279. LA MUERTE DE EIRA
LILIAN:
Para sorpresa de todos, mi reacción es fulminante. Con furia, la pateo y la golpeo sin descanso.
—Lili…, estoy bien, cariño… Lili… —me llama Alessandro, tratando de que me calme—. Detente, amor.
Pero sigo golpeándola. Estoy cegada por el dolor al ver cómo Eira le enterró una espada a mi amor, que vino en mi ayuda.
Lo miro, teñido de sangre, y veo la sonrisa de la chica, que se prepara para atacarme de nuevo.
Sin pensarlo dos veces, le quito la espada de su mano a Ale.
Realizo un enorme giro, ejecutando el ataque que él me enseñó, y le entierro la espada en el pecho a Eira, quien me mira sorprendida mientras cae.
—¿Estás bien, Ale? —pregunto asustada, revisándolo completamente.
Me observa, aún sorprendido por lo que acabo de hacer. Luego, me abraza fuerte al sentir que comienzo a llorar aterrorizada.
—Creí que te lo había enterrado en el pecho, Ale —hablo entre sollozos—. Gracias a Dios, es solo un rasguño.
—Te dije que estaba bien —dice, limpiando mis lágrimas—. Bravo, linda. Lo hiciste muy bien, pasaste la prueba con creces.
—¿Qué quieres decir? ¿Esto es una prueba? —digo, sin dejar de llorar—. ¡Maté a una persona!
—Ella te hubiera matado a ti —dice el anciano abuelo de Xiaolong—. Eres digna hija de tu padre, Lilian. Aunque creciste, no has cambiado mucho en lo de la impulsividad. Pero te enseñaron bien, muy bien.
Siento un frío helado subiéndome por la espalda, como si apenas ahora cayera en cuenta de lo que he hecho. Mis manos tiemblan, aún aferradas al mango de la espada. La sangre de Eira gotea, y el sonido es como el eco de un tambor que no puedo ignorar.
—Yo… yo no quería… —murmuro, pero Alessandro me sostiene con firmeza.
—Lilian, escucha —su voz grave es un consuelo y un castigo al mismo tiempo—. No podías dudar. Si hubieras dudado, no estarías aquí ahora.
Él tiene razón, lo sé, pero esa certeza no alivia el peso que siento en el pecho. Miro el cuerpo que yace a mis pies; el rostro de Eira todavía tiene esa expresión de sorpresa congelada. Está claro que nunca pensó que sería yo quien terminaría con su juego.
—¿Me conoce, abuelo? —pregunto, mirando al anciano.
—¿No me digas que te olvidaste del viejo odioso que te pinchaba? —ríe el anciano sin dejar de mirarme—. Así me gritabas todo el tiempo mientras te hacía el tatuaje.
—¿Abuelo Yon? —pregunto, recordando al anciano.
—Él mismo, ven aquí, dame un abrazo —abre los brazos con una sonrisa—.
No sientas pena por lo que acabas de hacer.
Esa muchacha, por mucho que traté, no quiso aprender cómo se debe.
Se escapó de joven con una vieja y estuvo metida todo el tiempo en malas cosas, empeñada en ser la mujer del Uno y así obtener todo el poder.
Alessandro nos mira con curiosidad, con los ojos oscuros llenos de amor. No nos interrumpe. Cuando nos separamos, le pregunto:
—¿La abuela que vivía con Eira no era su abuela?
—No, era una enemiga —contesta el anciano—. Ya murió. Pero ahora creo que tenemos asuntos más importantes que tratar, Alessandro.
—¿Me necesitas, Ale? —pregunto, sintiendo que se me acaban todas las fuerzas.
—No, cariño, ve a bañarte —dice, acariciando mi cabello.
—¿Necesitas a Rufo? —pregunto de nuevo—. Tengo que enseñarle algo valioso.
Lo miro fijamente, todavía con la impresión y la sensación de cuando la espada se introdujo en el cuerpo de Eira.
Tengo ganas de vomitar. Soy una doctora, una mujer con principios, con un corazón que nunca quiso aprender a matar.
Y aquí estoy, convertida en algo que no reconozco, con la sangre de alguien más en mis manos.
—Sí, lo necesito, Lili —contesta Alessandro—. Pero en cuanto terminemos, te lo mandaré.
—Está bien —acepto, queriendo correr al baño—. Vamos, Migue, a ti sí te necesito ahora.
—Está bien, vamos —dice Miguel, abrazándome enseguida.
ALESSANDRO:
Los veo alejarse abrazados; luego, nos dirigimos despacio al despacho. Entramos en silencio, y después de tomar asiento, el dragón blanco se inclina, haciendo el saludo.
—El dragón blanco te saluda —Xiaolong se inclina ante mí—. Y te trae una sorpresa que no sé si ya conoces.
—¿Una sorpresa? —inquiero, intrigado.
Lo veo sacar su teléfono, llamar a alguien y pedir que entren. Esperamos unos minutos en silencio cuando la puerta se abre y una figura se dibuja en ella. Me pongo de pie de un salto.
—¡Imposible! —exclamo con incredulidad—. ¡Es imposible!
RENART:
Me muevo intranquilo en mi asiento; nunca me gustó viajar en avión, pero fue imposible convencer a Ellie de que iría en tren.
Pienso que es una locura todo esto que he hecho.
Para empezar, ¿cómo fui capaz de dejarme llevar por esa chiquilla?
Es verdad que es linda, también que me gusta cómo habla por los dos, sin mencionar que me abraza y besa a cada rato.
Pero casarse es otra cosa, y no solo eso, abandonar todo lo que con tanto sacrificio he logrado es una locura.
—Renart, ¿puedo hablar con usted? —pregunta Acher. Es lo único que me faltaba, pienso asustado.
—Sí, toma asiento, y tutéame, no soy más viejo que tú —digo nerviosamente.
—Renart, quiero pedirte disculpas desde lo más profundo de mi corazón; estoy realmente apenado contigo —dice Acher, y me asombro.
—¿Disculpas, por qué? —pregunto intrigado.
—Por mi sobrina Ellie. Déjame explicarte algo.
Ellas son hijas de mi hermana gemela que falleció, pero la criaron separada de Elsie toda la vida.
Ella siempre tuvo este vacío por su hermana y trataba de encontrarlo en todos —lo escucho con sumo interés—.
Tanto mis abuelos como mi hermano y yo la complacimos en todo; la dejamos hacer lo que quisiera.
Su felicidad era lo único que nos importaba, por eso es así, tan abierta, tan sincera y honesta.
Te explico esto porque no quiero que vayas a tener una mala opinión de ella.
—No, no te preocupes, pienso que es encantadora —digo sinceramente.
Pero Acher no se detiene. Sigue diciendo que su sobrina es el ser más sincero y honesto que pueda encontrar, pero también reconoce que no se la han puesto fácil.
Por el miedo a perderla, ni sus padres ni ellos la han dejado ser libre.
Es la primera vez que viaja, la primera vez que está cerca de un hombre así.
Nadie se le acercaba en Milán por miedo a Axel y a él.
—Sé que eres de la edad de Damián y que, como él me dijo, eres una excelente persona.
Sin embargo, no estás obligado a nada, Renart.
No me gustaría que entablaras una relación con mi sobrina solo porque ella se ha encaprichado en casarse con un francés como su hermana —dice con suma seriedad—.
Tienes que entenderla; en estos momentos, ella está tan feliz de haber encontrado a su hermana gemela que la quiere imitar en todo; tiene esa necesidad de reconocerse en ella.
Por favor, si en verdad sientes que ella no es la mujer de tu vida, no la dejes que se enamore de ti, no lo hagas.