¡Ups! ¡No me equivoqué! 288. PASIÓN EN LA NOCHE
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288. PASIÓN EN LA NOCHE

LILIAN:

En respuesta, Alessandro me toma con ambas manos por el rostro y me besa profundamente, como si quisiera devorarme. Le respondo de la misma manera.

—Ale, ¿puedo preguntarte algo antes, cariño? —lo detengo.

Asiente sin dejar de besarme el cuello y acariciarme con lujuria desmedida todo mi cuerpo.

—¿Qué sentiste cuando viste a Alexa? —se detiene al escucharme, se aleja y me mira a los ojos.

—Sorpresa, incredulidad, desconcierto —responde con sinceridad—. Por un momento creí estar mirando a mi difunta esposa, pero me di cuenta, después de la primera impresión, de que no era Celia.

—¿Amor? ¿No sentiste amor? —inquiero, queriendo saber más.

—No. Te amo a ti, Lilian —dice enseguida—. No comiences a dudar de mi amor, creo que te lo he demostrado con creces.

No respondo de inmediato. Cierro los ojos al sentir las sensaciones que sus manos y besos me provocan. Suelto un gemido y me aprieto más contra él.

—Oh... sigue haciendo eso, amor —pido con placer, pero un líquido rojo y caliente me sobresalta—. ¿Eso es sangre? Detente, Ale, ven, deja que te cure. No quiero hacerlo en el baño. Sequémonos y vamos para la cama.

Pero no me hace caso, sigue acariciándome y besándome con ansias, mientras se restriega contra mí sin importarle que la sangre mane libremente.

—Me encanta que te subas arriba de mí, cariño. Hagamos uno corto aquí y después todo lo que quieras allá —ruega, hundiendo su cabeza entre mis pechos.

—No, mira cómo empezó a sangrar tu herida —me niego de nuevo—. Me subiré arriba de ti, pero no aquí. Ven, deja vendar esa herida.

—Lili, no me cortes la inspiración; deja que te haga mía. Un rasguño como ese no es nada, ven aquí —digo y me toma por la cintura, haciendo que enrosque mis piernas en sus caderas, mientras se hunde en mí.

Suelto un gemido por el placer que me está haciendo experimentar. Quiero en verdad curarlo, pero no se detiene. Lo muerdo en su cuello mientras le digo que es un loco. Le sangra la herida que le hizo esa loca.

—Oh, amor, me encanta eso —jadea al sentir que me introduce con fuerza—. Suave, Ale, quiero suave.

—¿Suave, cariño? ¿Estás segura? —jadea mordiendo mi oreja.

—Sí, quiero suave, deja sentirte, me encanta. Ahora, amor, ahora —pido, sintiendo cómo entra y sale de mí despacio, dejando que disfrute del enorme placer que me provoca el roce en mis paredes—. Me encanta, oh amor…

El movimiento es lento, pero me enloquece. Disfruto al máximo cómo logra hacerme sentir.

—¿Te gusta? —murmura en mi oído—. Pero quiero a mi loca arriba de mí. Vamos, cariño, salta, compláceme… vuélveme loco, Lili...

—No quiero, me gusta así —me niego mientras lo beso—. Acostúmbrate a hacerlo así también. Empújame duro, duro...

Sé que lo desespera hacerlo despacio. A él le gusta hacerlo rápido y violento. Por eso le pido que empuje duro.

—¿Duro? —se impulsa con todas sus fuerzas—. ¿Así, cariño, así...?

—No aceleres... —le pido, disfrutando de su extensión, que me enloquece.

—Deja de ordenar y disfruta. Vamos, linda, sígueme —me pide acelerando el ritmo, mientras me dice—: Ahora, amor, dame gusto, dame gusto, Lili…

—Eres malo… —digo riendo mientras me dejo llevar por los movimientos que me exige Alessandro—. Ah... me gusta... me gusta ahora. Ale, voy... voy... dame duro... ah…

—Lo que pidas, linda. ¿Duro quieres? ¿Así, así...? —pregunta mientras bombea con todas sus fuerzas, al tiempo que tira de mí por la cintura. Yo disfruto prendida de su cuello.

—¡Ale...! —grito en un desasosiego.

Me prendo de su boca que gruñe mientras lo muerdo, y se estremece vaciándose dentro de mí. Yo le devuelvo el beso de la misma manera.

—Eres un tramposo adorable —digo riendo—, ji, ji, ji, pero me gustas. Ven, lávate la herida, se abrió. Sabía que no debíamos hacerlo así. Ven.

—No es nada —dice de nuevo, alejándose—. Vamos a terminar aquí y a seguir en la cama.

—Está amaneciendo —miro hacia la ventana—. Descansaremos. Ven, amor. Tengo que enseñarte algo que encontré en tu clóset y en la habitación de tus padres.

Salimos del baño luego de terminar de ducharnos. Al escucharme, Alessandro me mira intrigado. Frunce el ceño, mientras me sigue.

—Es un extraño libro, creo que es del que hablan, que era de tu mamá —digo, mirando cómo abre los ojos sorprendido.

—¿Encontraste el libro de mamá? —pregunta con curiosidad.

—Sí —respondo, mientras lo guío por el pasillo en dirección a nuestra habitación. Puedo sentir cómo sus pasos se aceleran detrás de mí, pero trato de mantener un ritmo calmado para no empeorar su herida. Todavía no lo veo, pero puedo escuchar su respiración ligeramente agitada detrás de mí.

Cuando llegamos, abro el cajón inferior del armario, ese que había intentado ordenar la tarde anterior.

De entre una pila de ropa cuidadosamente apilada, saco el libro.

Su portada, gastada por los años, está adornada con un grabado extraño que no logré descifrar la noche anterior.

Se lo tiendo, observando con detalle cada cambio en su expresión.

Alessandro parpadea, incrédulo, mientras recorre la superficie de la carátula. Veo cómo su mandíbula se tensa, sus labios presionados en una línea delgada, y su mirada se ensombrece.

—No pensaba que esto en verdad estuviera en mi habitación… —murmura, casi para sí mismo, como si mi presencia hubiese desaparecido por completo.

Él levanta la mirada hacia mí con lentitud. Sabe que quiero preguntar de qué se trata, pero en verdad me siento cansada y deseo dormir. Su expresión cambia. Duda, está procesando algo en su mente, parece luchar con sus pensamientos.

—Lili, vamos a dormir ahora. Estoy cansado. Está bien, véndame el brazo —se sienta en la cama a mi lado en lo que busco mi maletín de doctora—. No me gusta que vayas a encontrarte con Andrea.

No digo nada, lo sé, no tiene que decirlo de nuevo.

Pero no quiero volver a discutir sobre el tema.

He decidido hacerlo y no quiero dejar de hacerlo.

Debo dejar las cosas claras con Andy para poder seguir adelante los dos.

No quiero que siga esperando por mí. Porque yo jamás volveré a él, soy la primera dama de la Mafia Italiana, la esposa y compañera del UNO. Tengo que comportarme como lo que soy.

—Lili, no quiero que vayas —dice claramente.

No respondo, pero mi pecho se oprime al escucharlo.

Sé que, además de querer protegerme, tiene miedo de que yo me vaya con Andy.

No solo por su tono oscuro, sino porque sé que sus palabras me arrastrarán a ese lado de su vida que siempre había querido esquivar.

Me acerco hasta él, sin soltar la mirada.

—Nunca te dejaré, Ale. Soy tuya —susurro con un beso—. Tuya para siempre.