286. ATRAPANDO A LOS ENEMIGOS
RODRIGO:
En las afueras de la ciudad, nos reunimos varios autos en una explanada. Nos bajamos sigilosamente, mirando hacia todas partes. Estoy seguro de que Minetti nos está vigilando de cerca.
—¿Estás seguro de que nadie los siguió, Rodrigo? —pregunta Franco, mirando como yo hacia todas partes.
—No, pero dime rápido —digo, bajando la voz—. ¿Qué quieres decirme que no podía ser por teléfono?
—Atraparon al dragón de fuego —contesta Franco.
—¡Eso no puede ser verdad! —digo, convencido de eso.
Franco sigue asegurando que un tal Lobo lo trajo. Y no solo eso, asegura que trajeron una enorme cantidad de dragones traidores. Los tienen en la guarida del dragón negro, esa que nadie sabe dónde está en su casa. No digo nada, pero no puedo dejar de pensar en lo que dice.
—¿Y eso era lo que querías decirme con tanta urgencia? —inquiero, molesto.
—No, no es eso. Es esto —dice, apuntándome con un arma—. Yo no voy a caer contigo, Rodrigo. Te entregaré a Minetti y me salvaré yo.
—¡Franco, deja las estupideces! —digo furioso ante su estupidez—. ¿En verdad crees que tu fachada de hombre blandito aguantón de todo engañó a los Minetti?
—Ellos jamás han desconfiado de mí —asegura sin bajar el arma—. De Florencia, sí, pero no de mí.
No puedo dejar de reírme. Lo miro mientras se pone colorado. Luego mi mirada choca con unas sombras a lo lejos.
—¿Eso crees? —Lo hago girar y le señalo—.
¿Y por qué estoy mirando a los sabuesos de Minetti rodeándonos?
¡Te lo dije, imbécil, que no dieras un paso en falso, que nos iban a atrapar!
¡Míralo aquí, él es el dragón de fuego! ¡Ja, ja, ja, siempre supe que eras tú el que estaba detrás de todo!
Humberto, todo tuyo. Lo siento, no puedo acompañarlos.
Pero antes de que pueda hacer algo, Franco saca un arma y se vuela la cabeza sin que nadie pueda hacer nada. Porque prefiere morir por su propia mano que soportar todas las torturas de Minetti.
—¡Cobarde! —grito, escupiendo encima de su cuerpo.
—Opino, dragón de fuego, que fue muy valiente.
Porque lo que le esperaba no era nada bueno.
¿En verdad pensaste que nos engañarías? —Humberto, el sabueso más temido de Minetti, me mira fríamente—.
Ahora vamos. Tu hermano confesó todo, el dragón negro te quiere saludar.
Te aseguro que matar a su esposa Celia y a su hijo no te augura una vida a partir de ahora muy buena.
—¡Yo no ordené eso! —grito sin resistirme—. Debía ir él solo en ese auto. Fue su culpa llevar con él a la esposa y al hijo.
—Bueno, díselo a él, a ver si te entiende —se burla Humberto, dándome un empujón.
ADELINA:
En casa de los Conti, grito insultando a unos hombres que se encuentran delante de mí, junto a Loreta y Florencia. Ellas guardan silencio sin interrumpir.
—¿Y ahora es que vienes a decirme eso? ¡Imbéciles! —les lanzo un búcaro de flores.
—¿Qué sucede, Adelina? —al fin pregunta Florencia.
—Atraparon a Lesie, Minerva y a su papá en Francia —contesto sin poder creerlo todavía—. Resulta que Damián no está en coma, y se apareció con la verdadera Elsie, que en verdad es su esposa, y los atrapó.
Ambas mujeres me miran sin saber si creerme o no. Loreta es la primera en ponerse de pie mientras repite una y otra vez que la situación no es nada buena.
—Florencia, yo me largo de aquí. Minetti debe tenernos fichadas ya —dice Loreta, poniéndose de pie.
Justo en ese momento, la puerta se abre de una patada. Loreta retrocede asustada aferrada a su bolso y vuelve a sentarse al ver entrar a Estefan, apuntándole a mi padre, que levanta las manos.
—Loreta, creo que deben acompañarnos ahora —dice Estefan sin dejar de apuntar a mi padre.
—Estefan, yo no hice nada —grita Loreta asustada.
Pero el sabueso de Minetti no le importa, sé muy bien que es uno en los que más confía. Mira a Loreta por unos momentos, luego a Florencia, que no dice nada, y por último se detiene en mí.
—Creo que ustedes tres tienen un sitio en nuestro espectáculo, junto a las otras mujeres en nuestro club exclusivo —los hombres que lo acompañan se ríen al escucharlo. Yo tiemblo al oírlo—. ¡Llévensela y métanlas con las otras!
—Estefan, a mí no me puedes hacer eso —habla Florencia—. Sabes muy bien que solo estaba aquí para averiguar qué planeaban en contra de Minetti.
Estefan se acerca y le levanta la barbilla con su arma. Florencia trata de apartarse, pero él no la deja, recorriendo su rostro con el cañón y con una sonrisa malévola.
—Querida, creo que sobre todo tú, la compañera del dragón de fuego, eres la que más clientes vas a tener —Florencia se estremece al escucharlo—. Serás muy solicitada por los demás dragones.
—¿Qué diablos hablas? —reacciona Florencia, dando un paso atrás.
A Estefan ni a los demás se les ha escapado el temblor en sus labios y el miedo que refleja su mirada. Se acerca de nuevo a ella mientras le dice que no se preocupe. El dragón de fuego le hará compañía en el escenario. Una enorme carcajada le sigue a su comentario por parte de sus compañeros.
—Vamos a ver cuánto fuego puede echar cuando estén disfrutando de él —siguen burlándose entre ellos—. Siempre es lo mismo. ¿Creen que en verdad no sabíamos quiénes eran hace mucho? Solo estábamos esperando para cogerlos a todos juntos. ¡A todos!
Florencia suelta una risa estridente mientras retrocede ante el avance de los hombres que la atraparán y grita a todo pulmón.
—¡No me importa lo que me hagan! Me vengué de los Minetti —ríe como una trastornada—.
Matamos a sus padres por ser unos egoístas y adueñarse de lo que no les pertenece.
Ja, ja, ja, en cuanto a esa pelirroja, no te preocupes.
Él en verdad cree que nos ganó. Nunca sabrá de dónde le va a venir el ataque dentro de su propia casa. ¡Nunca!
—Camina y deja de gritar —dice uno de los sabuesos, dándole un violento empujón que la hace tropezar—. Para tu información, sus padres están muy bien en casa. Y si esperas que Eira haga algo, me temo que está muerta.
Florencia, al escucharlo, se gira con incredulidad mirando cómo todos los hombres asienten. Niega con la cabeza mientras dice aterrada:
—¡Imposible! ¡Mientes, mientes! ¡Están muertos, muertos!
—En cuanto a tus dos hermanitos —continúa diciendo Estefan—. Puede que cuando se cansen de ti en el club, te mandemos a hacerles compañía a donde se encuentran.
—¿Hermanos? ¿Qué quieres decir? —pregunta, pero parece que se le ha olvidado actuar; el miedo en su rostro es claro.
—Vamos, Florencia. Te acabo de decir que tu papá confesó todo —la empuja Estefan, mirando a los demás—. No era tan duro después de todo. Draco y Teron ya los atrapamos. A tu padre no lo trajo el Lobo, creo que sabes exactamente quién es.
—¡Mentira, mentira! —grita, tratando de soltarse.
—¡Llévenselos! —ordena con frialdad Estefan—. Por hoy terminamos aquí. Solo nos falta cazar al estúpido que se cree inteligente mañana.
Camino al lado de mi padre, aterrada. No puedo creer que nos hayan atrapado. De solo imaginar que sería el juguete de todos esos mafiosos me hiela la sangre. Miro a papá, en busca de ayuda, pero baja la cabeza derrotado.