277. LA VERDAD DETRÁS DE TODO
ALESSANDRO:
Sigue aclarando Rufo, pero veo una sonrisa maliciosa en Eira. Ellas se separan, colocándose en las esquinas opuestas. Mientras tanto, Rufo ha hecho que diga la clave en el teléfono, lo que deja ver los números y otra información. De inmediato encuentro el del dragón blanco.
—Ale, pero papá dijo que él se había tirado en un remolino de agua y que se lo tragó —me dice Rufo.
—Creo que el abuelo del dragón blanco no está muerto, nada —digo mientras marco el número—. No lo sé, es un presentimiento que tengo. Vamos a ver. Ninguno se llevó el teléfono con ellos; los de mis padres los tenía el abuelo.
Marco el número del dragón blanco, alejándome junto a Rufo para no ser escuchado por nadie. Luego de varios tonos, al fin escucho cómo responden.
—El dragón blanco saluda al dragón negro —se oye del otro lado de la línea.
—¿Xialong? —inquiero, asombrado.
—¿Alessandro Minetti, hijo? —pregunta a su vez.
—Sí, soy yo —digo con firmeza—. ¿Estás vivo?
—Sí, mi capo, estoy llegando a su casa ahora con mi abuelo y una sorpresa para usted —dice con amabilidad—. Me va a disculpar, pero hoy fue que pude salir. ¿Sus padres lograron sacarlos?
—¿Qué quieres decir? ¿Saliste del laberinto hoy? —cuestiono, atónito.
Guardo silencio con incredulidad; siento cómo el aire se vuelve más pesado a mi alrededor. Al otro lado de la línea, Xialong respira profundamente antes de responder.
—Sí, jefe, le explico cuando llegue —sigue diciendo—. Gracias por abrir aquello. ¿Están bien el uno y la Consiglieri?
—No estoy entendiendo nada —digo confundido—. Mis padres los saqué, están aquí conmigo luchando por vivir. ¿Dónde estabas? Me dijeron que te había tragado el agua.
—Por eso estoy aquí, jefe; deje que pase, estoy fuera del portón de su casa, no me dejan entrar —me pide para mi sorpresa—. Y por favor, preferiría hablar con usted a solas primero. No le informe a nadie de mi llegada.
Por un momento no puedo creer lo que escucho; cada palabra que dice me desconcierta. Estoy de acuerdo con su explicación, pero, sin todavía colgar, le pregunto:
—¿Me puedes explicar quién es Onyiwon o Eira?
—¿Cómo sabe de ella? —inquiere con ansiedad.
—Está aquí, retando a mi esposa —explico mientras avanzo para ordenar que los dejen pasar—. Eira me dijo que tú y el abuelo habían muerto. También me trajo una estatuilla de un dragón blanco.
—Manténgala ocupada, jefe. Ya estamos en el portón y mande a coger a todos sus hombres. Debe tenerlos escondidos en alguna parte —dice en un tono muy serio.
Sigue diciendo lo que ya sabía: la lucha con mi esposa es una distracción. Ella es muy peligrosa y está unida con los peores bandidos que pudiera imaginar. Estamos en grave peligro, sobre todo mi esposa, que es su objetivo.
—No deje que se le escape, y cuide a su esposa.
Por favor, mis dragones deben estar ahí con ella.
Los engañó diciéndoles que venían a mi encuentro —sigue diciendo, ansiosamente—.
Cuando los vea, haga el movimiento de saludo que le enseñó mi abuelo.
Todo el que responda es mío. Ya sabe, haga el saludo secreto y muéstreles su dragón después.
Ellos responderán a usted. Todo el que no responda, mátelo y ordene que nos dejen pasar.
Respiro aliviado y hago todo lo que me pide, no sin antes ordenar que los vigilen. Cada vez todo se me hace más extraño. Miro a Rufo, que ha escuchado la conversación y ya está dando muchas órdenes de seguridad.
—¿Ya podemos empezar? —pregunta Eira cuando volvemos al salón.
—Un momento, vamos a esperar a los demás dragones que van a estar presentes en la lucha, para de paso reafirmar a Lilian como la número uno —explico, caminando despacio hacia Lilian.
Lili me mira, sin entender el motivo de la demora, pero al ver cómo levanto la ceja, comprende y se mueve a mi encuentro.
—¿Qué? Todavía no sabemos si está lista para asumir ese cargo —protesta Eira—. La ley dice muy claro que, si no lo está, otra mujer puede tomar el cargo.
—¿Qué quieres decir con eso, Eira? —inquiere Miguel—. ¿Retaste a Lili para quitarle a su esposo?
Eira levanta la barbilla, altiva, con esa mirada que me recuerda la de un animal acorralado que aún cree tener el control. La sala queda en silencio. Lilian, con sus ojos llameantes y toda la furia contenida, deja escapar un bufido antes siquiera de que yo pueda decir algo.
—Tú no entiendes nada de esto, Migueliño —dice con desprecio Eira—. No tiene nada que ver contigo, son las leyes de nuestra organización.
—Un momento —la interrumpe Miguel—. Que yo sepa, tú no perteneces a esa organización, sino tu hermano.
—¿Cómo sabes eso, Migueliño? —pregunta sorprendida Eira.
—Lo sé y es lo que importa —mira sonriente a Rufo, que asiente—. A lo mejor es porque yo sí pertenezco a ella.
—¿Tú? ¡Imposible! —grita descontrolada Eira.
Miguel, que sabe que estamos ganando tiempo, se ríe a todo dar acompañado por nuestros hombres. Luego se acerca a Eira, diciendo que, aunque ella se crió con Lilian y compartía con ellos, él nunca confió en ella. Por eso nunca dejó que supiera nada de él.
—No eres de fiar, Eira, ¿o es que acaso se te olvidó la vez que quisiste pagar con Lili la cuenta de aquel club al que fuimos? —inquiere de pronto. Lo miro asombrado; es algo que no conocía.
—Eso fue una broma, jamás haría eso —ríe Eira tratando de parecer normal, pero todos percibimos el nerviosismo en su voz—. Ahora vamos a probar a Lili, no la estoy retando. ¿Empezamos, Lilian?
Se hace un silencio, solo roto por los pasos de los hombres corriendo en el exterior.
Miro a Eira, ahora caminando retadoramente en frente de ella, seguida por Lilian que hace exactamente lo que hago.
Rufo le ha hecho una señal a Miguel, que también comienza a avanzar hasta colocarse en el centro de ellos, al lado, atentos todos.
Eira se mueve intranquila; sabemos que no se le ha escapado que la estamos rodeando.
Sin previo aviso, Eira lanza contra mí y Lilian una gran cantidad de estrellas ninjas, que son interceptadas por los cuchillos que tiran Rufo y Miguel. Ella se les queda mirando, asombrada. Ni una sola dio en su objetivo.
—¿Así que eres bueno con los cuchillos, Migueliño? —pregunta en tono burlón.
Sin dejar de mirarnos, hace una señal, y más de diez hombres vestidos de ninjas aparecen detrás de ella, en posición de combate.
—Ya sé que te diste cuenta de a qué vine, jefe —dice dirigiéndose a mí—. Lo podemos hacer de buena manera o de mala manera; el resultado va a ser el mismo. Lilian tiene que morir. O cederme su lugar de buena manera.
—¿En serio creíste que porque te colaste en mi casa hace unos días no sabíamos nada de ti? —pregunto riendo junto a mis hombres—. Debiste investigarme un poco más. Estás justo donde te quería. Y lo mejor, te tengo una agradable sorpresa.