¡Ups! ¡No me equivoqué! 287. LA ENFERMEDAD
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287. LA ENFERMEDAD

LUCILA:

Todos han corrido al escuchar los gritos de Damián.

Rufo y Lilian son los primeros en aparecer en la habitación.

De inmediato me destapan y me revisan completamente.

Ambos doctores fruncen el ceño con preocupación.

En verdad estoy con un brote muy feo. De inmediato se ponen a curarme y a tratar de bajarme la temperatura.

—Siempre es lo mismo con ella —protesta Lilian—. Esconde cuando le salen esos enormes granos. Mira esa espalda. ¡Damián, debiste darte cuenta!

—Ella no se deja ver desnuda por mí, Lilian, perdón.

No me percaté y me la llevé así a Francia, la tensión debe haberla puesto peor —se defiende Damián.

Luego recuerda algo—: Rufo, traje la vacuna, ya está lista y ha sido probada en humanos con grandes resultados. ¿Crees que podamos ponérsela a Luci?

Al escucharlo, se detiene, me mira a mí, que sigo estremeciéndome ante la cura que me está haciendo Lilian.

Pero Rufo niega con la cabeza y dice que es mejor esperar a que rebase un poco este cuadro.

Todavía estoy llevando el otro tratamiento que me están haciendo.

Pero asegura que si empeoro, me la pondrá.

—¿Por qué esperar? —insiste Damián—. Rufo, si le pasa algo a Luci, me muero.

—Cálmate, Damián —le pide mi hermana—. Verás que lo supera, no es la primera vez que ella se pone así.

—Creo que lo mejor sería si la trasladamos al hospital, a un área esterilizada —sugiere Rufo.

—También lo creo —agrega Lilian—. Siempre la ingresan cuando se pone así.

No quiero que me ingresen, pero me siento tan mal que no me opongo.

Escucho cómo Rufo le pide a mi hermana que mande a buscar una ambulancia para llevarme al hospital.

Ella asiente y dice que lo hará, que se quedará conmigo todo el tiempo.

En ese momento levanto la mirada al escuchar y ver aparecer a mi hermana gemela, Ellie, que llega junto con Renart y sus abuelos.

Me toma una mano, sentándose en la cama.

—¿Qué tiene mi hermana? —pregunta con preocupación.

—Tiene un brote de su enfermedad —explica Lilian—. Nos la llevaremos ahora al hospital.

—Iremos con ella —aseguran de inmediato Ellie y los abuelos.

Rufo les aconseja que se queden en la casa, pero Ellie se opone. Nunca más se separará de mí, su hermana gemela. Insiste en que me necesita.

—Siempre escuché que las gemelas deben estar juntas, que así superan todo. Elsie ha estado sola toda la vida, por eso es tan débil —sigue hablando rápidamente Ellie—. Estoy segura de que si mamá no nos hubiera separado, ella no estaría tan mal, ni yo tan saludable.

—Cariño...

—Lo siento, Renart, pero mi hermana es mi prioridad ahora —dice ella sin dejarlo hablar—. Ya verán, Elsie se pondrá bien. Donaré mi sangre, mi médula, lo que sea necesario, para que se recupere. Salvaré a mi hermana, no la voy a perder.

—Pensándolo bien —interviene Rufo—, creo que Ellie tiene un punto. Podemos hacer algo al respecto con ella y Luci. Quizás el plasma de ella ayude a que se recupere su hermana, y así le podemos poner la vacuna de Damián.

—¿Ven? Se los dije —exclama Ellie, corriendo hacia él—. ¡Sí, señor Rufo! Lo que sea, haré lo que sea por mi hermana.

Ellie me mira fijamente, y por primera vez, veo en ella un dolor sincero por mí.

Pensaba que no le había afectado nuestra separación, pero ahora es evidente que sí lo ha hecho.

Respiro con dificultad, evitando romper el contacto visual con su mirada idéntica a la mía, que está llena de lágrimas.

Rufo suspira y toma el liderazgo de la situación.

—Escuchen, quiero que todos se calmen. Ellie, tienes razón.

Es momento de usar todos los recursos a nuestro alcance, pero para eso necesito que confíes y te calmes —afirma con seguridad—.

La sangre o el plasma pueden ayudarnos, pero debemos proceder con cuidado.

Lilian y yo nos encargaremos de hacerlo bien.

—Pero Rufo... —interviene Damián, nervioso—. ¿Cuánto tardará ese procedimiento?

Damián parece a punto de replicar, pero entonces sus ojos se encuentran con los míos. Puedo ver en su mirada el peso de su culpa, la impotencia de ver mi condición sin poder aliviarla. Sin decir una palabra, asiente y se gira hacia Rufo para seguirlo.

Cuando el cuarto se calma, Ellie me acaricia la frente con la delicadeza que solo una hermana podría tener.

—Luci —murmura, demasiado bajo para que los demás escuchen—, me prometo a mí misma que no voy a dejar que te pase nada. Somos gemelas, ¿recuerdas? Y si yo soy fuerte, tú también puedes serlo. Lo sé.

Quizás sea por el cansancio o la fiebre, pero por primera vez dejo escapar una lágrima. Mi hermana está aquí, conmigo. No puedo rendirme ahora.

LILIAN:

Luego de dejar a Luci instalada en el hospital, Alessandro y yo regresamos en silencio a nuestra casa. Al llegar, es casi de madrugada, y sin decir nada, nos metemos en el baño.

—¿Por qué estás tan silencioso, Ale? —rompo el silencio al fin.

—Pensaba en mañana —contesta sin sacar su cabeza debajo del chorro de agua de la ducha—. ¿Vas a ir a ver a Andy?

—¿No me dijiste que fuera? —inquiero con el ceño fruncido.

—¿Sabes lo que va a pasar, Lili? —me mira muy serio, queriendo saber lo que estoy pensando. Asiento con la cabeza—. ¿Y aun así, vas a ir?

—Voy a hacer lo que hace mucho debí hacer —respondo mientras me enjabono despacio—. Poner un punto final a esto.

—No es necesario —dice de igual manera.

Sé que en verdad él no quiere que vaya a ver a Andy. Pero siento que necesito hacer ese cierre. Lo saco de debajo del agua, haciendo que me mire a los ojos.

—Para mí lo es, Ale, lo es. Todo este tiempo he sido una tonta, he querido tapar el sol con un dedo —hablo con firmeza—.

Llevo años cegada por Andy, lo peor es que lo sé, pero no quería rendirme.

Sentía que si le daba la razón a los demás, sufría una derrota.

Llegué a pensar que él cambiaría por ese amor que dice que siente por mí. Pero una vez más, me decepciona.

Alessandro respira con impotencia. Se queda mirándome fijamente, luego me abraza por un rato y nos quedamos así. Al separarnos, se queda conmigo en sus brazos.

—Lili, no quiero arriesgarte —al fin dice—. Las personas como él, cuando se sienten acorraladas y perdidas, toman medidas extremas. Puedo solucionarlo sin que te arriesgues.

—¿Soy o no soy tu primera dama? —pregunto con seriedad.

—Lo eres, hoy me lo demostraste —contesta para mi sorpresa.

Lo abrazo mientras le digo que deje de preocuparse tanto por lo que pasará mañana en mi encuentro con Andy.

—¿Te duele mucho la herida? —le pregunto todavía preocupada.

—Es solo un rasguño —dice de nuevo.

Pero vi cómo esa espada entró en su cuerpo. La sangre brotó con fuerza antes de que Rufo corriera a atenderlo. Yo no vi la lesión y eso me tiene preocupada.

—¿Seguro, amor? —asiente. Me pego a su desnudo cuerpo—. Es que quiero sentirte, Ale. ¿Puedes?