285. ESTOY ENFERMA
LUCILA:
Llego a la habitación donde se encuentra mi hermana Lilian. Alexa mira asombrada todo a su alrededor mientras sonríe tímidamente. No sé si es la hija de los padres de Alessandro, pero para mi sorpresa, al verlos, la joven corre y se abraza de ellos llorando.
—¿Quién es ella? —pregunta Lilian.
—Una posible hermana de tu esposo. Dice que la atiendas —le explico.
Lilian la observa por unos momentos, luego abre los ojos ante la revelación que viene a su mente. Se gira para enfrentarme y me pregunta:
—¿Es Celia?
—No, se parece, pero no es —contesto sin dejar de observar a la joven que sigue abrazando y besando a la señora Minetti, que continúa dormida.
—Parecen hermanas, solo que es más joven —dice Lilian mientras nos acercamos a ella que solo nos mira—. ¿Qué tiene, es muda?
Suspiro todavía sin poder sacar de mi mente la reacción de Damián cuando la vio en el despacho. Esa alegría inmensa en su rostro me duele más de lo que puedo comprender.
—Eso parece. Me voy, Lili, estoy cansada —giro para marcharme, pero mi hermana me toma por el brazo.
—¡Espera! ¿Qué es? ¿Por qué estás así? —pregunta con sus manos en mis hombros.
—No es nada, Lili —trato de escapar.
Pero antes de que pueda reaccionar, veo aparecer a Damián muy serio que llega y me toma por la mano. Lilian, al verlo, sonríe.
—Damián, ¿puedes quedarte con Alexa y los padres de Ale por un momento en lo que hablo con tu esposa? —pregunta queriendo saber qué me sucede.
—No puedo, Lilian. Mi esposa y yo tenemos que hablar muy serio, ahora —dice Damián.
Y sin esperar, tira de mí y me lleva con él. Al llegar a nuestra habitación, me toma por ambos hombros y hace que lo mire.
—Mírame, Luci, sé lo que estás pensando y no lo es, no lo es —asegura con vehemencia—. Es verdad que me sorprendí al verla. ¿Y cómo no hacerlo? Ella está muerta, pero no sentí nada, ¡nada!
—¿Qué quieres decir? —indago sin creerle—. Lo vi en tus ojos, te brillaron de felicidad.
No lo niega, dice que es cierto. Le brillaron cuando me miró a mí, porque ha cargado con el fantasma del amor de Celia toda la vida, y hoy se acaba de dar cuenta de que no era a ella a quien ama, es a mí.
—No te creo —digo, tratando de escapar de su agarre.
Damián no me deja, hace que lo mire fijamente.
Confiesa que tengo ese derecho, pero me jura por su honor que está feliz de que esa chica haya aparecido.
Porque al fin se siente libre de esa nube negra en su pecho.
Lleva mucho tiempo comparando lo que siente por mí y lo que alguna vez sintió por Celia, y ha encontrado grandes diferencias.
—Mi amor por ti es pasional; te deseo a cada instante, sufro por no poder tenerte, poseerte.
Por eso quiero que adelantemos la boda, vida mía —afirma con vehemencia—.
En cambio, el amor que sentía por Celia creo que era más idílico.
Fue mi primer amor, estaba ligado con toda esa complicidad de crecer juntos, casi como hermanos, de entendernos con solo mirarnos.
Pero nunca sentí esas ansias locas de posesión que siento por ti, Luci.
Y ahora mismo, en ese despacho, mirando a Alexa, me hice esta pregunta: ¿Y si fuera Celia?
¿Qué harías, Damián? ¿Sabes cuál fue la respuesta?
Nunca esperé que él se estuviera haciendo todas esas preguntas. Pero antes de alegrarme, le contesto:
—Sí, sé que la escogerías a ella.
—No, no la escogería —jura para mi sorpresa—. Me quedaría contigo, Luci, y no lo digo porque no sea ella. Lo digo porque me di cuenta de que ella no significa lo que tú para mí. Lo eres todo, cariño, créeme. Te amo, Luci, nunca te cambiaré por nadie, ¿me escuchas? Por nadie.
—Damián... —inicio a hablar tratando de no llorar—. No quiero seguir viviendo con el susto de que me vas a dejar.
—No tienes que hacerlo, Luci. Creo que la vida me mandó a esa chica para que al fin me diera cuenta de la realidad —me abraza muy fuerte—. La única mujer que quiero en la vida eres tú.
Sigue abrazándome muy fuerte contra su pecho. Luego, sin que pueda negarme, me besa apasionadamente, caminando despacio conmigo hacia la cama hasta hacer que caigamos en ella.
—Dami, no te emociones, no vamos a hacer nada —le advierto, tratando de escapar.
—Dale, amor, tu mamá no tiene por qué saberlo —insiste llenándome de besos—. Deja que te haga mía, Luci.
—No, no quiero, hasta la boda —me niego con firmeza.
Damián sigue acariciándome completamente mientras me suplica una y otra vez que no sea mala, hasta me muestra lo erguido que está. Pero no quiero decepcionar a mamá. Ella me crió con tremendo sacrificio y solo me ha pedido eso. Quiero complacerla.
—No, no y no —logro salir de debajo de su cuerpo—. Además, Dami, no te he dicho. Me salieron muchos granos en la espalda, me duelen mucho y me siento ahora muy mal. Me han estado dando fiebres desde Francia.
Damián me suelta de inmediato con cara de espanto. Se sienta en la cama muy serio mientras me pregunta por qué no se lo he dicho.
—Deja verlos, cariño —y sin esperar, me levanta la blusa—.
¡Por Dios, Luci, estás llena! ¿Te sientes?
¿Tienes fiebre? Deja llamar a Rufo; trajimos la vacuna, te vas a poner bien, cariño, ya verás.
No te asustes, linda, no te asustes, solo te amo a ti, ¿me escuchas? No tengas miedo, que eso te hace daño.
Lo miro, como está asustado, y comienzo a creer que es verdad lo que me dijo, que me ama. Corre a la puerta sin más y comienza a llamar a Rufo a voces desde la puerta.
—¡Corre, Rufo, Luci está muy mal! ¡Muy mal! —le grita, alarmando a todos en la casa mientras yo me cubro con la sábana, avergonzada—. ¡Rufo! ¿Qué demonios estás haciendo? ¿No oyes que mi esposa está mal?
—Ya voy, Damián, tengo que buscar mi maletín —escucho la voz de Rufo que pasa corriendo por delante de nuestra puerta rumbo a su habitación—. Cálmate, si te pones así, la pones peor.
Pero Damián sigue asustado mientras regresa a mi lado y me revisa completa. Y entre más descubre los nuevos granos que me han salido, más se alarma. Toca mi frente y al ver que en verdad tengo fiebre, me mira con reproche.
—Esto no se hace, Luci, ¿sabes lo que me va a suceder si te pasa algo? —me pregunta aterrado.
Mi corazón late acelerado al mirarlo así. ¿En verdad me ama tanto? Las lágrimas aparecen en mis ojos en lo que siento que todo me duele, menos mi corazón.