos muertos.

Diciendo esto, saca un arma y le apunta a Lilian. A su vez, ella ha sacado la suya. Sin moverme del lugar en el que estoy, como le había indicado.

—Lo siento, Andy, yo no voy contigo a ningún lugar —se niega Lilian, quitándole el seguro a su arma—. Tengo mi vida al lado de mi esposo y pretendo seguir teniéndola.

—¿Es tu última palabra? —pregunta de nuevo Andrea.

—¿Es la última tuya? —pregunta a su vez Lilian.

Ambos se apuntan, sin dejar de mirarse a los ojos. No muy lejos de allí, miro la escena. Quiero ir en su ayuda, pero Lilian me pidió que la dejara resolver esto ella. No obstante, le señalo al francotirador que, al menor signo de Andrea de apretar su gatillo, lo mate.

—Andy, todavía estás a tiempo de salir de aquí.

Puedes irte a esa isla a la que quieres ir, hacer esa clínica que tanto anhelas, buscar una mujer que te ame de veras y ser feliz —insiste Lilian en convencerlo—.

¿Por qué no la tomas? Te prometo que si lo haces, no dejaré que mi esposo se interponga en tu vida.

—¡Te quiero conmigo, Lilian! Esa vida sin ti no es vida —grita desesperado.

—Estás encaprichado conmigo, Andy —le contesta—. Vamos, vete ahora y todo quedará bien entre nosotros. Por favor, no me hagas matarte.

—Sé que no serías capaz —contesta Andrea con una sonrisa que parece una mueca.

Miro a mi esposa fijamente mientras me pregunto si ella será capaz en verdad de disparar a Andrea si se ve obligada a hacerlo. Puedo ver que todavía quiere salvarlo, convencerlo de que se vaya y rehaga su vida.

—Te equivocas, Andy, soy capaz de eso y mucho más.

La Lili que tú conoces ya no existe. Te repito, soy la primera dama de la mafia italiana, el dragón rojo número uno, junto a Alessandro Minetti, y créeme, he asumido eso con todo lo que ello significa —afirma con una seguridad que me hace sentir orgulloso—.

No me va a temblar la mano, Andy. Por favor, toma a tu mamá y llévatela lejos contigo, ella se merece tener una mejor vida de la que le dio tu papá.

Deja que en honor de la larga relación que tuvimos, haga eso por ti, aun cuando no te lo mereces.

—¿Por qué, Lili? ¿Por qué si te respeté? —pregunta casi llorando Andrea—. ¡Si hice todo lo que me pediste! ¿Por qué no puedes seguir amándome como lo hacías? ¡¿Por qué?!