281. NO PUEDE SER VERDAD
ALESSANDRO:
Camino sin poder dar crédito a mis ojos.
Lo hago sin comprender lo que tengo delante de mí.
Alargo la mano y rozo la cabeza de la persona detenida frente a mí, que se encoge ante mi toque.
Tengo que cerciorarme de que es real, de que es una persona real.
Es igual y, al mismo tiempo, diferente a la imagen reflejada en cada foto de la casa. Retrocedo, alejándome mientras repito:
—¡No puede ser verdad, no puede ser verdad! —Giro la cabeza para ver al dragón blanco—. ¡¿Qué broma de mal gusto es esta?!
—Cálmate, Ale, cálmate —corre Rufo a mi lado—. Tiene que haber una explicación.
—¿Qué explicación puede haber? —inquiero, fuera de control—. ¡Es una broma macabra!
—Es una historia larga, hijo, que, si me dejas, te la contaré —responde el dragón blanco poniéndose de pie.
—¡Empieza a hablar ya, porque no lo acepto! —me niego rotundamente—. ¡No acepto esto! ¡Es una burda mentira!
—No es lo que supones, hijo, ven —dice el anciano—, siéntate y escucha a mi nieto. Nadie se está burlando de ti.
Sentía que me ahogaba la incredulidad y la rabia. La emoción me consume, y mi pecho sube y baja en un frenesí que no puedo controlar. Me niego a moverme, a ceder terreno a esta locura que claramente ha sido orquestada.
—Muy bien —estoy de acuerdo y respiro hondo—. Quiero saberlo todo, ¡todo! ¿Dónde estabas? Renzo dijo que te habías lanzado a un remolino de agua y te había tragado.
Gruño con los puños apretados y la mandíbula tensa. Siento la voz de Rufo en algún lugar detrás de mí, suave y conciliadora, pero solo puedo centrar mi mirada en aquel rostro frente a mí.
—Y es verdad, ven, siéntate, tú también —contesta el dragón blanco, y me indica a la persona detenida en la entrada—. La historia es larga.
Hago lo que me dice sin dejar de observar a la persona, que se sienta al lado del dragón blanco, observándome mientras sonríe tímidamente.
—Creo que debo empezar la historia por el principio. Pero antes, dime qué pasó con tus padres. ¿Por qué no los veo aquí? —pregunta Xiaolong al ver cómo me siento en mi lugar.
No puedo responder, por eso Rufo toma la palabra.
Les explica que mis padres están muy mal.
Estaban en un nivel de desnutrición muy alto.
En estos momentos les estaban dando toda la ayuda que podían; por suerte, están respondiendo bien al tratamiento, pero no han despertado aún.
Esperamos que de un momento a otro lo hagan.
—¿Puedo verlos yo? —pregunta el anciano.
—Sí, sí, en cuanto terminemos aquí, los llevaré con ellos —contesto, que aún no salgo de mi asombro—.
Sin embargo, me gustaría saber la historia completa, ¿qué pasó?
¿Por qué se quedaron encerrados tantos años?
¿Dónde estaban ustedes? Sobre todo, esto que está delante de mí.
¿Quién es? Además, necesito que me ayuden a limpiar a los corrompidos dragones, que creo lo son todos.
—Haremos eso, jefe; ahora deje que le conteste todas las preguntas —declara Xiaolong—.
En primer lugar, ya nosotros nos habíamos dado cuenta de que nos habían traicionado.
Le juro que jamás imaginé que mi pequeña hermana adoptiva era una espía de unos enemigos.
Y yo, de iluso, pensando que una niña de cinco años no era capaz de aprenderse ni repetir lo que yo le decía, le expliqué algunas cosas de lo que de a poco descubríamos en la cripta.
—¿Te refieres a Eira? ¿Era mayor que nosotros? ¿Pero si dice Lili que se crió con ellas? —cuestiono con incredulidad.
Niega con la cabeza. Asegura que Eira era mucho mayor que mi esposa y que nosotros.
Ella tenía cinco años y yo solo dos cuando ellos fueron a esa excursión, que no era la primera vez que la hacían.
Como era menudita, podía pasar por niña.
Debe haber sospechado de Lilian, o querrían utilizarla como trataron de hacer con las chicas dobles de ella.
No sabía el motivo realmente de por qué ella vigilaba a mi esposa.
—Cuando Kenet llevó a Lilian a que le hiciera los tatuajes —interviene su abuelo—, primero cuando nació, y luego cuando se la iba a entregar al capo Mayor Minetti.
Eira no la vio; no obstante, nos escuchó hablando de que ella era la futura número UNO y esposa del dragón número UNO.
Recuerdo que me armó tremenda rabieta cuando le dije que ella jamás podría ser eso; que si entrenaba mucho podría llegar a ser alguien importante en nuestra organización.
Pero ella juró que la encontraría y la eliminaría.
—¿En serio? ¿Y por qué no lo hizo? —inquiero al recordar lo que me había cantado Lilian.
—Eira nunca le vio el dragón, Ale —me recuerda Rufo—. No la viste como se asombró y le reprochó a Lili que no había confiado en ella y se lo enseñó. Ahora sabemos por qué las vivía vigilando; estaba buscando la señal. Al no verla, se fueron.
La historia de un pasado que no reconocía. ¿Cómo puede ser que se nos escapara? Esta chica era en verdad maligna y tenía desde esa edad su objetivo claro, y por poco lo logra.
—¿Y por qué se hizo pasar por un chico y estudió con nosotros? —indago con curiosidad.
—Quería conocerte, ganarse tu confianza, Ale; conocer tus puntos débiles —señala Rufo—. ¿O se te olvida que nos vivía retando y enfureció cuando nos fuimos a entrenar con el abuelo y a ella no le fue permitido? ¿Lo recuerdas? Fue cuando desapareció y no la volvimos a ver hasta hoy.
Ambos frente a mí se quedan en silencio. Busco grietas en la historia que estoy conociendo ahora. Esta organización de los dragones tiene demasiados secretos que nos ponen en peligro.
—Perdóname, jefe —se inclina el dragón blanco de pronto frente a mí—, pagaré lo que hice. Por mi culpa fue que caímos en esa trampa.
—No creo que fue tu culpa —afirmo sinceramente—, sino de los enemigos que cogieron una niña tonta y la utilizaron.
—Era un secreto que no debió ser hablado en voz alta, jefe —insiste el dragón blanco—. Estar alerta contra el enemigo, no lo hice; me confié.
—Está bien, cuando papá se despierte lo hablas con él. Ahora explícame, ¿qué significa esto ahora? —pregunto señalando a la persona a su lado—. Tiene que existir una explicación.
Por un momento me quedo en silencio, clavado al suelo, con el corazón y este pasado delante de mí. El anciano suspira y se acomoda en su asiento antes de decir:
—Es tu sangre.
El tiempo se detiene. Vuelvo a mirar a la figura de pie frente a mí, a esos ojos que, joder, son un reflejo de los que conozco demasiado bien. Me dan arcadas, como si mi cuerpo estuviera rechazando todo lo que ese momento representa.
—Imposible… —digo de nuevo, todavía sin entender—. ¿Qué quieres decir?