¡Ups! ¡No me equivoqué! 278. LA LLEGADA DE LOS DRAGONES BLANCOS
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278. LA LLEGADA DE LOS DRAGONES BLANCOS

ALESSANDRO:

La sonrisa de Eira se borra al escuchar mis palabras.

Puedo ver cómo sus dedos se tensan alrededor del pequeño arco que cuelga de su cintura, mientras los hombres detrás de ella mantienen su posición, aguardando alguna orden.

Sé que es una mujer astuta, pero en ese momento, la arrogancia le nubla el juicio.

—Lo dudo mucho. Estás rodeado, Alessandro. Desmantelé a todos tus hombres, mis dragones son los que están en esta casa —dice con arrogancia—. Y lo seguirán haciendo, me respetarán todos, empezando por el viejo Minetti.

—¿Tus dragones? Ja, ja, ja… ¿tus dragones?

—no puedo evitar reírme a carcajadas ante la mirada desconcertada de Eira—.

Ya veo. A mi abuelo nunca pudiste engañarlo.

Te acercaste a nosotros para que te dejáramos entrar en nuestra casa, pero abuelo me lo prohibió.

Y ahora quieres ser mi mujer, ¿es eso? Lili, creo que vas a tener que darme permiso para ayudar a una vieja amiga desesperada. Ja, ja, ja, ja…

Me burlo descaradamente, seguido por mis hombres, que se sueltan a reír. Por suerte, Lilian ha entendido mi sarcasmo.

—No hay problemas, Ale —responde sonriendo—. Me gustaría participar de eso también.

—¡Perra! —grita Eira, dando varios saltos para esquivarme y arremetiendo con todo contra Lilian.

Ella se defiende y contraataca, como le enseñaron, y le da una enorme patada en el pecho que detiene a Eira en seco.

Eira saca dos espadas ninjas y la ataca, pero Migue se mete en medio y comienza a luchar con ella.

Los hombres de Eira atacan a Alessandro y Rufo, que se ríen mientras sus enemigos los miran por un momento, sin comprender.

—¡Dragones, a mí! —llamo, quitándome la camisa.

En ese instante, desde cada ángulo del salón de entrenamiento, salen cuerpos élite con grandes dragones negros tatuados en sus espaldas, armados con espadas.

Hacen un círculo, rodeándonos, todavía sin atacar.

Giro en el centro para que todos puedan ver mi tatuaje, realizo un leve movimiento con mis manos hacia ellos y observo cómo los enemigos inclinan la cabeza en respuesta al saludo.

Van a arrodillarse, pero les hago una señal de que mantengan el combate.

Me giro y veo la pelea de Lilian y Migue contra Eira.

—¿Necesitan ayuda, chicos? —pregunto tranquilamente.

—No, Ale —responde Lilian, que tiene a Eira inmovilizada en una llave en ese momento.

—¿Seguro, cariño? —inquiere Rufo a Migue, que también se ha quitado la camisa y muestra el enorme dragón tricolor de Rufo.

—Seguro, amor, deja que juegue un poco —contesta Migue, que solo interviene cuando Eira saca las espadas.

La gran puerta se abre y un hombre vestido de blanco, con una larga trenza y barba canosa, entra en la sala. Se queda allí, mirando el panorama en silencio, apoyado en un bastón. Inclino ligeramente la cabeza, y él hace lo mismo, al igual que todos los demás.

—Creo que podemos empezar mientras llegan los otros —digo con firmeza—. Rufo, cuida a Lili. ¡Dragones, ahora!

Todos atacan con espadas al mismo tiempo, y la lucha se vuelve feroz.

Los enemigos son realmente buenos, pero mis dragones no se quedan atrás.

Mientras tanto, más dragones siguen llegando al lugar.

Eira rueda con Lilian por el piso, seguidas de Rufo y Migue, que tratan de evitar que otro le haga daño a Lilian.

Finalmente, se separan, quedando en medio del campo de batalla.

—¡Haz venir a los demás! —grita Eira—. ¡Que ataquen ahora!

Uno de los hombres de Eira sale corriendo, trepa por la pared hasta una ventana alta y sale, seguido por un dragón, pero lo llamo antes de que se vaya.

—No hace falta. Creo que es suficiente demostración por ahora, Eira, ¿o necesitas más? —pregunto, haciendo una señal a todos los vestidos de negro, que se quitan las capuchas y se ríen, dándose la mano con los otros. Luego, ponen la rodilla en el piso.

—¡Los dragones blancos te saludan, jefe! —gritan, y sin excepción, se quitan las camisas, mostrando el enorme dragón blanco en sus espaldas.

—¿Qué significa esto? ¿Qué creen que están haciendo? —grita Eira, y en ese momento se percata del anciano que la mira fijamente—. Abuelo, no es lo que usted cree.

El terror está reflejado en su rostro. Luego se dirige al anciano que camina lentamente hacia ella, poniéndose de rodillas delante de él.

—Sabía que eras atrevida, pero debo confesar que me has sorprendido.

Lograste meterte en la guarida del dragón negro —dice con voz firme—.

No solo eso, engañaste a los hombres de mi nieto trayéndolos contigo, te aliaste con asesinos, maleantes, bandidos.

Lo peor de lo peor. Lograste hacer un ejército, todo ello para suplantar a la Primera Dama.

¿Todavía sigues encaprichada con el Uno?

Te lo dije entonces, y te lo digo ahora, él tiene dueña. ¡Olvídate de Alessandro Minetti!

—¡No es por eso, abuelo! —niega delante del anciano—. La organización de los dragones debe ser nuestra, ser dirigida por nosotros. Son nuestros ancestros. ¡Es su creación! Mi hermano murió. ¿Por qué yo no puedo ser quien asuma todo?

—¿Sabes por qué? —se escucha una voz, y un hombre parecido al abuelo entra, algo demacrado y cojeando—. Te lo puedo contestar yo, hermanita.

—¿Xialong? ¿Estás vivo? —exclama Eira, realmente sorprendida y con expresión de terror que no puede disimular a tiempo.

Fijo mis ojos en Eira como quien observa a un ratón atrapado en una esquina. Mientras avanza hacia ellos, entrecierra los ojos. Esa mujer ha sido realmente intrépida. Pero me ha subestimado demasiado. El dragón blanco se detiene a un paso de ella.

—Lo estoy, pero no gracias a ti —dice por fin.

—¿Qué quieres decir, hermano? —se hace la inocente, Eira.

—¿En verdad crees que no me iba a enterar de que fuiste tú la que le dijiste a Teron cómo activar la alarma para que se cerrara todo y no nos dejara salir de la cripta? —pregunta de pronto para sorpresa de todos.

Eira retrocede asustada negando con la cabeza mientras tartamudea ante Xialong.

—Yo…, yo…, no es verdad, no es verdad —tiembla aterrada ahora, Eira—. ¡No hice eso!

—¿Qué quieres decir con eso, Xialong? —intervengo acercándome a ellos.

Es entonces cuando, con pasos calculados, un grupo de dragones blancos se acerca despacio. Todos armados hasta los dientes dejando a Eira con la boca ligeramente abierta.

—Eira era la única que sabía que si accionaba la trampa frente a la bóveda secreta, todo se cerraría herméticamente —responde Xialong sin dejar de mirarla—. Y que solo se abriría con los tres anillos, dragones y llaves. ¿Crees que no descubrí que me espiabas?

—¿Quieres decir que ella es la culpable de que mis padres no salieran de allá abajo? —pregunto mientras me sueno las manos—. ¿De que estuvieran todos estos años encerrados junto a todos los demás?

—Sí, jefe —asiente Xialong.

Comienzo a caminar lentamente hacia uno de mis hombres, agarro una espada y regreso lentamente a la escena. El abuelo asiente con la cabeza.

—Ale —me llama Lilian.

Pero antes de que tenga tiempo de hacer nada, Eira se pone de pie y me ataca justo cuando me giro con mis espadas, logrando enterrar una en mi torso.

—¡Ale…! —grita Lilian, aterrorizada mientras corre a ayudarme, interponiéndose entre Eira y yo.