283. COSAS DE LA VIDA
DAMIÁN:
Acabamos de bañarnos en la habitación en casa de Minetti. Al salir, Luci se sienta frente a sus computadoras, queriendo actualizar todo. La abrazo por la espalda mientras le beso la cabeza.
—Amor, quiero que pongamos ya la fecha de la boda —le digo con sinceridad.
—¿A ti qué te dio? —dice ella sin mirarme—. ¿No dijiste que íbamos a hacerlo junto a Lilian y Alessandro?
—Ellos se demoran mucho —protesto, sentándome a su lado—. Yo no creo que pueda seguir manteniendo la promesa que le hice a tu mamá.
—¿Qué promesa? —pregunta, pero se ríe sonrojada.
La abrazo de nuevo mientras le contesto que su mamá me hizo prometer que no la tocaría hasta que nos casáramos. Pero estamos viviendo juntos, y ya no me puedo aguantar. Quiero hacerla mía.
—Vamos, amor, que de solo besos no vive un hombre —digo y me pongo de pie para mostrarle lo erguido que estoy—. Mírame, estoy a reventar. ¿Te fijaste que mi brazo derecho es más gordo que el izquierdo? ¿Por qué crees que es?
Lo digo en broma, contrayéndolo. Lucy suelta la risa toda colorada, diciendo que soy un exagerado. Baja la mirada diciendo que ella me ayuda también. Le dio su palabra a su mamá que esperaría hasta la noche de la boda y lo hará.
—No he dicho que lo incumplamos —me apresuro a aclarar—. Solo te pido adelantar la boda para este sábado.
—¿Te volviste loco? —se suelta de mi agarre—. ¿No te has fijado en el mundo de dragones y prisioneros que tiene Alessandro aquí? Ven acá, mira mi tablet. ¿Ves?
Dejo de jugar y me concentro en lo que me muestra. No me había fijado realmente en lo que sucede. Acabamos de llegar de Francia y no me he puesto al día con Alessandro. Ella me muestra las celdas repletas de prisioneros que existen en estos momentos.
—¿Cómo te enteraste de ese lugar debajo del campo de golf? —pregunto intrigado, porque conozco muy bien a Minetti—. No creo que Ale te lo dijera.
—¿Se te olvida mis robots? —Luci sonríe satisfecha—. Él me dio permiso para mejorar toda la seguridad de la casa. Eso implica también esa parte. Observa, mandé a poner cámaras en cada celda y electrifiqué las rejas por si se les ocurre escapar, además…
—Deja, deja, no me digas más —la detengo porque se emociona y no va a terminar nunca—.
Luci, cariño, yo sé que te gusta todo eso que haces.
Pero me parece que se te está olvidando que debes estudiar; terminar tus estudios y llevar una vida fuera de las computadoras es importante.
Ahora me tienes a mí, a tu nueva familia, dale, suelta eso.
—¡Espera! —grita de pronto, mirando la pantalla con cara de espanto—. ¡No puede ser, no puede ser, no puede ser verdad!
—¿Qué cosa, cariño? —pregunto intrigado—. ¿Qué fue lo que viste que te pusiste así?
—¡Vístete, Damián, y sígueme ahora! —me pide, muy seria.
No pregunto más, hago lo que me pide, sin saber qué es lo que le pasa. Salgo corriendo detrás de ella; la veo abrir de golpe el despacho de Alessandro y me quedo helado, y un grito se me escapa sin poder contenerme al entrar.
—¡Celia! —exclamo al ver a la joven sentada junto al dragón blanco. Ella se encoge sobre sí misma, pegándose con miedo a aquel.
—¡No, tú no eres ella, no lo eres! —niego mientras me acerco—. ¿Quién es?
Todos se han quedado en silencio ante mi repentina intrusión. Levanto la cabeza y es cuando veo a todos los que están presentes. Alessandro me mira muy serio, comprendiendo mi reacción.
—Siéntate, Damián, eso ahora mismo nos iba a explicar Xialong —dice Alessandro, muy serio—. Nos va a explicar quién es esta chica que me ha traído y que parece una copia de Celia.
—¿Quién es Celia? —pregunta el dragón blanco—. Ella se llama Alexa y creció con nosotros allá abajo, en los túneles.
—¿Quién es entonces? —pregunta Alessandro.
—En realidad, no sabemos. Ni su padre ni yo sabemos quién es —contesta Xiaolong para sorpresa de todos.
Lo miramos sin entender, sin poder dejar de mirar a la joven.
Ahora me percato de que es joven, y es imposible que sea Celia.
Xiaolong sigue explicando que, a los años de estar allá abajo, la madre de Alessandro desaparece un día.
Les deja dicho a su padre y a él que va a buscar la salida.
En ese tiempo, él no puede caminar porque sus heridas se infectaron y se queda muy mal.
—Apenas podía moverme por años —sigue contando—. La Consigliere sencillamente desapareció. Nos cansamos de buscarla y no la encontramos, sobre todo su papá. Cuando la dábamos por muerta, se apareció con esta bebé.
—¿Qué quieres decir? ¿Es mi hermana? —pregunta Alessandro.
—No sé, jefe. Tu mamá a veces perdía la noción del tiempo y de dónde estábamos. Se sentía muy culpable —responde con sinceridad—. Nunca dijo quién era la niña, no sabemos si era de ella o la encontró. Tampoco sé por qué se parece tanto a esa Celia que mencionan, jefe.
Todo es demasiado irreal. Alessandro es el que pregunta que si es así, por qué no estaba con sus padres cuando los encontraron.
Xiaolong cuenta que a Alexa le gustaba caminar mucho sola y se aprendió eso allá abajo.
Un día se encuentra con el traidor Teron, y él por poco la atrapa.
La madre de Alessandro la encierra para que no se fuera de nuevo.
Entonces, un buen día, la señora Minetti no la reconoce. Su papá le ordena llevarla conmigo a otro lugar hasta que se acuerde de ella.
—Pero esta niña traviesa no me hizo caso y al regresar en busca de sus padres, cayó en el remolino.
Me tiré a salvarla y nos sacó a otra cueva con un lago —afirma, mirando a la joven a su lado—.
Ahí estuvimos hasta ahora, que se abrió una enorme puerta que da a un río, y nos sacó a la superficie.
Gracias, jefe, debe haberse abierto cuando accionó el mecanismo central.
Todos miramos a Xiaolong y a Alexa, que no ha dicho una sola palabra desde que llegó y se esconde detrás de él. Alessandro lo mira con incredulidad. Pero de inmediato le dice que puede llevarlo al lugar donde sobrevivieron cuando quiera. Al parecer, entraban y salían por allá con barcos pequeños.
—Me demoré en venir después de salir porque: primero, no tenía dinero.
Segundo, llevaba muchos años allá abajo y no conozco Roma.
Tercero, porque estábamos en un estado muy deplorable, que la gente al acercarse a nosotros huía —explica con serenidad—.
Cuando al fin alguien se apiadó de nosotros y me dejó usar un teléfono, llamé a abuelo que estaba aquí detrás de Eira y mis hombres me encontraron de inmediato.
—Ale —interviene Rufo—. Si es tu hermana, es fácil de saberlo. Aunque, mirándola bien, no me parece que lo sea. Puede que tu mamá se la encontrara. Y veo que tiene algún problema, ¿no habla, verdad?